La vida en un poema escrito en una servilleta. La vida en un Fa sostenido. La vida en una canción reproducida por un iPod. La vida en una nota.

Life on a love poem written on a napkin. Life on a F-sharp. Life on a tune played by an iPod. Life on a note.

viernes, julio 20, 2012

Norah Jones: what doesn’t kill your heart, makes it stronger


Among the music that I have listened to over the last decade, I don’t think there is a voice that touches me as deeply as Norah Jones’. I find a certain delicacy within the melodies she sings that is really hard for me to resist. When I found out Danger Mouse was producing her next record, I was really looking forward to hearing how her vulnerability would match his brand vintage sound. Little broken hearts (2012), doesn’t sound like any other music previously released by Jones. This album is bold by definition: it often goes to unexplored zones and it succeeds -for the most part. This music is mysterious and edgy; it has some dark je ne sais quoi that draws you into the atmosphere created by her audacious lyrics. When you listen to certain songs, you end up having almost no idea of what you just have experienced. I guess it’s a feeling usually associated with heart breaks –you just don’t know how you got to that regretful emotional state. Norah Jones’ voice remains alluring, but time has made it harsher, enigmatic; and yes, even more irresistible.

This is a live performance of Little broken hearts

martes, julio 17, 2012

Una mesa más, dos solitarios menos (V)


En estos días compartí una mesa con Clara: una argentina fascinante que me reveló, con su verbo contundente y sabio, una particular teoría del amor. Escuchar a la soberbia pero encantadora Clara me dejó inflado de optimismo. (Imagino que es lo que sucede cuando se escucha hablar de amor en la manera en la que ella lo hizo.)



Clara (C): Vos no sos de acá.

Yo (Y): No, soy de Venezuela.

C: Ah, mirá… ¿te puedo hacer una consulta?

Y: Sí, claro.

C: ¿En qué estabas pensando antes de que me sentara?

Y: ¿En qué estaba pensando? No sé.

C: Claro que sabés, andabas con la mirada perdida. Hasta un poco triste, diría yo.

Y: Umm, entonces seguramente estaba pensando en una chica, en la última chica que quise.

C: Pero que ya no te quiere…

Y: Sí, algo así.

C: Pues no, ella te sigue queriendo, y tú la sigues queriendo a ella. Si no lo hicieras, entonces no hubieras tenido esa cara.

Y: Tiene razón: la sigo queriendo.

C: Uno no deja de querer, muchacho... El amor es una fuerza muy grande; es una energía: nunca se destruye. En mi vida yo nunca he dejado de amar, pero no por que quiera, sino porque no he podido hacer otra cosa. Uno no deja de amar.

Y: Tengo que confesarle que dice todo con gran convicción. No sé por qué, pero se me hace imposible contradecirle.

C: Primero, tratame de vos. Segundo, sé de lo que te hablo porque es lo que he vivido. Siempre amé a mis padres y comencé a estar de novia con pibes desde muy chica, y desde allí no he dejado de querer: a maridos, a mis amigas del barrio y de la facu, a mis hijas. Así que confiá en mí: tengo experiencia en esto de amar.

Y: Claro que confío. De hecho hasta me gustaría saber si tendría algún consejo para mí.

C: Que no dejés de querer. No sé qué pasó con esta chica que te tiene así, pero por más daño que te haya hecho, o que tú le hayas hecho a ella porque no conozco la historia, nunca dejés de querer.

Y: Sí, bueno-

C: Contame qué pasó.

Y: Nos enamoramos en Nueva York que era donde yo vivía el año pasado, pero ella vivía en España. Intentamos querernos a distancia, pero no funcionó. Ella siguió con su vida: empezó a salir con otro chico. Yo intenté seguirla, pero no pude irme a vivir a España... No se pudo. Por eso estoy así.

C: Bueno… No sé si te sirva de consuelo, pero me pasó algo parecido a lo tuyo.

Y: ¿Sí? ¿Y cómo terminó?

C: Terminó bien porque terminamos juntos: nos casamos por segunda vez.

Y: ¡Qué bien!

C: Estuve casada con el Fabio por doce años, pero le pedí el divorcio. En el interín tuvimos dos nenas fantásticas, pero yo quería otra cosa y decidí terminarlo.

Y: ¿Y cómo lo tomó él?

C: Y mal, pero no lo sorprendió. Yo soy una mujer difícil. Y por eso volví locos a muchísimos pibes. Ahora porque me ves gorda y arrugada, pero en mis tiempos yo tenía mi cuerpo y mi carácter. El Fabio siempre supo que no me tendría por mucho tiempo.

Y: ¿Qué pasó después?

C: Y cada uno siguió con su vida... Él salió con minas mucho más jóvenes que yo: fue su manera de vengarse, y me dolió la verdad. Yo tuve una relación con un tenor: me encanta la ópera. Pero no duró nada. Los artistas son muy raros. Y también decidí terminar eso.

Y: ¿Cómo volvieron a casarse?

C: Nos divorciamos en mil nueve noventa y cuatro… Y nos volvimos a casar hace cuatro años, así que pasamos catorce años separados: él con la fantasía de sus minas y yo con la fantasía de mi artista. Una noche nos encontramos en el (Teatro) Colón, viste que como a él y yo nos gusta la ópera, pues coincidíamos en el Colón o en el (Teatro) Avenida. Esa última vez que nos encontramos en el Colón nos vimos solos: yo había terminado lo mío hace años y él se cansó de que las minas le gastaran su guita. Nos saludamos al entrar, cómo no, todo muy cordial. Luego vino la ópera y viste que en esas dos horas y media no dejé de pensar en él en ningún momento. Al salir volvimos a coincidir y me le acerqué, lo tomé del brazo y le dije: “Fabio, sé que detestas a Puccini y que no te gusta salir de casa los domingos; que el hambre te quita el humor y que no podés vivir sin jamón crudo ni vino tinto en la heladera: te conozco.” Y terminé diciéndole: “No te voy a pedir disculpas por lo que pasó antes porque sabes que no creo en Dios, pero no tenemos por qué estar solos si podemos estar juntos. No sé cómo lo manejás vos pero yo, sola, no quiero estar más”.

Y: ¿Y qué dijo él?

C: Y nada.

Y: ¿Nada?

C: ¡Es que no podía decir nada porque se puso a llorar como un nene!

Y: Ah…

C: Sí, el Fabio siempre estuvo enamorado de mí, así que viste que no tenía otra opción. Al final nos abrazamos, y en ese abrazo… en ese abrazo encontré todo, en ese abrazo supe que había hecho lo correcto, en ese abrazo estaba todo lo que extrañaba del Fabio en esos catorce años… Así que me lo llevé a casa y al otro día se lo contamos a las nenas. Les dijimos: “chicas, somos una familia otra vez”.

Y: ¡Pero qué bella historia!

C: Bueno… no sé si bella, pero verdadera sí que lo es. ¿Viste por qué te digo que uno nunca deja de querer?

Y: Claro.

C: Escuchame, mirá lo que tenés que hacer: nunca dejés de querer. Si no podés estar con esa chica, seguí queriendo a otras. Y dejala a ella que siga queriendo también. Pasa que la vida sigue, pero nosotros no tenemos por qué dejar de querer. Eso sí: ni tú ni ella dejarán de quererse, nunca. Y de eso te darás cuenta si alguna vez la llegas a ver otra vez. Mirá, si yo, una vieja divina y orgullosa que se tenía por  independiente y bohemia, volvió a querer como una pelotuda a su primer marido, ya está, no hay nada imposible, ¡chao!

Y: Es verdad.

C: Y dejá esa tristeza. Viste que ya con la de nosotros los argentinos basta.

Y: ¡Claro!

C: Y si la llegas a ver a esta chica otra vez, no se te vaya olvidar abrazarla, ¿eh? Prestale atención a lo que te diga ese abrazo. Viste que hay abrazos que cambian vidas…

Y: Eso no se me olvidará.

C: No dejés de querer y sonreí, pibe, ¡sonreí que te sonreís lindo!

Y: Jajaja


Acá puedes leer las cuatro primeras entregas de esta serie:


Una mesa más, dos solitarios menos (I)

Una mesa más, dos solitarios menos (II)

Una mesa más, dos solitarios menos (III)

Una mesa más, dos solitarios menos (IV)

miércoles, julio 04, 2012

Slash: a collective endeavor of hard rock


Slash’s sophomore record as a solo artist is a more collective endeavor than its predecessor. On Slash (2010), the former Guns N Roses guitar player played along some of the most remarkable pop and rock vocalists of the current time. However, his identity as a musician felt a little bit dissolute. On the other hand, Apocalyptic love (2012) bears Slash’s characteristic sound in a more defined and coherent way. For this occasion he worked alongside Myles Kennedy on the writing of these new songs. The result is an enticing record in which Slash’s unique style of playing the guitar and Kennedy’s outstanding work behind the microphone, merge to deliver fresh and exciting hard rock. I have to remark the impressive versatility that Kennedy’s voice brings to the table. Slash has, without a doubt, found an excellent musical partner. As a matter of fact, Slash and Kennedy have written very good tunes, but I would say that the strongest feature of this album lies in the compact sound both of them have managed to build. 


This is a live performance of You’re a lie



lunes, julio 02, 2012

La responsabilidad del público


Hace algunas semanas Richard Dare, CEO de la Brooklyn Philharmonic, publicó un artículo en el Huffington Post donde hacía un llamado a las audiencias de conciertos de música clásica a que expresaran, de manera más espontánea, sus reacciones ante la música que estaban escuchando. De esta manera, el rígido protocolo que suele seguirse respecto a cómo comportarse en este tipo de conciertos no sólo se vería flexibilizado, sino que también ayudaría a atraer nuevos públicos.

Datos sobre las audiencias de décadas anteriores y estudios recientes sobre las actuales revelan que el número de personas que asiste a conciertos está disminuyendo, y que la edad promedio de ese grupo aumenta con el paso del tiempo. En otras palabras, cada vez está yendo menos gente a escuchar música clásica en vivo, y la poca que lo hace es cada vez mayor. El pronóstico de que este público sea relevado por otro más joven en definitiva resulta poco promisorio.

Apartando el hecho de que la preocupación de Dare pueda explicarse desde su posición de líder de la estructura administrativa de una orquesta sinfónica, su inquietud también radica en que, en medio de la difícil situación económica que afecta la sobrevivencia de muchas organizaciones culturales a nivel mundial, el público parece no haber tomado aún conciencia de que también tiene la responsabilidad de atraer a nuevas personas al fascinante mundo de la música tocada por orquestas.

Lo que pasa es que es menos probable que más personas se sumen a dicha experiencia, si al visitar un recinto por primera vez cuentan con el rechazo de una audiencia que se maneja por un estricto código de conducta que, en ocasiones, llega a ser ciertamente absurdo.

¿Cuándo aplaudir? ¿Cómo ir vestidos a un concierto? ¿Cómo debe uno comportarse durante estas presentaciones? Todas estas son interrogantes que pueden agobiar a las personas que estén iniciándose en la música clásica, y la severidad que predomina en estas experiencias causa más rechazo que bienvenida. Además, este protocolo se ha agudizado en los últimos tiempos. A mediados del siglo XIX, los públicos solían aplaudir en cualquier momento si tenían las ganas de hacerlo. De hecho, lo hacían de manera muy similar a como se premia a los solistas en un conjunto de jazz donde la celebración es inmediata: se le aplaude al músico justo al terminar su solo.

El llamado de Dare generó una fuerte reacción por parte de personas que asisten con regularidad a estos conciertos, e inclusive muchas reprimendas vinieron de algunos músicos que forman parte de reconocidas orquestas. Esta reticencia, aunque entendible, es bastante elocuente del carácter demasiado conservador (yo me atrevería a decir que hasta anacrónico) que suele estar asociado a la música académica y que no contribuye para nada a la salud financiera -y social- de las orquestas.

Dare tuvo que escribir otro artículo en el que aclaraba que muchas de sus palabras se habían malinterpretado. No obstante, en ningún momento se disculpó por su llamado de atención, más bien lo reiteró haciendo énfasis en la necesidad de un cambio sustancial en la dinámica en que se desenvuelven los conciertos que ofrecen esas fascinantes pero complicadas organizaciones que son las orquestas.

La lectura de estos artículos y su reacción me ha hecho pensar. Primero porque me hizo recordar mis acercamientos a la música clásica y segundo porque siento, como apasionado de la música clásica y frecuente asistente a conciertos que soy, la necesidad de reflexionar y proponer alguna manera en la que podamos ejercer la responsabilidad de atraer nuevos miembros al caduco público de este maravilloso arte.

Si bien desde pequeño mi madre me llevó a conciertos en el Teatro Teresa Carreño y otros prestigiosos recintos de Caracas, comencé seriamente a escuchar música clásica al principio de mi carrera universitaria. En ese momento debo reconocer que ignoraba muchos de los códigos de comportamiento de estos conciertos. Mi aprendizaje surgió de la observación y de conversaciones que sostenía con personas que tenían toda una vida yendo a este tipo de eventos. No obstante, también pasé mis penas: una vez aplaudí entre los movimientos de una sinfonía de Beethoven interpretada en la Sala José Félix Ribas y la señora que tenía al lado me golpeó en una de mis piernas. Al terminar la sinfonía volvió a reprocharme, esta vez de manera verbal. Creo que pasé varios meses sin ir a otro concierto. En este sentido le doy toda la razón a Dare: esta severidad perjudica gravemente el acercamiento de potenciales audiencias a este tipo de experiencias.

Con el tiempo pude aprender algo más del protocolo y cada vez que podía trataba de conversar con quien tuviese al lado. Si esa persona no tenía mucha experiencia, yo trataba de explicarle algo para que se sintiese más cómoda. Algo similar me pasó a mí durante el último par de años: cuando asistía a conciertos en Nueva York conté con el privilegio de tener sentados a mi lado a personas muy sabias, que muy generosamente y de manera muy cálida me ofrecieron consejos, anécdotas y hasta recomendaciones de algunas grabaciones que debía escuchar. Todas estas situaciones enriquecieron mi experiencia de escuchar música clásica.

Luego de recordar estas anécdotas y de leer esta reciente controversia me puse a pensar en cómo podemos hacer nosotros, los miembros del público de conciertos de música clásica para contribuir al incremento, no sólo en cantidad sino en calidad, de potenciales audiencias.

Se me hace imperativo, a efectos de formar nuevos públicos, actuar como esas personas que se han sentado a mi lado y de las que he aprendido de manera significativa; uno debería ser practicante de una especie de pedagogía que no sólo enseñe sino que acerque y enriquezca la experiencias de personas que se acercan por vez primera a este tipo de conciertos.

Si reconocemos a alguien que a lo mejor no sepa cómo comportarse, nada nos cuesta intentar guiarlo con la mayor cortesía posible. Yo soy uno de los que cree que mientras más sepamos de una obra más podremos disfrutar de ella. Por lo tanto, uno debería de facilitar ese conocimiento a quien no lo posea.

Nosotros como público debemos ejercer nuestra responsabilidad en esa experiencia social que es asistir a escuchar música tocada en vivo. Porque si bien podremos ir solos a escuchar una obra sinfónica (de hecho es lo que hago la mayoría de las veces), a fin de cuentas terminamos formando parte de un grupo de personas que no sólo escuchan con sus oídos esas magníficas vibraciones generadas por las cuerdas, la madera y el metal, sino que también abren sus corazones para procurar alimentarlos del trascendental arte de la música.