martes, abril 19, 2016

La 19 del Bellas Artes


Calma.

Los museos me dan calma. Más que un acto de contemplación, entrar a un museo se convierte para mí en uno de introspección. Mirar cuadros, en silencio y en la compañía de extraños, me provee de cierta sensación de estabilidad interna; es casi como si fuera capaz de ponerle orden a mi caos interno.

Cada vez que puedo me lanzo un recorrido por los museos de Buenos Aires. No quiero sonar intenso, snob o demasiado bohemio, pero hay momentos en los que necesito ver arte. En momentos de estrés -en los que estoy frustrado con el trabajo o con mi propia vida- mi cuerpo y mi mente me piden encontrar consuelo en la belleza.

Una de las mejores cosas que me han pasado en Buenos Aires ha sido conocer (y conversar con) Giselle. Una de las razones por la que disfruté tanto ese maravilloso encuentro fue descubrir los placeres que compartíamos. En un momento en el que hablábamos de nuestros sitios favoritos de la ciudad, ambos coincidimos en elegir a la Sala 19 del Museo Nacional de Bellas Artes. La coincidencia me impactó al punto de asustarme un poco, pero luego caí en cuenta de que, siendo los dos tan amantes del ballet y de la cultura francesa, la revelación no tuvo que haberme sorprendido tanto.

La 19 del Bellas Artes alberga la Colección Mercedes Santamarina, dedicada a mostrar pintura francesa del siglo XIX a través de una serie de obras de Courbet, Corot, Sisley, Cézanne y Toulouse-Lautrec; y también del que viene a ser el protagonista de la sala: Degas.

Degas fue un artista que se dedicó a retratar a la sociedad parisina moderna. Aunque a él no le gustaba que lo considerasen impresionista sino realista, sus pinturas bien siguieron los preceptos de dicho movimiento artístico. De hecho, la 19 del Bellas Artes funge como un brevísimo compendio de lo que dicho grupo de artistas propuso: la preferencia de trazos improvisados por encima de los determinantes (Últimos rayos de sol tras la torre, Corot), la importancia de la luz (Le Pont d’Argenteuil, Monet), la urgencia en la captura del instante (Effet de neige à Louveciennes, Sisley), y la composición de viñetas de vida social (Collectionneur, Jean Louis Forain; La Goulue et Paul Lescau, Henri Toulouse-Lautrec)

En la 19 del Bellas Artes también se puede ver algunos cuadros icónicos que Degas hizo del ballet, una de sus artes favoritas. Poder ir a ver estos cuadros en Buenos Aires es un privilegio que quizá demos por sentado los que vivamos en la capital argentina, pero que amantes tanto de la pintura como del ballet del mundo entero envidian.

Recuerdo que cuando conocí a Melissa, la mujer responsable de que me convirtiera en un apasionado del ballet (prometo escribirles pronto un post sobre ella), me dijo que le encantaba ver arte que retratara al ballet, “como los Degas exhibidos en Buenos Aires”, uno de los puntos álgidos de su visita a la capital porteña.

Yo miro algunos de estos Degas -La toilette après le bain, Préparatifs de ballet (la contre basse), Deux danseuses jeunes et roses- y me siento como un voyeur, metiendo la cabeza detrás del telón para fisgonear a las bailarinas que ensayan. Este definitivamente es uno de los logros de los trazos inmediatos de Degas: no sólo retratan intimidad, sino que son capaces de instalarla en quien mira.

Al lado de las otros paisajes de Corot y Courbet, las pinturas de Degas tienen la capacidad de hacer dos cosas en apariencia contradictorias: resaltan, pero al mismo tiempo conviven en armonía con el resto de esas instantáneas de belleza.  


Belleza.

La calma me la da la belleza.


Si viven en la ciudad, o vienen de visita, no duden en entrar a la 19 del Bellas Artes, uno de mis sitios favoritos de Buenos Aires, porque ¿quién sabe?: hasta puede que se convierta también en el tuyo.

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