La vida en un poema escrito en una servilleta. La vida en un Fa sostenido. La vida en una canción reproducida por un iPod. La vida en una nota.

Life on a love poem written on a napkin. Life on a F-sharp. Life on a tune played by an iPod. Life on a note.

jueves, mayo 24, 2007

Cuando me pasan estas cosas


Suelo ir a tomarme un café cuando me pasan estas cosas. No sé por qué lo hago. Creo que es porque se me hace perfecto para pasar el momento. Ese momento en el que me siento peligroso. Ese momento que muere en cinco minutos. En esos cinco minutos que dura tomarse un café. Sólo el hecho de pedirlo, de romper con arrechera las esquinitas de las dos bolsas de azúcar y de luego revolverla lentamente mientras el calor la hace café o leche, lo hace perfecto. Aunque, si soy sincero, creo que lo tomo es por el azúcar. No quiero sonar cursi, pero el dulce logra calmarme en momentos como éste. Cuando me pasan estas cosas. Y lo sigo revolviendo, aliviando la calentera que el café también suele tener. No me crean: intenten tomarlo justo cuando se lo entregan, de seguro la lengua recibirá el justo castigo que se merece. Reconozcámoslo, como todo en la vida hay que darle un tiempito antes de meternos el primer sorbo. Llamémoslo preparación. Porque por lo menos para mí sí que lo es. Porque debo prepararme conscientemente para lo que debo hacer luego. Luego de que me tome el café hasta ver los residuos del azúcar en el fondo del vaso de plástico que de pronto se me hace insoportable. No sé por qué, pero ahora que lo veo así: vacío y con el cadáver en el fondo del azúcar, lo que me da es asco. Asco de tocarlo de nuevo aunque sólo sea para botarlo. Así tendemos a ser de desagradecidos los seres humanos. Y yo, que luego de prepararme, debo actuar. Porque ya no me siento tan peligroso. Más bien me siento indefenso. No aguanto esta vulnerabilidad de mierda que amenaza con joderme. Cuando por el contrario debo estar más fuerte que nunca, como me dicen ellos: los que no tienen ni puta idea de lo que tengo que afrontar. Pero al final tienen razón. Es lo único que debo hacer. Lo único que debo hacer cuando me pasan estas cosas.

sábado, mayo 19, 2007

Amy Winehouse: el soul es mi vicio


Amy Winehouse pareciera ser la representación femenina del vicio. Tatuada, fanática del alcohol y las drogas, en fin, toda una chica mala que llama la atención con toda su actitud irreverente y desenfadada. Pero todo esto queda como un mero aspecto estético al momento de escuchar su voz. Cuando Amy Winehouse canta, termina en convertirse en todo un vicio delicioso.

Con tan sólo 23 años y un par de discos en su haber, esta cantante nacida en Londres ha logrado desarrollar una exitosa y notoria trayectoria musical debido a la atrevida propuesta musical que sale de su boca. Si bien es cierto que mucha de su fama se debe a su polémica personalidad -le cayó a golpes a una fanática en un concierto, mandó a callar a Bono (U2) durante una rueda de prensa, se presentó visiblemente borracha en un importante programa de televisión en el Reino Unido-, también su notoriedad se debe a su peculiar voz que canta géneros típicos de los años 50 como soul y jazz arreglados de una manera tan acertada que prácticamente terminan siendo temas pop de altísima calidad.

Su primer disco, Frank (2004), le valió el éxito en su país natal y en otros países de Europa, pero su última placa, Back to black (2006), la ha hecho merecedora de una popularidad y un éxito inusitados en los Estados Unidos, tierra tan particularmente delicada hacia las propuestas británicas. Los medios impresos y televisivos han ayudado mucho a esa notoriedad, ya que se han dedicado a explotar su fama de alcohólica, chica rebelde y descarriada que tanto pareciera gustarle al público norteamericano.

Pero toda esta controversia se queda corta cuando escuchas su trabajo. Esta tipa hace muy buena música. Su último disco es una magnífica confirmación de ello, lleno de temas arreglados en un soul añejo pero exquisito.

El disco comienza con la divertida Rehab –cuya interpretación en vivo les posteo abajo-, que habla sobre los insistentes llamados que le hacían sus amigos para que ingresara a una clínica de rehabilitación debido a su problema con el alcohol: “They try to make me go to rehab, but I say no, no, no”. Le siguen la excelente You know i’m no good, donde le advierte a su pareja que no le conviene estar con ella; Mr. Jones y el sentido ska de Just friends.

El quinto tema es el oscuro y decadente Back to black, donde destacan unos maravillosos arreglos vocales y de cuerdas que le añaden esa tonalidad sórdida que requiere. Le siguen la triste balada Love is a losing game y la excepcional versión que hace del inolvidable Ain´t no mountain high enough, poularizada por el dúo entre Marvin Gaye y Diana Ross, utilizando su base melódica para confeccionar toda una nueva canción titulada Tears dry on their own, sin duda una de las mejores del disco.

Los últimos cuatro temas cierran de manera impecable el disco. Wake up alone es una de las mejores baladas y confirma el amplio registro de su voz. Winehouse puede sonar irreverente y oscura, pero también puede sonar romántica y sublime. En Some unholy war canta sobre la guerra en la que puede terminar convirtiéndose una relación, donde incluso ambos amándose pueden terminar haciéndose mucho daño. Le sigue He can only hold her, un tema que le devuelve la alegría al disco y que antecede con buena vibra al particular su cierre, Addicted, donde le advierte a su hombre que no se fume toda la marihuana que ella ha comprado porque, si quiere fumar, pues que la consiga, así de sencillo. Así, damas y caballeros, es Amy Winehouse.

Amy Winehouse se ha convertido en mi vicio en estos últimos días. Si bien les recomiendo con toda la buena voluntad del mundo que escuchen su último trabajo –aunque su primer disco sigue siendo recomendable-, debo advertirles que esta tipa es adictiva, pues se termina convirtiendo en ese vicio que tanto nos encanta, sólo que en vez de hacerle daño a nuestros oídos, éstos, por el contrario, bastante que nos lo sabrán agradecer.



miércoles, mayo 09, 2007

Lo que Kurt Cobain se llevó (o cómo se desvanecen los espíritus jóvenes)


El pasado viernes 4 de mayo tuve el inmenso privilegio de asistir a una de las mejores obras de teatro que he podido ver en los últimos años. La razón de tal afirmación descansa en el innegable rasgo de todas las buenas obras de arte: que cuando las ves, parecieran que hubiesen estado hechas exclusivamente para ti. Esta obra no sólo me habló a mí, sino también a toda la audiencia que ocupó las butacas de la casi llena sala del Teatro Rajatabla.

Lo que Kurt Cobain se llevó es un montaje llevado a cabo por la agrupación Tumbarrancho Teatro y que nace de la pluma de Karina Vallecillos, quien argumenta que la razón de la pieza “es entender que la vida no se detiene”. Y he allí donde la radica la excelencia de la obra: que la conmemoración del aniversario de la muerte de Kurt Cobain, por parte de un grupo de fanáticos que han sido amigos desde el bachillerato, se convierte en la excusa perfecta para proponer un catálogo de temas universales, que se exponen en las diversas situaciones durante el desarrollo de la obra. El amor, los sueños y la felicidad son los aspectos que Vallecillos ha logrado manejar con la maestría propia del autor que, con su propuesta, hace que te deje pensando durante y después de haber presenciado la obra.

Al entrar a la sala, el escenario mostraba la representación de la sala de un apartamento junto a una batería en el lado izquierdo y a una guitarra con su amplificador en el lado derecho. Desde el principio se podía intuir el matiz musical de la obra llevado a cabo por los integrantes de los Abogados de Murphy. El primer personaje en entrar a escena fue Ricardo, interpretado por Giovanny García, para cantar el tema de Nirvana Rape me a todo gañote y con un palo de escoba que fungía como guitarra eléctrica. Resulta que cada 5 de abril un grupo de amigos se reúnen para conmemorar el aniversario de la muerte de su ídolo. Se ponen a escuchar todos sus discos, ven sus videos musicales y por último se ponen a discutir sobre el misterio de su muerte, ya que dudan de la tesis del suicidio mientras defienden la versión del asesinato de su esposa para el momento: la perra de Courtney Love.

Luego de 13 años de la muerte de Cobain, sólo Ricardo y Cheo son los que se reúnen para tal ocasión. Cuando intentan llamar a sus otros amigos –también fanáticos de Kurt-, resulta que hasta se les ha olvidado dicho acontecimiento y simplemente rehúsan de seguir asistiendo debido a que sus vidas ya tienen otras prioridades, o como dijo el divertido personaje de Cheo: “el sistema se los tragó”. Cheo, interpretado por Jesús Carreño, es el segundo personaje en entrar a tarima, el otro que se mantuvo fiel a la tradición de recordar la muerte de su ídolo y que cerca de los 30 años –como Ricardo- todavía vive con su madre y no trabaja.

El personaje de la novia de Ricardo, interpretado por Natalia Paolini, la única chama de este grupo de fanáticos de Kurt Cobain que trabaja y que por ende es la que lleva la plata a la casa, y que precisamente llega al apartamento cansada de trabajar y de ver que su pareja –con 28 años, que no trabaja y que todavía no tiene el grupo musical con el que años atrás prometió “cambiar al mundo”- todavía viste jeans rotos, zapatos Converse y una franela negra y vieja con las clásicas letras amarillas de NIRVANA. Ante tal reclamo, Ricardo le recuerda que así fue como lo conoció a él, que así ella era feliz él. En fin, luego se van desencadenando situaciones como esta, planteándose así todo el debate que hace tan interesante a esta obra: ¿cómo ser auténticos a nosotros mismos y a nuestros sueños, en esta vida entendida como un proceso de evolución personal y de satisfacción de necesidades básicas? ¿Dónde terminan los sueños y dónde empieza a pegarnos duro en la cara la realidad?

Ésas son las interrogantes que subyacen en nuestros pensamientos mientras vemos la obra y luego que salimos de la sala. Lo que Kurt Cobain se llevó es una obra de teatro que no sólo te deja pensando sino que precisamente te deja con esa sensación interna de que la vida se nos puede ir precisamente en eso: en pensar, en planificar; cuando en verdad se nos debería ir haciendo las cosas que nos gustan, cuando en verdad se nos debería ir viviendo nuestros sueños.

domingo, mayo 06, 2007

La forma


Él llevaba conociéndola por 10 años.

Hoy, sin embargo, no sería la misma.

Al menos para él.

Cenaron, hablaron y, aún después de tanto tiempo, él no lograba entenderla.

Sólo se conformaba con mirar de cerca su sonrisa.

Con contemplar la forma en que miraba hacia abajo, ladeando levemente su cabeza hacia la izquierda, cuando se disponía a hacer una de sus tantas “confesiones”, que no eran más que monólogos interminables acerca de la vida, los hombres y hasta ese mundillo escabroso de la política.

Se querían, de eso no había duda.

El problema, para él, estaba en la forma.

Aunque ya la decisión estaba hecha.

Esta noche, no serían los mismos.

Ni el ni ella.

Él había decidido no entenderla.

Tan sólo deseaba la garantía de esa sonrisa, por un tiempo más largo y una cercanía más íntima.

Era, pues, cuestión de cambiar la forma.