jueves, junio 15, 2017

The Gilbert era




Living in New York City has been the best experience of my entire life.

And getting to be part of the Gilbert era was one of its highlights.

I’m referring to Alan Gilbert’s tenure as the director of the New York Philharmonic. My affection for this ensemble predates the years I spent in New York (2009-2011). I had always admired tremendously Leonard Bernstein -arguably the ensemble's most popular conductor. During my first visit to New York, one of the first things that I ever did was to walk around the Lincoln Center campus, just to step on the same ground Bernstein must have surely walked on.

But that era is coming to an end: Alan Gilbert is leaving.

Gilbert states that he resigned because, among other things, he didn’t want to go through all the drama of finding a new home for the orchestra, since its current residence (Avery Fisher Hall) needs to go through some remodelling. He also has express his interest of conducting more opera and going back to Europe, where he has led many prestigious orchestras in the past. (He also, and understandably so, wants to spend more time with his family.)

Now that Gilbert is leaving, people (audience, critics) seem to realize the importance of his mandate. In my opinion, Gilbert' greatest achievement was giving back some of the edge the New York Philharmonic had lost under Kurt Masur and Lorin Maazel’s previous leaderships.

The conductor was, above all, bold; he programmed risky music -Stockhausen, Honegger, Berg- while paying homage to the classics -Haydn, Mozart, Bach. He also played works by many remarkable names in the contemporary scene -Adams, Lindberg, Salonen. He  founded Contact!, a new music series and a new music biennial. And last but not least, he played a lot of music written by female composers.

My own experience with Gilbert couldn’t have had a better debut: I got to see his magnificent staging of Ligeti’s Le grand macabre. From the moment he put his baton down, I knew I was taking part in one of New York’s recent music landmarks. And everyone else seemed to agree with me on that.

And the rest of his work that I was able to see was equally outstanding: his rendition of Alban Berg’s Violin Concerto will forever inhabit in my memory; I cried my heart out listening to his Mahler’s second symphony; and experiencing his Brahms second symphony was also heart-wrenching.

I also had the great opportunity to hear the New York Philharmonic outside Avery Fisher Hall: I saw it in Central Park, St John’s Cathedral and Carnegie Hall, where he conducted an imposing interpretation of John Adams’ Harmoneliehre. In all of those venues the orchestra sounded superb.

It’s been reported that his ambition for innovation wasn’t neither shared nor backed by some of the orchestra’s executives. I guess that influential people in the management and -I dare to say- some powerful donors among its audience, didn’t like what he intended to develop. Well, you know what? Shame on them! Could you have imagined how Messiaen’s epic opera Saint Francois d’Assise would have sounded had he been given the opportunity to stage it? Those failed expectations break my heart -even when I’m not leaving in the city anymore...

I’m not only disappointed in Gilbert quitting one of New York's finest cultural organizations, I’m also let down by the appointment of his successor. (I’ve been already
vocal about it, by the way.) I only hope I will be proven wrong -I love the orchestra and I wish for it nothing but the best.

Alan Gilbert embodied what New York music-making should be: badass, provoking, refined. It’s a great misfortune that some executives and donors didn’t appreciate him enough.

Thank you, Maestro!

lunes, mayo 29, 2017

Mis bodegones favoritos de Buenos Aires


En mi casa siempre se comió rico.

Cuento con la gran fortuna de haber crecido en el seno de una familia que se esmeró, no sólo en preparanos buenas comidas, sino también en llevarnos a comer en sitios muy buenos.

Cuando era niño y vivía en Caracas, en la urbanización de Las Terrazas de las Acacias, mis padres solían llevarnos, de vez en cuando, a comer a los ricos restaurantes italianos que quedaban sobre -y en las zonas aledañas a- la Avenida Victoria: Santa Mónica, Los Chaguaramos, etc. Las comidas eran deliciosas y abundantes, y el servicio era bastante cálido y familiar, de manera que esas lindas experiencias están insertadas en el mosaico de memorias de mi niñez.

Comento esto para establecer cierto contexto de lo que ahora pretendo describir. Desde que llegué a Buenos Aires me he sentido irresistiblemente atraído hacia sus bodegones: lugares con una estética muy reminiscente de esos sitios a los que iba en Caracas cuando era niño. La comida es generosa, gustosa y la atención es muy “de barrio”: afectiva y cercana, sin ningún tipo de pretensiones o falsas cortesías.

En pocas palabras: éstos son mis sitios favoritos de Buenos Aires para ir a comer. Desde que llegué hace cinco años me he dado a la tarea de investigar bodegones. Todo el tiempo estoy buscando por internet y preguntándole a amigos sobre lugares que entran en esta categoría y que debo conocer. Por lo tanto, en esta lista están condensados decenas de pruebas: unas muy satisfactorias y otras olvidables, por supuesto.

Así que si quieren comer bueno, bonito y barato en Buenos Aires, éstas son mis recomendaciones:

Albamonte (Av. Corrientes 6735): este es un auténtico bodegón clásico. La atención no es muy cálida, pero el servicio es eficiente. Lo único malo es su ubicación, pues está en pleno Chacarita, así que, con la excepción del Cementerio, existen pocas cosas atractivas para visitar en su cercanía. En otras palabras, el viaje sería exclusivo para comer bien. (Pero vale la pena: háganme caso.)

Spiagge di Napoli (Av. Independencia 3527): en este bodegón de Boedo tuve una de mis primeras comidas memorables en Buenos Aires: una cena muy rica después de haber ido a ver una excelente obra de teatro en Timbre 4. Desde ese momento, Spiagge di Napoli se ganó un sitio especial en mi corazón. Recomiendo con entusiasmo sus pastas. Eso sí: si quieren ir a almorzar los domingos (por la noche no abren ese día) procuren ir temprano porque la concurrencia es altísima y la espera por una mesa es bien larga.

Bar Norte (Talcahuano 953): Entre Tribunales y Recoleta está ubicado este bodegón sin pretensiones y con muchos banderines de clubes de fútbol, y es el tipo de sitio que te premia con cada visita. La atención es muy cercana, las milanesas son inmensas y muy gustosas; y el guiso de lentejas, cuando está como plato del día, es un tiro al piso. A eso de las 2 de la tarde el sitio está usualmente atestado de gente, así que recomiendo adelantársele a esa hora pico e ir un poco más temprano.

Martita (Cochabamba 3700): Un día, mientras hacía una investigación sobre bodegones en Boedo, di con este lugar e inmediatamente me dieron ganas de ir a conocerlo, simplemente porque hablaban maravillas de su matambre de cerdo. Mi impulso me llevó a conocerlo ese mismo día y no se equivocaron: su matambre es una cosa de locos. La atención es un poco descuidada pero la estética kitsch del lugar te hace olvidarla un poco. La comida no sólo es barata: es realmente buena.

A las 12 Paco’s (Talcahuano 236): Cada vez que pasaba por la calle Talcahuano en busca de instrumentos musicales, le pasaba por el lado a este lugar. Y había algo que me llamaba la atención, sólo que no podía identificarlo. Finalmente me decidí entrar un día y me llevé una grata sorpresa con un 1/2 bife de chorizo que pedí: estaba glorioso. Los meseros son bastante amables y sus clientes habituales le confieren un ambiente de barrio bastante particular. Incluso cuando el lugar está lleno cierta calma reina en el salón, así que todo apunta a tener una experiencia agradable.

El Rincón (Uriburu 1759): Mi mejor amigo tenía tiempo insistiendo en que conociera el lugar, dada mi preferencia por este tipo de sitios. Finalmente fui con una amiga y pedimos una de las mejores paellas que me he comido en mi vida. La atención es tan cercana que yo le adjudicaría el calificativo de dulce. Y su ubicación -a uno de los lados del Recoleta Mall- hace que este sitio sea perfecto como una parada anterior -o posterior- a alguna salida al cine o alguna visita a los museos del Centro Cultural Recoleta o al de Bellas Artes.

Don Ignacio (Av. Rivadavia 3439): este es un bodegón de milanesas. Y en dicha exclusividad precisamente yace su encanto. Ambientado con una hipnótica parafernalia rockera, este lugar prepara milanesas muy particulares y naturalmente muy ricas. Muchos de mis amigos venezolanos se quejan de que han llegado a cansarse de comer tanto este plato. Pues a ellos mismos va dirigida esta recomendación: las milanesas que hacen en Don Ignacio son una auténtica bocanada de aire fresco de comida porteña.

Esta lista está lejos de ser definitiva. Así que si conocen algún sitio que no haya mencionado acá que merezca mi visita, ¡háganmelo saber! ¡Hasta podríamos ir a comer juntos!

lunes, abril 24, 2017

Cita con uno mismo


Cada vez que salgo a tomarme un café, suelo hacer algo: leer un libro, escribir, hablar con alguien. Sin embargo, recientemente he descubierto el poder de ir a tomarme un café y no hacer nada. O mejor dicho, ir a tomarme un café y pensar.

Suena sencillo, pero intente imaginarse lo difícil que resulta, en estos tiempos tan agitados, recargados de información y tan estimulantes a la distracción, el hecho de poner todo a un lado y refugiarnos en nuestras mentes para enfrentarnos a lo que allí habita.

Esto -irse a un café y sólo dedicarse a pensar- es lo que a mí me gusta llamar “citas con uno mismo”. Cada vez que me siento inquieto o incómodo con algún aspecto de mi vida, me obligo a ir a una cafetería, pedir un café y no llevar nada conmigo -ni un libro, ni la laptop, ni nadie. La cita consiste sólo entonces de una taza de café y mis pensamientos.

Se los recomiendo de corazón: váyanse un día, salgan con ustedes mismos y pónganse a pensar. Sólo eso, ojo: no anoten nada, escondan el celular, sólo piensen.

Al final de esa cita puede que no haya un beso, un capítulo de una novela leído, o una página escrita, pero terminarán mucho más tranquilos pues pensar es el primer paso para decidir. Y decidir, el primer paso para mejorar.

martes, febrero 28, 2017

Me la quiero dar de James Franco



James Franco es uno de los artistas que más me inspiran en este mundo: es talentoso, estudioso, incansable y excepcionalmente creativo.

Cuando vivía en Nueva York y comenzó a circular la información de que Franco se había inscrito en algo así como en cuatro maestrías a la vez mientras llevaba adelante sus numerosos proyectos artísticos, literarios y audiovisuales, la New York Magazine publicó un perfil de él que desde entonces ha encontrado un sitio permanente en mi biblioteca virtual.

Ese perfil me inspiró –y me ha inspirado- tanto, que cada cinco o seis meses lo vuelvo a leer: es una fuente inagotable de motivación.

El ímpetu de Franco ha generado crítica, encontrado reticencia y recibido con cierta suspicacia. Comentarios van y vienen en la web sobre sus incontables proyectos, su inmenso narcisismo y su cualidad de provocateur.

Ahora bien, yo me pregunto: ¿qué es lo que precisamente se le critica a James Franco? ¿Su avasallante apetito intelectual por querer formarse académicamente y crecer como artista? ¿O acaso es su extraordinaria voluntad y entrega para crear?

Yo confieso que me siento muy cercano a él: a mí me encanta estudiar y nada me hace sentir más vivo que crear. Así que sí, lo admito sin vergüenza alguna: yo quiero ser como James Franco.

Yo también quisiera aprender durante toda mi vida.

Yo también quisiera crear durante toda mi vida.

Y todos estos deseos no se han quedado pululando en ese éter de las aspiraciones. La inspiración de su ejemplo se ha convertido en proyectos concretos.

De hecho, en estos días en que volví a leer ese perfil, decidí llevar adelante dos proyectos que tenía tiempo queriendo hacer. Asimismo estoy colaborando con dos personas en otras ideas que me emocionan y me quitan el sueño.

¿Qué es lo que más me inspira de James Franco? Que pareciera no tener miedo y que pareciera sólo serle fiel a sus ganas de expresarse a través de cualquier medio: sea una novela, un poemario, una exposición de arte o una obra de teatro.

Sí, yo me la quiero dar de James Franco: yo quiero aprender y crear, incesantemente.

¿Cuál es el problema?

lunes, enero 30, 2017

El tiempo del café


Jerry Seinfeld asegura que tomarse un café resulta perfecto para juntarse a hablar con un amigo. Su argumento: el tiempo que toma hacerlo. Según él, los minutos que requieren beberse ese brebaje negro no es tan largo como una cena, ni tan corto como para no abarcar los temas que dicho encuentro seguramente fomentará.

En estos días me tomé un café con una amiga que tenía tiempo sin ver y justamente me puse a pensar en lo que dijo Seinfeld porque casi una hora -un período limitado dado que ella tenía que volver a su trabajo- terminó siendo perfecta para que nos pusiéramos al día.

Los que me leen y me conocen saben que el café es una de mis -tantas- obsesiones. Es todo un tema en mi vida. Y creo que lo es por su carácter social. Yo todo el tiempo estoy en la búsqueda de sitios para tomar buen café en la ciudad, pero en lo que consigo uno suelo volver a visitarlo con alguien más.

Yo disfruto mucho de mi tiempo en soledad saborizado con una taza de café, pero mi experiencia se ve más enriquecida cuando comparto ese café con otra persona. Pocas cosas me generan tanto disfrute como hablar con un amigo mientras nos tomamos una taza de café.

Si bien tomarnos un café nos ofrece ciertos minutos útiles para una conversación, lo bueno también del café es su interesante potencial: su capacidad de que se convierta en otra cosa. Lo bueno del café es que no llena ni embriaga: te permite seguir la conversa en un bar o en un restaurante. En ese sentido la bebida funge como abrebocas para encuentros que hasta pueden terminar en otro lugar… (Estos puntos suspensivos se los dejo a su libre interpretación).

La cualidad social del café es una de sus tantas bendiciones. Yo siempre ando tomando cafés en varias partes de la ciudad, así que de nuevo valga esta oportunidad para invitarlos a que, si me leen en Buenos Aires o vienen de visita pronto a la ciudad, se tomen un café conmigo, hablemos y celebremos su mágica condición del compartir.