viernes, julio 31, 2015

Hacer reír a prisioneros


Si te puedes reír de ti mismo, estás un paso más cerca de tu libertad
 
Jeff Ross

Jeff Ross es un comediante que ha ganado cierta popularidad como maestro de ceremonia de los Comedy Central Roasts: programas donde un grupo de famosos se juntan para burlarse de una celebridad.

Para su último proyecto, Jeff Ross Roasts Criminals: Live at Brazos County Jail, Ross interpretó su particular estilo de “insult comedy”, nada más y nada menos que dirigido a prisioneros en una cárcel.

Quizá la iniciativa haya llamado mi atención por lo arriesgada o lo innovadora, pero también desató cierto cuestionamiento moral en mí. Mi primera reacción fue algo así como: este tipo es un genio, qué idea tan buena, qué audacia; pero luego mi juececillo moral comenzó a hacerse preguntas como: ya va, ¿stand-up comedy en cárceles? ¿un comediante burlándose de prisioneros? ¿este tipo se está esforzando por hacer reír a un grupo de personas que cometieron delitos?

Mientras promocionó su especial por varios medios, Ross confesó haberse transformado por la experiencia. Cuando le preguntaron cuál fue su mayor aprendizaje, él reveló que fue darse cuenta de que la mayoría de los prisioneros eran más parecidos a él de lo que hubiese pensado. Él también reflexionó sobre el estado inhumano en el que se encuentran algunas de esas personas, y también reclamó de que el sistema penitenciario hace muy poco por rehabilitarlos y mucho por el efecto contrario: empeorarlos.

Mi cuestionamiento moral quizá se haya desatado porque me desconcertaba que algo tan placentero como la comedia tuviera lugar en cárceles, donde habitan sujetos que han cometido atrocidades. Pero resulta que ese juicio se dirigió hacia un cuadro incompleto. Las prisiones también albergan a individuos que han sido injustamente detenidos; y a otros que cometieron errores, pero que están arrepentidos y decididos a redimirse una vez estén en libertad. Esta última distinción me hizo recordar a uno de los personajes más interesantes que conocí en Nueva York.

JD era un joven afroamericano que se sentaba todos los días a trabajar con su computadora en uno de los lugares donde yo trabajé. Uno de mis colegas me contó por encima la fascinante historia de JD: él había estado en prisión por tres años pero se había rehabilitado. De hecho, la razón por la que venía a trabajar era porque había internet y lo necesitaba para trabajar en la tesis para obtener su título de abogado.

Intrigado por el relato, un día me le acerqué a JD y de manera muy sutil le pregunté qué hacía en su computadora. JD, muy simpático y abierto, me invitó a que me sentara con él, pues advirtió que contarme su historia le tomaría algunos minutos.

JD partió en su carro desde su casa en New Jersey hasta su oficina que quedaba en Manhattan. Había dormido muy poco la noche anterior por una discusión que tuvo con su novia. A dos cuadras de su casa hizo le dio con su carro a un chico que corría para tomar el autobús a su colegio. JD no iba a mucha velocidad pero el muchacho se dio un golpe grave al caer: la lesión hizo que cayera en coma. Su nuca se lesionó bastante, tanto que los médicos temieron que quedara paralítico. JD tomó al niño en su carro para el hospital más cercano y allí fue detenido.

En prisión, JD estuvo en contacto con todo tipo de individuos, pero él gravitó hacia tipos como él: personas que habían cometido errores con serias consecuencias. Muchos de ellos eran  víctimas del sistema: retrasos burocráticos, inconsistencias en sus juicios, abogados incompetentes. Por estas fallas y su sentimiento de culpa, el mejor amigo de JD en prisión se suicidó. JD se prometió entonces luchar por esas personas: lo primero que hizo al estar en libertad fue inscribirse en un community college para estudiar derecho.

JD afirmó: “La gente ve la cárcel como un lugar al que pertenecen los demás. Como si se refiriera a personajes de películas, a cosas que no pasan en la vida real. Lo que nunca sospechan es que a ellos también les puede pasar: lo quieran o no, como a mí. El chico que yo arrollé está bien ahora, está vivo. Salió del coma luego de un par de meses, pero perdió un año completo de su educación. Yo no lo quité su vida, pero le quité un año de su vida. Yo no sé si alguna vez me llegue a perdonar por lo que hice, pero estoy decidido a darle la oportunidad a otros que, como yo, intenten buscar de alguna forma su perdón.”

Son ellos, prisioneros como JD, los que merecen reírse y gozar del talento creativo de un comediante como Ross. Son ellos los que, riendo, pueden acercarse a su segunda oportunidad.

¿Hacer reír a prisioneros? Pues sí, a ellos sí.

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