La vida en un poema escrito en una servilleta. La vida en un Fa sostenido. La vida en una canción reproducida por un iPod. La vida en una nota.

Life on a love poem written on a napkin. Life on a F-sharp. Life on a tune played by an iPod. Life on a note.

viernes, octubre 21, 2011

Jay-Z & Kanye West: a tale of well-earned supremacy


It took me a while to get into Jay-Z and Kanye West’s collaborative effort Watch the throne (2011) –at least me more than I did with Kanye’s masterpiece My dark twisted fantasy (2010). And even though I wish I didn’t have to compare these two records, it’s really hard not to. I guess that’s what happens when you listen to an album that comes after a great one -you kind of expect some sort of continuity to that greatness. But when you end up listening to something different than what you first expected, confusion comes in (and even with a little disappointment). Nonetheless, when you finally start to enjoy what you hear, you can’t but celebrate what these two hip-hop titans have managed to achieve with this record. Watch the throne moves between that ambitious sense of avant-garde present in My dark… and a sound more inclined to Jay-Z and Kanye’s comfort zone. The result comes out as much more than the sum of its parts. That been said, Watch the throne manages to become that sequel of greatness -it’s just a different one from what you were expecting.

This is the video for Otis

martes, octubre 18, 2011

Ocean’s kingdom: un ballet para el reino de los océanos


El inicio de la temporada de una organización cultural aspira a ser un acontecimiento que presente el potencial de lo que va a ofrecer a lo largo de ese ciclo. Para esa ocasión suele ofrecerse la première de una producción o, en todo caso, una cuyo carácter sea elocuente de lo que esa compañía representa. Más que una experiencia, el opening night de una compañía cultural es una declaración de principios.


I. Génesis de una colaboración

Durante una de las galas de la School of American Ballet, Peter Martins, Director de esa institución y Ballet Master del New York City Ballet, conoció a Paul McCartney y le preguntó si estaría interesado en componerle la música a un ballet. Aunque el músico británico, una de las personalidades creativas más inquietas e interesantes de las últimas décadas, había ya compuesto música para orquestas (su catálogo incluye dos oratorios, un poema sinfónico y un álbum de piezas cortas), ésta sería la primera vez que escribiría para el arte de la danza.

McCartney había comenzado a trabajar en la música para un film sobre los océanos dirigido por Jacques Perrin, pero dicho proyecto no llegó a materializarse. Luego de aceptar la invitación de colaborar con Martins, quien fungiría como el coreógrafo de la obra, McCartney se dedicó a trabajar sobre el material ya existente para completar el score de Ocean’s kingdom, título del ballet que abriría la temporada 2011-2012 del New York City Ballet.

El ex-beatle confesó sentirse emocionado al asumir el proyecto: “Siempre he estado interesado en aproximarme hacia nuevas direcciones en las que no he trabajado antes, así que la idea comenzó a emocionarme. Lo que me pareció interesante fue escribir una música que narrara una historia en lugar de que solamente fuese una canción. Ese intento de escribir algo que expresara emociones como miedo, amor, ira, tristeza, fue lo que me pareció más excitante y desafiante.”

Peter Martins también aceptó la empresa con entusiasmo. El ex-bailarín ha sido conocido por coreografiar piezas abstractas de compositores contemporáneos como Wynton Marsalis, Esa-Pekka Salonen y John Adams, de manera que contar una historia a través del baile constituyó un interesante reto: “El desafío entonces se trataba de desarrollar escenas dramáticas o románticas a través de la coreografía”, apunta Martins, quien admite la influencia de su maestro George Balanchine y su otrora colega Jerome Robbins en desarrollar bailes con énfasis en movimientos.

Paul McCartney no sólo se dedicaría a componerle la música a este ballet, sino que también escribiría su libreto. El músico de Liverpool incluyó en la producción a su hija, la destacada diseñadora de modas Stella McCartney, para que se encargara del vestuario –su primera experiencia diseñando para las artes escénicas. Ella trabajó de cerca con Martins y sus bailarines para entender sus movimientos, destacar su figura y preservar la visibilidad de sus piernas.

La participación del compositor en el desarrollo del ballet fue extraordinaria desde el principio. No sólo escribió el libreto, dibujó bocetos para el escenario, sugirió detalles para el diseño del vestuario y hasta propuso algunos pasos para la coreografía, sino que también presenció cada uno de los ensayos, donde aprovechó para conversar con los bailarines y escuchar sus impresiones. La estampa de Paul McCartney estaría omnipresente en la producción.


II. Un espectáculo aburrido

Al leer en el programa la trama de la pieza resulta evidente que la obra intenta recrear un ballet clásico del siglo XIX, de esos que inmortalizara la mítica dupla Petipa-Tchaikovsky. Sin embargo, la manera en la que está planteada dicha narrativa también ofrece algunos indicios de la inconsistencia de la producción. En pocas palabras, no hacía falta ni siquiera ver el ballet para sospechar su carácter plano, confuso y débil.

Ocean’s kingdom consiste de un clásico cuento de hadas en el que habitantes de un mundo acuático se ven amenazados por intrusos de un mundo terrestre. En medio de esa tensa atmósfera, Princess Honorata (hija del King Ocean) y Prince Stone (hermano del King Terra), personajes del mundo del mar y la tierra respectivamente, se enamoran desencadenando un enfrentamiento entre los dos mundos.

La historia de por sí presenta muchos flancos. El personaje ambiguo de Scala, quien primero denuncia la relación entre Honorata y Stone, pero que luego lucha (y hasta muere) para que se consolide su amor, no estuvo bien construido en términos de libreto, música y hasta de vestuario. El carácter “siniestro” de su personaje, indicado en el programa, nunca se hace sentir.

La falta de conexión entre libreto (simplista), música (plana) y coreografía (mediocre) constituye la falla más notable del ballet. Ninguno de esos elementos pareció estar en sincronía con el otro. El vestuario fue uno de los pocos aspectos de la producción que ofreció ciertas conquistas. Salvo la escogencia del color de los vestidos en el segundo movimiento (demasiado vistosos), me parece que en general la propuesta estilística de Stella McCartney logró conferirle cierta modernidad y una atención al detalle que ni la música ni la coreografía supieron ofrecer.

El escenario consistió de proyecciones digitales desarrolladas por S. Katy Tucker, quien ha trabajado en instalaciones de arte y producciones teatrales. El diseño de dichas proyecciones estuvieron basadas en ilustraciones que Paul McCartney hizo “mientras viajaba sobre el océano en un vuelo transatlántico”. Aunque la iluminación y las proyecciones cumplieron su función de establecer el marco visual de la obra, debe destacarse que para un ballet cuyos costos de producción bordearon los 800 mil dólares, uno esperaba observar un montaje más llamativo.

El score de McCartney, cuyos 48 minutos de duración están divididos, en vez de actos, en cuatro “movimientos”, hizo buen uso de los vientos-madera, pero los arreglos para la percusión estuvieron mal planteados (el uso de la pandereta en un pasaje de la obra terminó siendo excesivo y la imponente presencia de los timpani rara vez fue aprovechada.) Tampoco se explotó el potencial expresivo del resto de los recursos orquestales. En conclusión, no se administraron de manera eficiente los matices sonoros que pone a disposición un ensamble sinfónico.

Aunque la música ofrezca algunos buenos momentos (el principio del primer y tercer movimiento, la mayoría del cuarto), la mayoría de la pieza es irrelevante, blanda, nada memorable. Además, el carácter expresivo de la música es débil: en los pocos momentos de suspenso o tensión, el score no cumple su función de dictar el contexto emocional de la historia. Si bien en el pas de deux del tercer movimiento el romanticismo de McCartney se hace sentir, en los pasajes que demandaban cierta oscuridad la música tiende a ser insuficiente. A esta música le faltó malicia.

Jennifer Homans, ex-bailarina, historiadora y autora del best-seller Apollo’s angels, catalogó de “aburrida” la coreografía de Peter Martins. Difícilmente exista otro adjetivo más apropiado para describirla. Aún en el pas de deux, uno de los pocos momentos notables del score, la coreografía de Martins no le hizo justicia: resultó sosa y falló por expresar la magnificencia que la música y la historia demandaban. Salvo en los pocos momentos acrobáticos, hubo pocas oportunidades para desplegar el indudable talento del cuerpo de bailarines del New York City Ballet.

Ocean’s kingdom generó expectativas muy altas. Tanto en blogs de música clásica, danza y moda podía sentirse un genuino entusiasmo por cómo la música de McCartney iba a expresarse usando el lenguaje de la danza. Es muy probable que el New York City Ballet lo haya escogido para abrir su temporada por el prestigio de las figuras involucradas. La producción en efecto logró una buena asistencia, pero la crítica castigó su mediocridad generalizada a lo largo de severas reseñas.

Debo reconocer que sentí una profunda decepción al salir del teatro. Nunca esperé tener las impresiones acá registradas. El mismo renombre de personalidades como McCartney y Martins, y de instituciones como el New York City Ballet, fue en definitiva lo que motivó a que esperara por unos altos estándares de calidad artística que Ocean’s kingdom ni siquiera estuvo cerca de cumplir.


Acá pueden ver un video donde Paul McCartney y Peter Martins discuten su colaboración