La vida en un poema escrito en una servilleta. La vida en un Fa sostenido. La vida en una canción reproducida por un iPod. La vida en una nota.

Life on a love poem written on a napkin. Life on a F-sharp. Life on a tune played by an iPod. Life on a note.

miércoles, marzo 28, 2007

LOVE


domingo, marzo 25, 2007

Las camas son frías cuando están solas


Las camas son frías cuando están solas,
sólo hace falta un cuerpo
para darles el calor que tanto les agrada.

Es que a ellas no les gusta estar solas.
Y en eso,
se parecen a nosotros.

Ahora imaginemos,
tan sólo por un instante,
su alegría
cuando una siente que un cuerpo,
se añade al calor de otro:
porque cuando hacen el amor,
lo hacen también con ella,
pese a la indiferencia
que tanto los caracteriza.

Así hasta que concluye
el descubrimiento y la conquista.

La cama
y ellos
palpitan al unísono,
dejando en las sábanas,
las huellas del camino que juntos han recorrido,
y que en pocos instantes esperan,
ellos y sobre todo ella,
que pronto retomen,
para que el deseo vuelva a hacerse agua,
y ellos uno,
y ellos uno,
pese a la indiferencia
que tanto los caracteriza.

lunes, marzo 19, 2007

Diego Álvarez y el Concierto para Cajón y Orquesta: haciendo sonar los atavismos musicales


Ayer, domingo 18 de marzo, en el marco del ciclo Grandes Solistas de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas, el cajonero venezolano Diego Álvarez interpretó el estreno mundial del Concierto para Cajón y Orquesta, compuesto exclusivamente para él por el compositor venezolano Omar Acosta.

Álvarez, quien desde el año 1998 reside en Madrid, está considerado como uno de los más importantes cajoneros jóvenes del mundo. Su trabajo con artistas de la talla de Joaquín Cortéz y Rocío Jurado, confirman la importante reputación que ha ganado como músico en el país ibérico.

El Concierto, desde el inicio, demostró ser una gran obra destinada a demostrar que no hay género musical en el mundo –incluyendo al flamenco, claro está- que sea “absolutamente puro”. En este caso, los patrones rítmicos del joropo se conjugaban con las tonalidades dóricas propias del flamenco.

En más de una ocasión, estos dos aspectos se mezclaban hasta lograr ser una entidad homogénea y contundente a la hora de comprobar que, en efecto, existe una relación muy íntima y exquisita entre los géneros del flamenco y del joropo. La soleá, el merengue, el pasaje y el pajarillo se fusionaban para construir toda una estructura que se hizo deliciosa para los oídos de los presentes.

El Negro, como también se le conoce a Álvarez, se lució, como era de esperarse, en la ejecución de su instrumento. Impecable el acople entre el solista y la orquesta, cuyo sonido, lamentablemente, se vio opacado ante la fuerza del cajón de madera.

Finalizado el concierto, el público ovacionó con júbilo la interpretación de Álvarez, quien luego de salir en dos ocasiones debido a que los aplausos no cesaban, decidió ofrecernos un encore que nadie esperaba. Pidió entonces silencio al público para invitar al escenario a sus amigos, Rafael Brito (cuatro) y Roberto Koch (contrabajo), para tocar un tema que sació la ambición del público por querer seguir escuchando más de su cajón. Estos destacados músicos tocaron un tema que estará incluido en la ópera prima de su agrupación denominada BAK Trio, producción que desde ya esperamos con gran antelación.

Luego llamó a otro amigo para que se uniera a los músicos ya presentes. Se trataba del violinista Eddy Marcano. El ahora cuarteto tocó un joropo que emocionó a la audiencia. Finalmente Álvarez se despidió, rodeado de sus colegas, y con el sonido del unánime aplauso de un Aula Magna casi llena, que celebró este formidable concierto y estas magníficas propuestas del Maestro Saglimbeni, por hacer de su Orquesta Municipal, la principal ejecutante del soundtrack de esta ciudad.

jueves, marzo 15, 2007

Pollo frito


Comenzamos a salir por esas cosas de la vida. Y les llamo “cosas” para no caer en el eterno y fastidioso dilema de que si existen o no las coincidencias, si existe ya un destino escrito. El punto es nos conocimos en la universidad. Ella acompañaba a su primito para inscribirse en la prueba de admisión, y cuando terminaron de hacer las diligencias se pusieron a pedir cola para una estación de Metro. Usualmente no suelo darle la cola a desconocidos, pero hubo algo que, desde que la vi de lejos, me atrajo. No es despampanante, ni nada por el estilo; pero no sé, me llamó la atención. Se montaron en el carro y comenzamos a hablar. Y hablamos tan chévere, que la media hora desde Sartenejas hasta Plaza Venezuela se nos hizo rapidísima. Me cayó tan simpática, que en un inusual arrebato de espontaneidad, le pedí su teléfono para volvernos a ver. Y ella me lo dio. Y salimos.

Fuimos a tomarnos algo en el Soma que queda en el Trasnocho. Inmediatamente volvimos a hablar como antes: un diálogo fluido con el que empezábamos a conocernos. La verdad es que, así como coincidíamos en cosas, pues diferíamos también en muchas otras. Por ejemplo, ella gozaba un mundo viendo películas taquilleras de Hollywood y no entendía cómo a mí me gustaban esas películas raras, esos dramas incomprensibles: “¿es que acaso no te basta ya con el drama que nos rodea en este país? ¿Para qué clavarse con un puñal de dolor visto en pantalla grande?” Recuerdo que inclusive llegábamos a discutir acaloradamente en la conversación por nuestras diferencias. Pero era una discusión sabrosa, porque desde el principio fuimos honestos el uno con el otro. Aquí no hubo poses ni guiones. Nos decíamos la verdad, y nos encantaba.

En otra de las discusiones, ella no entendía cómo a mí podía gustarme la comida rápida; cómo me podía encantar comer en pollos Arturo’s, para ser específicos. Ella decía que esa comida no tenía alma, que de sólo imaginarse cincuenta pechugas de pollo juntas y grasientas, se le revolvía el estómago. Mientras tanto, yo defendía mi posición basándome en lo divino que era comer ese pellejo frito y esa pequeña porción de ensalada agridulce que, vale destacar, era la única ensalada que yo comía. Más vale que no. Casi se moría de la indignación por haber dicho eso. Pero luego cuando estuvo más calmada, me hizo, en sus propias palabras, una invitación que cambiaría definitivamente la relación que nos unía.

Me invitó para que fuera almorzar un día a su casa, para saborear lo que de verdad era un pollo frito. Luego de comerlo, aseguraba, iba a borrar de mi memoria ese nefasto sabor de los pollos de esa nefasta cadena de comida rápida. Y decía todo esto con una mezcla de prepotencia y de sincera confianza. El tono y la cara con la que lo dijo llegó incluso hasta intimidarme.

Acepté su propuesta y me fui un domingo a almorzar a su casa, o mejor dicho, al apartamento que comparte con dos amigas más en El Cafetal. Por cierto, para la ocasión, no estaba ninguna de las dos. El apartamento entonces estaba solo para nosotros, así que podrán imaginarse lo que eso significaría. Me senté en una mesa redonda muy bien adornada. El primer plato fue una crema de auyama muy rica. El segundo plato fue el aclamado pollo frito. El tercer y último plato, que era ella, me lo comí en su cuarto. Lo siento, pero me reservo el derecho de entrar en detalles sobre eso.

Tuve que reconocerlo, comer el pollo frito que ella preparó fue toda una exquisitez...

Poseer con la mano un muslo.
Agarrar con firmeza una pechuga.
Retenerla agonizante entre mis dedos.

El efecto del aceite aún caliente.
El preludio hacia la boca.
El intempestivo mordisco.
El bocado naufragante en saliva.

Tragar para darle sepultura al trozo conquistado.

Esto, damas y caballeros, fue una muestra fehaciente de lo que me gusta denominar “hedonismo gastronómico”. Le di la razón y le dije que ése había sido el pollo frito más sabroso que había comido en mi vida. ¡Qué pollos Arturo’s ni qué carajos! Me rendí ante su sazón. Ella cargaba en su rostro una sonrisa de victoria, de merecido orgullo. Una sonrisa que luego devino en picardía, en lujuria. Era el momento del tercer plato. El postre. Créanme, lo que pasó allá adentro también fue muy bueno.

Pero lamentablemente, insisto, tengo que aceptar que lo que más recuerdo es el sabor de ese pollo frito. Ese vendaval de sabor y delirio que se alojó en mi memoria gustativa. Esa orgía de lengua, dientes, saliva y carne blanca empanizada. Ese sabor que me hizo renunciar a cualquier otro pollo frito de cualquier otro sitio.

Tenías razón Mariale, mi vida era insulsa y yo no lo sabía, pero tú la sazonaste y te lo agradezco. Lo que sí quiero que entiendas es que, si te soy sincero, yo no quiero más postres que sepan a ti. Yo no te quiero a ti. Yo lo que quiero es que, por favor, me prepares otra vez ese pollo frito. Tu pollo frito.

domingo, marzo 11, 2007

Robert Randolph & the Family Band: la continuación eclipsada


En el 2003 se editó uno de mis discos favoritos de todos los tiempos: Unclassified. Robert Randolph es el nombre del genio creador de esta producción que, junto a su Family Band y gracias al desconcertante virtuosismo con el que toca su pedal steel guitar (ya la verán en el video que les posteo abajo), estuvo llena de impresionantes temas de country, blues, funk y soul.

Luego de numerosos conciertos que lo llevaron a girar por prácticamente todos los Estados Unidos, la “banda familiar” de Robert Randolph se ganó el puesto de ser una de las jam band más alucinantes en vivo. Este título, ganado desde los recovecos del underground norteamericano, hizo que este guitarrista -oriundo de New Jersey- compartiera escenarios y grabaciones con grandes artistas emergentes y con figuras ya consagradas de la escena musical.

Fue telonero de Dave Matthews Band y de Eric Clapton, quien luego de verlo en vivo dijo que “podía morir tranquilo porque ya había escuchado un digno representante del nuevo sonido de la guitarra del siglo XXI”. Ha grabado temas con Santana, Eric Clapton, Kirk Hammett (Metallica), Soulive y Steven Tyler (Aerosmith), entre otros.

Desde que escuché por primera vez a Robert Randolph, pude encontrar la fusión de dos cualidades principales en su sonido heterogéneo: la irreverencia fiestera de Funkadelic junto a la vehemencia bluesera de Stevie Ray Vaughan.

Colorblind (2006) está producido con una clara intención más comercial que la de su predecesor. Hay menos temas instrumentales y menos experimentación, que los aleja de esos deliciosos jamming que tanto disfrutamos en su ópera prima; canciones bastante pop (Diane y Angels), una colaboración con Dave Matthews que defrauda (Love is the only way), y la inclusión de un cover que decepciona: la versión de Thankful ‘n thoughtful de Sly & the Family Stone. Y digo que decepciona porque en Internet están disponibles unas versiones maravillosas de temas como Billie Jean y Don’t stop 'til get enough de Michael Jackson, Purple haze y Voodoo child de Jimi Hendrix y la magnífica de I want to take you higher del propio Sly Stone.

Pero no todo el material del disco decepciona. El primer tema (Ain't nothing wrong with that) es bastante rítmico y festivo. El segundo (Deliver me) tiene una impresionante guitarra funk y un slapping bass al mejor estilo de los Red Hot Chili Peppers. Igualmente destacan el sabroso Thrill of it (cuyo video les posteo abajo), las baladas Stronger y Blessed y finalmente el funk de Homecoming.

Sin embargo, si tuviera que decir cuál es el mejor tema del disco, sin duda tendría que elegir a Jesus is just alright, tocado a dos guitarras con la leyenda viva de las cuerdas: Eric Clapton. Esta pieza reúne lo mejor de estos dos artistas: el intro, bastante Robert Randolph, le da paso a un antológico riff de guitarra a cargo del ex-guitarrista de Cream, un coro pegajoso que canta a dúo con Danyel Morgan (bajo), y un exquisito puente bluesero tocado como sólo lo puede hacer este maestro de maestros.

Otro de los puntos a destacar de esta producción es el sensible cambio que ha habido en los teclados. Si bien en Unclassified el teclado se lució en manos de John Ginty, en Colorblind no destaca para nada bajo el nuevo integrante de la Family Band Jason Crosby.

Es evidente que Colorblind no logró ser una buena continuación para ese imprescindible disco que fue Unclassified. No obstante siguen habiendo visos de la genialidad de Robert Randolph. Esperamos ciertamente que el éxito que generó su ópera prima no eclipse -como de hecho lo ha hecho con este último disco- el próximo material que nos presente junto a su excelente banda. Por mi parte estaré esperando –como lo hice con este disco- con inmensa anticipación todo lo que este pana grabe, bien sea versiones, colaboraciones o todo un disco nuevo.



martes, marzo 06, 2007

Las madrugadas


A ellas,
las madrugadas

La verdad es que no sé por qué me gustan tanto las madrugadas. A lo mejor es el silencio, ese autismo de la ciudad a esas horas. O quizás sea ese absolutismo de negro que cubre al cielo, esa especie de oscuridad íntima. Puede que sea precisamente la mezcla de esas dos cosas. De lo que sí estoy seguro es que disfruto asomarme al balcón, y sentir esas brisas nómadas y frías de la noche.

Y ponerme a pensar, mientras veo cómo las luces de los apartamentos del edificio que está al frente se van apagando poco a poco. En una de las ventanas, por ejemplo, se puede ver a una señora que se sienta frente a su computadora y mira hipnotizada la pantalla hasta luego de la una de la mañana. O también se puede ver una sala con una mesa redonda que, de noche, se convierte en el escritorio de una catira que trae libros, cuadernos y una calculadora para sentarse a estudiar. El mantel pronto se verá sustituido por los desechos del borrador que enmienda los errores de su estudio.

El hecho es que me relajo viendo esas ventanas e imaginando las vidas que tienen como domicilio esos apartamentos. Aunque, claro está, también me relajo pensando en lo que hice ese día, y en lo que también dejé de hacer. Digamos que es así como realizo una especie de estado de cuentas de mis días. Bueno, tampoco es que lo hago todas las noches, sino que más bien aprovecho esas oportunidades en las que uno puede estar con uno mismo, teniendo como telón de fondo la amenazante noche caraqueña.

Este ha sido sólo un ingenuo intento por explicar este sentimiento que me une a las madrugadas. A ese espacio y a ese tiempo que nace luego de las 12, cuando el cielo entonces ya no es tan negro, sino que más bien se diluye en un morado o en un azul oscuro. A esa sensación minimalista, fría e íntima…

A las madrugadas van dedicadas estas letras. Letras que se escriben con el sabor ácido de un cabernet-sauvignon en la boca, con los gemidos de un saxo melancólico en los oídos. Letras que le piden permiso al reloj más cercano para que, luego de las 12, puedan ser escritas y dedicadas a ellas: esos intervalos oscuros que presagian la claridad de un nuevo día.