miércoles, diciembre 06, 2006

Jimmy

Llegué con mi primo a la casa de una de sus amigas. Nos abrió la puerta la dueña de la casa, que amablemente nos recibió con un “Pasen mis hijos, encantada de conocerlos”, dándonos a la vez un beso a cada uno, mientras entrábamos en fila al apartamento. Si bien mi impresión inicial de la señora, había estado marcada por la gran simpatía con que nos había recibido, al transcurrir la noche la tipa me pareció tremenda loca. Por toda la casa había jaulas que guardaban animales exóticos dentro. Un tucán dentro de una gran jaula y un alacrán negro dentro de una pecera, fueron los que llamaron más mi atención. Aunque debo reconocer, que luego descubrí una jaula cerca de la cocina que estaba tapada por dos paños de cocina. Con gran indiscreción pero con todo respeto, le pregunté a la señora por el animal que misteriosamente allí vivía.

“¡Ay pero si el que esta ahí es mi Jimmy querido!”, dijo mirándome con sus enormes ojos verdes, que mostraba abriendo ampliamente sus párpados cada vez que hablaba con emoción. Si les soy sincero, la forma de mirarme era lo que más me desconcertaba de esta señora. Sin embargo, debía prepararme para lo peor. Retiró los paños, y por fin pude ver al animal en cuestión. Jimmy resultó ser una lechuza, con un plumaje entre marrón y gris, que miraba a su dueña con ese par de ojos enigmáticos y amenazantes. No sé por qué, pero siempre le he tenido como vaina a todos esos pájaros noctámbulos. Me cagan pues.

La “loca ‘el coño esa” hablaba de Jimmy como si estuviera hablando de un hijo. “Sabes que Jimmy tiene su carácter. Hay veces en que se despierta como uno, malhumorado. Yo creo que debe tener ese ‘síndrome bipolar’ que dicen los siquiatras. Pero todo eso se le pasa, cuando le doy su desayunito de carnita molida con una rebanada de tomate. Eso le encanta. Se la pasa durmiendo todo el día. Por eso es que le tapo la jaula. Ya por la noche es que lo puedo sacar y acariciarle sus plumitas. Eso le fascina, fíjate que se pone como un perrito y todo para que le sobe debajo de sus alitas. También le gusta que lo suelte por la casa de noche porque le gusta pasear por ahí. Pero eso sí: él no le hace daño a nadie”. Acto seguido, abrió la jaula y me impacté por las garras afiladas que tenía y que me parecían muy grandes para el pequeño cuerpo del animalejo ese. La señora al agarrarlo le decía: “¿Verdad que mi nenecito de mamá no le hace daño a nadie?”. “¡Yo te aviso!”, pensé y salí como pude del lugar.

Luego de unas cuantas horas y unas cuantas birras, sentía unas ganas incontrolables de ir al baño. Así que fui rápidamente, porque la verdad ya no aguantaba más. Por un momento, llegué a pensar que me iba a hacer encima, en la sala y en frente de todo el mundo mientras me dirigía al sanitario. Abrí la puerta de ese baño diminuto, me desabroché la correa y justo antes de bajarme la bragueta y desahogarme, sentí una extraña presencia dentro del baño. Digamos que fue un presentimiento, o lo que los rastas llaman “una mala vibra”. Entonces volteo a mi derecha y hacia arriba, y veo a Jimmy montado encima de la baranda que sostiene la cortina de la ducha. Estaba allí mirándome directamente a los ojos. En ese momento, fue cuando me declaré presa del pánico. Mi memoria fue la gran culpable, ya que por mi mente pasaron escenas que había visto en el Discovery Channel, donde lechuzas como esas tomaban con sus fuertes garras a ratoncitos, y luego con su pico afilado destrozaban a la víctima sanguinariamente. Sin embargo, el cuerpo de uno parece reconocer cuando ya estamos dentro de algún baño, porque estando en este lugar, uno le da licencia de manera inconsciente a sus esfínteres, para que se relajen y hagan su labor. De manera que me encontraba frente a frente con un dilema hamletiano. En este caso, sería ser o dejar de ser padre. Ya que si me decidía a orinar frente a aquel animal, ponía en riesgo la pérdida de aquel instrumento, que me llevaría a poder celebrar en algún momento de mi vida, el día de la paternidad. Pero debía decidirme ya. Así que sin pensarlo mucho, cerré los ojos y me encomendé a Dios. Bajé la bragueta y con la frialdad que ameritaba el caso, lo saqué y oriné. Y oriné bastante, ya llevaba encima seis Soleras, por lo que el tiempo que duró satisfacer mi necesidad, se me hizo literalmente eterno con la presencia cercana de aquel depredador. Todo este miedo y esta angustia, se hicieron tangibles en una gran cantidad de sudor que me mojó entera la camisa. Me subí con rapidez la bragueta, abrí la puerta del baño y salí fugazmente. Aparte de tener toda la camisa empapada de sudor, debí haber salido con toda la cara pálida, ya que cuando me volví a encontrar con mis amigos me dijeron: “¡Coño Vitico! Duraste un año en el baño guon. ¿Y por qué tienes la camisa sudada y esa cara pálida? ¡Ajá! Mira que esa vaina no se hace en casa ajena rata”. Todos reían al unísono, con ese tono de algarabía típico de cuando llevas por lo menos una decena de birras. Mi primo, que también reía, me ofreció otra Solera. Decidí tomarla, no sin antes haber dudado por un rato, ya que si seguía bebiendo, pronto surgiría de nuevo la necesidad que me obligó a poner en riesgo mi masculinidad.

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