miércoles, enero 27, 2016

Odio los selfies (y soy un hipócrita)



Yo soy un millenial, supuestamente.

Uso el adverbio porque no comparto muchas de las cualidades de esa generación -como tomarse selfies, por ejemplo. Aunque más bien creo que lo de “no comparto” es un eufemismo: yo lo que de verdad siento es odio. En lo que veo a gente tomándose selfies en la calle (o publicados en Facebook) lo que siento es eso: odio.

Ojo: mi desprecio no está dirigido a quien se toma los selfies. Siento odio por el concepto: el hecho de que el objeto de dichos retratos no sea un sitio, un paisaje, otra persona, sino la misma que los toma.

¿Por qué ese énfasis en el yo? ¿Por qué lo más importante es uno mismo? ¿Por qué?

Así como les soy sincero respecto a esa aversión, también debo serlo con mis contradicciones. ¿Por qué siento ese odio tan intenso hacia los selfies? En todo caso, si no me importara, lo que realmente debería sentir sería indiferencia, ¿no es cierto?

Quizá los que se toman selfies no son narcisos. Quizá yo sólo estoy siendo víctima de mi propia interpretación. A lo mejor no es eso lo que buscan quienes se toman fotos a sí mismos. A lo mejor tan sólo es una forma contemporánea de expresión. 

Otra contradicción que refuerza mi hipocresía: si tanto me molesta el ensimismamiento, ¿por qué llevo casi diez años escribiendo en mi blog sobre mí mismo?

A lo que voy es: al menos directa o intencionalmente mi intención no es hablar de mí, sino exponer situaciones con la quizá se identifiquen otras personas. A través de relatar mis sentimientos, lo que yo aspiro es que mis impresiones resuenen con las de los demás. Quizá esa es la misma intención de los que se toman fotos a sí mismos: conectar. Lo desconozco, pero lo grave de esa ignorancia es que mutó en desprecio.

Añadamos otra contradicción: mi Instagram está repleto de jevitas tatuadas que están chéveres y que se la pasan publicando selfies vistiendo atuendos provocativos en posiciones provocativas. ¿Y entonces? ¿No y que odiaba al seflie? ¿Qué pasa, pues?

En estos días me di cuenta de mi hipocresía de manera frontal. Reconecté por Facebook con una chica con la que salí en Caracas. Teníamos tiempo sin vernos. Comenzamos a chatear por Facebook haciendo práctica de un (¿inocente?) flirteo. En lo que le dije que estaba pasando unos días por Madrid, me dijo: “¡Ay, Victor! ¿Por qué no te tomas un selfie en un paisaje lindo de Madrid? ¡Quiero verte!” Y yo vine de lo más diligente, me tomé el selfie, se lo mandé y ella me dijo que Madrid le encantaba y que yo estaba muy guapo. Yo simplemente no podía estar más orgulloso: mi ego en efecto había sido dulcemente acariciado.

¡Ajá! ¡Te agarré! ¡Eres un hipócrita! -alcanzó a decir una vocecita mía interna.

Una de las cualidades inequívocas de la condición humana es la contradicción. Vamos a hablar claro: ¿acaso no somos todos hipócritas?

Yo seguiré odiando los selfies, pillándome un poco de jevitas tatuadas en Instagram y tomándome una en cuanto una chica que me gusta me lo pida. 

Porque así te somos de ridículos. 

Todos.

viernes, enero 22, 2016

Oscuridad



Hay momentos en la vida en los que uno no puede evitar sentirse mal, realmente mal. No me refiero a pasar por fases alargadas de tristeza, sino a momentos puntuales. Me refiero a momentos realmente oscuros, en los que no hay esperanza de que las cosas mejoren.

Hace un año pasé por uno de ellos. Supe que vendría e intenté evitarlo, pero no pude hacer nada. Era imposible. No importa que tengas una familia excelente (la tengo), amigos incondicionales (los tengo), creas en alguna religión (yo creo) o hayas leído incontables libros de auto-ayuda (lo he hecho); no importa. Hagas lo que hagas y tengas lo que tengas igual vas a pasar por ellos.

Mi intención no es redactar un tratado nihilista, lo que aspiro es articular por qué uno no debería reprocharse por sentirse así. La vida está llena de esos momentos y creo que estar consciente de la existencia de la llegada de ellos es elocuente de cierta madurez. En algún punto de nuestras vidas la tristeza vendrá a atacarnos y nos encontrará indefensos.

Podemos hacer cualquier cosa para evadir esos momentos -ver alguna película, leer algún libro, meternos en Twitter, hablar por Skype con un amigo, salir a pasear, emborracharnos (o ingerir otro tipo de sustancias)- pero al final la realidad se impone: igual los vamos a vivir. Es más, tenemos que vivirlos. La vida también es eso.

Lo importante de experimentar estos sentimientos es que, así como es inevitable de que lleguen, también es inevitable de que pasen. Y de que luego, aun cuando podamos terminar deshechos, también tendremos la oportunidad de rearmarnos y fortalecernos, incluso cuando lleguemos a pensar que nada de eso sea posible. De hecho, y aunque suene paradójico, al final terminaremos más vivos que nunca.

Sólo cuando decidamos atravesar la oscuridad y sumergirnos en ella sin intentar evadirla podremos ganar más luz. El túnel podrá ser largo, pero cuando menos lo imaginemos lo habremos cruzado, saldremos más fuertes y sabremos apreciar con mayor honestidad esos otros momentos luminosos. 

Esos que muchos llaman felicidad.

viernes, enero 15, 2016

David Bowie y Gustavo Cerati: genios orbitando en paralelo




David Bowie y Gustavo Cerati son dos de mis ídolos absolutos. Escuchar su música y estudiar sus vidas se ha convertido en una obsesión enriquecedora: ambos me inspiran profundamente. Al leer sobre ellos, no puedo evitar por identificar paralelismos en sus vidas, coincidencias que nutren aun más la genuina admiración que siento por ellos. 


Eclécticos desde el principio 

Gustavo Cerati comenzó en la música desde niño, tocando su guitarra para un grupo de su iglesia y contando como influencias tempranas a luminarias del pop latino como Roberto Carlos… hasta que escuchó a Jimi Hendrix. A partir de allí todo cambió, evolucionando como guitarrista en bandas de estilos como folklore, reggae, blues, disco y hasta cabaret. Los primeros pasos de Bowie en la música fueron como saxofonista en bandas de R&B y soul. (A esa edad soñaba con tocar el saxo para la banda de su primer Dios: Little Richard.) Su primera banda la tuvo a los 15 años: the Konrads, y luego formaría parte de los King Bees, the Lower Third, the Manish Boys, the Buzz y the Riot Squad, entre otras. Estas exploraciones sonoras en sus comienzos pavimentaron los arriesgados caminos musicales que luego emprenderían en sus respectivas trayectorias. 

Amantes de la palabra 

Cerati anotaba en un cuaderno palabras que leía en diccionarios y que le llamaban la atención. Bowie tenía un apetito voraz por la literatura. (Compraba tantos libros por Amazon que tuvo que inventarse sobrenombres para que el correo no descubriera quién hacía esas órdenes. Acá pueden leer la ecléctica lista de sus libros favoritos.) Para su penúltimo disco, The next day, el único material que compartió sobre su proceso creativo fue una lista de palabras. A Cerati le costaba muchísimo escribirles las letras a sus canciones porque, entre otras razones, las palabras bajaban la música a tierra, por lo que él apelaba a metáforas y a cierto lenguaje figurado para que la música siguiera volando…Más que meramente compositores, Bowie y Cerati eran sastres de poesía, pues vestían de letras las notas que entonaban. 

Antes que todo, Pop 

Si bien Bowie y Cerati llegaron a armarle trajes llamativos, eclécticos e impresionantes a sus músicas, ambos eran bastante enfáticos en afirmar que lo que ellos hacían era, antes y por encima de cualquier etiqueta, pop. Bowie llegó a afirmar que se consideraba bien conservador al momento de hacer música. De hecho, llegó a confesar que su apego por las melodías tenía su origen en la simpleza de la música hecha en el siglo XIX. Cerati coincide con su ídolo británico en ese respecto: a él lo que le preocupaba era hacer buenas canciones. Por muy complejas que parecieran ser sus canciones a una primera escucha, si uno realmente las analiza en profundidad lo que se encuentra es con temas de pop muy bien hechos.

Crear en conflicto 


Por muchos años, tanto Cerati como Bowie pensaban que sólo podían crear en circunstancias conflictivas. Ambos se obligaban a hacer música en situaciones incómodas, lejos de indulgencias y complacencias. “Me auto-torturé para conseguir una emoción”, llegó a decir el músico argentino; mientras que el inglés reconoció que creaba a partir de conflictos en su propia vida. El resultado quizá se les fue de las manos: ambos confesaron vivir dramas desproporcionados, tanto a nivel personal como profesional. En edades ya más maduras, ambos reconocieron que podían crear en otras condiciones, unas que seguramente les serían menos nocivas.

Directores de (su propio) arte 

Ningún otro artista del pop en los últimos cuarenta años ha tenido tanta conciencia del poder de la imagen (y ha sido tan influyente con ella) como David Bowie. Las portadas de sus discos identifican cada faceta de la carrera del músico británico. Cerati también se esmeró por diseñar una sofisticada apariencia que acompañara cada etapa de su trayectoria. Ésta quizá sea una lectura muy personal, pero encuentro una especie de tributo de Cerati a Bowie en el traje diseñado por Pablo Ramírez que vistió para sus 11 episodios sinfónicos, es como un guiño a la chaqueta que cubre a Bowie diseñada por Alexander McQueen que aparece en la portada de Earthling. Esta atención al detalle en la imagen fue lo que convirtió a este par de genios en mucho más que músicos: íconos.

Voces que contienen a muchas


Yo siento que a la voz de Bowie no se le ha dado el respeto que merece. Debe ser que la parafernalia que él mismo diseñó alrededor de su música opaca al resto de sus talentos, pero su capacidad vocal es extraordinaria (especialmente en temas como
Wild is the wind, Life on Mars, Slip away). La voz de Cerati es igualmente excepcional. Artistas de la talla de Mercedes Sosa y Pedro Aznar elogiaron su dulce timbre. Bowie aplicaba cierta teatralidad en su manera de cantar: en varios de sus temas se pueden escuchar varios personajes (Ashes to ashes, Where are we now, Let’s dance). Cerati también tenía la habilidad de encarnar varios roles con su voz: sexy (Amo dejarte así), desgarrador (Crimen, Té para tres), reflexivo (Vivo), tierno (Otra piel, Puente), épico (Prófugos, Lago en el cielo), onírico (Vuelta por el universo, He visto a Lucy), lúdico (Te llevo para que me lleves). Bowie y Cerati, más que cantantes, eran estupendos intérpretes vocales.

Una genial auto-conciencia

Otra cualidad que comparten Bowie y Cerati es la impresionante lucidez que tuvieron sobre su propia obra. El análisis que hacen de su propia música es ciertamente brillante. Además de que siempre estuvieron abiertos a revelar las fuentes de sus procesos creativos e incluso a ser brutalmente honestos cuando alguno de sus discos llegó a decepcionar a su audiencia. Si se quiere llegar a tener un entendimiento profundo de la obra de estos dos gigantes, no creo que haya mejor táctica que la de recurrir a sus propios testimonios. En las entrevistas y biografías que se han publicado sobre estos dos genios existe una inmensa cantidad de sabiduría y un altísimo nivel intelectual. (Dos ejemplos:
Cerati, Bowie).


La esponja Bowie, la antena Cerati 

Una de las cualidades más llamativas dentro de la noción de artista que comparten Bowie y Cerati era su agudeza. Tanto el inglés como el argentino se consideraban individuos perennemente curiosos y atentos a los tiempos en que vivieron y a los contextos que los rodearon. Bowie admitía que a él le fascinaba absorber y coleccionar elementos que capturaban su interés, mientras que a Cerati le gustaba fungir como una especie de “antena”, recogiendo y por extensión filtrando situaciones, sentimientos y tendencias que percibía en su entorno. Cerati y Bowie fueron caleidoscopios musicales que reflejaron la cultura de la que fueron partícipes.

Exitosos en lo experimental y lo popular 

Bowie y Cerati fueron artistas tan talentosos y atentos al momento en que vivieron que fueron capaces tanto de desafiar las expectativas de sus seguidores (editando material experimental), como de satisfacerlas (editando música ostensiblemente comercial). En el caso de Bowie, sus discos más experimentales (Low, 1. Outside, Blackstar) son consideradas producciones altamente influyentes, mientras que los de Cerati (Colores santos, Bocanada) son considerados hitos del rock en español. Ahora, cuando ambos se propusieron la seducción de grandes públicos, también lo lograron de manera impresionante. No hay un disco más elocuente de la búsqueda (y la obtención) del éxito comercial por parte de Bowie como Let’s dance, la placa que vendió más copias en toda su discografía. En el caso de la carrera de Cerati, ese disco vendría a ser Ahí vamos, cuya cálida respuesta contrastó notablemente con la tibia recepción que tuvo su antecesor Siempre es hoy. Para Bowie y Cerati, el éxito no les fue esquivo en ninguna arena.

Líneas que casi se tocan 

Cerati nunca ocultó la gran admiración que sentía por Bowie. Y sus caminos, aunque no llegaran a cruzarse directamente, estuvieron efectivamente muy cercanos. Estando en Soda Stereo, Cerati trabajó con Carlos Alomar, el guitarrista que participó en la mayor cantidad de grabaciones de Bowie y que fungió como productor del álbum Doble vida, grabado en Nueva York en 1988. En ese disco tocó Lenny Pickett, saxofonista que grabó con Bowie en Tonight y su gira, Heathen y el tema Dancing in the street con Mick Jagger. En las sesiones de grabación de Fuerza natural, el baterista Sterling Campbell participó como músico invitado, quien giró en la banda de Bowie por 14 años. Asimismo, el productor venezolano Héctor Castillo, quien trabajó con Bowie en Earthling y en la mezcla de Heathen y Reality, trabajó con Cerati como productor en Fuerza natural y como ingeniero de mezcla en Ahí vamos. No puedo dejar de sospechar que, para Cerati, trabajar junto a estos músicos fue una manera de acercarse a uno de sus ídolos.

martes, enero 12, 2016

Paul Stanley encourages us to face our truth



There’s something I find very endearing -and rather intimate- when I read successful and inspiring people telling the stories of their lives. That been said, I just love reading memoirs. About a couple of months ago I had the great pleasure of reading back-to-back the amazing autobiographies by comedy legends Martin Short and Charlie Chaplin. I was officially hooked to reading memoirs by famous artists, so I knew I had to follow those two up with another great book. But this time I wanted to make a switch: I wanted to read about musicians, so after doing some research, I decided to take on Paul Stanley’s memoir, Face the music: A life exposed. I just kept running into it among several lists where it was recommended by other famous rockers, critics and bloggers. According to them, the book was a must-read. I went through an intense KISS phase when I was in high school -around the time they released Psycho Circus. However, I lost track of their music after that. Every once in awhile I came back to their greatest hits but that was pretty much it so, truth be told, I was a little disconnected to KISS’s music. Hence, my expectations on reading Stanley’s words were rather low. In hindsight, I guess that was a fortunate position to be in: my mind was about to be blown away.  In Face the music, Paul Stanley tells the uplifting story about his harsh beginnings, his sudden rise to fame and the intricate path to becoming the frontman of one of the most successful and noteworthy rock acts. The beginning of the book is already staggering: Paul Stanley confesses he was born with a facial deformity -he didn’t have an ear. This visual handicap made him the object of bullying by his classmates and even alienation from his family. This condition affected his social behavior for the rest of his life: it made him a guarded and shy individual. To put it simple, interaction with other human beings was not an easy task. Nonetheless, in his teenage years he found a warm refuge in rock ‘n roll. In the era of great british he found many idols; and in the guitar, a perfect companion. Paul Stanley decided learn to play the instrument, become a songwriter, form a band and perform at venues. From then on, Paul Stanley worked tirelessly to become a true rockstar. Focus, perseverance, hard work: all of those ingredients were fundamental throughout his journey towards founding, leading and -pretty much- stirring the course of KISS. Stanley tells the story of how his band was able to succeed in an astonishing way. However, Stanley is also very frontal when it comes to revealing that the path to his own happiness remained even further. This is where Face the music gets the tone and the form of a frank, tender and powerful tome of self-help. Stanley shares how we had to ask help from a psychiatrist to deal with the intimidating arrival of succes. He describes very succinctly the menacing effect of having to perform in front of  thousands of people in arenas around the world.  Throughout the book, Stanley is very upfront to highlighting the power we have to make ourselves: to transform us right into the person we dream of becoming. He’s also very persuasive towards being honest to ourselves: we can fool other people, sure, but deep inside we can’t lie to ourselves. That’s just not going to happen. Reading this autobiography has resonated within me like no one other because getting to know about Paul Stanley’s life has made a true mark in my own. Maybe it’s because I read it at a particularly critical time in my own life: one in which I have to make crucial decisions. The real lesson and inspiration one can find in Stanley’s testimony is that he was able to find his true fulfillment only later in life. Stanley felt incomplete for the most part of his life. Even after getting millions of dollars, sleeping with hundreds of women and being adored by millions of fans he felt he was incomplete. His real happiness was not there. Only after he made an effort to accept himself, open up to others and help them, he could find true love and happiness. Reading Face the music: A life exposed encouraged me to take a brutally honest look at myself and decide to do whatever I need to do to change myself.  Reading Paul Stanley’s memoir changed my life.