La vida en un poema escrito en una servilleta. La vida en un Fa sostenido. La vida en una canción reproducida por un iPod. La vida en una nota.

Life on a love poem written on a napkin. Life on a F-sharp. Life on a tune played by an iPod. Life on a note.

viernes, agosto 27, 2010

Best Coast: love isn't that complicated


Sometimes falling in love doesn't need any explanation. You just want to be with that person all the time, you just think about that person all the time, you just want to kiss that person all the time. That's it. Just by listening to Best Coast's opera prima, you will fall in love with her -her voice, her lyrics, her music. You'll want to listen to their songs all the time, you'll want to sing her songs all the time... Her songs go straight to your heart in less than two minutes. That's why this suggestion doesn't need more words than what it already has. So just go ahead and listen to this beautiful music. Do it now. Keep it simple. Fall in love.

This is the video for When I'm with you



jueves, agosto 19, 2010

Volver a ser chamo


En estos días he estado preguntándome cómo será eso de ser adulto

La pregunta en sí no me preocupa. No tengo ningún apuro en encontrarle respuesta. A mí lo que inquieta es la frecuencia con la que se aparece la preguntica en esa casa sin puerta que es mi cabeza.

Yo aún no me siento adulto. No me he casado, no tengo hijos, no he montado mi propia empresa. No he sentido eso todavía de "ponerme los pantalones" y salir airoso del compromiso para obtener el diploma de la adultez.

No sé por qué enumeré esos argumentos en el párrafo anterior. Me temo que fue un mero intento de adjudicarle un poco de objetividad a ese tema tan abstracto del crecer.

Lo que sí me he dado cuenta en estos días es que, cuando mi mente se siente presa de la ansiedad por la fulana pregunta, suele encontrar refugio en algunos recuerdos de mi infancia.

Es como si mi cabeza, al estar conciente de que no tiene un rumbo definido todavía en la autopista que conduce hacia la vida futura, se hiciese a un lado y encontrara una cómoda y acogedora alcoba en el hombrillo de la memoria. En la memoria de mi infancia.

Debe ser porque la nostalgia hacia tiempos pasados crece con el mismo paso del tiempo y su inevitabilidad.

Acá en Nueva York no se ven tantos chamos en la calle como en Caracas. Sin embargo, cuando voy al McDonald's de Times Square, siempre veo a grandes grupos de niños vestidos con franelas de colores fosforescentes -amarillo, verde, naranja- que imagino pertenecen a campamentos que visitan la Gran Manzana.

Cuando estos chamos llegan, todo el McDonald's se conmociona. Saltan, gritan, se pegan, se tiran servilletas, se jalan la camisa, bailan, se burlan de sus guías, se tiran papitas, se rocían ketchup, se lanzan hielos, juegan con los pitillos, cantan a todo gañote las canciones de Justin Bieber y Miley Cyrus que suenan en el local... En fin, los chamos se dedican a hacer lo que mejor saben hacer: echar vaina.

En estos días, mientras trabajaba en mi laptop tratando de escribir un email en inglés (cosa que aún me cuesta muchísimo) llegaron ese poco de chamos formando un bochinche un tanto más escandaloso que el de otras ocasiones. El ruido era tan intenso que, aun cuando me puse mis audífonos y reproduje heavy metal en mi iPod a todo volumen todavía podía escucharlo. En esa ocasión, los chamos estaban más fuera de control que nunca...

Una pareja que estaba en una mesa cercana a la mía le pidió a los guías que trataran de controlar el caos. Ellos se disculparon, pero la faena resultaba imposible. Me atrevo a decir que eran casi cuarenta chamos los que se apoderaron del McDonald's esa tarde.

En lo que alcé mi mirada de la pantalla de mi laptop para echarle un vistazo a la altisonante anarquía, fui testigo de una escena que en ese momento me resultó conmovedora: todos, absolutamente todos los chamos, sonreían. No había ninguno que la estuviera pasando mal. La felicidad que pululaba en el ambiente no sólo era manifestada en altos decibeles, sino que se podía tocar literalmente con las manos.

Contemplar este escenario me hizo reflexionar sobre lo que ahora escribo. La imagen me hizo pensar seriamente en el hecho de que pareciera que fuese mucho más facil ser feliz para los chamos que para el resto de las personas -los que ya no lo somos.

¿Qué pasó entonces? ¿Desde cuándo se nos hizo tan difícil ser felices? ¿Qué es lo que hace que perdamos la ingenuidad, la inocencia y la capacidad de asombro que una vez llegamos a tener cuando éramos niños?

Sé lo que pueden estar pensando en este momento: que es que con el paso del tiempo y mientras más se vive, más uno se decepciona, más uno pierde la inocencia dándole paso a la malicia; que mientras más se vive, más se ve de frente la dureza de la realidad. Pero yo me pregunto: ¿no sería demasiado simplista esgrimir este argumento?

Yo no estoy diciendo que es que uno se va a comportar como un carajito por el resto de la vida. Mi preocupación no reside en términos de comportamiento, mi preocupación se basa en términos de espíritu.

Nueva York es una ciudad dura. Su ritmo de vida es frenético. Nadie da los buenos días. Nadie ayuda a nadie. (En estos días apuñalaron a un tipo en Queens y una cámara logró registrar cómo 24 personas le pasaron al lado ignorando sus gritos de ayuda. Luego de dos horas, el tipo murió desangrado.) Un pana que vivió acá por casi cinco años llegó a decirme que el mejor consejo que podía darme era que "no dejara que Nueva York me quitara el alma."

Y debo confesar que en más de una ocasión he llegado a sentirme todo un neoyorquino -en ese lamentable sentido. Hay veces en que me pongo malhumorado con facilidad, hay veces que en vez de caminar como la gente normal lo que hago es correr como un loco, hay veces que no doy los buenos días... Por mucho que me duela admitirlo, hay veces en que he dejado que Nueva York me quite el alma.

Pero en estos días decidí recuperarla, y lo hice tratando de despertar el espíritu del chamo que vive dentro de mí. Tenía tiempo queriendo ir a ver Toy Story 3, pero el poco tiempo libre que tenía lo invertí en los pocos juegos del Mundial que pude ver. En lo que finalmente tuve un chance, fui a verla.

A mí me encanta ver comiquitas precisamente porque ellas tienen el poder de revivir por unos minutos la magia de infancia. Lo que nunca esperé fue ver, en esa película, un inquietante paralelismo entre mi vida y la historia que se mostraba en pantalla grande. Toy Story 3 cuenta las travesías de un grupo de juguetes al enterarse que Andy, su dueño, se va de su casa para ir al college. Los juguetes, decepcionados porque Andy no decidió llevarlos con él, emprenden la búsqueda de un nuevo dueño que juegue con ellos. Para él tampoco fue fácil hacerlo -en más de una ocasión se debate entre meter o no a sus juguetes en su equipaje. En pocas palabras, la película habla sobre la imprescindible pero dolorosa necesidad de crecer.

La película me encantó. Me reí, me hizo pensar y hasta casi lloré con el final. Me comí con todo el placer del mundo un paquete enorme de cotufas, me tomé un vaso enorme de Coca-Cola (acá en Estados Unidos, las golosinas alcanzan tamaños legendarios) y hasta me comí unas gomitas con forma de gusanitos de colores chillones y sabores cítricos.

Al terminar la película tenía la camisa y el jean manchados de refresco y mis manos me quedaron empegostadas. Al final, no sólo me sentí feliz. Y no literalmente feliz, que es lo mejor del caso: me sentí feliz como un chamo. Y tenía bastante tiempo que no me sentía así. Ahora que lo pienso, no puede haber excusas que justifiquen haber dejado de sentirme así por tanto tiempo.

Me gustaría concluir esta nota invitándolos a que no dejemos que se nos duerma ese chamo que todos llevamos dentro. Cualquier excusa es buena para revivirlo. Cuando sintamos que estemos muy "adultos" (en el mal sentido de la palabra) resulta imperativo darnos la oportunidad de sentirnos chamos otra vez.

Al día siguiente, en lo que fui a comprarme un café por la mañana antes de dirigirme al sitio donde estoy haciendo mi pasantía, vestido de camisa manga larga, pantalón y zapatos de vestir, como "gente seria y adulta", revisé mi bolsillo para buscar unas monedas. Al sacarlas, me había traído la mitad del ticket de Toy Story 3.

Sonreí, por dentro y por fuera, pues volví a estar feliz con sólo recordar cómo me había sentido el día anterior. Y me prometí hacerlo con más regularidad. Me prometí, que en vez de tenerlo como algo que pase de vez en cuando, lo convertiría en un hábito:

La semana que viene pienso ir a ver Despicable me.

sábado, agosto 14, 2010

The Roots: hip-hop gone serious


Artistic maturity comes after hard work, concentration, collaboration and re-invention. And that takes a long time to accomplish. I couldn't think of any other hip-hop act that embodies such extraordinary quality than The Roots. Over more than 20 years, they are the definitive hip-hop band. And they have become so by delivering, through all those years, savvy lyrics over sophisticated organic beats thanks to the technical proficiency of its musicians leaded by already-hip-hop-legend Ahmir "Questlove" Thompson. Their latest endeavor, How I got over (2010), feels like an authentic landmark throughout such artistic tenacity. Just listen to the superb piano chords on Walk alone, the sublime drums on Dear god 2.0 and the catchy chorus of the title track. Another impressive feature of this amazing record relies in the prominent participation of its guests: the amazing vocal trio from Dirty Projectors: Amber Coffman, Angel Deradoorian and Haley Dekle on A piece of light, the indie sensation Joanna Newsom on the irrestibly funky Right on and the neo-soul crooner John Legend on the inspiring The fire. The Roots have grown up, How I got over is how that sounds like.

This is the video for Dear God 2.0 featuring Jim James from My Morning Jacket

sábado, agosto 07, 2010

Gorillaz: a troupe of modernity militants


I've always been amazed by multimedia act Gorillaz. They manage to embody what classical music in the Renaissance period did: musical pieces ceased to be just musical -they also brought many other elements in. Let's just say Gorillaz has taken a more modern approach, since their band members are not just characters from a certain story, they are characters from a cartoon. And when a project of that kind is being leaded by curious auteur Damon Albarn, the results are groundbreaking indeed. On Plastic Beach (2009), their third effort, Albarn and his ensemble have crafted beautiful songs. The collaborations also bring a great amount of allure to the tracks, and everyone involved plays his role magnificently -just listen to Lou Reed's part on Some kind of nature, Mos Def and Bobby Womack's contributions on Stylo and Little Dragon's take on the delicate Empire ants. Innovative, playful and creative are all adjectives that could summarize what Gorillaz has accomplished with their latest record, but they all fail to do it justice. I'll be happy if you just trust me, and go listen to this gem of modernity.

This is the video for Stylo

lunes, agosto 02, 2010

La soledad, otra vez


La soledad nos sonríe.
Y nosotros le guiñamos el ojo
.
DEBORA ILOVACA


La soledad ha sido un tema recurrente en este blog.

Y lo ha sido sencillamente porque este espacio ha servido como un autorretrato de mi vida en reiteradas oportunidades. Y en mi vida, la soledad representa una parte ciertamente importante.

Pocos días antes de venirme a Nueva York, mi hermana, más a manera de sentencia que de mensaje de aliento, me dijo una de sus frases típicas -elocuentes de agudeza y de una sinceridad tan pura que raya en la crudeza-:

"A ti te va a ir bien en Nueva York porque tú eres un solitario."

Si les soy sincero, se me hace imposible contradecir o siquiera protestar el adjetivo que cierra esa contundente y acertada afirmación. Tampoco puedo dejar de pensar de que quizá una de las razones por las que me ha ido bien en una urbe tan difícil y fría como la Gran Manzana, se deba precisamente a que soy un solitario.

Sin embargo, el que sea solitario no quiere decir que no disfrute la compañía o que incluso me guste la soledad. Si me gustara, primero sería un ermitaño y segundo, tendría problemas en relacionarme con la gente. Así como reconozco que soy un solitario, también puedo afirmarles que, La perfecta dixit, no te tengo ni lo primero ni lo segundo.

Disfruto de la soledad, es verdad, pero a ratos, y también aprecio muchísimo la compañía. Una de las cosas que más he aprendido a apreciar con la distancia ha sido precisamente el valor de la amistad y de la familia.

Asimismo, socialmente hablando, no encuentro ningún problema al momento de abordar y hablar con gente desconocida. Por el contrario, me encanta conocer gente nueva y siempre disfruto una buena conversación con personas que acabo de conocer.

De todas formas, he decidido escribir una vez más sobre la soledad, pero desde una nueva perspectiva que he obtenido gracias a algunas experiencias recientes en mi vida.

He decidido no criticarla, he decidido no reprocharle más nada.

He decidido no quejarme más de estar solo.

Al contrario, incluso he decidido abrirle mis brazos. Esto no quiere decir que me haya resignado o que finalmente haya decidido afrontar la realidad y aceptar el hecho de que estoy solo porque sencillamente no tengo otra opción.

Yo lo que he hecho es decidir convivir en paz con mi soledad. (Y fíjense que hasta pronombre posesivo le he puesto. Como verán, hasta he decidido incluso apropiarme de ella.)

Y no estoy solo porque quiera. Dios y yo sabemos los múltiples intentos que he llevado a cabo para encontrar compañía. Y no me refiero con esto a que he tratado de conquistar a un montón de chicas. La soledad no puede reducirse al plano sentimental. Ella es mucho más compleja.

El hecho de estar alejado de mi familia y de mis amigos es suficiente argumento para demostrarles que en verdad, hablando claro y raspa'o, estoy solo.

Eso no quiere decir tampoco que me sienta solo. Para nada. Acá en Nueva York he conocido a gente maravillosa. Puedo decir con orgullo que he hecho nuevos amigos en el Instituto donde estudié, en la primera pasantía donde trabajé y hasta en personas que he conocido en los extraordinarios eventos a los que he asistido en esta maravillosa ciudad.

De hecho, a quien considero mi mejor amiga acá en Nueva York, la conocí gracias a este blog. Bajo el telón del anonimato bloguero se hace llamar extranjera en el 7-d, y representa un importante personaje en el elenco de mi vida neoyorquina.

La soledad tampoco es antónimo de la compañía. De ser así, ¿cuántas veces no nos hemos sentido solos al estar acompañado de un gentío?

En conclusión, estoy solo, pero no me siento solo. Es por ello que, considerando esta situación, es que he decidido llevarme bien con mi soledad. No pelearé más con ella, no me quejaré más, ni mucho menos hablaré mal de ella.

Voy a recibirla en mi vida y a reconocerla como algo que tiene bastante importancia en ella.

Voy incluso a agradecerle muchas cosas. Como el hecho de que gracias a ella es que he podido escribir muchas cosas de las que acá posteo, y que también gracias a ella es que he sabido apreciar y querer -incluso- más a mis amigos y a mis familiares.


Soledad,

Discúlpame si he llegado a herirte anteriormente y prometo esforzarme para que nuestra relación mejore.

Nos irá bien.

Por eso es que te dedico este texto y muchos otros más que seguramente vendrán.

Y, sin ánimos de sonar satírico, irónico o cínico, de todo corazón te digo:

Muchas gracias por tu compañía.