La invencible
Primero traté de esconderme en mi cama. Me arropé cubriendo hasta mi cabeza, escudando mi cuerpo ante cualquier ataque. Busqué mi iPod, que suelo guardar debajo de mi almohada, para luego ponerme los audífonos y así proteger mis oídos de cualquier susurro o secreto maligno, de ésos que suelen escucharse cuando las gotas ciegas impactan contra el suelo. Me refugié entonces en Shostakovich o en Dvorak, la verdad es que ahora no recuerdo muy bien, y me dediqué a esperar a que la lluvia cesara. O mejor dicho, a resistir ante su desmedida afrenta.
Pero perdí, debo ser sincero. Luego de un tiempo creí que todo había acabado y, con la prudencia del caso, bajé la cobija para poder sacar mi cabeza y ver por la ventana para confirmar el fin de la amenaza. En efecto, la lluvia había terminado. Las calles húmedas como imágenes de la post-guerra. Gente caminando como zombies, sobrevivientes del diluvio. Uno que otro precavido con su paraguas aún abierto.
Decidí entonces retirarme toda la cobija y quitarme el iPod de los oídos, mientras sonaba la mitad del segundo movimiento del “Concierto No. 1 para violín y orquesta” de Shostakovich. ¡Ahora sí recuerdo bien! De hecho, recuerdo con especial nitidez todo lo que aconteció después. Salí de mi cuarto a la cocina con una sensación triunfalista –ficticia, ya verán por qué- para tomarme un vaso de agua. Todo estaba bien, todo en calma. Terminé de tomarme el vaso y regresé a mi cuarto para volver a acostarme, porque la verdad era que la noche anterior había dormido muy poco.
Cuando entré al cuarto, tomé lentamente el pomo de la puerta para trancarla y con un pequeño atisbo al anverso –creo que ése fue el error-, tuve justo en frente de mí la foto que me había tomado con ella en aquel maravilloso abril – ¡Dios santo, qué bello abril!, cantarían a dúo Fito y Spinetta-, donde salíamos sonrientes mirando a la cámara, abrazándonos con todo el amor del mundo. Allí justamente fue donde me reconocí totalmente derrotado. Una mueca tragicómica se había apoderado de mi rostro y de mi pensamiento. Ambos, desde ese instante, empapados de gris.
Una melodía estruendosa inundaba ahora todo mi cuarto, la del tercer movimiento del funesto –lo digo por el momento- concierto de Shostakovich, que salía de los audífonos de mi iPod. Y, por si fuera poco, volvía a llover. Era un hecho. La lluvia, otra vez, volvía a joderme.


