La vida en un poema escrito en una servilleta. La vida en un Fa sostenido. La vida en una canción reproducida por un iPod. La vida en una nota.

Life on a love poem written on a napkin. Life on a F-sharp. Life on a tune played by an iPod. Life on a note.

viernes, noviembre 28, 2008

Ben Westbeech: bienvenido a la música de tu vida


Hay discos que cuesta reseñarlos. Son tan buenos que se resisten a ser resumidos y recomendados en un solo párrafo. Welcome to the best years of your life (2007), ópera prima de Ben Westbeech, es uno de esos discos. Lo que pasa es que si no lo reseñaba en este blog, pues entonces hubiese desechado la posibilidad de que muchos de ustedes lo descubrieran y, peor aún, de que lo disfrutaran. Westbeech hace muy buena música y, sobre todo, música fresca. Su propuesta incluye electro-jazz, broken beat y drum & bass. Sin embargo, lo que más llama la atención de este trabajo es su particular voz, muy cercana a la de Jay Kay (Jamiroquai), pero con mucha personalidad y versatilidad. Así como puede entonar melodías alegres (So good today), bailables (Dance with me, Gotta keep on, Hang around), también puede conmovernos con melodías románticas (Taken away from). Welcome to the best years of your life fue uno de los mejores discos que escuché el año pasado. Disculpen ustedes que ahora sea el momento en que lo comparta con ustedes.

Nota: les posteo el video de So good today



miércoles, noviembre 26, 2008

Jeff Soto: pop surrealista


Jeff Soto es un artista visual de Los Ángeles. Sus primeros trabajos estaban enmarcados dentro del arte urbano. Luego desarrolló una propuesta denominada “Pop-Surrealism”. Unos críticos alegan que su trabajo es político, porque sus pinturas representan el conflicto Hombre vs. Poder. Otros, subestimando su propuesta, dicen que su trabajo es “graffitti para niños paranoicos”. Aquí les posteo algunos de sus cuadros. Juzguen, o mejor dicho, disfruten ustedes de su obra.





martes, noviembre 25, 2008

Starry night


Anoche no dormí.

No pude.

Tenía tiempo que no me pasaba. La última vez que algo logró quitarme el sueño fue un examen de la universidad: el último parcial de Sistemas de Control II. No salí bien, pero pude pasar la materia.

Anoche volví a pensar en ti. Pero fue totalmente distinto a como lo he hecho por estos últimos meses. Anoche no te quise, ni te deseé; no te extrañé, pero tampoco te odié. Anoche, finalmente, me di cuenta del mal que me estaba haciendo seguirte pensando.

Esta mañana me ardían los ojos, me dolía la cabeza y tenía acidez. Supongo que así se manifiesta, en el cuerpo, el dolor del alma. Así se siente tenerte en mi cabeza. Antes como que no reparaba en ello. La solución era simple: emborracharme con mis amigos –quienes, imagino, nunca sospecharon por qué tomaba tan rápido, por qué me apresuraba a que el alcohol hiciera su efecto en mi sangre para que desaparecieras de mi pensamiento por un rato.

Pero anoche fue distinto. Fue como si se juntaran los últimos recuerdos de ti, o mejor dicho: los que no tuve. Los emails que nunca me respondiste, las llamadas que te hice a miles de kilómetros de distancia y que nunca atendiste; los llamados mentales que te hacía cuando algo me recordaba a ti.

Como ese poema de Gonzalo Rojas; esa sonata de Beethoven; cualquier película hablada en alemán.

Y ese cuadro de Van Gogh.

Sí, ese fue el último y más intenso recuerdo que tuve y no tuve de ti. Cuando lo vi en el MoMA casi lloro. Mis padres se extrañaron al ver que se me habían aguado los ojos con tan sólo ver un cuadro tan pequeño. Pero así son los ataques de la memoria, no permiten refugiarte en alguna trinchera, no permiten protegerte con el escudo del orgullo.

Salí de la sala del museo y te llamé desde el pasillo. Quería decirte que ver ese cuadro era verte a ti. Quería decirte que cuando vi ese cuadro en el MoMA tenía otra excusa para que viajaras conmigo a Nueva York, la ciudad que nunca quisiste.

Porque en ese viaje había coleccionado un montón de sitios, imágenes y sabores para que te enamoraras de ella. Te tenía un banco en Central Park donde podíamos sentarnos bajo un árbol que tiene la forma de una mano sosteniendo un cigarro; una tienda de discos de jazz en Harlem atendida por un viejo muy simpático que me aseguró que había sido novio de Nina Simone; un bistró en Chelsea donde preparan el mejor fondant de chocolate que me he comido en toda mi vida.

Sí, nunca te lo conté ni te lo escribí, pero tenía la ilusión de que viajáramos juntos a Nueva York.

De que fuéramos juntos al MoMa.

De verte viendo ese cuadro de Van Gogh.

Pero volvamos a esa última llamada que te hice. Esa que tampoco respondiste. No recuerdo que fue lo que pensé para que me consolara tu no respuesta.

Porque justamente lo contrario fue lo que me pasó anoche, cuando finalmente reparé que debía aceptar el hecho de que hace tiempo ya yo no formaba parte de tu vida. De esa vida libre, esa vida nómada, donde los amores son como esas hojas secas que sueles recoger de los parques y que luego guardas en tu carnet de voyage.

Me habías convertido en una hoja seca.

Pero el tiempo me dio sensatez, que fue lo que me permitió reconocer que lo único que puedo hacer es ahora es seguir adelante. No olvidarte, no pasar la página, no guardarte rencor, pero avanzar.

Recordarte, pero sin dolor.

Recordar que conocerte fue una de las mejores experiencias de mi vida.

Que conocerte me hizo feliz, pero también infeliz. Que conocerte me hizo la mejor persona del mundo, pero también la peor. Que conocerte hizo que por fin entendiera a los que se agarran de mano y se besan en público.

Anoche fue que finalmente pude asimilar todo esto de seguir adelante. Todo eso que me dijeron mil veces mis amigos y familiares.
Seguir adelante.

Lo que pasa es que, aunque reconozco que tengo que hacerlo, la verdad es que no sé cómo hacerlo.

Ese es el problema: nunca me había imaginado un futuro en el que no estuvieses tú.

sábado, noviembre 15, 2008

In memoriam: Ramón Viloria

Mi abuelo se fue hoy a las 6 y media de la mañana.

Este par de escritos que ahora les posteo es el homenaje que le hago a “mi abue”.

Mi gran amigo.

Las manos de mi abuelo

Isabel Allende dice que cuando se nos muere un ser querido esa persona no se va del todo. Siempre tendremos algo que nos los traiga de vuelta. Sólo basta con ver a otro familiar que haya heredado alguna característica física de esa persona para recordarla. Yo recordaré a mi abuelo con tan sólo ver mis manos, muy parecidas a las de él: con dedos largos y delgados.

Aunque creo haber heredado otras cosas de él como su postura jorobada, su forma de caminar y sus largos brazos, sus manos son lo que tengo -y valga la cacofonía- más “a la mano”. Recuerdo que tenía unas manos tan largas que podía recubrir con ellas el reposadero de codos de los bancos de madera de cualquier iglesia. De niño me impresionaba eso. Trataba de imitarlo con mis pequeñas manos pero no podía. Con el tiempo las manos me crecieron y ahora puedo hacer lo mismo. Las manos de mi abuelo son mis manos.

A mi abuelo le debo muchas cosas.

Logré amar a Caracas desde niño, cuando viajaba desde Puerto La Cruz durante las vacaciones escolares. Lo acompañaba a La Florida, al Centro, a hacer diligencias, pero también paseábamos por el Parque del Este, el Museo de Ciencias y Los Próceres. Él me enseñó amar a Caracas caminándola, montado en un carrito, dentro de un vagón del Metro. Me enseñó a amarla palpándola con los pies.

A él le debo ese vicio de tomar café con leche. Cuando me llevaba al Colegio Santa Luisa me compraba un café con leche pequeño tibio, imagino que para que pudiera tomármelo rápido sin quemarme. Porque mi abuelo siempre estaba pendiente de uno, su capacidad de servicio es uno de sus grandes atributos. Ésa era su forma de querernos.

Una de las cosas que también definieron mi vida eran las discusiones que él sostenía con mi padre en la mesa del comedor, luego de algún almuerzo o alguna cena. No exagero al decir que han sido los mejores debates intelectuales que he podido presenciar a lo largo de mi existencia. Ver a dos personas tan inteligentes, críticas y sinceras hablando de política era todo un lujo. En más de una ocasión diferían y hasta se enfadaban, pero de todas formas esos encuentros eran dignos de ser disfrutados y apreciados. Desde pequeño y, aunque ninguno de ellos lo sepan, me dediqué a prepararme para poder participar en esas tertulias. Comencé a leer el periódico, a ver los noticieros para aprenderme los nombres de los ministros, a escuchar la radio para enterarme de las “marramucias” que hacía cualquier funcionario del gobierno.

Con tiempo y preparación logré incorporarme a esas conversaciones. Creo que lo hice bien. Mi abuelo hasta llegó a llamarme “analista político”. La última discusión que tuvimos tuvo que ver con quién ganaría la Alcaldía Mayor. Yo sostenía que sería Leopoldo López. “Yo creo que ahí gana el negro Aristóbulo”, sentenció.

También me enseñó a relacionarme con la gente. A cómo tenía que dar un buen apretón de manos y cómo debía acercármele a cualquier persona que quisiera conocer. Puedo decir, modestia aparte que me ha funcionado bien. Así conocí a Eugenio Montejo, Aldemaro Romero y a Carlos Cruz Diez. Incluso a chamas que me gustaban.

Otra de las cosas que tenía era su gran humildad. Con los contactos que tenía y su currículo bien pudo haber sido ministro o tener un cargo de igual o superior notoriedad. Pero me temo que no quería o no le hacía falta. En la misa que hizo el Papa en La Carlota, él pudo haber recibido la hostia del mismísimo Juan Pablo II. Él prefirió compartir la comunión con sus hijos y sus nietos.

Así era él.

Y así marcó mi vida.

Hoy le doy gracias a Dios por el inmenso privilegio de haber sido su nieto y le pido que me de la fuerza que él siempre nos pidió que tuviéramos ante situaciones adversas. Una de las noticias más tristes que he recibido fue cuando me enteré que no había sido admitido en la Universidad Central de Venezuela. Me encerré en un cuarto a llorar por dos días. Cuando me vio así, con el carácter fuerte que lo caracterizaba me dijo “¡Ya está bueno ya Victor Manuel! ¡Usted tiene que afrontar la realidad!”.

No sé si me hubiera dicho lo mismo si me hubiera visto llorar ahora por él.

Sólo sé que ahora cuento con sus recuerdos y su ejemplo de vida.

Y mis manos.

Mis manos que son sus manos.

Mi abuelo

Hace dos años, durante el Laboratorio de Crónica Urbana, me mandaron un ejercicio de describir un personaje. Decidí escribir sobre mi abuelo, uno de los personajes más importantes de mi vida. Mis compañeros del curso disfrutaron mucho este escrito. Y mi abuelo también. Tanto, que incluso lloró cuando se lo mostré. Tanto, que lo mandó a enmarcar y lo colgó cerca de la mesa del comedor de su casa.

Una guayabera blanca, pantalones de lino grises y un par de zapatos negros Florsheim constituyen la vestimenta diaria de ese personaje malhumorado y sabio, a quien la vida delegó el “cargo” de abuelo: mi abuelo.

Se levanta a eso de las 7 y media de la mañana, y luego de desayunarse un plato de leche descremada con una cantidad exorbitante de Corn Flakes, -que sobresale como un iceberg de ese mar lácteo- se dispone a caminar por el Paseo Los Próceres. Allí llega saludando a sus grandes amigos de la ciudad: los indigentes. “La Negra Esther” que vive con un ejército de nueve cacris que la protegen de todo mal y “El Místico”: un moreno alto con un afro descomunal que, desde lo alto del cerro donde está ubicado el barrio Marín, medita y le canta a los dioses contorneándose como cualquier instructor de yoga del Parque del Este.

Así es mi abuelo. No sólo saluda y habla con todo el mundo sin ningún distingo, sino que los escucha realmente interesado en lo que puedan aportarle a su cultura cotidiana. Es trujillano de nacimiento pero maracucho de corazón, y en sus más de 40 años viviendo en Caracas no ha podido erradicar el “¡Mirá qué molleja!” de su vocabulario.

Mi abuelo también es lo que los psicólogos denominan un individuo “ciclotímico”: su estado de ánimo oscila entre una echadera de vaina hilarante y un mal carácter que, si te agarra desprevenido, seguramente saldrás “berreando” con una almohada en las nalgas al mejor estilo de La Chilindrina –la hija de Don Ramón en la serie mexicana “El Chavo”.

Sin embargo, todo este lado agrio de su personalidad se ve minimizado al lado de su gran capacidad de servicio hacia los demás y su inmensa sabiduría. Discutir de política con él ciertamente es una delicia, ya que su amplio conocimiento -aunado a la calidad de su testimonio presencial- de los eventos que han marcado a Venezuela, hacen que cualquier debate que uno inicie con él sea toda una exquisitez intelectual. Ni hablar de sus comentarios típicos aderezados con ese pragmatismo tan sui generis de la “Tercera Edad”, que hace cuando uno intenta de expresarle alguna opinión que no comparte. “¡Ese Teodoro es un muerto!” me dijo cuando le notifiqué que ese era mi candidato para las próximas elecciones presidenciales. O como cuando traté de decirle lo enigmático que me parecía como personaje el Sub-Comandante Marcos, se me adelantó y me dijo: “¡Ése es un asesino!”.

Trata a todo el mundo de “usted”; y en las cúspides de sus “jodederas” se ríe con tanta intensidad que toda su cara se enrojece, teniendo que sacar un pañuelo blanco del bolsillo derecho de su pantalón, para secar las lágrimas que tímidamente brotan de sus ojos achinados. Su curriculum pudiera tener una vuelta al mundo -gracias a los numerosos viajes que realizó- si no fuese porque nunca visitó al continente asiático: “Es que a mí esos chinos nunca me llamaron la atención”.

Así es mi abuelo; como las personas que, a fin de cuentas, uno más quiere: ésas con las que uno llega por momentos a levitar de la emoción no sin antes habiéndote jodido un poquito.

miércoles, noviembre 12, 2008

John Legend: cuando la evolución suena a gloria


El tercer disco en la carrera de un artista ostenta una importancia crucial. El éxito de esa producción asegura la permanencia de ese artista en la palestra de la escena musical. John Legend ha salido más que airoso de este difícil reto editando su más reciente trabajo: Evolver (2008). Este disco pareciera ser la continuación natural de su ópera prima: Get lifted (2004), cargado de un clásico sonido neo-soul -género que toma la base rítmica del hip-hop (beats, samplers) con la base armónica del R&B. Su segunda placa, Once again (2006), fue un disco más orgánico -prescindió de bases rítmicas electrónicas y de invitados hip-hop- con buenos temas pero lamentablemente muy repetitivos, lo que hizo que el disco, globalmente hablando, cargara a cuestas ese desagradable adjetivo que puede tener cualquier trabajo musical: predecible. Pero Evolver nos muestra lo mejor de John Legend: buenos duetos -Quickly con Brandy, It’s over con Kanye West, No other love con Estelle-, exquisitas baladas -Everybody knows, I love You love- y conmovedoras piezas tocadas en piano -This time, una de las mejores canciones que ha compuesto Legend. Lo afirmo sin duda alguna: Evolver es el mejor disco de R&B que he escuchado este año.

Nota: les posteo una presentación en vivo de su primer single Green Light


lunes, noviembre 10, 2008

Roadsworth: "la calle es mi lienzo"


Artista urbano.

Canadiense, de Montreal.

Célebre por sus geniales intervenciones urbanas.

Polémico. Ha sido juzgado; incluso detenido.

¿Su delito? Intervenir artísticamente, sin permiso alguno, las calles de su ciudad natal.

¿Y es que acaso el arte necesita pedir permiso?

Su propuesta cumple con la premisa fundamental del arte: hacernos pensar.

Plantea un debate simple, pero contundente:

¿Acaso las calles son propiedad de algo o de alguien?

O no son de nadie, sino de nosotros:
los transeúntes.

Nota: les posteo el tráiler de un documental que nos muestra su extraordinaria propuesta de arte urbano. Saquen ustedes sus propias conclusiones.

jueves, noviembre 06, 2008

Hocus Pocus: genial (h)ip-(h)op


Escuché por primera vez a Hocus Pocus gracias a mi pana Estilo Léxico. Esta agrupación francesa hace un hip-hop bastante particular: matizado de guitarras pop, flautas world music y una exquisita vibra jazzy. Tienen dos discos: 73 touches (2006) y Place 54 (2007), ambos excelentes. Sin embargo, en su última producción ostentan una madurez traducida en un sonido depurado, redondo, muy bien logrado. Melodías pegajosas y alegres rimas hacen que esta sea una de las propuestas de hip-hop más frescas e innovadoras que haya escuchado en mucho tiempo. De los grupos más geniales que he descubierto este año.

Nota: les posteo el genial video del tema Mr. Tout le monde. Profitez-en!


martes, noviembre 04, 2008

Tertulia cinéfila


Mis domingos favoritos son los que incluyen una visita a la Plaza de los Museos, en Bellas Artes. Si voy al Teresa Carreño a comprar una entrada para un concierto, pues aprovecho de pasearme por los buhoneros bohemios rodean a la Plaza. Paso primero por los que venden DVD’s; reviso la sección del cine argentino, luego la del español y, por último, la del francés. Después paso por los puestos de música a hablar con Juan, quien tiene siempre a disposición una buena recomendación musical.

Nuca falta alguien que te recomiende un DVD mientras estás buscando uno. Suelo ser receptivo a las recomendaciones, pero primero debo revisar la sinopsis en la contraportada para verificar primero si me llama la atención. (Pero tampoco crean que siempre hago esto, muchas veces me dejo llevar por quién actúa o, peor aún, por la carátula. Si aparecen en la portada los nombres de Audrey Tautou, Ricardo Darín, Norma Leandro o Federico Luppi, me compro ese DVD sin chistar.) Pero este domingo pasado fue particularmente especial, en lo que a recomendaciones se refiere.

Mientras leía la portada de un DVD de una película dirigida por Marcelo Piñeyro y protagonizada por el legendario actor argentino Héctor Alterio, un tipo que estaba al lado -franela estampada con un espectáculo del Cirque du Soleil, boina negra, bolso cruzado- me dijo que no me recomendaba la película. Me volteé y le pregunté por qué, con suspicacia, para ver si lograba convencerme, puesto que estaba casi decidido a comprarme la película.

- No es el Piñeyro de Caballos Salvajes o de Plata Quemada, realmente no sé qué le pasó en esa película -su argumento sonó convincente, precisamente porque ya había visto esas dos que mencionó y me habían gustado bastante-. Si quieres llevarte una buena película del cine argentino llévate El aura, de Bielinsky.

- Sí, ésa ya la vi. Muy buena. Bueno, como todo lo que hace Ricardo Darín, ¿no? Aunque las últimas dos que ha hecho no me han gustado mucho, si te soy sincero.

- ¿Y cuáles son esas?

- La señal, que fue una que dirigió y XXY, una historia de un hermafrodita…

- Sí, esa la vi. Muy mala y bastante retorcida la cosa.

- Sí, es fuerte, pero bueno… Espero que se reivindique con El baile de la Victoria, que está filmando ahorita, está dirigida por Fernando Trueba, basada en una novela de Skármeta, el mismo que escribió Il Postino.

- Oye, eso suena muy bien.

- Sí, vamos a ver qué tal.

Seguí revisando los DVD’s y el pana que vendía los DVD’s –camisa negra con el logo de los Rolling Stones, jean agujereado, lentes con la pata derecha remendada- se incluyó en la discusión.

- Si quieres ver una vaina buena, llévate esa que tienes ahí: En la cama, es una película chilena, arrechísima, ganó un coñazo de premios. ¿Y sabes qué es lo mejor de todo? Que toda la película es en un cuarto de motel. Son sólo dos actores metidos en el cuarto de un matadero ¿qué tal? ¡Es arrechísima la vaina! Resulta que uno carajos tiran en un motel y tal, pero luego es que empiezan a conocerse y a echarse los cuentos de sus vidas y tal. Pero bueno… ya no te cuento más nada. Llévatela y después me dices.

- Chévere, me la voy a llevar entonces –le dije, sin pensarlo dos veces.

Una señora –blazer marrón, pantalón negro, de lino, ataviada como si acabara de salir de misa- decidió participar en la informal tertulia que teníamos de cine.

- Ese es el gran problema del cine latinoamericano. Todo es sexo, malandraje y violencia. Todas las películas son de prostitutas o de narcotraficantes. ¡Es una porquería de cine!

Esa última frase hizo que cada uno de nosotros se dedicara a contradecirle a la señora lo que acababa de decir. El que estaba a mi lado le recomendó que viera Estación Central de Walter Salles. Yo le dije que viera El hijo de la novia, de Juan José Campanella y el que vendía los DVD’s le recomendó Machuca, de Andrés Wood.

La señora, abrumada por la inmediata y entusiasta respuesta de nosotros, alcanzó a decir:

- Ok, ok. Yo me voy a llevar todas esas películas que ustedes dicen. Pero óiganme bien, si no me gustan voy a venir a que me devuelvas la plata –dijo señalando en tono de amenaza al vendedor.

- No hay manera de que no le gusten esas películas señora, confíe en nosotros, ¡confíe en el mejor cine del mundo!

Por dentro pensé que el pana tenía toda la razón. Seguí buscando DVD’s y me llevé La corporación (Le Couperet), una película francesa que me habían recomendado hace tiempo.

- Esa película es un vacilón, mi pana, me dijo el vendedor cuando le estaba pagando los 2 DVD’s . ¿Te vas a llevar En la cama también? Coño mi pana no te vas a arrepentir, ¡ese es un peliculón! Me dices qué tal te pareció, bróder.

- Claro que sí chamo. Por cierto, dile al pana tuyo ese que te trae las películas de Argentina, que te traiga Las mantenidas sin sueños. De lo mejor que he visto recientemente…

- Sí va, bróder. Intercambiando información, mi pana, así es, pasándonos los datos…

- Así es.

Y me fui, preguntándome cuál de las dos películas iba a ver primero.

(Mentira: sabía que iba a ver la primero la chilena.)