viernes, septiembre 25, 2015

Anne me enseña a comer bien



Anne vino a Buenos Aires a comer.


Anne es una chica estadounidense que conocí en el instituto donde daba clases de inglés. Un día, mientras me preparaba un café en la sala de profesores, escuché que le recomendaba una parrilla a otro colega. A mí me encanta comer, así que me le acerqué para conocerla. De inmediato compartimos sugerencias de restaurantes en Buenos Aires e incluso planeamos ir a comer juntos.

Anne tiene un doctorado en estadística y vivía muy bien en Pittsburgh, hasta que un día decidió salir al mundo para hacer realidad ese sueño que tanto había nutrido leyendo libros, ojeando revistas y viendo documentales: comer bien.

A lo largo de los últimos tres años, Anne ha vivido -y comido- en Roma, París, Lyon, Nueva York, Portland y Chicago. (Su próxima parada es Lima). Sus estadías en cada ciudad oscilan entre 2 y 4 meses: tiempos que le permiten formarse una opinión sólida sobre el gusto de cada urbe (o vivir con visa de turista en caso de los países foráneos).

Para quedarse con una buena idea de la comida de cada lugar, Anne aplica un precepto estadístico: para armar una muestra confiable hay que comer bastante. Ella me asegura que llega a conocer entre 60 y 80 sitios por ciudad. Como es de esperarse, la mayoría de ellos son regulares, pero cada tanto consigue ese lugar que le confirma su decisión de haber dejado su vida anterior para entregarse al placer de la lengua.

Anne es parca, retraída, de pocas palabras. Su precariedad en gestos puede tomarse como un signo de frialdad. Sin embargo, fui capaz de poner eso a un lado para aprender al máximo de ella. Las veces que nos vimos yo la inundaba de preguntas. Así pude obtener de ella información ciertamente extraordinaria.

Para Anne, la mejor comida que prepara Buenos Aires es la parrilla: “Es algo que les importa. Y los argentinos -como los italianos- son bastante apasionados en lo que les importa: fútbol, música, política. Por eso es que las milanesas son tan insípidas: porque no les importa”.

Otra decepción que le ha dado la capital porteña han sido sus pizzas. “Pensé que iba a encontrar buenas pizzas en la ciudad dada su importante herencia italiana, pero no ha sido el caso.” ¿Por qué? “Demasiado queso. Y no es buen queso.” (Las pastas tampoco le impresionaron.)

Anne me confesó que las mejores comidas de su vida las ha tenido en los restaurantes baratos que están ubicados en los centros de las ciudades (e incluso en sus partes pobres), no en los caros (salvo pocas excepciones, claro está). Asimismo, Anne ha podido confirmar -y refutar- ciertos clichés a lo largo de ese recorrido gastronómico alrededor del mundo: en Lyon se come mucho mejor que en París, en Roma se come muy bien pero demasiado, en Chicago y Portland se come bien pero caro, en Nueva York se come muy bien y muy barato.

De los franceses, Anne se queda con su forma de pensar a la comida: como medio de placer, rito social, tributo a la artesanía. De los italianos, encuentra fascinante ese íntimo nexo que une a la comida con la familia. (Para disfrutar de la mejor comida italiana, Anne recomienda comer en casa de la mamá de alguien.)

Uno de los criterios que aplica Anne para juzgar -o predecir- la calidad de un restaurant son sus ensaladas: “Si el chef puede lograr que un montón de vegetales sepa bien, entonces es bastante alta la posibilidad de que te guste lo que comerás luego.” El otro es el número de meseros: “Desconozco la razón, pero desconfío de los sitios que tienen demasiados meseros: me suele ir mal.”

Todo este festín de placer debe tener su contraparte, así que le pregunté a Anne qué era lo más difícil que debía afrontar a la hora de salir a comer. Su respuesta, como gran parte de las cosas que me decía, me sorprendió: “Lo que más me cuesta es ese dilema entre decidir si volver a un sitio que ya me gustó o probar uno nuevo. No te miento, Victor: llega a atormentarme.”

A Anne no le gusta el dulce. Su argumento, más que gastronómico, raya en cierta filosofía purista: “Me asquea el hecho de comer algo dulce cuando estoy tan llena. Detesto la idea de que el postre sea como una especie de premio, de trofeo, de algo que corona el final del comer. El premio es la comida misma, punto.”

Con Anne compartí comidas memorables en El Refuerzo, Albamonte, Pan y Arte y Chan Chan. Allí pude observar su patrón de conducta al comer: al sentarse toma la carta y se toma su tiempo en leerla y revisarle hasta el último detalle, le echa una mirada intensa y minuciosa al sitio (el suelo, el techo, los manteles, el resto de los comensales), interactúa estrictamente lo necesario con el mesero y con la compañía (conmigo), al recibir la cuenta la escruta con suspicacia, no toma fotos (no tiene Instagram) y toma notas en un cuadernito que para mí es como una biblia que me encantaría poder escudriñar. (No me la dejó ver nunca: se lo pedí varias veces).

- ¿Y qué piensas hacer con todo eso que anotas? ¿Publicarlo en un blog? ¿Escribir un libro?
- No lo tengo claro... Nada, quizás.

Anne recomienda probar de todo: lo barato y lo caro, lo que celebran los foodies y lo que condenan, lo clásico y lo moderno, pues nunca se sabe dónde encontrarás ese bocado que te detenga el corazón y te haga sentir, al menos por un instante, que la vida comienza por la boca.

martes, septiembre 01, 2015

Mis cafés favoritos de Buenos Aires


Cuando empecé a decirle a la gente que me venía a vivir a Buenos Aires, dos amigas que ya estaban allí me advirtieron que la ciudad no hacía buen café.


Y me lo decían precisamente porque saben lo importante que es el café para mí.

A ver, recapitulemos un poco. El café me ha acompañado desde niño. A mi abuelo le gustaba contar la historia de que cuando me llevaba al colegio, yo me aseguraba de recordarle que me pidiera un café con leche en una panadería que quedaba cerca. Desde entonces el café ha seguido estando omnipresente en mi vida.

Una de las cosas que más extraño de Caracas son sus café con leche de panadería. Las últimas veces que he ido a Caracas me atiborro de esos deliciosos brebajes. (Debo tomarme al menos cinco por día.)

Sí, el café para mí es una obsesión. Tanto que hasta el primer libro de cuentos que escribí se lo dediqué al café.

Volvamos a mi vida en Buenos Aires: mis amigas tenían razón. Recuerdo que me era muy difícil conseguir buen café en mis primeros días viviendo en la ciudad. De todas formas me puse las pilas y emprendí una exhaustiva investigación para conseguirlo. Más de tres años de búsqueda incesante están condensados en este post que ahora les comparto con mis cafés favoritos en Buenos Aires:

Lattente (Thames 1891): En este minúsculo espacio ubicado en Palermo hacen el mejor café de la ciudad. Cuando vienen amigos café-adictos como yo de visita a la ciudad, los llevo para allá sin pensarlo dos veces. (Una amiga me llegó a decir que allí se había tomado el mejor café de su vida.) La atención es muy buena y los baristas se desviven por prepararte un café perfecto. (Lo único malo es que cuando se llena es inevitable sentirse un poco abrumado.)

FULL CITY COFFEE HOUSE (Thames 1535): Esta cafetería es bastante cómoda y el café es excelente. La atención es cálida y tengo entendido que la comida también es exquisita. Si Lattente está muy full me vengo para acá: los separa sólo unas tres cuadras. El valor añadido viene por la música que reproducen: una vez escuché temas que sólo los fans de David Bowie como yo pueden reconocer. Y bueno, desde esa tarde se ganaron mi corazón.

Birkin Coffee Bar (República Árabe Siria 3061): Esta cafetería para mí es una parada obligada cada vez que voy al MALBA, pues los separa una distancia perfecta para recorrer esa parte que tanto me encanta de la ciudad. El sitio tiene una estética muy bien cuidada. El servicio, al menos desde mi experiencia, ha sido algo inconsistente: hay veces en que me han tratado muy bien y otras en las que he sido víctima de cierta indiferencia hipster.

Crisol (Cap. Gral. Ramón Freire 1502): Me convertí en un regular de este sitio que queda en Colegiales desde que me mudé a Belgrano. Los desayunos, muffins y tortas que venden son deliciosos. Pero la reina del lugar es la taza Crisol, que es prácticamente un tazón de sopa relleno de café. Esto, para nosotros los café-adictos, sencillamente es pornografía. (También estoy enamorado de una de las meseras.)

Barrio Cafetero (Reconquista 513): En pleno centro de Buenos Aires, Barrio Cafetero se erige como un templo del café bien hecho a pesar de su modesto tamaño. Aunque tiene algunas sillas y está muy bien decorado, el sitio es ideal para pedir café para llevar y ponerse a ver a la gente que transita por el agitado corazón de la ciudad. (Al menos eso es lo que yo hago cada vez que voy para allá.)

Ninina (Gorriti 4738) Cuando estoy por Palermo y por alguna razón no voy ni a Lattente ni a Full City House, termino en Ninina. El café es muy bueno, aunque un poco caro. Lo ideal es merendar y pedir una rica torta. El sitio es bastante cómodo, la estética está muy bien lograda y la atención es impecable. (Un dato: puedes sentarte en una mesa que da frente a los pasteleros, así que los amantes del dulce también pueden saciar su fetiche de manera visual.)

All Saints Cafe (Ciudad de la Paz 2300, esq. con Olazábal): Esta cafetería ha sido mi más reciente descubrimiento. El café es muy rico y la atención es buena. El lugar es ciertamente llamativo, pues ostenta cierta vibra reminiscente de las cafeterías de SoHo. Lo único malo es que las sillas no son muy cómodas, así que les recomiendo que pidan el café para llevar y se lo tomen en la Plaza Manuel Belgrano. (Y así aprovechan de pasear por el barrio.)

Al principio pudo haber sido difícil conseguir un buen café en Buenos Aires, pero el que busca encuentra. Ahora, el hecho de que yo haya encontrado buen café no significa que mi investigación haya terminado. Para nada: en toda obsesión la búsqueda es perpetua. Así que si tienen otra recomendación no duden en compartirla. A mí me encantaría conversar -o conocerte- con un café muy rico de por medio.