viernes, julio 23, 2010

El amor y la costumbre


La primera cerveza que probé no me gustó.

El primer sorbo que ingerí me dio nauseas. Me pareció demasiado amarga.

No recuerdo qué edad tenía cuando la probé. A riesgo de equivocarme, creo que tendría unos 14 años.

Lo que sí recuerdo es haberla probado en una tasca española con mi papá. Él me dio a probar de su cerveza. (Imagino que esto también significó algo así como su aprobación para luego tomarla con mis amigos.)

En las primeras fiestas del liceo donde se ofrecían cervezas, me costaba incluso tomarme una lata completa. Su sabor era tan agrio que el hecho de "caerme a birras" se me hacía, cuando menos, improbable.

Con el tiempo y gracias a una Semana Santa que pasé con mi familia y unos amigos en la playa, finalmente le agarré el gusto a la cerveza. Desde entonces se convirtió en una de mis bebidas alcohólicas favoritas.

Algo muy similar me pasó con el vino.

Al principio me costaba tragarlo por lo fuerte que me parecía. Un viaje de mochilero que hice por Europa cambiaría esa inicial opinión que tenía hacia los caldos. Allí llegaría a tomar vino diariamente. Luego de bajarme del avión de Alitalia que me trajo de regreso, el vino se convertiría en otra de mis bebidas favoritas.

La cerveza y el vino se han convertido en elementos importantes en mi vida. A la hora de celebrar o de estar en una fiesta siempre opto por tomar cervezas, mientras que cuando estoy comiendo algo en un restaurant, o en casa, una copa de vino tinto constituye una deliciosa compañía.

Luego de analizar un poco lo que he escrito en los párrafos anteriores, he logrado identificar una tendencia respecto a mi aproximación hacia esas dos bebidas: al principio no me gustaban, al punto que mi cuerpo hasta las rechazaba pero, con el tiempo y algo de práctica, ambas se convirtieron en mis favoritas.

Lo que acabo de describir pudiera prestarse para múltiples lecturas. No obstante, hay una en particular que encuentro ciertamente interesante. Esto que me pasó con la cerveza y el vino, ¿pudiera aplicarse en el terreno del amor?

Intentaré ser un poco más puntual: ¿es posible terminar queriendo a alguien que al principio no nos gustaba? ¿Puede el flechado de Cupido darse algún tiempo después de conocer a esa persona? ¿Cuántas historias no hemos escuchado de personas que no se gustaban al principio pero que luego han terminado casadas?

¿Puede ser el amor un gusto adquirido?

Lo que me pasó con la cerveza y el vino no es nada del otro mundo. Muchas personas reconocen que su primer encuentro con el alcohol no fue en efecto positivo. La clave para que al final nos gusten cosas que al principio rechazamos, podría estar en la formación de eso que se conoce como "hábito" -una acción repetida con cierta frecuencia, cuya aplicación ofrece resultados que inicialmente no se tenían.

A fin de cuentas, esto fue lo que yo hice con la cerveza y el vino. A lo largo del tiempo lo que desarrollé fue una especie de preparación: tomé cerveza y vino con regularidad hasta que logré agarrarle el gusto a cada bebida.

El amor es una entidad quizá mucho más compleja, pero eso no quiere decir que rechace este tipo de "entrenamientos". Las citas pudieran incluso considerarse una especie de práctica en la que dos personas van tanteando si entre ellas puede surgir algo que los conduzca a formar un futuro vínculo.

¿Es posible entonces "entrenar" al corazón?

¿Han llegado ustedes a enamorarse de un amigo? ¿Una persona que al principio sólo representaba amistad y compañerismo, pero al final terminó por convertirse en un objeto amoroso? Quizá el tiempo y el grado de conocimiento de esa persona -¿preparación?, ¿costumbre?- es lo que haya motivado al cambio en esa manera en que veías a esa otra persona.

¿Por qué no intentamos entonces salir con una persona que no nos gusta?

¿Por qué no dejamos que el tiempo nos ofrezca una posibilidad que al principio considerábamos descartada?


¿Por qué no intentamos, aunque sea por una sola vez, dejarle la puerta abierta al amor?

3 comentarios:

Doña Treme dijo...

There is an issue about it.... Hace falta siempre "algo"
Yo me he programado para enamorarme de ogros y príncipes de la misma forma, y ha funcionado, sin necesidad de un "click" mágico.
Pero tiene que haber un algo: físico, intelecto, dinero, morbo... tiene que existir un detonante para que tu programes al cuerpo como cuando hacemos dieta

Extranjera dijo...

siempre lo supe.
te extraño vic.

Anónimo dijo...

Lindo!
Es como un poco tarde a veces para algunas oportunidades!!
Me fascinaron las foticos de los chinitos, siempre me fijo en las fotos que escoges para tus escritos y esta esta hermosa!!

Besitos

Yo