martes, mayo 27, 2008

Las fotografías


Así son las cosas,
amargas, borrosas,
son fotos veladas de un tiempo mejor

GUSTAVO CERATI



Siempre he pensado que las fotografías tienen vida propia. No podemos simplemente tomarlas como objetos inanimados. Por el contrario, ellas nacen, no cuando son tomadas, sino cuando alguien las mira. Cuando uno observa una fotografía uno es víctima de una reacción emocional, que depende de lo que nos muestra o de quien nos muestra y del momento en que la veamos. Ahí, justo ahí, es cuando una fotografía cobra vida ante nosotros.

Esta reflexión es, inevitablemente, personal. Por eso les pido disculpas de antemano por la subjetividad de esto que ahora comparto con ustedes. Comienzo por confesarles que no me gusta que me tomen fotos. No me gusta verme después en ellas. Imagínense entonces lo difícil que es para mí, hoy en día, ir a una fiesta, a un viaje con mis panas o con mi familia. Siempre hay alguien que quiere guardar esos momentos para la eternidad, llevándose para todos lados su cámara digital. No estoy en contra de eso, para nada. Sólo me incomoda estar posando con una sonrisa (por lo demás fingida) para algo que luego no voy a querer ver. Añádanle a eso que, en Facebook, cualquiera puede taguearte si tiene una foto en la que apareces. Tampoco me opongo a eso, sino que detesto verme luego en esas fotos que, por la Web, parecieran perseguirme y encontrarme sin que pueda hacer nada para evitarlo.

Creo que esa peculiar aversión que le tengo a las fotos ha surgido en los últimos diez años de mi vida. Antes como que no le paraba mucho a la cosa, hasta me atrevo a decir que posaba todo contento para las fotos que me tomaban mis padres en mi feliz infancia. No sé por qué, pero cuando veo esas fotos ahora envidio esa genuina felicidad, esa auténtica inocencia que definía mi vida hace una década. Supongo que ahí comenzó todo: cuando comencé a asociarles sentimientos negativos a las fotos.

Pero no sólo pasa cuando me veo en una foto. Pasa cuando veo a personas que me marcaron en cierta época de mi vida y que, por alguna u otra razón, ya no están en ella. Amigos que fueron pero que ya no, familiares que quería mucho pero que ya no están físicamente conmigo, chamas que quise pero que dejé de querer -o ellas a mí, no importa.

Un ejemplo siempre es bueno: una vez me tomé una foto con una chama. La conocí en un viaje que hice con mi familia y me enamoré, intensamente. Nos tomamos varias fotos. Pero hubo una donde salimos ella y yo solos. Esa era la foto. Cuando regresamos del viaje, mi papá, muy emocionado, pasó las fotos de la cámara digital a su laptop y nos llamó a todos para que las viéramos. Bellos paisajes, mi hermana abrazándome, mi papá tomándose una piña colada, mi mamá y mi hermana haciendo bailoterapia. Todas esas imágenes desencadenaron dentro de mí un terremoto emocional, nacido en el epicentro de los recuerdos. Pero nada se compara con lo que sentí cuando vi la foto. Recuerdo que estábamos en el cuarto de mis padres, y cuando la vi me mareé, me dolió la cabeza, me dieron unas ganas irrefrenables de llorar. Salí corriendo de ese cuarto y me encerré en el mío. Quise romper todo lo que me rodeaba, consumido por una ira incontrolable. Me había visto tan feliz junto a ella que hasta mi mirada despedía un brillo que nunca antes había visto en mi rostro. Ya no la tenía a mi lado. Lloré. Lloré como nunca había llorado. La amaba.

Decidí no ver más esas fotos. Me hacían mucho daño y nunca he tenido complejo de masoquista. De vez en cuando las volvía a ver, no les miento, pero en circunstancias inevitables: cuando se las mostraba a mis panas o a otros familiares. Si podía evitar verlas, pues hacía lo posible por no hacerlo.

El paso del tiempo hizo que mi reacción ante esas fotografías evolucionara, pero no siempre para mejor. A veces no me pegaba tanto verlas, mientras que en otras mi cuerpo y mi mente se sabían presas de la ansiedad. La nostalgia, ese sentimiento agridulce, es la palabra que ahora se me viene a la cabeza para definir lo que me producía ver esas fotografías.

Por eso digo que las fotos tienen vida. Las fotos crecen, maduran, pero no solas. Necesitan nuestras reacciones para seguir vivas.

***

Ya ha pasado un buen tiempo y no he podido sacarla de mi mente, me temo que nunca lo haré. Pero ya no es como antes, de eso estoy seguro. Ella está lejos, a veces creo que mucho. Y todo eso me lo ha hecho saber, precisamente, esa foto. O mejor dicho: ver esa foto. Ya no se me revuelve el estómago ni se me acelera el corazón cuando la veo a ella abrazándome, cuando veo la felicidad que se me dibujó en el rostro con tan sólo tenerla a mi lado. Pero tampoco es que no sienta nada. No puedo mentirles, ojalá pudiera ser tan pragmático. La verdad es que no siento casi nada.

Fíjense que pongo esa palabra en cursiva, no porque quiera darle más énfasis o porque quiera otorgarle una connotación especial. Simplemente soy realista ante lo que sigo sintiendo por ella. Ni me comprometo a olvidarla ni me cierro ante la posibilidad de volver a verla. Mucho menos voy a preocuparme por cómo pueda reaccionar si la vuelvo a ver. Pero no me voy a dar mala vida tampoco, porque la verdad es que es poco lo que yo pueda hacer. Tan sólo dejaré que el tiempo, el destino y, sobre todo, mi corazón decidan por mí.

1 comentario:

Nina dijo...

Genial. Como siempre.

Tu último comment me hizo la mañana. Un besote.