lunes, junio 20, 2016

Sacar la mente a pasear




Detesto perder el tiempo.

Me angustia no hacer nada mientras hago colas, tomo el colectivo o debo esperar porque me atiendan en un restaurante, por ejemplo. En ese sentido mi celular se ha convertido en un aliado perfecto. En momentos como esos, lo saco, abro una aplicación que me bajé para leer eBooks y me sumerjo en letras digitales. Con el tiempo he logrado leer bastante y reducir la ansiedad que me provoca sentir que no le estoy sacando el máximo provecho a la vida.

Sin embargo, hay veces en que es mejor no hacer nada. Estudios han demostrado la importancia de darle breaks a la mente. Los especialistas reportan beneficios que van desde creatividad, relajación y hasta la adquisición de una aguda conciencia sobre nuestras vidas.

A veces no se trata de no querer perder el tiempo. Muchas veces reconozco que me refugio en la lectura para no afrontar -o no pensar en- alguna situación incómoda de mi vida. Allí es cuando se hace necesario bajarle dos a la intensidad proactiva y dejar que la mente descanse, se airee y salga a dar un paseo.

No en vano, últimamente se me han ocurrido ideas muy finas justo cuando estoy camino a casa o me estoy vistiendo: precisamente cuando no estoy haciendo “nada”. Cuando la mente baja su guardia pareciera estar más dispuesta a regalarnos revelaciones.

No es fácil esto de dejar conscientemente que la mente no haga nada, pero debemos hacer un esfuerzo. La vida no se trata de estar al 100% de tus capacidades todo el tiempo. Al contrario, como la naturaleza misma nuestras esencias como seres humanos son cíclicas: a veces estamos arriba y otras abajo.

No está mal no hacer nada, no es perder el tiempo; más bien es otra forma de sacarle provecho a la vida y disfrutarla con intensidad: tanto lo bueno como lo no tanto.

martes, junio 07, 2016

La mejor hamburguesa de Buenos Aires




Comer bien implica mucho de investigar: de buscar por internet, de preguntarle a amigos, de merodear por la ciudad hasta dar con ese sitio que promete deleitar tu gusto.


En esto de investigar a mí me da por épocas: un día me pongo a buscar cafés, otro día bodegones, pizzerías. En estos días decidí retomar mi investigación sobre las mejores hamburguesas en Buenos Aires. (Prometo postearles pronto un listado con mis hamburguesas favoritas).

Ahora bien, luego de comerme la hamburguesa que estoy por describirles, sentí que merecía un escrito para ella sola. A fin de cuentas no sólo fue la mejor hamburguesa que me he comido en la ciudad, sino también una de las mejores que me he comido en toda mi vida.

Todo comenzó con un video de Allie Lazar (mi asesora favorita del buen comer en Buenos Aires) sobre comida norteamericana en la capital porteña donde se mencionaba a dicha hamburguesa. Acto seguido, me puse a indagar más sobre ella por la web y di con un post de un bloguero experto en hamburguesas llamado Burger Facts. Después de leerlo, ver algunas fotos y que se me aguara la boca con tan sólo imaginarme que me la comía, decidí ir a por “la mejor hamburguesa de Buenos Aires”.

La hamburguesa en cuestión era la Hamburguesa Clásica de Pony Line -el bar del Hotel Four Seasons. Lo primero que impresiona es lo bien diseñado que está el lugar: el techo es una red de cinturones de los que cuelgan lámparas, las sillas y las mesas exudan cierta vibra chic, algunas paredes están cubiertas por superficies metálicas rústicas pero elegantes, la barra que preside el recinto es nítida, brillante y prolija. Si hay veces en que la comida entra por los ojos, entonces yo estaba siendo seducido por el entorno donde tendría lugar el festín.

El primer bocado es el más importante: ese descubrimiento que registra tu boca y que luego intenta procesar tu cerebro. Ese primer mordisco que le di a la Hamburguesa Clásica del Pony Line me hizo saber inmediatamente -la frescura del pan, la astringencia del pepino, la textura de los chips, la ternura de la carne, la intensidad salada de la panceta- que en efecto ésta era la mejor hamburguesa que me había comido en Buenos Aires. Los subsiguientes bocados no hicieron más que confirmar -una y otra vez- esa primera percepción.

A ver, ¿cómo se los explico? Bueno, primero que el pan tiene como puntitos de queso gratinado, es suave, se deshace en la boca, en fin, se siente que fue hecho recientemente. La carne es exquisitamente tierna (tú decides su punto de cocción). Juan Gaffuri, el genio que concibió la hamburguesa, le explicó a Burger Facts que para la carne usa “bife de chorizo y tapa de asado de vaca de la raza Wagyu”. Al comer esta hamburguesa, uno constata la preparación de un plato con sumo cuidado, se es testigo de que que tanto el que la creó como el que finalmente la cocinó se toman su trabajo muy en serio. Al final, cada uno de los componentes de esta hamburguesa y la sofisticación de su preparación se complementan hasta dar con una obra maestra. (Las papas fritas que acompañan el plato son igualmente deliciosas.)

Reconozco el tono de grandilocuencia que adquirieron mis letras en ese último párrafo, pero me temo que no puedo evitarlo, mis queridos lectores. Así de cursi y exagerado se pone uno cuando ha ingerido un manjar como este y luego trata, infructuosamente, de articular lo que ha sentido.

Finalmente quisiera dedicarle unas palabras de gratitud al atento, amable y dulce personal que me atendió: su servicio estuvo a la altura de la comida. Asimismo, y si me permiten una última recomendación, les sugiero acompañar la hamburguesa con una copa de malbec. Admito que mi primer instinto fue el de pedir una cerveza, pero créanme que el vino también ayudó a que mi experiencia terminara alcanzando una genuina cualidad de extraordinaria.

Allie y Burger Facts tenían razón: la Hamburguesa Clásica en Pony Line es la mejor de Buenos Aires, así que los invito con mucho entusiasmo a que lo comprueben ustedes mismos: ¡háganme caso!