La vida en un poema escrito en una servilleta. La vida en un Fa sostenido. La vida en una canción reproducida por un iPod. La vida en una nota.

Life on a love poem written on a napkin. Life on a F-sharp. Life on a tune played by an iPod. Life on a note.

martes, junio 26, 2007

Marilyn Manson: un demonio con el corazón roto


Cada vez que Marilyn Manson anuncia la salida de una nueva producción, la escena musical se pregunta –algunos con hastío, otros con intriga- con qué nos saldrá ahora este excéntrico cantante que una vez se hizo llamar el “anticristo”, se vistió de alienígena pelirroja con senos para decirnos que todos éramos unos “animales mecánicos”, se disfrazó de Papa para gritar a todo gañote que todos los jóvenes éramos “desechables”, y que para su penúltimo disco se puso hasta a investigar sobre el Hollywood grotesco y decadente de la década de los 30. Estrategias que, por cierto, le han generado por lo menos un disco de oro en los Estados Unidos para cada producción, y millones de copias vendidas alrededor del mundo entero.

El pasado 2 de junio salió al mercado Eat me, drink me (2007), un disco que, según él, está inspirado en el cuento de “Alicia en el país de las maravillas”, original de Lewis Carroll. Sin embargo, esa justificación por sí sola es muy débil para resumirlo. Si bien se puede encontrar una que otra referencia a esa obra, lo que más sorprende luego de escuchar este trabajo, es que no se trata de otra cosa sino del propio Marilyn Manson. O mejor dicho del despecho de Marilyn Manson. Sí, aunque ustedes no lo crean, este individuo de apariencia andrógina-satánica, también tiene sentimientos o lo que en sus propias palabras resumió como “un conjunto de dolorosas emociones”, que surgieron de su reciente divorcio con la artista del fetiche Dita von Teese.

Este despecho, entre otras cosas, amenazó con bloquearlo creativamente de sus actividades predilectas: cantar y pintar. Luego de haber expuesto en París una serie de autorretratos, se sintió imposibilitado de hacer música o de tomar las riendas de cualquier acto creativo. Superado ese trance se reunió en un estudio con Tim Skold, quien lo ha acompañado en su banda desde el 2003, para componer y grabar los temas que integran Eat me, drink me. Skold se encargó de grabar el bajo y la guitarra, además de haber co-producido el disco con Manson. Es por ello que este disco es donde puede notarse con mayor claridad la ausencia total de los Spooky Kids, que en su momento lo acompañaron pero que han salido consecutivamente de la banda: Twiggy Ramírez, que quizá haya sido la ausencia más sentida del grupo y que aportó con su lánguido bajo y la co-autoría de muchos de los mejores temas de los discos donde participó; Ginger Fish, que fue un excelente baterista en vivo y en estudio; John5, que mantuvo siempre una guitarra rítmica impecable y Madonna Wayne Gacy (teclados), quizá el menos importante pero que, de igual forma, todos juntos lograron conformar en tarima una de las bandas en vivo más poderosas del metal contemporáneo.

Este disco desde el principio se deslinda de la línea que Manson ha trazado en sus trabajos anteriores. If I was your vampire abre con toda la estructura de un himno gótico: arpegios oscuros de guitarras y una cadencia que le aporta más sordidez al tema. Desde ya puede intuirse que el sonido es distinto y el ritmo, inquietantemente más suave. El segundo tema, Putting holes in happiness, es sin duda uno de los mejores. En él se puede identificar uno de los elementos diferenciadores a los que hacía alusión en el comienzo de este párrafo: los solos de guitarra interpretados por Tim Skold. En ningún otro disco de Manson se habían escuchado los solos de guitarra que tanto han caracterizado a la estructura típica de una canción de metal. No obstante, la ejecución de Skold es bastante irregular: mientras en unas canciones el solo se hace plácidamente oportuno, en la gran mayoría se sienten forzados y muy poco creativos.

En el tercer track, The red carpet grave, el ritmo sube hasta hacernos recordar los temas pesados de los discos anteriores de Manson. Ahora bien, la que le sigue, en mi opinión, es una de las mejores canciones que este peculiar rock star haya hecho en mucho tiempo: They said the hell’s not hot, donde Skold también se luce con la parte solista de guitarra. A continuación viene Just a car crash away, un tema con un ritmo bastante pausado y que, no por ello, deja de tener la intensidad de una canción desgarradoramente sincera. Digamos que éste sería el equivalente a un bolero tocado en rock gótico: “Love is a fire / burns all that it sees/ burns down everything/ burns down everything you think”.

El sexto tema es el primer single del disco: Heart-shaped glasses, con un peculiar y atractivo ritmo de batería. Esta canción está dedicada a su actual pareja, la modelo de 19 años de edad Evan Rachel Wood, quien lo acompaña en el video, dirigido por James Cameron, quien filmó escenas de una auténtica relación sexual entre el cantante y su nuevo amor. (El video es muy bueno pero su contenido me impide posteárselos en este blog.) Le sigue Evidence, donde se mantiene este ritmo suave, casi de balada oscura, que comienza con unas preciosas notas de piano y contiene excelentes arreglos de guitarra de Skold.

Si el disco hubiera continuado con temas tan buenos como estos, el disco sería sencillamente excelente. Sin embargo los otro cuatro que completan la oncena de temas son, a decir verdad, pésimos. Este cierre prácticamente hace que el disco en general termine siendo sólo bueno. Hasta ahí. No obstante escucharlo no deja de ser una experiencia entretenida y sorprendente. Personalmente nunca imaginé escuchar a un Marilyn Manson que dejara por un momento de maldecir a los demás, o de encarnar una nueva y controversial faceta en el personaje polémico que astutamente ha confeccionado. Nunca imaginé escucharlo tan reflexivo y tan sincero. Pues así, mis queridos amigos, es como suena un demonio con un despecho tan intenso como el infierno al que tantas veces le cantó.

martes, junio 19, 2007

Las noches de los viernes


Esta noche me acompañan el frío, una copa de vino y la pantalla de la computadora que ilumina la triste sala de mi apartamento. Y aunque pudiera decirse que estoy rodeado de otros objetos, creo que estas tres cosas son las que auténticamente me hacen compañía. Por un lado este frío que entra por mi balcón y que se ha alojado en la sala aunque ya haya cerrado las ventanas. Esta copa de vino que tengo a la derecha del mouse y que apaga este sabor amargo que tengo en mi garganta. Y por último la computadora, que es la que hace posible que me desahogue en letras; en letras que a pesar de que reposen sobre una hoja virtual de Microsoft Word, son bastante reales, son dolorosamente reales. No sé que es lo que tienen estas noches de los viernes que me hacen sentir así. Ya se me está haciendo sospechosamente habitual esto de sentarme frente al monitor, recorrer con mis dedos el teclado, beber sorbos de un malbec, escribir sin importar cuántas horas le haya robado a la noche. No sé que es lo que tienen estas noches de los viernes pero, luego que termino de escribir, me siento bien. Me atrevería a decir que es ese momento de tranquilidad que algunos llaman felicidad. Aunque la verdad no me considero tan optimista. Creo que es sólo eso: un momento de serenidad que se me hace imprescindible cuando termina la semana. Cuando termina el estrés de estas cinco jornadas caraqueñas. Mientras otros salen, beben algo, se fuman un porro o salen a tirar con sus novias, yo prefiero esto de sentarme frente al computador y escribir. Sólo eso. Ese acto tan cobarde de escudarme ante palabras. Ese acto de vencer la tiranía intermitente del cursor que, con su sincronizada perseverancia, nos recuerda que el ritmo de la vida sigue inexorablemente. Que todo esto que escribo, continuará, pase lo que pase…

martes, junio 12, 2007

Teresa Carreño: pasión y vida por el piano


Hoy se cumplen 90 años de la muerte de la pianista más insigne que ha parido nuestra tierra: Teresa Carreño. Hija de Manuel Antonio Carreño (autor del celebérrimo Manual de Carreño), elogiada por los grandes compositores de su época –Brahms, Rossini, Lizst y Tchaikovski-, extraordinaria compositora de más de 50 piezas y aplaudida en los escenarios más importantes de Londres, París y Nueva York. Sin duda, la venezolana más importante del siglo XIX.

A continuación, les posteo un extracto de la breve pero completísima biografía de Teresa Carreño, que escribió mi querida y admirada profesora de literatura Violeta Rojo para la Biblioteca Biográfica Venezolana que edita El Nacional. Simplemente me parece una magnífica reflexión sobre una de las cosas que juntos celebramos en La Vida es una Nota: la cercana y deliciosa relación entre la música y la literatura.

“La mente del artista debe ser cultivada (…) La cultura se deriva de la observación, de la naturaleza, de la historia de seres humanos, de la arquitectura, de la poesía. Yo recomiendo siempre a mis discípulos, aspirantes a la música, el leer mucha poesía. Yo misma encuentro gran inspiración en Shakespeare (…) En este caleidoscopio de pasiones humanas se puede hallar un mundo de inspiraciones. Me place también comparar grandes maestros de la literatura con grandes maestros de la música. A Shakespeare lo comparo con Brahms; Goethe con Bach y Beethoven; Heine y Musset con Chopin y Lizst”. – Teresa Carreño

viernes, junio 08, 2007

Ella y sus galletas Oreo


Ella tenía esa peculiar costumbre de comerse las galletas Oreo luego de haberlas remojado en leche fría. Recuerdo que le decía que parecía la propia gringa haciendo eso, mientras ella me respondía que sólo le gustaban las galletas Oreo criollas, ésas que son de chocolate, pero no las del “tipo americano”. En fin, que ella no era “ninguna gringa”.

Lo más curioso de todo, era que para eso tenía todo un ritual que rayaba en lo maniático. Por eso es que me gustaba decirle “mi Sally”, porque en eso se parecía mucho a ese personaje que inmortalizara Meg Ryan junto a Billy Crystal en When Harry met Sally.

Primero buscaba en la nevera la leche, que debía estar lo suficientemente fría. Leche que por cierto debía ser completa: “Porque con leche descremada no me sabe igual”, decía como para justificar la cosa. Luego de haber llenado dos tercios del vaso, se iba a la mesa y lo ponía a la derecha del plato que solía llenar con tres galletas. Agarraba cada galleta y la miraba con tanta fascinación que, por momentos, parecía ponerse bizca. Después que tomaba la galleta con sus dedos, como un cura lo haría con una hostia, introducía dos veces en el vaso un tercio de la galleta –ya pueden imaginarse su manía con los tercios. Dos o tres gotas caerían en el vaso, tiñéndolo de un leve color marrón. Luego volteaba la galleta para que del extremo que había sido remojado, el líquido bañara el resto que había quedado seco. Antes de ingerírsela, volvía a mirarla concentrada y a ponerse bizca.

Llegaba entonces el momento en que se la metía a la boca. Cerraba los ojos, se le arrugaba su menuda nariz y suspiraba de placer con cada mordisco. Después se reía y meneaba su cabeza de alegría, antes de decir la frase célebre con la que cerraba cada una de estas exquisiteces: “¡qué vaina tan buena!”. Y lo decía como si nadie más estuviese allí. Imagino que el mensaje sólo le interesaba a ella. Luego de haberse comido las tres galletas, procedía a limpiarse los dientes con la lengua en procura de algún pedacito rebelde. La imagen era de un infantil encantador. Bueno, por lo menos a mí me encantaba verla así…

Es impresionante cómo ciertas cosas pueden llenar a tener toda una carga emotiva. Es impresionante cómo hoy, comprando unas cosas en el mercado, con tan sólo ver un montón de galletas Oreo, haya recordado de manera instantánea a la maniática de las galletas Oreo. A esa maniática que, ahora que lo veo, como que llegué a querer más de lo que pensaba…

viernes, junio 01, 2007

Dermis Tatú: a 12 años de ese retrato urbano


12 años han pasado: Sebastián Araujo con su Bacalao Men, Héctor Castillo trabajando con David Bowie y Cerati. Y Cayayo en el cielo.

La violó, la mató y la picó
(1995) fue más que un hito musical en la historia contemporánea de Caracas. Este disco que se grabó en la ciudad de Buenos Aires en 1995, es un clásico que debería evocarse, con carácter de rito, en el pensamiento de los caraqueños.

La violó, la mató y la picó fue mucho más que la ópera prima de esta banda cuyo nombre se convirtió en una patente venezolana en la escena musical de Latinoamérica; fue un retrato urbano de la juventud de la ciudad capital de esa Venezuela que dejaba de ser “saudita” a mediados de los 90. Fue la continuación a la dolorosa disolución de otra leyenda de nuestra ciudad: Sentimiento Muerto.

Estas letras que escribo, han brotado luego de ese placer que significa re-escuchar esta obra maestra del trío liderado por Cayayo. Escucho este disco y luego de tanto tiempo sigue sin dejar de sorprenderme este sonido irreverente, bohemio y, sobre todo, con ese adjetivo intrínseco de los clásicos: vigente.

Dermis Tatú no sólo fue una conjugación muy bien lograda entre punk, dark y funk; fue toda una época. Una época, que si bien tuvo un fin prematuro, sigue vibrando en los oídos de nuestra memoria, sigue viviendo en el repertorio de nuestros recuerdos.