Oneohtrix Point Never: a coherent experiment

This is the video for Replica
La vida en un poema escrito en una servilleta. La vida en un Fa sostenido. La vida en una canción reproducida por un iPod. La vida en una nota.
Life on a love poem written on a napkin. Life on a F-sharp. Life on a tune played by an iPod. Life on a note.

Querida L,
Me levanté a eso de las seis y media. Procuré no hacer mucho ruido para no despertarte.
Anoche no dormí bien. Más que nervioso, estaba inquieto. Luego de haber escrito, re-escrito, borrado, comenzado y re-comenzado la carta en la que le solicito patrocinio a la gente de Recursos Humanos para mi visa de trabajo, mi cabeza nunca consiguió estabilidad. Daba vueltas: se ilusionaba con el mejor de los escenarios, se aterraba con la peor de las pesadillas.
Traté de dormir boca arriba, boca abajo, de lado. Intenté todo con una exhaustiva economía de movimientos para no molestarte. No sé si llegué a hacerlo, aunque en verdad nunca recibí señales de que tu sueño se viese interrumpido.
El sol comenzó a mostrarse poco antes de las seis. Aquí el cielo no es claro como el de Caracas. El de acá se me hace misterioso, digamos que hasta un tanto egoísta. Si pudieses ver la transparencia que ofrece el cielo de mi ciudad, tendrías una muy buena idea de lo que estoy hablando.
Acá amanece distinto.
Acá uno amanece distinto.
No sé por qué te estoy escribiendo esto ahora. Supongo que es porque no tengo nada más que hacer. No sé ni siquiera por qué fue que abrí la pantalla de mi computadora. Imagino que la he estado usando tanto últimamente trabajando en la fulana carta, que la acción adquirió lo mecánico de las rutinas.
Sin embargo ya di a la carta por finalizada. Ni siquiera abrí el documento en Word. Lo que hice fue abrir un documento nuevo, en blanco, para llenarlo con esto que ahora escribo.
Supongo que es que encuentro serenidad cuando escribo, que es que escribo esto para no olvidarlo. Supongo que es que intento traducir en palabras la perfección de lo que pasó ayer.
¿Perfección?
No creo... La verdad, no creo que lo que pasó ayer haya sido perfecto.
A ver...
¿Magia?: muy cursi...
¿Sublime?: demasiado espiritual...
Y la verdad es que tampoco sé si pueda llamarle felicidad...
¿Qué fue lo que pasó entonces? No sé, creo que me sentí bien. Eso fue lo que pasó. Anoche me sentí bien. Sí, dejémoslo así.
Tú y yo en el sofá. Pizzas. Merlot. Annie Hall en la tele.
Yo: riéndome como un estúpido. Tú: quedándote dormida unas dos, tres veces.
Yo admirando la genialidad del guión de Woody Allen. Tu buscándome la boca para besarme ocasionalmente.
Yo: intentando averiguar si tus besos presagiaban consecuencias. Tú: argumentando que tu cansancio imposibilitaba futuros escenarios:
- Estoy muy cansada, quiero irme a dormir.
No hizo falta el amor hecho. "Ya teníamos los huevos", diría Woody.
Te prometí que apagaría el televisor en lo que terminara la película, y que luego nos iríamos a dormir.
Ahí, justo ahí, fue que empecé a caer en cuenta de lo que estaba pasando...
(Ya va... creo que acabas de levantarte...)
L: ¿Y tú qué haces despierto tan temprano?, ¿ah? No me digas que estás volviendo a revisar la carta. ¡Ya basta! ¡Por Dios!
¿Me sentí bien? ¿Sólo eso?
Yo: Jajaja. No, no estaba revisándola, te juro que no. Estaba revisando el correo. Ya la apago.
¿Magia? ¿Felicidad? ¿Perfección?
L: Más te vale...
¿Por qué ya no me preocupa lo que pase con la carta?
Yo: ¿Tienes hambre?
¿Por qué ya no me preocupa que te regreses pronto a tu país?
L: Sí.
¿Por qué siento que es absurdo preocuparse por eso en este momento?
Yo: ¿Qué quieres que te prepare?
L: No sé. Algo rico, ¿sí? Sólo hazme algo rico.

Anoche, Gustavo Dudamel y la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar desplegaron todo su arsenal técnico para brindarnos una excelente interpretación de la Sinfonía No. 5 de Gustav Mahler. Desde el comienzo de la pieza, las notas de la trompeta anunciaban una lectura precisa y refinada, donde las diferentes secciones de instrumentos se encargaron de lucirse para conformar un verdadero logro colectivo.
Dudamel mostró un control total sobre la sinfonía. Su manejo de los tempi resultó apropiado durante las complejas y diversas secciones de esta pieza que contiene momentos tétricos (la mayoría del primer y del segundo movimiento) y momentos sublimes (la totalidad del precioso adagietto).
Al igual que la noche del martes, la sección de cuerdas ofreció un impecable desempeño. En uno de los pasajes más frenéticos del segundo movimiento, las cuerdas de los cellos parecían sonar como cuchillos que rompían la tensión que el compositor nacido en Bohemia minutos antes había construido.
El tercer movimiento merece especial atención. Esta sección fue la primera que Mahler compuso para esta sinfonía. Muchos críticos han destacado que dicho movimiento resalta por el contraste que establece ante los que vienen antes y los que lo suceden. Este luminoso scherzo, que también contiene sus ratos oscuros fue tocado de manera ciertamente brillante. (En las anteriores ocasiones en las que he visto a Dudamel, he notado una especial destreza a la hora de dirigir pasajes bailables; en ese sentido recuerdo especialmente al tercer movimiento de la Sinfonía No. 6 de Tchaikovsky).
Otro de los triunfos de la interpretación de ayer fue el control que Dudamel ejerció sobre la dinámica de la orquesta, un aspecto que sólo dominan las grandes orquestas del mundo. El balance entre los niveles que logró la orquesta le administró claridad y fineza a lo largo de las disímiles partes de esta sinfonía, que precisamente exigen un versátil tratamiento para poder mostrar sus sofisticadas propiedades sonoras.
El adagietto, en mi opinión la pieza de música más hermosa que jamás haya sido escrito, destacó por su sensibilidad. La sección de cuerdas y el arpa fueron verdaderos hacedores de belleza.
Cuando un director conoce y domina en profundidad cierta obra y cuenta con el talento y la excelencia técnica de una orquesta, el resultado no puede ser otro sino el de un triunfo musical. Anoche, la intención de Gustav Mahler de comprimir luz y oscuridad en una sinfonía, logró materializarse en una velada que no sólo terminó siendo inolvidable para nuestros oídos, sino también para nuestros corazones.
Aún con lo enferma que estaba mi abuela en sus últimos días de vida, nunca le oí darme una respuesta negativa cuando le preguntaba cómo se sentía. “Estoy bien, cada vez estoy mejor.” Sus palabras, aunque difíciles de creer, parecían desafiar a la más dura de las realidades. Y en efecto lo lograron: mi abuela aguantó mucho más de lo que la ciencia misma predijo. En ese sentido, mi abuela sobre-vivió.
Y lo hizo gracias a su fe. No creo haber conocido a una persona más espiritual que ella. La fortaleza que le permitió superar numerosos obstáculos en su vida se la dio su fe: esa esperanza que proporciona la creencia.
Mi abuela, cuando conjugaba el verbo creer, no lo hacía de manera pasiva, esa que hace referencia al quizá, a esa ausencia de certeza. Todo lo contrario, cuando ella creía, lo hacía de manera determinante, encarando a la vida y sus duras circunstancias. Cuando mi abuela cerraba sus ojos, juntando sus manos para hablar con Dios, lo hacía con tal fuerza que la realidad le abría paso a la esperanza.
Mis abuelos marcaron mi infancia y gran parte de mi juventud. Cuando vivía en Puerto La Cruz viajaba a Caracas para pasar las vacaciones con ellos. Muchos son los recuerdos que atesoro de esos meses que pasé con ellos. Sin embargo, ahora no puedo dejar de pensar sino en uno en específico:
Por las noches mi abuela y mi abuelo practicaban un ritual de oración. Antes de acostarse, cada uno se sentaba en el lado de su cama y se disponían a hacer uno de los actos más genuinos de generosidad que pueda existir: rezar por los demás. Este hábito lo practicaban mis abuelos todos los días sin importar las circunstancias. No importaba si hubiesen peleado minutos antes, si llegaban tarde a la casa luego de algún acto de Cursillos de Cristiandad o si se encontraban en otro lugar fuera de Caracas. Este acto de fe ocupaba sus mentes y sus corazones todas sus noches antes de dormir.
Estoy seguro de que muchas de las cosas buenas que se me dieron a mí y al resto de mi familia no hubiesen podido darse sin las sentidas oraciones de mi abuela. Y también estoy seguro de que nunca podré agradecerle lo suficiente por ello.
Escribo estas líneas con profunda tristeza, pero por otro lado también con la certeza de que mi abuela partió directamente al cielo para estar con Dios, ese amigo de ella con el que diariamente conversaba cuando estaba viviendo entre nosotros.
Igualmente estoy seguro de que está feliz porque allá en el cielo también se re-encontró con mi abuelo y de que, juntos, seguirán rezando por nosotros.
Abuela,
Ahora me gustaría dedicarte el final de la Segunda Sinfonía de Gustav Mahler: una sección que ya le había dedicado a mi abuelo. Este pasaje contiene un poema en alemán que se llama “Resurrección” y que en español dice lo siquiente:
¡Resucitarás, sí resucitarás,
polvo mío, tras breve descanso!
¡Vida inmortal te dará quien te llamó!
¡Para volver a florecer has sido sembrado!
El dueño de la cosecha va y recoge las gavillas
¡a nosotros, que morimos!
Oh, créelo, corazón mío, créelo:
¡Nada se pierde de ti!
¡Tuyo es, sí, tuyo, lo que anhelabas!
¡Lo que ha perecido resucitará!
Oh, créelo: ¡no has nacido en vano!
¡No has sufrido en vano!
¡Lo nacido debe perecer!
¡Lo que ha perecido, resucitará!
¡Deja de temblar! ¡Prepárate para vivir!
¡Oh, dolor! ¡Tú, que todo lo colmas!
¡He escapado de ti!
¡Oh, muerte! ¡Tú que todo lo doblegas!
¡Ahora has sido doblegada!
Con alas que he conquistado
en ardiente afán de amor,
¡levantaré el vuelo hacia la luz
que no ha alcanzado ningún ojo!
¡Moriré para vivir!
¡Resucitarás, sí, resucitarás,
corazón mío, en un instante!
Lo que ha latido,
¡habrá de llevarte a Dios!


