martes, septiembre 09, 2014

Despedir a un genio

  



a Fabián y León

“Se nos terminó de ir Gustavo. Un abrazo.”

Ese fue el mensaje que me envió por WhatsApp Fabián, uno de mis grandes amigos. Y así me enteré de la muerte de Gustavo Cerati, uno de mis héroes musicales.

La noticia me afectó más de lo que llegué a pensar. Era de esperarse este desenlace, pero igual creo que la muerte de alguien que admiras rechaza cualquier preparación.

Se me aguaron los ojos y creo que no rompí a llorar por la situación en la que me encontraba: estaba haciendo la cola para comprarme una hamburguesa en Wendy’s.

¿Cómo explicar este dolor?

No sé, porque si les soy sincero no me considero un fanático de Cerati: no me sé todas sus canciones, no tengo todos sus discos, no fui a decenas de sus conciertos. Pero sí lo admiraba profundamente. Y lo que quizá me frustre más del accidente que motivó su partida es que haya ocurrido justo en la cúspide de su talento como artista.

Sospecho que en este dolor también hay otras cosas: yo siempre hablaba de Cerati con Fabián y León, otro de mis mejores amigos. Cerati también musicalizó momentos inolvidables de la juventud caraqueña que compartí con ellos.

Cuando estudié Ingeniería de Sonido, tomé una materia que cambió mi manera de escuchar música, que es lo mismo que decir que cambió mi vida: “Mixing I”, un curso enfocado a enseñarnos el proceso de mezcla de una canción, la puesta en orden de sus sonidos. El profesor nos mandó a que escogiéramos un disco y lo analizáramos: yo escogí Fuerza natural, una placa que Gustavo había editado en esos días.

Estudiar Fuerza natural me mostró a plenitud el genio de su creador. Pasé incontables horas con León discutiendo sobre los maravillosos detalles sonoros que habitaban cada tema: esas guitarras y esos cambios en el tema que da nombre al disco, ese irresistible groove de Desastre, esos fantásticos staccato distorsionados en Magia, esos versos surrealistas de Sal, esos fascinantes melismas que dibujó con su dulce voz en Cactus. En nuestras conversaciones, León y yo estudiábamos el genio de Cerati.

En Caracas también compartí con León un momento inolvidable en nuestra obsesión Ceratiana: tuvimos el lujo de hablar con Héctor Castillo, el ingeniero y productor venezolano que grabó Ahí vamos y Fuerza natural. A Héctor le caímos a preguntas sobre cómo había sido grabar con Gustavo. Sus respuestas nos hicieron absurdamente felices.

De vuelta en Buenos Aires, mi fascinación por la obra de Gustavo me llevó a entrevistar a Leandro Fresco, su mano derecha en los teclados y en las máquinas. Leandro y yo nos citamos en un café en Recoleta. La entrevista evolucionó hasta convertirse en una extraordinaria conversación de dos horas y media, con temas que fueron desde Bowie, música experimental y Gustavo, por supuesto. (Esa tarde que compartí con Leandro la tengo entre los días más felices que he vivido en Buenos Aires.)

Luego de recibir la noticia de la partida de Cerati revisé Twitter y fui testigo del dolor de muchos de mis amigos. Los tweets se sentían como intentos ahogados que aspiraban expresar pena. Leerlos volvió a entristecerme y entonces decidí ocupar mi cabeza: me puse a trabajar en mi tesis. Logré distraerme, pero al volver a casa una inquietud se incorporó: sentía que tenía que ir a despedirlo, en persona.

Al final de la tarde estaba cansado, parecía que iba a llover, había tráfico: Buenos Aires no era furia sino peso. Todo se acumulaba como para que no fuera, pero al final decidí hacerlo. En principio quería ser testigo de la atmósfera, pero en lo que decidí hacer la cola me encontré con Estrella y Laura, un par de amigas muy admiradoras de Gustavo.

El tiempo pasaba lento; intentábamos apurarlo hablando de cualquier cosa pero en cierto momento nos llegamos a impacientar: no había indicio de progreso, al principio de la cola había mucho desorden y temíamos que íbamos a tardar demasiado. Pero decidimos quedarnos.

Las puertas de la Legislatura Porteña se abrieron y comenzó a entrar la gente, la misma que minutos después salía sollozando. Ese sonido reactivó mi dolor, como premonición de que la emoción que sentiría en minutos iba a ser importante.

Luego de entrar debíamos subir unas escaleras, de las que bajaba la gente que venía de ver sus restos. El llanto se escuchaba con más detalle, la tristeza se percibía con más nitidez: era como si al dolor se le hiciera un close-up. Mi corazón se aceleraba y quería llorar, pero me daba pena. Rodeamos el féretro con rapidez, no sin antes haber registrado la imagen de Lilian Clark, la mamá de Gustavo, emblema de la resiliencia que proporciona la fe. La escena me rompió el corazón: pensé en mi mamá y en mis abuelos (recientemente fallecidos). Hice el mayor esfuerzo de la noche por no explotar.

Salimos de la Legislatura y tomé un colectivo a casa con Laura. En el viaje me relató una historia personal con la que me explicaba lo especial de su relación con la música de Gustavo. Sus palabras fueron conmovedoras. Escucharlas me revolvió aun más de emoción.

Al llegar a mi cuarto pude finalmente llorar en paz. Le escribí a Fabián y a León. Les escribí algo así como que los tuve presente en esa emoción, una que, como su música, sentía que tenía que compartir con ellos.

¿Cómo explicar este dolor?

Me temo que no puedo. Cualquier explicación racional se me hace imprecisa.

No sé, imagino que así es como se siente despedir a un genio.