viernes, septiembre 10, 2010

Manías (II)


Liliana no puede abrir latas de refresco. Tenía siete años cuando abrió la última. Lo hizo con tanta fuerza que uno de sus dedos resbaló y terminó cortado por el filo de la boquilla. Sangró bastante, lloró mucho. Desde entonces le pide a otra persona que le abra la lata por ella. Tampoco puede verlos mientras lo hacen. Teme lo peor.

Ernesto es tan fanático de David Bowie que únicamente escucha sus canciones cuando está solo. Teme que pueda pasar algo mientras uno de sus temas suena en compañía de otra persona, y entonces ese algo termine teniendo un efecto negativo sobre dicha pieza para siempre. La decisión la tomó luego de haber reproducido un disco de Sting mientras le hacía el amor a la mujer que más ha amado en toda su vida -la misma que lo dejó para casarse con su mejor amigo. Cuando está en la calle y comienza a reconocer las notas de cualquier canción de The Police, se tapa los oídos y entona fuertemente "la-la-la-la-la-la-la-la..."

Estefanía se siente profundamente culpable si usa más de una servilleta cuando está comiendo. Es vegetariana, organizó un sistema de reciclaje de basura en su casa y colabora para una feria que promueve la adopción de gatitos callejeros. Los lugares donde venden pollos en brasa no sólo le resultan siniestros por la imagen de pollos asándose mientras dan vueltas, sino también por la gran cantidad de gente que se los come con las manos. Usan demasiadas servilletas.

Marcos sólo lee libros de escritores que le caen bien. Si no los conoce, le echa un vistazo a la contraportada del libro para leer su biografía y ver su foto. Si le causa mucha curiosidad el libro, pero aún no tiene una muy buena idea del autor, googlea su nombre para saber más de su vida y aprovecha también para buscar fotografías. Esta estrategia lo ha llevado a leer varios de sus libros favoritos. Un mundo para Julius, por ejemplo, lo leyó después de ver la foto de Bryce Echenique que aparecía en la edición que tomó en sus manos. Compró Un dulce olor a muerte, de Guillermo Arriaga, tras sólo haber leído que el tipo era abstemio -como él. Marcos jamás leerá a Gunther Grass, Mario Vargas Llosa y a Paul Auster.

Amanda sólo va al cine para ver películas infantiles. En lo que entra a la sala, procura sentarse donde hayan bastantes chamos. Sus intermitentes dietas no aplican para esa ocasión. Se compra un paquete grande de cotufas, un Cocosette de los grandes, un paquete de gomitas y un refresco de los que engordan. No va al cine por la pantalla grande, el sonido impresionante o las deliciosas golosinas. Va para escuchar a los chamos sonreír.

Alfredo detesta tener las manos llenas de grasa. Se las lava con agua y jabón después que come -incluso cuando la comida no esté tan grasosa. Luego de lavárselas se las seca hasta más no poder. Por eso siempre tiene servilletas en uno de los bolsillos traseros de su pantalón, en una de las gavetas de su escritorio y en la guantera de su carro. Alfredo extraña las lumpias, las papitas de McDonald's y las alitas de pollo frito.

A Sofía le encanta buscarle conversación a la gente se sienta al lado de ella en un viaje en avión o en autobús. Le gusta inventarse una vida ficticia pues sabe que más nunca volverá a encontrarse a esas personas. Lo primero que hace es averiguar sobre su compañero de viaje, para luego inventarse un personaje con posiciones opuestas. Vegetariana, derechista y célibe suelen ser los adjetivos que más emplea. No hay otra cosa que la haga más feliz que ver la cara que ponen ellos cuando se enteran que la persona que acaba de sentarse, y con la que compartirán todo el viaje, no comulga con ninguna de sus posiciones. Y por más que ellos intenten por finalizar abruptamente tan incómoda conversación, ella se afanará en encontrar alguna manera de reiniciarla.

A David le gusta usar corbatas, pero no porque tenga que hacerlo. Es fotógrafo, diseñador grafico y bloguero. David es artista. Pasa horas en las tiendas de ropa para encontrar la corbata perfecta. Evalúa su longitud, su grosor y, sobre todo, su color. A veces busca la asesoría de la gente que trabaja en la tienda donde las escoge. Sin embargo, sólo acepta la ayuda de señores mayores porque, según él, son los que tienen mejor gusto. Lo que más disfruta de vestir corbatas es acomodarse el nudo mientras se ve en el espejo. Lo hace sentirse importante.

A Carmela le da curiosidad saber qué hacen sus compañeros de trabajo luego de que salen de la oficina. Pero nunca les pregunta, prefiere imaginarlo. Ella cree que Carlos, el de Recursos Humanos, se va directo al gimnasio para seguir trabajando en su eterno narcisismo. A Ivana, su jefa, la imagina ignorada por sus hijas, odiada por sus vecinos y maltratada por su marido. Sólo eso puede explicar por qué es tan hija de puta. A Ismael, con quien comparte su cubículo, lo imagina cocinando exquisitos platos en su apartamento de soltero mientras escucha a todo volumen canciones de The Cure y Depeche Mode. Y lo imagina también reprochándose más tarde, cerca de acostarse, por no haber reunido el coraje todavía como para invitarla a salir.

Acá puedes leer la primera entrega de esta serie

5 comentarios:

El hombre del sombrero gris dijo...

jajaja.... excelente veetee!

Mitchele Vidal dijo...

¡Te extraño! No me perdono haber pasado tanto tiempo sin leerte.

Manías, tengo muchas y todas insoportables.

Besos caraqueños :)

Anónimo dijo...

Me encantó!!!!! :D

BTDT / TMTH

Mahe dijo...

Esto es una genialidad... me encantan estas series Vic... puedo compartir un par personales contigo jajajaja

Cereza dijo...

Manías! son deliciosas... tanto que nos hacen únicos ( y detestables también). Entre tantas manías que puedo tener está la de no saber quién escribe los libros que leo... no me gusta dejarme llevar por la popularidad del autor. Tan así que termino de leerlos y nunca conocí el nombre del responsable de la obra.

Un abrazo, buen post ;)