domingo, septiembre 23, 2012

Una obra, dos tarimas: Master Class

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Nueva York y Buenos Aires son auténticas ciudades de teatro. Ambas ostentan una centenaria tradición de hacer arte sobre las tablas. El teatro es un elemento tan esencial a su identidad que se ha convertido hasta en atractivo turístico: las obras de Broadway representan el segundo motivo de visitas a la Gran Manzana y personas provenientes de todo el mundo vienen a disfrutar del teatro independiente de la capital de Argentina. Tanto en Nueva York como en Buenos Aires se hace mucho y muy buen teatro.

Cuando viví en Nueva York siempre buscaba la manera de ir al teatro de manera económica. Los precios de los tickets de Broadway son muy altos para alguien que vivía con presupuesto de estudiante como yo. Sin embargo, siempre me las arreglaba para conseguir tickets baratos o ahorraba por un buen tiempo para poder ir a las obras que quería ver.

Pocas semanas antes de dejar Nueva York, me enteré de que se estrenaría Master class: una pieza inspirada (más no basada) en algunas clases que impartió María Callas en Juilliard School of Music. En la obra la soprano, considerada una de las más importantes del siglo XX, más que propiamente lecciones ofreció anécdotas del mundillo de la ópera y reveló algunas de sus inquietudes en el ocaso de su carrera. En ese momento yo estaba yendo con frecuencia a la ópera de Nueva York y estaba interesado por ver cómo el perfil, de por sí dramático de la Callas, sería representada en escena. Asimismo, el papel de María Callas iba a ser representado por Tyne Daly, una renombrada actriz del teatro musical de Nueva York que obtuvo cierto prestigio por su actuación en el mítico musical Gypsy.

Luego de ver a Tyne Daly y a Terrence McNally conversar con Charlie Rose sobre la obra en su programa, me decidí finalmente a comprar el ticket para ir a verla. Master class está puesta en escena como una verdadera clase maestra: el personaje de Callas hasta se dirige al público en más de una ocasión, mientras recibe a una serie de estudiantes que esperan recibir entrenamiento de una leyenda del bel canto. Estos jóvenes cantantes, que oscilan desde el inseguro hasta el prepotente, son los que hacen posible que la Callas despliegue ese divismo que tanto la caracterizó en vida. Las correcciones, reproches o consejos de la cantante parecen venir de la envidia de ver a esta consecución de estudiantes que apenas comienzan su carrera en contraste con el declive de su voz que ella misma experimenta.

Master class fue una obra que disfruté, pero que me dejó igualmente decepcionado. La actuación de Daly y de una de las estudiantes más nerviosas fueron sin duda notables. El problema creo que reside tanto el guión como en la puesta en escena. María Callas es una de esas personalidades que de por sí constituyen un personaje en sí mismo. Su egolatría, motivada por inseguridades que sufrió en su adolescencia y que parece que nunca superó, le proporcionan un matiz muy operático a su hoja de vida. Este elemento en mi opinión no fue explotado y en consecuencia la obra a ratos se me hizo insulsa.

Con tan sólo dos semanas de haber llegado a Buenos Aires, supe que se montaría una versión de Master class protagonizada por nada más y nada menos que Norma Aleandro: una verdadera leyenda del cine y teatro latinoamericanos. Aun cuando sabía que la obra no había respondido mis expectativas decidí volver a verla. No sólo para disfrutar del talento de Aleandro sobre las tablas sino para ver si confirmaba mi impresión inicial de la obra. (Esta sería también mi primera visita al Teatro Maipo, mítica sala del teatro porteño, así que varios pájaros serían matados al mismo tiempo.)

Desafortunadamente confirmé las fallas de la pieza en este segundo montaje que presencié. Aleandro estuvo impecable y también cabe mencionar la destacada actuación del único estudiante masculino que hace de tenor. (Su soberbia interpretación del aria Recondita armonia, perteneciente a Tosca de Puccini arrancó entusiastas aplausos de los presentes.) Sin embargo, salvo unas divertidas líneas que profiere Aleandro, la obra terminó siendo también bastante plana.

Si esta inconsistencia recae en el guión, una de las posibles razones que la explican está representada en el hecho de que McNally no transcribió literalmente las grabaciones que existen de dichas clases magistrales, sino que se tomó la libertad de ficcionarlas. En realidad, María Callas actuó con diligencia y hasta notaba verdadera preocupación por transmitirle sus conocimientos a los nóveles cantantes. Habiendo dicho eso, la dramaturgia de McNally en mi opinión fracasa. Si a eso añadimos que ambos montajes contaron con la participación de auténticas expertas de la actuación como Daly y Aleandro, dicho fallo llega a niveles de una profunda decepción.

Si bien mi experiencia con esta obra de teatro no resultó ser la más positiva, debo reconocer que la oportunidad de verla teniendo lugar en dos urbes teatrales del prestigio de Nueva York y Buenos Aires es ciertamente maravillosa. El teatro a fin de cuentas es una experiencia instantánea, sólo vive en el momento en que transcurre, así que el hecho de presenciar y recordar su inmediatez con acento neoyorquino y porteño es una oportunidad única en sí misma.

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