viernes, febrero 26, 2016

Una mesa más, dos solitarios menos (VIII)


En estos días compartí una mesa en la feria de comida del Galerías Pacífico, un centro comercial que está ubicado en pleno microcentro porteño. En esta ocasión conversé con Ashlee, una joven norteamericana que estuvo tres meses en Buenos Aires y que está por irse a Santiago de Chile para pasar otros tres meses. La conversa fue corta pero intensa y en ella Ashley me contó cómo los viajes son las herramientas más poderosas para buscarnos a nosotros mismos.


Ashlee (A): ¿Me puedo sentar acá?

Victor (V) Sí, claro.

A: Gracias.

V: De nada. ¿De dónde eres?

A: ¿Tan malo es mi español?

V: No, de hecho es muy bueno, pero los acentos no pueden ocultarse.

A: Tienes razón. Soy de Estados Unidos.

V: Eso pensé. ¿Y qué haces acá?

A: Trabajo de mesera en un restaurante en Palermo, pero ya me queda poco tiempo en la ciudad: esta es mi última semana.

V: ¿Cuánto tiempo pasaste acá?

A: Tres meses.

V: ¿Te gustó?

A: Mucho.

V: ¿Y cómo te sientes? Digo, en estos últimos días antes de irte.

A: Un poco triste, pero emocionada también. Buenos Aires me encantó pero me emociona mi próximo destino: Santiago de Chile.

V: ¡Qué bien! ¿Y qué vas a hacer allá?

A: Seguir trabajando de mesera… bueno, al menos eso espero.

V: ¿Ok, pero es realmente lo que vas a hacer allá? Me imagino que es lo que te paga las cuentas, pero ¿qué es lo que vas a hacer en realidad?

A: No sé, la verdad. Estoy viajando, estoy conociendo, me estoy buscando. No lo tengo muy claro... Y la verdad es que no me preocupa.

V: Bueno, debo admitir que te envidio un poco.

A: ¿Por qué?

V: Porque afrontas esa incertidumbre con mucha tranquilidad. A fin de cuentas te estás yendo a otro país, con otro idioma, con otra cultura.

A: Sí, pero tú tampoco eres de acá, ¿cierto? Los acentos no se ocultan. ¡Y tu acento no es porteño!

V: Tienes razón, soy de Venezuela.

A: Bueno, pero entonces haces algo muy similar: no tienes por qué envidiarme.

V: Bueno, tienes algo de razón, pero igual admiro eso de que estés en movimiento, de que te estés buscando.

A: Pero ¿acaso no estamos todos en esto? ¿En esto de buscarnos?

V: No sé, me parece que hay mucha gente que ya se encontró, que ya tiene su vida hecha.

A: Yo no creo realmente que haya mucha gente así. Hay mucha gente que aparenta tener su vida hecha, pero todos nos estamos buscando. Lo que pasa es que yo lo hago viajando.

V: Que es la mejor manera del mundo...

A: Tú me entiendes. ¿Has viajado mucho?

V: En estos últimos meses sí. Y creo que para tratar de encontrarme también.

A: Ahí lo tienes. ¡Estamos todos en esto!

V: Ok, pero ¿no te preocupa no haberte encontrado todavía? A mí hay veces que me abruma.

A: ¡Pero claro! Aunque más me asusta que llegue un día en que tenga todas las respuestas. ¡Eso sí sería muy freak! Prefiero seguir teniendo preguntas. Mira que si no tengo nada que encontrar, ¿para qué voy a seguir viajando entonces?

V: Jajaja, ¡claro! ¡Esa es la excusa perfecta!

A: No te sientas mal por no encontrar respuestas. El día que dejes de tener preguntas... !a ese día sí tienes que tenerle miedo! Y disculpa que suene tan a libro de auto-ayuda, ¡pero es verdad!

V: Jajaja, ¡tienes razón!

A: Bueno, me tengo que ir. Ya sabes, ¡por lo de seguir en movimiento! jajaja

V: ¡Suerte entonces y que la pases lindo en Santiago!

A: ¡Gracias!

lunes, febrero 22, 2016

The (insurmountable) weight of tradition


A couple of years ago, when I found out Benjamin Millepied was announced as the new director of the Paris Opera Ballet, I was genuinely excited. I had followed Millepied’s remarkable trajectory and I was sure he was up for great things. However, I suspected his tenure wasn’t going to be easy -he was about to lead one of the most important and conservative cultural institutions of Paris.

My trepidation was supported by two conditions: Millepied’s background (he was born in France but developed as a dancer in the US), and his passionate inclinations towards contemporary works. These features would crash, first, with the Opera’s renowned pride for what’s French and second, with its well-know rigidness and traditionalism towards its programming.  

Now, after a little more than a year at the helm of the Paris Opera, Millepied has resigned. He cited personal reasons stating that he wishes to create new works of his own and devote more time to his company L.A. Dance Project.

Nonetheless, his decision could also have been motivated by reported tensions within the organization. Millepied undertook the daunting task of reforming L’Opera and he certainly ran into many obstacles: bureaucracy, internal forces and opposition to his daring programming. He was also very vocal -perhaps too much- in calling out the need for the Opera to get into the 21st century and to break the rigid structure that enclosed it throughout the last 20 years.

The exit of Millepied has been received with a fair share of disappointment among dance circles. Millepied intended to modernize the Opera through the commissions for new work, interdisciplinary projects and the inclusion of modern mavericks like Balanchine and Forsythe in the canon. I can’t help but think that, even with a bunch of great intentions, Millepied failed to swim through the relentless currents of politics and bureaucracy set forth by such an ancient -in the literal sense of the world- institution.

It’s been announced that Millepied will be replaced by Aurélie Dupont, a former ballerina of the Paris Opera who has worked for more than three decades in the company. From the onset, she has imposed a striking contrast to her predecessor. In her first public appearance after her engagement she seemed to be more conciliatory -and expectedly conservative.

French tradition has spoken: one of the most remarkable names in modern dance has been expelled from one of the most traditional dance institutions in the world -one that desperately needed a revolution.

This is very sad news for dance lovers around the world like me, who were expecting to celebrate an injection of vitality to one of its preeminent organizations.

jueves, febrero 18, 2016

La dinámica social


A lo largo de los últimos seis años las sucursales de Starbucks -tanto en Nueva York como en Buenos Aires- se han convertido en mis oficinas. Hay algo en sentarme a tomar café y ponerme a escribir en mi computadora en esos establecimientos que encuentro muy placentero e inspirador.

Casi siempre logro sentarme en una mesa para mí solo. Sin embargo, hay veces en que los locales están tan llenos que debo sentarme en “mesas colectivas”: aquellas que compartes con otras personas.

En estos días me pasó algo, mientras escribía en una de esas mesas, que me hizo pensar mucho sobre la convivencia y sus reglas. Y sobre cómo, por extensión, si esas reglas fueran impuestas y respetadas por nosotros mismos, las maneras en cómo compartimos con los demás pudieran ser mucho mejor.

Ese día la mesa estaba casi llena, es decir, había poco espacio. Casi todos estábamos ocupados: trabajando, escribiendo, estudiando… con la excepción del último sujeto que se incorporó en la mesa, quien veía cosas por su celular con ademanes de aburrido o de obstinado. (Era difícil distinguir.)

Dicho individuo golpeaba a cada rato la mesa cada vez que ponía el celular en la mesa. Luego se ponía a mirar hacia los lados, hacia arriba y hacia los demás con expresión de hastío. Cada uno de esos golpes resultaban bien incómodos. En más de una ocasión llegamos a vernos entre nosotros como muestra de un acuerdo tácito: el tipo estaba siendo bastante molesto.

En un momento en el que los golpes se hicieron repetitivos y agobiantes, una de las chicas sentadas en la mesa le pidió de manera muy decente que dejara de pegarle a la mesa. Al tipo le sorprendió la reacción, pidió disculpas y acto seguido se retiró de la mesa. En lo que se fue, todos nos volvimos a ver, de nuevo en silencio, como muestra de gratitud hacia la que fue capaz de darle voz a la incomodidad que estábamos sintiendo.

Esta dinámica la he visto desarrollarse en otras mesas grandes en otros cafés y en otros países. Es como si en colectivo nos auto-reguláramos para hacer nuestro trabajo de manera cómoda. El que rompe las reglas rápidamente es reprendido o castigado para que podamos re-establecer el orden.

Ahora, y sin ánimos de sonar muy idealista o hippie, yo me pregunto: ¿No seríamos mejor como sociedad si fuéramos capaces de auto-regularnos y de hacer públicas nuestras quejas cuando alguien no está haciendo lo correcto? ¿No seríamos mejor como sociedad si asumiéramos nuestras faltas para corregirlas y podamos vivir mejor en convivencia?

Cuando compartimos un objetivo en común y estamos conscientes tanto de las responsabilidades que tenemos como del respeto hacia al otro, no hay manera de que nos vaya mal.

Todos somos responsables por el bienestar de los demás que, a fin de cuentas, es el bienestar de nosotros mismos.  

sábado, febrero 13, 2016

The most incredible thing: a tale of creative teamwork



Justin Peck is one of the most interesting choreographic talents in the current dance world. About eight years ago, he began making dances for New York City Ballet -a company for which he’s also a soloist. Peck gained notoriety thanks to the Year of the rabbit, an outstanding production with music by indie auteur Sufjan Stevens. After winning praise for his emphasis on technique while addressing subtlety and delicacy, Peck’s dances are now being staged in several dance companies around the world. His most recent production, entitled The most incredible thing, was inspired by a Hans Christian Andersen fairytale that consists of a contest, put up by a King, that is won by a young man who invents a clock that create lifelike figures. The award: the princess’ hand in marriage. The music for the production has been written by Bryce Dessner, better known as the guitarist of The National, but who has also made a name of himself by composing music for orchestra, ensembles and choirs. More recent and notably, Dessner wrote the music along with Ryuichi Sakamoto for The Revenant, Alejandro González Iñárritu’s last film. The most incredible thing also features sets and costumes designed by Marcel Dzama, a Canadian artist who is famous for his dark humored illustrations and dioramas. It’s been reported that this ballet was made within a closely collaborative environment. The trio of artists worked really hard throughout 18 months, meeting regularly over Skype, exchanging ideas by email, and even having dinners to discuss aspects of the story and other more technical considerations.
This is the first narrative ballet Peck has ever undertaken. Even when his previous -and shorter- pieces has been generally celebrated, he’s facing the daunting challenge of creating a compelling production that tells a story over a long stretch of time. (It’s been said that the work lasts about 45 minutes.)
Narrative ballets are favored by dance audiences. The great thing about this New York City Ballet’s commission is that it’s very eloquent of the undisputable offer of talent and the obvious demand that exists for productions like these. The most incredible thing is a great testament of the power of young talents coming together to craft an exceptional work of art. The production’s most positive reviews so far have remarked the seamless integration of its elements. Peck, Dzama and Dessner has joined efforts to revitalize ballet in a magnificent way. Let’s just hope this becomes the new rule in ballet for making pieces that dazzle our senses.

viernes, febrero 05, 2016

The missed opportunity



The New York Philharmonic announced Jaap van Zweden as its new Music Director. My reaction to the news evolved like this: 1. Ok, so he’s not Esa Pekka Salonen... (my first choice, as I have previously stated). 2. Seriously? I mean, really? Is this, like, real? (this is how my disappointment sounds like). 3. So, he’s not Esa Pekka Salonen... (include sigh of resignation). Van Zweden comes with great credentials, truth be told. He was the concertmaster for the Royal Concertgebouw for 18 years -one of the finest orchestras in the world. He then dropped the bow to take the baton and worked for several orchestras in Europe until he became the director for the Dallas Symphony Orchestra -a second-class ensemble that he managed to take to higher levels. His recordings have also been praised. He seems to gravitate to late 19th-century romantics like Bruckner and Mahler, and his taste for accuracy and precision has been hailed as one of his trademarks. In Dallas he was often celebrated -with the exception of a notorious claim by some members of the orchestra who didn’t share his dictatorial or despotic ways of conducting. Full disclosure: I am not questioning his technical proficiency. He seems to be an excellent musician. What I am really angry about is the enormous opportunity the New York Philharmonic has missed. It just have blown a huge chance to make a statement. This appointment, as NYTimes’ Anthony Tommasini declared, is too safe, which is precisely the route that has led orchestras to periods of crisis -and even bankruptcy. So why the hell the New York Philharmonic -the oldest orchestra of the US and one of the most prestigious ensembles in the world- made a decision as tasteless as this one? Why? I know Salonen repeatedly affirmed that he was not interested in going to back to working full-time as a conductor because he wanted to dedicate more time to his composition endeavors, but the NYPhil didn’t seem to really want him in the first place. Could you imagine the excitement that could have been propelled if Salonen were named the new conductor? Well, it would have been pretty similar to the excitement ignited by the announcement of City of Birmingham Symphony Orchestra’s new director: the young (29 years old) and impressively talented conductor Mirga Gražinytė-Tyla. Because excitement is the key word here, people. If orchestras want to survive as an institution in times like these where there’s a hectic, competitive and overcrowded cultural offer, then they need to inject enthusiasm. It’s exactly what have made television enjoy a new golden era -compelling, interesting, exciting stories. It’s what has given renown to small independent avant-garde opera companies -exciting productions. It’s what has been selling lots of tickets for ballet companies -exciting dances. The NYPhil has missed a huge chance to put a remarkable figure in its podium: a woman (Malkki, Alsop) an emerging conductor (Heras-Casado), an immensely talented underdog (Honeck). Instead, the main orchestra of New York City has made a choice that is unfortunately too similar to previous -and lackluster- appointments like Kurt Masur or Lorin Maazel: great conductors, but too conservative, musicians who were not bringing anything new to the table, which is exactly the opposite profile of the tenures that have proven successful: Mahler, Bernstein, Boulez, and yes, I would include the current conductor Alan Gilbert! This news left me baffled, then profoundly disappointed. But since I adore the NYPhil, I really hope Van Zweden proves me undisputably wrong...

lunes, febrero 01, 2016

Música (feliz) adolescente



En estos días estaba escribiendo en un bar y de repente empezó a sonar Break stuff de Limp Bizkit. Tenía años sin escuchar el tema, pero desde el mismo instante en que lo hice mi mente se trasladó al contexto asociado a él: quinto año de bachillerato, playa, cervezas, jodedera con mis amigos del liceo, días felices.

Al salir del lugar no podía dejar de tararear la canción: se me había instalado en la cabeza. Llegué a casa, la descargué y la guardé en mi celular. En lo que la reproducía, mi mente sacaba a colación la música de bandas de esa época: Green Day, Korn, Deftones, Pantera, Marilyn Manson, Blink-182, etc.

Decidí entonces buscar esas canciones que escuchaba en mi adolescencia para pasarlas a mi celular. Así empecé a andar por la ciudad escuchando toda esa música.

No sólo me sorprendía que, incluso cuando tenía años sin escuchar esos temas, aún me sabía todas esas letras, sino que también cierta emoción se apoderaba de mí cuando los escuchaba. Era como una energía ingenua, elocuente de cómo me sentía en esa época.

En estos tiempos en los que el esnobismo y el cinismo abundan en las redes sociales, he leído cómo muchos conocidos -de la misma edad que yo- reniegan de esos grupos que escuchaban cuando eran más jóvenes. Prefieren enorgullecerse de gustos más sofisticados y socialmente aprobados como Radiohead, Bjork, Arcade Fire, o cualquier otra agrupación que haga música más seria.

La evolución de mi gusto musical ha sido bastante amplia. Ya no escucho con regularidad a los grupos de nu-metal, grunge o metal que tanto me gustaban antes, pero eso no quiere decir que me arrepienta o sienta vergüenza por haberlo hecho en algún momento. Simplemente no puedo hacerlo.

Me explico: esa música reflejó mi vida en esa época. Por mucho que me hubiese gustado haber descubierto a Bowie, Stravinsky o la Segunda Escuela de Viena en edades más tempranas, esos fueron los grupos que sedujeron mis oídos en esa temprana edad.


Yo no puedo arrepentirme de que me gustaran esos grupos: la felicidad que sentía al escucharlos fue tan genuina como la felicidad a la que ellos le pusieron música.