La vida en un poema escrito en una servilleta. La vida en un Fa sostenido. La vida en una canción reproducida por un iPod. La vida en una nota.

Life on a love poem written on a napkin. Life on a F-sharp. Life on a tune played by an iPod. Life on a note.

miércoles, noviembre 21, 2012

Un café con leche pequeño (*)


Siempre voy al Juan Valdez que queda en Times Square: es el sitio donde sirven el café con leche más parecido al de las panaderías de Caracas.

Si vengo por la tarde pido un "café con leche pequeño". Así, en español. Y si vengo temprano por la mañana lo que suelo pedir es una "arepa de choclo" -hecha de maíz dulce y servida con un pedazo de queso blanco encima.


A veces traigo mi
laptop, pues ofrecen una conexión a Internet gratis y rápida -a diferencia de Starbucks, donde el café es más caro, no es tan bueno y tienes que pagar algo así como $13 al mes para poder conectarte.

Lo único malo de Juan Valdez es que casi siempre sirven el café muy oscuro. De todas formas, ellos disponen de unas jarras con leche con las que uno puede personalizar la bebida. Luego de recibir mi café, casi siempre vierto un poco en la papelera y le echo más leche para aclararlo.


A mí siempre me han gustado las colombianas; no sólo porque su físico es muy parecido al de las caraqueñas, sino porque su acento se me hace exquisito. Ellas hablan con una decencia que encuentro particularmente sexy, o irónicamente sexy, mejor dicho, pues su educada manera de hablar me hace pensar en cosas perversas y pornográficas.


En lo que descubro un buen sitio donde ir a comer o tomar café, suelo premiarlo con mis asiduas visitas. Esta regularidad me permite saludar a quien me atiende. Así me pasa en el
deli donde voy a desayunar los días de semana cerca del instituto donde estudio, y en el sitio dominicano de parrillas donde también suelo ir a comer con frecuencia. En el deli trabaja Rafael, un mexicano a quien le digo "primo". En el dominicano trabaja Martha, a quien le digo "mami".

En Juan Valdez la mayoría del personal está compuesto por mujeres. Hay dos que resaltan por su belleza, y su manera de hablar. Se llaman Raquel y Esther. La primera es más atractiva que la segunda, pero es más antipática. Cada vez que trato de saludarla, ella me habla como si me viera por primera vez. Esther no es tan bonita, pero es más sexy. Imagino que es porque hace más uso de esa pícara decencia de la que hice mención antes. Esther también es mucho más simpática que Raquel -se acuerda de mí, por lo menos.


En una de estas tardes que vine, lo único que pedí fue un café con leche pequeño.


- ¿Y usted no va a querer arepa hoy? -me dijo Esther, con un tono más de flirteo que de un sincero interés por ofrecerme un aperitivo. Luego de recibir esa inesperada muestra de coqueteo, decidí contra-atacar. Me prometí que la próxima vez que la viera me iba a asegurar de hacerle saber que a mí también me gustaba ella.


Volví a venir dos días después, pero Esther no estaba trabajando. Por un lado me sentí frustrado por no verla esa tarde, pero por el otro me sentí un poco aliviado: estaba bastante nervioso.


Una mañana en la que no tuve clases en el instituto, decidí ir a Juan Valdez con mi
laptop para trabajar en la reseña de un disco que debía entregarle al editor de una página web al final de la semana. Ese día sí estaba Esther. No me atendió en la caja, pero estaba sirviendo las órdenes, así que supe que tendría una oportunidad de decirle algo cuando me diera mi café.

Yo era el único que esperaba en el mostrador. Ella vertió café y leche en el vaso, le colocó la tapa y luego lo introdujo en ese cilindro de cartón que protege las manos del calor. Tomó el vaso, se volteó hacia donde yo estaba y dijo:


- ¡Café con leche pequeño! -y me lo ofreció alargando su brazo izquierdo.


- Hola.


Más nada. Esa única palabra. Seca. Sin puntos de exclamación. No pude flirtearle de vuelta. Me bloqueé. Y lo único que pude decirle fue "Hola". Como un idiota.


Agarré el café derrotado, frustrado conmigo mismo. Había tenido la oportunidad de hablarle y no hice nada. Peor aún, "nada" hubiese sido mejor que haberle dicho "Hola" de la forma en que se lo dije.


Aún decepcionado, me dirigí hacia el mesón donde estaban las jarras con leche. Le quité la tapa al vaso, tomé la jarra que decía
whole milk y en ese momento sentí que alguien se acercaba a mi lado, limpiando el mesón con un trapo...

Era Esther.


Volví a ponerme nervioso. Todo lo que estaba pensando en ese momento se silenció, como si alguien hubiese presionado el botón de
mute en el control remoto de mi cabeza.

- No le eche más leche –sentenció ella.


- ¿Ah? -alcancé a decir, de nuevo, como un idiota. No podía escuchar bien lo que me estaba diciendo de lo nervioso que estaba.


- Que no le eche más leche.


- ¿En serio? ¿Y eso por qué? -respondí desconcertado.


- Mire que se lo hice clarito: como a usted le gusta...



(*) Este cuento forma parte de
Un café con leche pequeño, un libro de cuentos que se editará el 5 de diciembre y que podrás descargar en este blog.

martes, noviembre 20, 2012

Marilyn Manson: when reinventing is about going back


Putting aside the evident, Marilyn Manson is truly a rare artist. After obtaining massive commercial success thanks to his clever mélange of shock art and industrial metal, Manson has been able to deliver solid material. Not all of his records have been good, but most of them remain interesting pieces of music. Eat me, drink me (2007) came out as an impressive collection of gothic-arranged heartbreak tunes, for example. Born villain (2012), his latest record, represents another turn in his career, but one that rather looks back at his own career. I have to admit that I didn’t like it at the first listen, but after giving it a second chance it definitely surprised me. Its simple riffs and catchy rhythms are alluring and the songs are very well produced. Putting aside his persona, if possible, Marilyn Manson comes off as an astute musician. Born villain is a good example of how well can you do musically when you don’t have anything left to prove.    

This is the video for No reflection

lunes, noviembre 19, 2012

Mauricio Kagel: dos músicos intentan sonar como una orquesta


El compositor Mauricio Kagel es considerado uno de los pioneros del “teatro instrumental”: una propuesta que, como su nombre lo indica, conjuga elementos del performance junto a experimentaciones musicales. Este músico, nacido en Argentina, ganó renombre gracias a su destacada obra como pionero de la música concreta en Latinoamérica. Sucesor de Stockhausen al frente de los prestigiosos Cursos de Nueva Música de Colonia, Kagel logró erigirse también como una prominente figura del post-serialismo.

El Ciclo de Conciertos de Música Contemporánea del Teatro San Martín nos brindó la oportunidad de disfrutar de una de las obras más particulares, no sólo dentro del repertorio de Kagel, sino de la música contemporánea en general: Dos hombres orquesta, pieza concebida entre 1971 y 1973, como producto de la comisión de Otto Tomek, director artístico del Festival Donaueschinger Musiktage.

La obra, que al mismo tiempo funge como pieza instrumental e instalación audiovisual, está compuesta para dos intérpretes que también se responsabilizan por la construcción de una especie de maquina que consta de 200 instrumentos musicales y herramientas sonoras. La partitura abierta de Kagel es una especie de invitación al que la toque para que disponga de un complejo armado melódico y rítmico que permitirá la generación de sonidos únicos y ciertamente inéditos.

En esta ocasión, que tuvo lugar en la Sala Bicentenario del Teatro Colón, la interpretación estuvo a cargo de Wilhelm Bruck y Matthias Wursch, cada uno con una notable trayectoria musical a cuestas. Ellos, más que músicos, parecían por ratos una especie de mecánicos o artesanos que se dedicaban a tocar cada uno de los instrumentos con un evidente esfuerzo por sacarle sonidos, incluso bajo demandantes condiciones físicas: jalar cuerdas, levantar instrumentos pesados, tocar artefactos con sus cabezas y pies.

Pianos, guitarras, violines, trombones, clavecines, mangueras, sierras, escobas, cuerdas, tiras de madera, pesadas bolas metálicas, flautas, esculturas, guantes y hasta cascos formaban parte del conglomerado sonoro que, al ser tocado por los músicos, configuraba la imagen de una extraordinaria instalación, una especie de escultura dinámica que impresionaba a la vista y desconcertaba al oído.

Dos hombres orquesta, en palabras del mismo Kagel, aspiraba ser mucho más que una pieza musical. Al ver esta máquina en tarima y al escuchar los sonidos proferidos por los músicos, uno está en presencia de una declaración de principios. En ciertos instantes, la pieza alcanza el nivel del absurdo, pero ésa precisamente era una de las intenciones de Kagel, un músico que si bien era conocido por la intelectualidad de sus composiciones, también gustaba de resaltar cierto aspecto lúdico y cómico, tanto en sus obras musicales como en sus escritos.

“Mi idea era encontrar soluciones a la crisis actual de la orquesta desde una perspectiva tanto artística como social (…) Por fin parecía oportuna la construcción de una verdadera máquina orquestal, un automatófono no automático: en lugar de ochenta músicos apenas dos”, así describía Kagel el propósito de su composición.

En varias ocasiones los músicos no consiguieron obtener los sonidos que buscaban producir. Algunas cuerdas que unían algunos de los instrumentos quedaron muy cortas, o algunos artefactos se trababan entre sí. Muchos de los instrumentos tampoco sonaron en su plenitud por más que los músicos se esforzaron en hacerlo. Estos fracasos, en mi opinión, refuerzan la meta de Kagel: en tiempos como los actuales, donde algunas de las más prestigiosas orquestas están en peligro, es cuando más se necesitan para que musicalicen los tiempos tan dramáticos que estamos viviendo.

Dos hombres orquesta funciona perfectamente como metáfora: el absurdo de que sólo dos hombres reemplacen la magnitud de decenas de músicos, enaltece precisamente su rol como célula fundamental de las orquestas, esas organizaciones que nos ofrecen música trascendental que revitalizan a nuestros espíritus.

lunes, noviembre 12, 2012

Robert Glasper Experiment: this is musical success being tested


Robert Glasper is one of the most remarkable musicians when it comes to materializing the strong and close relationship jazz has with other more contemporary genres. It has been said that, in order to break boundaries, you first need to pay respect to tradition. And Robert Glasper has done just that by offering a series of strong albums that go from straight jazz to more adventurous works like Black radio (2012), his most recent effort. This album comes as a natural sequel to what he started with Double booked (2009), where he divided his discourse into its two main parts: traditional jazz and his electric experiment. Robert Glasper Experiment is an outstanding act that sounds as a modern tribute to black music. Along with a group of prestigious singers and rappers, Robert Glasper Experiment has crafted a notable compilation of tunes that stands as a very reliable and vivid picture of the great moment black music is having nowadays.

This is a live performance of
Always shine featuring Bilal and Lupe Fiasco

domingo, noviembre 11, 2012

Steve Reich en Buenos Aires: …y el minimalismo continuó




En lo que me enteré de que Steve Reich vendría por primera vez a la Argentina, no lo pensé mucho para comprar una entrada y formar parte de la experiencia de escuchar su música. La música de Reich siempre me ha fascinado por su intelectualidad. Más que compositor, se podría decir que Reich es un armador de sonoridades. Y la manera en la que establece la técnica del phasing (ésa que consiste de sofisticadas superposiciones armónicas y rítmicas) para el lenguaje orquestal es ciertamente notable.

La visita de Reich a Buenos Aires formaba parte del Ciclo de Música Contemporánea del Teatro San Martín y constaba de dos conciertos de su música en el Teatro San Martín. Sólo pude asistir a una de esas veladas, pero fue una que se convirtió en una de las experiencias musicales más extraordinarias que he tenido en mi vida.

La noche del concierto hacía calor; en Buenos Aires, la noche del 7 de noviembre hacía mucho calor. Caminando hacia el Teatro San Martín pude ver que tanto la cuadra a la que pertenece el recinto como la que está en frente estaba a oscuras. Al acercarme al teatro me temí que el concierto fuera suspendido por el apagón, pero para mi sorpresa las luces del lobby estaban encendidas.

En el hall del teatro una multitud de jóvenes poblaba el espacio. El ánimo general era elocuente de excitación, ya sea por el calor que inundaba la ciudad o por la incertidumbre de si el concierto se ida a dar o no. A eso de las ocho y veinte, diez minutos antes de la hora estipulada del concierto, se escuchó a través de los parlantes del lobby una voz que anunciaba que el concierto se daría entre 30 y 40 minutos de retraso debido a las maniobras que varios técnicos realizaban para proporcionar de electricidad a la Sala Casacuberta, donde tendría lugar el concierto. La gente aplaudió: primera de las numerosas ovaciones que la noche reservaba.

Al entrar a la Sala Casacuberta se podía ver en tarima unas configuraciones de marimbas, bongós y xilófonos, instrumentos con los que sería interpretada Drumming, la única pieza del concierto de aproximadamente 75 minutos de duración, y una de las obras más significativas dentro del catálogo de Reich. Drumming, tributo a la marcada influencia de la percusión africana en la formación de Reich, pareciera más bien un tratado de ritmo y armonía. La obra consiste de patrones repetitivos de notas tocadas por los instrumentos anteriormente mencionados. Hay pasajes que comienzan para cierto grupo de instrumentos y luego se entrelazan con los otros, originando un tono que subyace bajo las melodías. El ritmo resultante y la atmósfera sonora es ciertamente hipnótica.

En lo que calculo serían 25 ó 30 minutos de comenzado el concierto, se fue la luz y automáticamente se prendieron un par de luces de emergencia situadas sobre las puertas de salida, a los lados de la sala. El suceso generó un par de reacciones por parte del público, pero los músicos siguieron concentrados haciendo su tarea. Las luces de emergencia proporcionaban la iluminación suficiente para los músicos pudieran observar sus instrumentos y partituras, pero esta escasa luz no duraría mucho…

Mientras los músicos seguían tocando, se incorporaron a la tarima desde varios lados de la sala varios trabajadores del teatro con linternas, adelantándose al apagado de las luces de emergencia. En efecto, éstas dejaron de iluminar y los músicos tuvieron que tocar bajo la tenue e insuficiente luz que le proporcionaban los empleados del teatro. En ningún momento los músicos dejaron de tocar, parecían inmersos en las mismas notas que tocaban, como si la música los hubiese hechizado para no dejar de tocar.

La imagen era impresionante. Más que un concierto parecía una especie de performance en la que un conjunto de músicos tocan una pieza dificilísima con sus instrumentos, iluminados por personas vestidas de negro que trataban de adivinar dónde debían dirigir sus haces de luz.

La audiencia también parecía ensimismada. El silencio absoluto quizá era la manera más potente de rendirle respeto a la titánica labor que los músicos en tarima estaban haciendo al tocar una pieza tan demandante bajo una penumbra casi total.

La pieza llegó a su fin y la ovación no se hizo esperar. Los aplausos, vítores y gritos del público parecían más bien la celebración de un milagro que la conclusión de un concierto. Steve Reich, quien estaba presente en la sala manejando la consola de audio, bajó hasta la tarima visiblemente emocionado y besó y abrazó a cada uno de los intérpretes de su pieza. La amplia sonrisa que se dibujaba en su rostro expresaba la admiración y la gratitud hacia los músicos que habían emprendido un considerable esfuerzo por concluir, sin importar las circunstancias adversas, lo que habían comenzado.

El compositor se retiró junto a los músicos, pero la euforia de la audiencia lo hizo volver al escenario. Steve Reich levantó sus brazos en muestra de agradecimiento al público, y en dicho instante volvió la luz al Teatro San Martín, como si de otro milagro se tratara. La audiencia aplaudió con más vigor y los gritos de “¡Bravo!” inundaron la Sala Casacuberta bañando al compositor y al notable grupo de músicos.


No exagero al afirmar que ésta ha sido sin duda alguna una de las veladas musicales más inolvidables que he vivido. Esa calurosa y caótica noche del 7 de noviembre, Buenos Aires me brindó una de las experiencias más extraordinarias que he tenido dentro de un teatro. Esa calurosa y caótica noche del 7 de noviembre vivirá por siempre en mi memoria como una noche milagrosa: como la noche en la que el minimalismo continuó.