La vida en un poema escrito en una servilleta. La vida en un Fa sostenido. La vida en una canción reproducida por un iPod. La vida en una nota.

Life on a love poem written on a napkin. Life on a F-sharp. Life on a tune played by an iPod. Life on a note.

viernes, agosto 29, 2008

José James: jazz with a hip-hop vibe


Gilles Peterson, a guy who knows something about good music, recently created his own record company: Brownswood Recordings. One of the artists that he first signed was José James, half panamanian half irish, who lives now in Brooklyn and has one of the greatest voices of jazz nowadays. The dreamer, his second album, is one of those records that, after being celebrated by the critics and some of the most recognized jazz musicians, has also achieved an enthusiastic response from the jazz audience. However, The dreamer isn’t quite a pure traditional jazz record, since James added it in an exquisite urban vibe: some hip-hop, R&B and even a little bit of drum ‘n bass. This fusion has turned out to be outstanding. That’s why I now invite you all to listen to his extraordinary jazzy hip-hop or hip-hop au jazz. Either way, it’s still great music.

Here is the video for the first single, Park bench people



miércoles, agosto 27, 2008

Un par de buenas razones...

…para asistir al Festival de Cine Latinoamericano, organizado por la gente de GranCine, que se exhibirá en las salas del CELARG y del Trasnocho a partir de este viernes 29 de agosto. El cartel incluye varios de los mejores films que se han hecho en Latinoamérica durante el último par de años. Les posteo los trailers de dos de los films que están en el cartel del festival -y que son los que más ganas tengo de ver:

El pasado (Argentina), de Héctor Babenco. Actúa Gael García Bernal.



Una estrella y dos cafés (Argentina), de Alberto Lecchi. Actúan Gaston Pauls y Ariadna Gil.




Unas cotufas medianas y una Coca-cola grande, por favor
.

lunes, agosto 25, 2008

Esta mala costumbre


Me estoy malacostumbrando a estar solo.



Me estoy malacostumbrando a pedir una Solera light en el bar. A comprar una sola entrada para los conciertos. A hablar conmigo mismo en voz alta y en inglés, qué bolas.

Me estoy malacostumbrando a bajarme demasiadas películas por internet. A ver películas que nadie conoce, con actores que nadie conoce. A sacar las cotufas del microondas y echarlas en un solo envase. A hablarle al televisor como si estuviera dentro de la escena, no me jodas.

Me estoy malacostumbrando a no salir los fines de semana. A tomarme una botella entera de vino frente al computador. A cantar borracho las canciones de Calamaro y Fito con exagerado acento argentino: “la moneda cashó por el lado de la soledad/ y el dolor”, “saca la tele/ abríte un buen vino/ hoy cuido de vos”.

Me estoy malacostumbrando a no escribir mensajitos de texto. A que mi celular se me esté quedando autista. A escribir demasiado por Facebook. A refugiarme tras las ventanas irreales del Messenger.

Me estoy malacostumbrando a ver de nuevo los capítulos de Friends y Seinfeld que ya he visto como 700 veces. A ver demasiado E! Entertainment Television. A reírme de las estupideces que dicen –y hacen- las jevitas de la Playboy Mansion y las Kardashian. A enterarme de que Jennifer Aniston dice que John Mayer es el carajo que mejor le ha hecho el amor, del nuevo ingreso a rehabilitación de Amy Winehouse, de las nuevas fotos que salieron de Lindsay con su novia DJ.

Me estoy malacostumbrando a comer solo, que es la escena más patética del mundo.

Me estoy malacostumbrando a escuchar demasiada música con los audífonos puestos.

Me estoy malacostumbrando a leer demasiado. A pasar intencionalmente demasiado tiempo conmigo mismo.

Me estoy malacostumbrando a no enamorarme. A no coleccionar frases de libros, películas y canciones para luego recitárselas a una chama que me guste. A no llamar de madrugada a alguien con la excusa de que estaba pensando en esa persona, de que sólo deseaba decirle que la quería. A no conmoverme cuando escucho Crush, de Dave Matthews.



Esta mala costumbre no es mala, coño.

Es una mierda.

viernes, agosto 22, 2008

Jeff Koons: ¿is he playing with us or is he amazing us?

Descubrí el extraordinario trabajo de Jeff Koons gracias al excelente programa Iconoclats, que pasan por el mejor canal que tiene Intercable: film&arts. Allí, Koons se encarga de mostrarle al diseñador Tom Ford –moderador del programa- el estudio que tiene en la ciudad de Nueva York junto a muchas de las obras que actualmente confecciona. El trabajo de Jeff Koons se pudiera resumir en tres palabras: kitsch, sexo y banalidad. Pero también es muchísimo más que eso. Por eso es que los invito a que hagan como yo y se pongan a buscar su trabajo en Internet, a que admiren su obra y que participen en el inevitable debate que su obra despierta.

Los invito a que lo descubran.




martes, agosto 19, 2008

Paseando por el Centro de mis prejuicios


Debido a ciertas diligencias que exige mi pasantía, la semana pasada me vi en la necesidad de ir al Centro de Caracas. Salí de la estación de Metro La Hoyada y caminé hasta una de las Torres del Silencio, sitio donde se iba a efectuar la reunión que había motivado la movilización de mi persona y, sobre todo, al desplazamiento de mis prejuicios.

Tenía al menos tres años que no visitaba el Centro de Caracas. La última vez que fui, intenté sacarme el pasaporte en la Onidex. Estuve yendo durante tres días seguidos, pero mis esfuerzos resultaron infructuosos. De manera que los últimos recuerdos que tenía de mi paso por esa zona no eran muy positivos que digamos.

Pero también fui presa de mis prejuicios en este reencuentro. Salí de La Hoyada resguardando mi bolso, mirando hacia los lados, atento ante la cercanía de cualquier persona “extraña”. Debo confesarles que me sentía incómodo. Sin embargo, me sentí un poco mejor al constatar el buen estado de las edificaciones que me rodeaban, de las calles y aceras por las que caminaba. Los edificios estaban recién pintados; la Asamblea Nacional reluciente de blanco; el Teatro Municipal impecable; la Plaza Bolívar pulcra; las calles ahora están libres de los carros que antes se estacionaban y llenas de fiscales y de policías. En fin, estaba gratamente impresionado de cómo el Centro de mi ciudad me recibía luego de tanto tiempo.

No obstante, cerca del CNE, la cosa sigue siendo lamentablemente la misma –o incluso peor- de la última vez que la transité. La Plaza Caracas está ahora libre de buhoneros, pero está cerrada por una serie de modificaciones que espero mejoren su anterior apariencia.

Antes de dirigirme a las Torres del Silencio, me metí en un local llamado Café Fama de América. El recinto por dentro es fascinante, el concepto fácilmente “franquiciable”; no tiene nada qué envidiarle a un café madrileño. El café con leche que me tomé me supo a gloria, que es el sabor que te deja esa inesperada caricia que me estaba ofreciendo mi ciudad.

En fin, esta última visita al Centro de Caracas fue muchísimo mejor de lo que me esperaba. Pero no sólo me dejó esa agradable sensación en todo mi cuerpo, sino que, en el camino de regreso a mi universidad, me planteé ciertas reflexiones que ahora me gustaría compartir con todos ustedes:

¿Por qué uno deja de ir por tanto tiempo a ciertas partes de nuestra ciudad? ¿No será que la mayoría de las veces uno se auto-exilia? ¿El no ir a partes como el Centro no es precisamente seguir contribuyendo a la polarización del país? ¿El no ir al Centro no es precisamente darle la razón a esos grupos que creen haberse apoderado “políticamente” de algunos espacios urbanos? ¿Por qué uno deja que nuestros prejuicios nos “prohíban” visitar ciertas partes de nuestra ciudad?

Los invito a que los derrotemos, a que nos rebelemos contra ellos, a que le llevemos la contraria. Créanme: se siente muy bien. Cuando uno derriba esas absurdas barreras mentales y se dedica, como lo hice yo, a disfrutar de la ciudad que no le pertenece a ningún bando sino que es de uno, ella misma como que te da premios como éste que recibí yo.

viernes, agosto 15, 2008

Hot & funny mamas!

Una de las cosas más sexy que puede tener una mujer es un buen sentido del humor. En más de una ocasión me he reconocido atraído a una chama sólo por el hecho de que me haga reír. Cosa que también dice mucho de su inteligencia, ya que siempre me ha parecido que para hacer reír a los demás hay que ser muy inteligente.

Pero la razón de este post no es hablar de eso. (Aunque pensándolo bien, esto podría dar material suficiente para un post.) Le escribo para invitarlos a que vean una serie web, protagonizada por tres tipas que, aparte de que están chéveres, son bastante graciosas:
Chelsea Handler (Chelsea Lately), Leah Remini (The King of Queens) y Jenny McCarthy. La serie se llama In the motherhood, donde los guiones de los episodios están basados en historias reales de madres relatando anécdotas hilarantes que han tenido con sus hijos.

El concepto está genial y los capítulos están del carajo.

Para que tengan una idea de lo que les estoy hablando les posteo el primer episodio de la primera temporada, titulado
Mother’s day gone wrong!

miércoles, agosto 13, 2008

Cabezón Key: avant garde à là caraqueña

Ezequiel Serrano Valencia es uno de los músicos más activos y talentosos de la escena musical caraqueña. Forma parte de tres de las mejores propuestas de rock de la actualidad: Tribop, Joystick y, más recientemente, Cabezón Key. Este último es quizá el proyecto más personal de Ezequiel, el que pareciera tener mejor estampada su firma musical. Este año se editó su ópera prima, homónima, y está cargada de excelente música. Este disco, si se compara con las otras producciones de las otras bandas, es más difícil de digerir. Es por ello que muchos se han aventurado de etiquetarlos como los Radiohead caraqueños. Toma tiempo entender y disfrutar la propuesta que plantea. Pero esto, lejos de empañar la calidad de su música, le confiere un encanto inusual en los discos que se editan en Caracas. Cabezón Key es uno de esos discos depurados, detallistas, que imagino se llevó su tiempo en consolidarse. Lo digo por el elaborado del concepto, por sus minuciosos y excelentes arreglos, por la altísima calidad de composición de los temas, por la excelente música que ostenta. Este trabajo constituye todo un desafío para la audiencia caraqueña malacostumbrada –donde me incluyo- a escuchar discos con canciones instantáneas, de rápido disfrute. Por eso, desde acá, celebramos y aplaudimos otra vez –ya lo hicimos con el disco de Joystick- lo que Ezequiel Serrano Valencia tenga a bien presentarnos, al lado de los músicos de cualquiera de sus agrupaciones musicales.

Nota: el disco se consigue en las tiendas Esperanto. A continuación les posteo el video del tema No quedará nada, realizado por Juan Carlos Vega.


sábado, agosto 09, 2008

Caracas es chiquitica...

Sabía que esta ciudad era muy pequeña como para que no nos volviésemos a encontrar. Sabía que te volvería a ver. Y cuando menos te lo esperabas. O dime: ¿de verdad pensabas que me ibas a ver anoche? Por eso nunca perdí mis esperanzas de que el tiempo o el destino nos pusiera de nuevo frente a frente. Pero también supe que no me ibas a ver a la cara. No podías. Por eso es que anoche te hice saber con mi mirada de que el tiempo me había dado la razón, de que yo había ganado. De que había salido victorioso de esta estúpida batalla a la que diste comienzo. Esta batalla que decidiste librar luego de haber hablado toda una noche de la declaración de amor que hace Billy Cristal al final de When Harry met Sally, de cuando Will Ferrell toca su guitarra y canta con encantadora timidez a Maggie Gyllenhaal en Stranger than fiction, del “I’ll will learn how to swim” que salió de la boca de Tim Robbins en esa conmovedora escena en La vida secreta de las palabras. Una noche que para mí fue mágica. Aunque para ti no tanto. (Eso te encargarías de demostrármelo luego.) Te pedí tu teléfono porque quería quedarme con tu inquieta y tierna mirada que se resguardaba tras tus lentes de pasta. Quería tenerla sólo para mí. Me encantaste. Quedamos en que íbamos a tomarnos una botella de vino tinto en una de esas tascas de Chacao. Y seguiríamos hablando de buen cine. Pero nunca contestaste tu celular. Te dejé dos mensajes de voz. Nunca me devolviste la llamada. Te llamé desde un centro de comunicaciones para burlar al caller ID y caíste en mi trampa: te volví a invitar, en esa segunda oportunidad, a un concierto que iba a dar Dudamel en el Teresa Carreño. Pero tampoco te apareciste en el teatro. Quedó vacío el asiento que tenía al lado. Me vestí del carajo y me eché el mejor perfume que tenía. Fui al concierto con la esperanza de volver a verte. Pero no. El asiento quedó vacío. Ok. Me costó tiempo y energía aceptarlo. Y anoche, luego de casi un año, debo confesarte que me sentí muy bien al volver a verte, aun cuando nunca esperé sentirme así. Siempre me pregunté cómo reaccionaría si alguna vez nuestros caminos volvían a cruzarse. Pero resulta que salí bien parado. Me prometí que cuando volviera a verte al menos te preguntaría por qué habías decidido no salir conmigo, en dónde la había cagado. Imagino que era para consolar a mi orgullo. Pero anoche me di cuenta que no valías la pena. Anoche la ciudad como que se te quedó muy pequeña, qué vaina ¿no?

miércoles, agosto 06, 2008

Cocina y música


A Karina Pugh


A mí me gusta comer bien. Es uno de mis mayores placeres. Y como a mí me gusta comer sabroso, me tuve que poner las pilas con la cocina desde el momento en que dejé de vivir con mi mamá o con mi abuela, las mejores cocineras del mundo. Comencé con lo básico y también me temo que termino con lo básico, en lo que a mis habilidades culinarias se refiere. El detalle está en que si me hago un bistec a la plancha, una arepa con Diablitos o cualquier otro plato por más sencillo que parezca, pues más vale que me quede bien. Si ya de por sí soy una ladilla cuando me auto-critico, incluso soy peor cuando cocino.

Eso sí: me esmero un poco más en la creación de mis platos si tengo tiempo y las ganas de hacerlo. Cuando ése es el caso, pongo buena musiquita y reúno con paciencia los ingredientes que formarán parte de mi comida. Me dedico a lavar los vegetales acariciándolos con abundante agua, a rasgarles su piel asiendo con firmeza el cuchillo y, por último, a cortarlos. La cosa es hasta terapéutica y todo. La mayoría de las veces me relajo bastante mientras pelo una papa y me pongo a cantar por encima de la música que está sonando.

Cuando cocino me gusta escuchar a Masseratti 2lts, Herbie Hancock, Norah Jones o más recientemente el unplugged de Julieta Venegas. Música tranquila, ya que he descubierto que si pones heavy metal u otra música acelerada, el ritmo pareciera apurar las hornillas. Como todas las cosas buenas en esta vida, cocinar también debe hacerse despacito.

En estos días traté de cocinar con mi iPod puesto. No terminé de escuchar ni dos canciones cuando me tuve que quitar los audífonos. Se me hacía muy incómodo el colocar una tierna milanesa de pollo sobre una sartén caliente y no escuchar ese maravilloso sonido que produce ese choque entre esas dos superficies disímiles pero, en poco tiempo, cómplices. He allí la razón del título de este post. La cocina puede terminar siendo música, y de la mejor que hay.

De hecho, hay cocineros que afirman tener un oído tan afinado para la cocina, que son capaces de saber si un risotto está listo con sólo “escuchar” la olla donde se está gestando su cocción. Aseguran que “la comida les habla, que ella se encarga de avisarles cuándo está lista”. Pareciera entonces que no sólo hubiese oído absoluto para los músicos, sino que también existe uno para los cocineros.

Y es que la cocina no es sólo un deleite para el paladar y para los oídos, como ahora he argumentado. La cocina da para todos los demás sentidos. La miríada de colores que ofrecen unos trozos picados de pimentón y zanahoria junto a unos cuantos maíces sobre el fondo negro de una sartén; el brillo que esplende una tocineta cuando se posa sobre una plancha bañada con un toque de aceite; el magnífico olor del ajo sofriéndose en mantequilla junto a unos trozos de cebolla; la textura que ofrece la piel de la zanahoria o la de esos pequeños arbolitos que coronan a los brócolis. Todos los sentidos están invitados para celebrar de esa maravillosa fiesta que es la comida.

En un episodio de Seinfeld, George Constanza se encarga de mezclar las dos grandes pasiones de su vida: la comida y el sexo. En medio de una relación sexual, George se aparta de su amante y busca en una de las gavetas de su mesita de noche un sándwich de pastrami. Los orgasmos, según él, resultaban mucho más placenteros cuando hacía el amor ingiriendo una de sus comidas predilectas.

De manera que no estoy diciendo nada nuevo con todo esto. De hecho, no es ésa mi intención. Sólo decidí postear lo maravilloso que resulta cuando dos placeres, en apariencia ajenos, se juntan hasta consolidar una experiencia extraordinaria.

Buen provecho.

sábado, agosto 02, 2008

Experimento sociológico (y IV): aclaratorias, razones y conclusiones

En esta última entrega quisiera compartir con todos ustedes varias cosas referidas a los resultados que arrojó este particular trabajo de investigación. Primero: debo reconocer que lo disfruté mucho más de lo que yo pensaba. De hecho, antes de evaluar la respuesta de las mujeres ante todos estos personajes, lo que me motivó fue la expectativa de saber qué saldría de todo esto. Segundo: debo informarles que, de los tres intentos que hice para esta experiencia, los dos que posteé fueron los que resultaron exitosos, es decir, el experimento alcanzó un 66,67% de éxito. Un porcentaje bastante alto si lo contrasto con los anteriores intentos que degeneraron en rebotes.

Además, resulta imperativo que les haga un par de aclaratorias. En estas conclusiones cuando me refiero a “las mujeres”, me refiero a las mujeres que participaron en el experimento. No es mi intención caer en el absurdo de generalizar en un género tan heterogéneo y tan impredecible –y por tanto fascinante- como el femenino. Tampoco pretendo redactar un manual de conquista y/o seducción con las observaciones que a continuación enumero.

Ahora bien, ¿a qué se debió este inesperado y asombroso éxito? Se me ocurren varias razones:

* Los personajes que creé para este experimento debían poseer rasgos atractivos para las mujeres que deseaba conquistar. En el primer caso, el tipo tenía una mezcla de prepotencia y audacia que se tradujo en el gesto del trago y su posterior explicación sobre las tres cerezas -que fue lo que, imagino, sedujo a la frita. En el segundo caso, dichos rasgos fueron aún más acentuados: un “hombre de mundo” es algo que siempre llama la atención –y que fue lo que considero logró capturar la del mujerón. De hecho, si analizamos con atención este último caso, podemos inferir que el francés fue la víctima del mujerón, no el victimario en cuanto a conquista se refiere. Ella fue la que tomó la iniciativa; él sólo se encargó de “venderse”.

* Ninguna de las dos chamas me gustaba en realidad. Me atrajeron, que es distinto. Esto pudiera ser determinante a la hora de explicar el éxito que tuve con ellas. Como no me iba a afectar en realidad si me rechazaban, me desenvolví con más destreza y creatividad. Si ellas me hubiesen gustado, seguro me hubiera ido muy distinto: no hubiese actuado con tanta seguridad, no hubiese dicho frases tan ingeniosas. Lo más probable es que me hubiese ido mal. No crean que estoy siendo dramático: es lo que suele pasar.

Conclusiones:

* Los responsables de este éxito fueron los personajes que desarrollé, no yo. Ese que se levantó a dos mujeres diametralmente opuestas, es muy distinto a como soy. Por ende, ellas se enamoraron o se sintieron atraídas por otro. La frita me mandó bastantes mensajes de texto, donde me decía que quería volver a verme. El mujerón me llevó, luego de salir de Whisky Bar, al cumpleaños de una de sus amigas. Incluso me presentó como “un francés con el que estaba saliendo”.

* Este tipo de experimentos podrían servir muy bien para un zampe, donde lo que se quiere es pasar un rato bien y ya. No creo que resulte muy apropiado aplicar esto si lo que se busca es una relación seria.

* Debería considerar meterme en algún curso de actuación. ¡Porque actué del carajo!

* Por último, el aprendizaje más importante que pude obtener de este experimento es que no me sentí para nada cómodo haciendo todo este show para seducir a alguien. Una cosa es que lo haya hecho bien, que haya actuado de una manera que nunca pensé hacerlo; pero otra muy distinta es que, cuando finalmente logré atraerles a estas dos mujeres, en realidad no me habían conocido a mí, sino a una idea, un personaje, una ficción. Ellas habían sido conquistadas por un invento. Por lo tanto, aprendí a que debo seguir siendo yo, para bien (conquista) o para mal (rebote). Debo seguir siendo el mismo pendejo que se pone a hablar de música, libros y cine cuando conozco a una chama. Debo seguir siendo el que se pone a filosofar sobre el amor, Caracas y política. Debo seguir siendo yo porque si efectivamente lograra gustarle a alguien, entonces gustaría de mí, no de un experimento.