
El
domingo 28 de octubre se dio inicio al Ciclo de Conciertos de Música
Contemporánea, con la presentación de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires
en el Teatro Colón. El ensamble, dirigido por Alejo Pérez, se dedicó a
interpretar tres piezas elocuentes de las diversas corrientes que guiaron la
música compuesta en el siglo XX.
El programa comenzó con Jonchaies, de
Iannis Xenakis. Nacido en Rumania, de ascendencia griega pero ciudadano francés,
este músico (que también tuvo formación de arquitecto) exploró campos como la
matemática, la estadística y la informática con el innovador propósito de
incorporarlos a la música para replantear al concepto de la composición, no
sólo como un mero oficio artístico, sino como una idea más conceptual.
Jonchaies, como muchas de las piezas
compuestas por músicos franceses en el siglo XX, cuenta con el rasgo distintivo
de un magnífico tratamiento de las texturas. En este caso, llama la atención
que la obra requiera la participación de cien instrumentos, cuando más bien la
modernidad celebraba la austeridad en contenido e instrumentación.
Los timbres de los inquietantes vientos y la imponente percusión se conjugaron
ofreciendo una particular sonoridad, que si bien se siente un tanto calculada,
también resulta bastante interesante. Jonchaies,
cuya duración alcanza los quince minutos, comienza con agudísimos glissandos en las cuerdas, que si bien al
principio resultan incómodas para el oído luego logran cautivar a la audiencia
hasta el final, poniendo de manifiesto la habilidad de Xennakis en cuanto al
dominio de los timbres, la expectativa y la refinada estructura que sostiene a
la obra.
La segunda pieza del concierto fue Tiento
del primer tono y batalla imperial, compuesta por el español Cristóbal
Halffter, y que ejemplifica la particular propuesta de Halffter de reconciliar elementos
musicales españoles con ciertos matices de vanguardia. Sin embargo, la
sonoridad de Tiento… que apunta más hacia
un romanticismo, en contraste al resto de las piezas que la acompañaron,
resultó un tanto caduca. De todas formas la Filarmónica logró lucir con vigor
su acoplamiento, en especial en las secciones de cuerdas y metales.
La Sinfonía No. 4 de Charles Ives,
cerró magistralmente la velada. Esta ocasión sirvió como el estreno de la pieza
en la Argentina. Ives, eminente compositor norteamericano (y también exitoso
corredor de seguros), quien para muchos predijo a comienzos del siglo XX el
atonalismo de Schoenberg y el serialismo integral de Boulez, escribió una pieza
singular cuyo primer movimiento parecía más bien una declaración de principios
de vanguardia: la orquesta parecía por momentos dividirse en varias secciones
que tocaban pasajes disonantes superpuestos entre ellas. No en vano el director
Alejo Pérez contó con el apoyo directorial de Annunziata Tomaro, quien desde el
escenario guió a una sección de músicos que tocó desde la sección central de la
Cazuela del Teatro.
El segundo movimiento, Comedia:
Allegretto, continuó trazando la línea que dejó el anterior en términos de
las disonancias, pero sin contener las superposiciones que por un momento hacía
difícil captar el discurso que Ives intentó proponer con su composición.
En medio de tanta densidad de disonancias, el tercer movimiento, Fuga: Andante moderato con moto, se
erigió como una bocanada de aire fresco gracias al clasicismo impuesto tanto
por el pausado ritmo que en esta ocasión mantuvo la orquesta, como por las
melodías que tocaron las cuerdas, que a ratos sonaron con cierto carácter
mozartiano y, en otros, reminiscentes de Brahms.
El último movimiento, Finale: Muy
lentamente – Largo maestoso, que de acuerdo al mismo compositor contenía
cierta transcendencia espiritual, contó con la participación del Coro Lagun
Onak, dirigido por Miguel Ángel Pesce. El coro mixto se encargó de entonar
melodías que, en vez de buscar protagonismo, se dedicaron más bien a fungir
como una especie de accesorio, proporcionando cierto tono de fondo que
ciertamente enriqueció al lenguaje orquestal que Ives dispuso para cerrar esta
monumental pieza.
Este trío de composiciones son bastante representativas del espíritu de
experimentación y de la búsqueda de transgresión que impulsó la creación musical
a lo largo del siglo pasado. Muchos todavía (incluso parte de los presentes)
perciben con cierta reticencia a lo que se denomina como música contemporánea.
Y la verdad es que no los culpo. Como ya mencioné con anterioridad el inicio de
Jonchaies es ciertamente incómodo.
Sin embargo, si uno logra disminuir las reservas y escucha con atención lo que
la modernidad tiene bien a decirnos, seremos capaces de encontrar maravillas
dentro de esta música difícil pero fascinante.
La gran capacidad que desplegó la Filarmónica guiada por la entusiasta y
enérgica batuta del director Alejo Pérez hizo posible que, muchos de los que
incluso se llegaron a tapar los oídos por las frenéticas notas tocadas por los
violines al comienzo de la pieza de Xennakis, fueran los mismos que terminaran
aplaudiendo con alegría el buen sabor que dejó el final de la sinfonía de Ives.