La vida en un poema escrito en una servilleta. La vida en un Fa sostenido. La vida en una canción reproducida por un iPod. La vida en una nota.

Life on a love poem written on a napkin. Life on a F-sharp. Life on a tune played by an iPod. Life on a note.

lunes, enero 28, 2008

El sentimiento Tchaikovsky


Desde que llegué, a eso de las diez y cuarto al Aula Magna de la UCV, supe que estaba por asistir a un evento extraordinario. Sería el primer concierto del año que ofrecerían Gustavo Dudamel y la OSJVSB en su país natal. Lo primero que me extrañó ver fue la cantidad impresionante de gente que rodeaba las inmediaciones del Aula Magna. Usualmente no hay tanta gente 45 minutos antes del concierto, la puntualidad no es una de nuestras virtudes. Debía haber una explicación. La más evidente era la gran cantidad de personas que aún buscaban entradas para el concierto. Señoras con rostros elocuentes de desesperación mostraban papeles en lo que se leía: “Compro entradas”, mientras que otras con más desenfado mostraban a manera de reclamo: “¡Quiero entradas!”. Para muchos, Dudamel se ha convertido hasta en un capricho.

Las colas para entrar al recinto tampoco eran normales. Desde jóvenes bohemios, hasta personas de la haute société integraban la heterogénea masa de personas que esperaban pacientemente para sentarse en sus respectivas butacas. Yo finalmente pude entrar a eso de las 11 y cuarto. El concierto comenzó cerca de las once y media.

El programa comenzó con la Overture Candide, original de Leonard Bernstein. Con el ritmo acelerado que lo caracteriza, Dudamel dirigió a su orquesta en esta pieza versátil, a ratos lúdica, a ratos oscura. Terminó la obertura y los aplausos no se hicieron esperar.

La orquesta redujo considerablemente su tamaño para tocar el Concierto para Contrabajo y cuerdas de Koussevitzky. Se podría hasta decir que la orquesta se transformó en un ensamble de cuerdas para acompañar a Edicson Ruiz, primer contrabajista de la Filarmónica de Berlín y único músico latinoamericano en formar parte de la que quizá sea la orquesta más prestigiosa del mundo entero.

Edicson entró a la tarima cargando su pesado instrumento vistiendo un suéter color marrón a lo Mao. Es primera vez que escucho tocar un concierto para este tipo de instrumentos. Y también puedo asegurar que mi primera vez fue perfecta: las cuerdas estuvieron bastante acopladas como fondo para la interpretación impecable de este joven oriundo de La Candelaria, quien abrazando a su instrumento del siglo XVIII, logró emerger de su corazón de madera sonidos ciertamente sublimes.

En el intermedio tuve la oportunidad de hablar con una señora que estaba sentada en el puesto a mi derecha. Me comentó que estaba bastante molesta con la conducta del público durante el concierto para contrabajo. “¡No saben lo que es un movimiento, hablan, tosen, traen bebés para acá; no saben comportarse, sólo vienen para decir después que vieron a Dudamel!”. Traté de calmarla un poco, diciéndole que comprendía su malestar, pero también le dije que quizá mucha gente, por venir a ver Dudamel, podrían después entusiasmarse por este maravilloso mundo de la música clásica. Aceptó, a regañadientes, mi ingenua reflexión. Luego nos pusimos a hablar de conciertos y experiencias pasadas. También hablamos de la pieza que cerraría el concierto: la sexta de Tchaikovsky. “Vamos a ver cómo suena, esta sinfonía es muy, muy triste”, me decía con emoción la señora.

Dudamel, antes de comenzar, hizo una breve introducción de la sinfonía. “Tchaikovsky es un compositor muy sentimental. Esta sinfonía es muy íntima. Para poder sentirla bien es necesario que apaguen sus celulares”. “¡Qué pena Dios mío!”, seguía quejándose la señora, sin saber que luego sonaría otro inoportuno celular. Dudamel continuó: “Esta sinfonía termina con un pianissimo, con un diminuendo”, haciendo una clara distinción respecto a la inusual manera en que concluye esta sinfonía.

Dudamel comenzó a dirigir, pero en pocos segundos mandó a detener a su orquesta. No había todavía el silencio como para que pudiera comenzar. Esperó un poco y la gente entendió el mensaje: había que callarse. Cuando la palabra silencio tomó su significado literal en la sala, se inició el primer movimiento de esta sinfonía, a la que se conoce también como “patética” –personalmente no estoy de acuerdo con los títulos que ostentan ciertas sinfonías, para muestra un botón: el título de la obra, sugerido por Modest, hermano de Pietr Tchaikovsky, alude al adjetivo “apasionado”, muy contrario a la acepción moderna del término, que más bien hace referencia a algo “que genera lástima”. Y, aunque creo haber escuchado un par de errores al comienzo del movimiento –uno en la sección de cuerdas y otro en la de vientos-, este adagio que evoluciona hasta convertirse en un allegro non troppo sonó magistral.

El segundo movimiento, también impecable, le dio paso al único movimiento “alegre” de la sinfonía, el allegro molto vivace, donde se pudo ver a un Dudamel mucho más suelto –en ocasiones parecía bailar en sincronía con el pulso binario del movimiento- en contraste con la tensión que mostró al principio de la sinfonía. El movimiento terminó con su fanfarria. El público, una vez más rompiendo el protocolo, aplaudió con euforia.


El último movimiento comenzó con el sonido de los violines que presagian su triste final. Este movimiento, aunque lánguido, despliega una intensidad tan oscura que a ratos llega a ser fúnebre. Su final no hace otra cosa que confirmar ese particular rasgo: el diminuendo que desfallece hasta morir en el silencio. Dudamel supo finalizar esta sinfonía con el dramatismo que demanda: su mano izquierda se fue encerrando lentamente hasta mitigar el poco sonido que aún pululaba por la sala.