José James: jazz with a hip-hop vibe
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Here is the video for the first single, Park bench people
La vida en un poema escrito en una servilleta. La vida en un Fa sostenido. La vida en una canción reproducida por un iPod. La vida en una nota.
Life on a love poem written on a napkin. Life on a F-sharp. Life on a tune played by an iPod. Life on a note.
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Me estoy malacostumbrando a estar solo.
Me estoy malacostumbrando a pedir una Solera light en el bar. A comprar una sola entrada para los conciertos. A hablar conmigo mismo en voz alta y en inglés, qué bolas.
Me estoy malacostumbrando a bajarme demasiadas películas por internet. A ver películas que nadie conoce, con actores que nadie conoce. A sacar las cotufas del microondas y echarlas en un solo envase. A hablarle al televisor como si estuviera dentro de la escena, no me jodas.
Me estoy malacostumbrando a no salir los fines de semana. A tomarme una botella entera de vino frente al computador. A cantar borracho las canciones de Calamaro y Fito con exagerado acento argentino: “la moneda cashó por el lado de la soledad/ y el dolor”, “saca la tele/ abríte un buen vino/ hoy cuido de vos”.
Me estoy malacostumbrando a no escribir mensajitos de texto. A que mi celular se me esté quedando autista. A escribir demasiado por Facebook. A refugiarme tras las ventanas irreales del Messenger.
Me estoy malacostumbrando a ver de nuevo los capítulos de Friends y Seinfeld que ya he visto como 700 veces. A ver demasiado E! Entertainment Television. A reírme de las estupideces que dicen –y hacen- las jevitas de la Playboy Mansion y las Kardashian. A enterarme de que Jennifer Aniston dice que John Mayer es el carajo que mejor le ha hecho el amor, del nuevo ingreso a rehabilitación de Amy Winehouse, de las nuevas fotos que salieron de Lindsay con su novia DJ.
Me estoy malacostumbrando a comer solo, que es la escena más patética del mundo.
Me estoy malacostumbrando a escuchar demasiada música con los audífonos puestos.
Me estoy malacostumbrando a leer demasiado. A pasar intencionalmente demasiado tiempo conmigo mismo.
Me estoy malacostumbrando a no enamorarme. A no coleccionar frases de libros, películas y canciones para luego recitárselas a una chama que me guste. A no llamar de madrugada a alguien con la excusa de que estaba pensando en esa persona, de que sólo deseaba decirle que la quería. A no conmoverme cuando escucho Crush, de Dave Matthews.
Esta mala costumbre no es mala, coño.
Es una mierda.


Sabía que esta ciudad era muy pequeña como para que no nos volviésemos a encontrar. Sabía que te volvería a ver. Y cuando menos te lo esperabas. O dime: ¿de verdad pensabas que me ibas a ver anoche? Por eso nunca perdí mis esperanzas de que el tiempo o el destino nos pusiera de nuevo frente a frente. Pero también supe que no me ibas a ver a la cara. No podías. Por eso es que anoche te hice saber con mi mirada de que el tiempo me había dado la razón, de que yo había ganado. De que había salido victorioso de esta estúpida batalla a la que diste comienzo. Esta batalla que decidiste librar luego de haber hablado toda una noche de la declaración de amor que hace Billy Cristal al final de When Harry met Sally, de cuando Will Ferrell toca su guitarra y canta con encantadora timidez a Maggie Gyllenhaal en Stranger than fiction, del “I’ll will learn how to swim” que salió de la boca de Tim Robbins en esa conmovedora escena en La vida secreta de las palabras. Una noche que para mí fue mágica. Aunque para ti no tanto. (Eso te encargarías de demostrármelo luego.) Te pedí tu teléfono porque quería quedarme con tu inquieta y tierna mirada que se resguardaba tras tus lentes de pasta. Quería tenerla sólo para mí. Me encantaste. Quedamos en que íbamos a tomarnos una botella de vino tinto en una de esas tascas de Chacao. Y seguiríamos hablando de buen cine. Pero nunca contestaste tu celular. Te dejé dos mensajes de voz. Nunca me devolviste la llamada. Te llamé desde un centro de comunicaciones para burlar al caller ID y caíste en mi trampa: te volví a invitar, en esa segunda oportunidad, a un concierto que iba a dar Dudamel en el Teresa Carreño. Pero tampoco te apareciste en el teatro. Quedó vacío el asiento que tenía al lado. Me vestí del carajo y me eché el mejor perfume que tenía. Fui al concierto con la esperanza de volver a verte. Pero no. El asiento quedó vacío. Ok. Me costó tiempo y energía aceptarlo. Y anoche, luego de casi un año, debo confesarte que me sentí muy bien al volver a verte, aun cuando nunca esperé sentirme así. Siempre me pregunté cómo reaccionaría si alguna vez nuestros caminos volvían a cruzarse. Pero resulta que salí bien parado. Me prometí que cuando volviera a verte al menos te preguntaría por qué habías decidido no salir conmigo, en dónde la había cagado. Imagino que era para consolar a mi orgullo. Pero anoche me di cuenta que no valías la pena. Anoche la ciudad como que se te quedó muy pequeña, qué vaina ¿no?
