La vida en un poema escrito en una servilleta. La vida en un Fa sostenido. La vida en una canción reproducida por un iPod. La vida en una nota.

Life on a love poem written on a napkin. Life on a F-sharp. Life on a tune played by an iPod. Life on a note.

miércoles, marzo 30, 2011

En silencio


Te he visto varias veces.

He visto cómo recorres el pasillo frente a mi cubículo: tu paso es firme, quizá un poco acelerado; avanzas con convicción, erguida, siempre mirando hacia adelante. Tu cabello castaño se menea tratando de llevarle el ritmo al resto de tu cuerpo; lo mismo hacen las esquinas de las hojas de papel que sueles llevar en tu mano izquierda, levantadas como velas en un barco que combaten contra el aire que ofrece resistencia a tu andar.

No puedo dejar de mirarte cuando pasas al frente. Créeme, lo he intentado. Tu belleza es inusual: no es impactante ni tiene efectos inmediatos, y aunque tardó un poco en afectarme eventual e inevitablemente me supe rendido a tus encantos. Tu belleza tiene ese carácter, primero inadvertido y luego arraigado, de los gustos adquiridos.

Sé que tienes novio. Y no hace falta que no hayamos cruzado una sola palabra o que alguien me lo haya dicho. La prueba está en el pulso imponente que marcan tus pasos sobre el piso alfombrado, la firmeza de tu cuello, tu mirada penetrante: derrochas la seguridad de los que tienen amor.

Así como me he prometido tratar de conversar contigo algún día, también me lo he prohibido. Estoy seguro que cualquier cosa que intente salir de mi boca va a tener un impacto nefasto en mi auto-estima. No es que vaya a intentar de conquistarte; no será mi intención conciente, pero sí la inconciente. Así que mejor no te digo nada. Y si alguna vez alguien nos presenta tampoco es que voy a salir corriendo -eso también sería patético. Sólo trataré de aferrarme estrictamente a las reglas de cortesía: Hola, soy Victor. Mucho gusto. Y no diré más. (Espero.)

Me gustas, me gustas mucho, y créeme que traté de luchar contra ello, pero no pude. Prefiero admirarte desde la distancia de quien se sienta en el balcón de un teatro, desde la comodidad de quien admira en vez de actuar. No es que me considere pesimista o me subestime, pero me conozco. Cuando trato de hacer cualquier cosa con una chama que me gusta tanto como tú, siempre termino por defraudarme. Así que voy a ahorrarme esa preocupación. Me sale mucho más barato que este sentimiento se quede así: en silencio.


Me gustas, me gustas mucho, pero créeme que nunca lo sabrás. A menos que me controle lo que no puedo controlar, a menos que me controle lo que siempre me termina jodiendo.

viernes, marzo 25, 2011

Clogs: an otherworldly elegy to our surrounding feelings


The so-called "contemporary music" scene is having a great moment thanks to the solid work of chamber ensembles like Clogs. This act has become primarily known because of who plays in it (The National's Bryce Dessner and outstanding composer and arranger Padma Newsome), though the merits of their music stand on their own. For The creatures in the garden of Lady Walton (2010), Newsome wrote an entire song cycle -which in itself represents a significant turn among Clogs' instrumental, folk and baroque landmark sound. Human voice plays an almost omnipresent role among the pieces thanks to the magnificent collaboration of a remarkable group of vocalists: Shara Worden, from My brightest diamond, sings beautifully heartbreaking; Matt Berninger, from The National, manage to bring an exquisite and appropriate amount of his deep and obscure voice; and, finally, Sufjan Stevens delivers delicate whispers while playing the banjo for the anthemic lullaby We were here. Clogs' endeavor may look a little bit brainy on paper, but their music is so compelling that it reaches -and flourishes- unexpected emotions.

This is the video for The last song featuring Matt Berninger

jueves, marzo 17, 2011

Slash: a fine guitar songwriter


Critics tend to underestimate records put out by guitar players because, in their opinion, they're too self-indulgent and they lack of substance. Though exceptions certainly do not abound, there are remarkable attempts at making good guitar-centered music. Slash's first record as a solo artist is certainly one of those. Using the same recipe Carlos Santana followed earlier with astonishing success, Slash put together a star-studded ensemble of singers to perform his songs. Slash (2010) is a surprising album not only because of Slash's impressive songwriting abilities, but because of the way he was able to bring out the best of whoever took the microphone. Instead of working on the development of a musical voice (or style), Slash preferred to build a platform on which his featured guest were invited to bring their talent to the center. This album shouldn't have really surprised me in such a good way; after all, Slash is not already a guitar legend -he just happens to sound like one.

This is the video for Beautiful dangerous featuring Fergie

sábado, marzo 12, 2011

Yann Tiersen: a beautiful type of mourning


Yann Tiersen became internationally renowned thanks to the wonderful soundtrack he wrote for of the acclaimed film Le fabuleux destin d'Amélie Poulain (Jean Pierre Jeunet, 2001). Since then, he has been somewhat stigmatized for just making instrumental, folk, minimalistic music. However, his remarkable talent has proved that his musical range is way wider. For Dust lane (2010), his latest album, Tiersen employed some sort of a rock ensemble (drums, synth, bass and guitars) to record his new pieces. Additionally, they all sing. That being said, it's accurate to state that Dust lane is an extraordinary record among Tiersen's discography. Its dark sonority is melancholic yet enchanting, due to the fact that he wrote many of the songs after his mother and a close friend of his died. Dust lane, while dealing with such an obscure issue as death, never sounds fatalistic. Tiersen has succeeded at exploring new grounds by composing reflective and poignant music. Fans of his previous work might be surprised, but they surely won't be disappointed.

This is a live performance of Till the end featuring a classical ensemble


lunes, marzo 07, 2011

La última lata de Pirulin


Mis padres siempre me traen varias latas de Pirulin cuando me visitan en Nueva York. El chocolate de mi país es una de las cosas que más extraño viviendo fuera de él. Cuando tengo mis latas de Pirulin procuro disfrutarlas al máximo, tratando a la vez de administrarlas para alargar el enorme placer de saborear tan delicioso manjar. Sin embargo, algo particular ocurre cuando me queda una sola lata de Pirulin: cuando me queda la última lata de Pirulin.

Sólo abro la última lata de Pirulin cuando sé que mis padres o mi hermana están por venir con más suministros de tan preciado bien. De lo contrario, dicha lata queda cerrada, llena, intocable. Al principio no lograba hallarle explicación a esta reacción tan instintiva, natural y ciertamente inevitable, pero luego de casi año y medio finalmente di con un argumento que justificara tan peculiar comportamiento.

Descubrí que no abrir esa última lata de Pirulin responde a efectos de mi tranquilidad mental. Saber que todavía cuento con una lata de Pirulin es mucho más reconfortante que comérmela. Para mí resulta mejor tener algo que quedarme sin nada. Es muy parecido a lo que me pasa con la esperanza: me aterra saber que se me ha acabado.

Poco después de llegar a Nueva York asistí a un foro de artistas que hablaban sobre sus procesos creativos viviendo en el exilio. Uno de ellos, un cineasta nacido en Afganistán, dijo que cuando uno salía de su país para vivir en otro estaba renunciando a su felicidad para siempre.

La frase quedó resonando dentro de mí por mucho tiempo; quizá demasiado. Y aunque el indiscutible extremismo de la sentencia haría muy fácil desecharla, la inquietante pizca de sentido que pude encontrar en ella me hizo imposible olvidarla. (De hecho, durante mi estadía en Nueva York le he dado la razón al afgano en no pocas ocasiones.)

Eso no quiere decir que no haya sido feliz acá en Nueva York. Por el contrario, lo he sido, y mucho; pero la relación con mi felicidad ha sido un proceso arduo que ha requerido de esfuerzo, tiempo y de eso que la gente mayor suele llamar madurez. Vivir fuera de mi país me ha llevado a redefinir mi felicidad.

El cineasta afgano contó que se vio obligado a salir de su país luego de recibir amenazas de muerte por las connotaciones políticas presentes en el cine que estaba haciendo. Visto desde ese punto de vista pudiera entenderse la naturaleza de su temeraria declaración. Aun cuando yo no haya salido de mi país amenazado de muerte, (en todo caso la inseguridad es la que se encarga de amenazar de muerte a todos los habitantes de mi amada ciudad natal de Caracas), considero que puedo llegar a entender la severidad de su revelación.

Me voy a tomar la libertad entonces de categorizar esa felicidad a la que se refería el afgano. Voy a denominarla una felicidad original: una felicidad sólo posible viviendo en tu país de origen. Y, lo que quizá sea más importante, una felicidad que consiste de estar en tu país de origen junto a las personas que más quieres. Si bien yo extraño profundamente a Caracas, lo que más extraño es sentarme a hablar con un pana en un café de Altamira o ir a la fiesta de cumpleaños de uno de mis primos. En ese sentido, yo sí creo que efectivamente estemos renunciando a esa felicidad cuando salimos del país que nos vio nacer.

Una de las cosas que he descubierto viviendo en Nueva York es que las veces en las que más feliz me he sentido es cuando vienen mis padres, mi hermana o un amigo de visita a la ciudad. Es como si estuviese disfrutando de una pequeña porción de esa felicidad original a la que hacía mención anteriormente.

De manera que para ser feliz viviendo fuera de tu país resulta imperativo redefinir tu felicidad. De lo contrario se estaría cayendo de manera irresoluta -y hasta algo conciente- en la infelicidad. Una infelicidad en la que es muy fácil de caer (yo lo he hecho) pero que también requiere de un esfuerzo por parte de nosotros (los que vivimos fuera de nuestro país) en evitarse.

Esa felicidad redefinida consiste en intentar hacer, a la distancia, esas cosas que te hacían feliz en tu país natal. Si quiero hablar con un pana de Venezuela, pues hablo con él por Skype o le hago una llamada por teléfono con una de esas tarjetas internacionales. Si quiero comer un sabroso plato de mi país, pues voy a uno de los restaurantes de comida venezolana acá en Nueva York. Al enterarme de que uno de mis amigos viene de visita, intento disfrutar al máximo su presencia: hablo con ellos, los escucho, los abrazo, sonrío. (Y si sé que tengo la oportunidad de ir a Venezuela, me planifico con tiempo para hacer todas las cosas que sólo puedo hacer estando en mi país.)

Esa felicidad entonces es reestructurada y trasladada con el único objetivo de ser vivida. No será lo mismo, pero vale la pena hacer el intento por experimentar lo más cercano a ella.

No es fácil. A veces, resulta profundamente doloroso. Los dos viajes de regreso que hecho de Caracas a Nueva York y las despedidas de amigos y familiares que pasan algún tiempo en la ciudad los he sentido como pequeños funerales: pérdidas emocionales de las que me cuesta un buen tiempo recuperarme. Como dice mi genial y gran amiga Carla Candia Zamora: "cada vez que vuelvo de Venezuela llego como incompleta, siento como si algo de mí se hubiese quedado allá." De todas formas, este proceso, el re-planteamiento de nuestra felicidades, aunque requiera de paciencia y mucha determinación, tampoco es imposible.

Por más difícil que sea, no hay excusas para dejar de ser feliz fuera de tu país. El amor que sientes hacia tu familia, tus amigos y tu país, es tan fuerte que da para superar los diferentes y existentes obstáculos que proporciona la distancia. En el intento por seguir siendo felices le estamos siendo fieles a ese amor que sentimos por lo que -y por los- que dejamos atrás.

Mientras tanto, mientras trabajo en tratar de ser feliz fuera de mi país, esa última lata de Pirulin quedará allí: cerrada, llena, intocable, como la esperanza de que mi felicidad original, en Venezuela, con la gente que quiero en Venezuela, vuelva a existir y volvamos a ser felices como antes.

Y volvamos a ser felices como siempre tuvimos que haberlo sido.