lunes, junio 11, 2012

Me quitaste el sueño



Desde que te conocí, y te quise, mi vida cambió: para bien y para mal. No pensé poder enamorarme otra vez de una española, justamente cuando me había prometido no volver a hacerlo luego de la última (y lamentable) experiencia que tuve con una chica de ese gentilicio. Pero el hecho es que pasó: me enamoré de ti y luego ya no pude ser el mismo. 


Te conocí y entonces volví a creer en el amor: ese que se canta, que se muestra en el cine con final feliz y que inspira imposibles; ese que sólo se entiende cuando se siente. No sé si te lo llegué a decir, pero al quererte fui capaz de sentir lo trascendental del amor: de que es algo que termina siendo más de lo que sólo siente una persona, algo que termina superando al momento presente. Conocerte no significó sólo quererte ahora, sino querer quererte por mucho más tiempo. 

Nos enamoramos, y muy rápido. En cuestión de días de habernos conocido ya habías decidido quedarte una semana en mi pequeño cuarto en Harlem. Esa fue la primera vez que me quitaste el sueño. Dormí muy poco a lo largo de esas noches: además de que nos tomábamos nuestro tiempo en querernos antes de dormir, luego debía levantarme muy temprano, no sólo porque tenía que salir a trabajar, sino porque antes de hacerlo también debíamos querernos otro rato. 

La segunda vez que me quitaste el sueño fue cuando te fuiste a España: tampoco podía dormir, pero esta vez gracias a una bizarra mezcla entre tristeza de que te habías ido, alegría de haberte conocido e impaciencia por volverte a ver. 

Y nos vimos por segunda vez, y pude quererte aún más. Aunque en verdad tendría que decir que en ese momento ya te amaba, cosa que nunca te dije y que en consecuencia me ha valido un arrepentimiento eterno. El hecho es que quería seguir queriéndote, pero ya no se pudo. 

Me hiciste saber que ya no me querías, que todo se había acabado. Al menos para ti, porque yo te seguí queriendo, alimentado además por esa reserva inexplicable de la esperanza: esa ilusión que tenía de volverte a ver y de que me volvieras a querer. Sin embargo, la misma esperanza me haría saber que hasta ella tenía fecha de expiración. Pronto llegaría un email que aniquilaría tanto la ilusión de volver a verte como lo que aún sentía por ti. 

Ésa fue la tercera vez que me quitaste el sueño. No sólo el que te permite dormir y descansar por las noches, sino ese sueño más importante de volver a amar. Porque cuando se ama se sueña, y porque cuando se sueña también se ama. Pero ya yo no podía ni lo uno ni lo otro, ni viceversa. 

Sin embargo, en estos días me he dado cuenta de que poco a poco estoy volviendo a ser yo: el mismo que llegaste a conocer en Nueva York. Ese que es capaz de enamorarse en cuestión de minutos de varias mujeres, y varias veces durante el mismo día: de la que me sirve el café en Starbucks, la compañera de clases de irresistible acento porteño o la chica que canta tangos en un bar de Corrientes. Y con esto no me refiero a que me esté describiendo como mujeriego, sino simplemente como un enamoradizo volátil: un sujeto que lentamente vuelve a creer en el amor. 

Creo que lo peor ya ha pasado. Ya no lloro al escuchar a Adele, ni al ver a Harry besando a Sally en la víspera de año nuevo; tu nombre incluso va apareciendo menos en mis relatos; ya no me da arrechera cuando escucho a una chica que habla con acento español. Y aunque nunca te guardé rencor, (porque recuerda que seguía enamorado de ti y que no se puede tener ningún sentimiento oscuro bajo ese estado), creo que cada vez te quiero menos. 


Me quitaste el sueño, pero poco a poco vuelvo a soñar. Y sueño sueños, porque la pesadilla de no tenerte más, ya la viví. Y si no podía amar en ese momento era sencillamente porque no podía amar a nadie sino a ti. También tenía miedo de no poder amar otra vez, pero fíjate que hasta eso se me está pasando. 

Cuestión de tiempo. A fin de cuentas, era sólo cuestión de tiempo: como el final de un largo viaje que pensabas que nunca terminaría, como el amanecer de una noche difícil, como enamorarme de ti y ahora comenzar a dejar de quererte.



Me quitaste el sueño, es verdad, y varias veces, pero cada noche que pasa duermo mejor.

2 comentarios:

Ora dijo...

...Esa fue la primera vez que me quitaste el sueño. Dormí muy poco a lo largo de esas noches: además de que nos tomábamos nuestro tiempo en querernos antes de dormir, luego debía levantarme muy temprano, no sólo porque tenía que salir a trabajar, sino porque antes de hacerlo también debíamos querernos otro rato."

Qué belleza de post. Y sí, chico, sí se va durmiendo cada vez mejor.

Es impresionante cómo llegamos a enamorarnos hasta el punto de pensar que no volveremos a amar así. Y todo pasa, y nos vamos reconociendo otra vez en el espejo, en los amigos, en la soledad. No volvemos a amar así, pero aprendemos a amar distinto. No queda más que agradecer por sentir tanto. Lo que vivimos nadie nos lo quita. Y volverá a pasar, y seguiremos agradeciendo. Y así...

Ora dijo...

Leí en twitter:
"Estar enamorado significa exagerar desmesuradamente la diferencia entre una mujer y otra" Bernard Shaw

Todos son únicos, mientras se quiere.