lunes, enero 30, 2017

El tiempo del café


Jerry Seinfeld asegura que tomarse un café resulta perfecto para juntarse a hablar con un amigo. Su argumento: el tiempo que toma hacerlo. Según él, los minutos que requieren beberse ese brebaje negro no es tan largo como una cena, ni tan corto como para no abarcar los temas que dicho encuentro seguramente fomentará.

En estos días me tomé un café con una amiga que tenía tiempo sin ver y justamente me puse a pensar en lo que dijo Seinfeld porque casi una hora -un período limitado dado que ella tenía que volver a su trabajo- terminó siendo perfecta para que nos pusiéramos al día.

Los que me leen y me conocen saben que el café es una de mis -tantas- obsesiones. Es todo un tema en mi vida. Y creo que lo es por su carácter social. Yo todo el tiempo estoy en la búsqueda de sitios para tomar buen café en la ciudad, pero en lo que consigo uno suelo volver a visitarlo con alguien más.

Yo disfruto mucho de mi tiempo en soledad saborizado con una taza de café, pero mi experiencia se ve más enriquecida cuando comparto ese café con otra persona. Pocas cosas me generan tanto disfrute como hablar con un amigo mientras nos tomamos una taza de café.

Si bien tomarnos un café nos ofrece ciertos minutos útiles para una conversación, lo bueno también del café es su interesante potencial: su capacidad de que se convierta en otra cosa. Lo bueno del café es que no llena ni embriaga: te permite seguir la conversa en un bar o en un restaurante. En ese sentido la bebida funge como abrebocas para encuentros que hasta pueden terminar en otro lugar… (Estos puntos suspensivos se los dejo a su libre interpretación).

La cualidad social del café es una de sus tantas bendiciones. Yo siempre ando tomando cafés en varias partes de la ciudad, así que de nuevo valga esta oportunidad para invitarlos a que, si me leen en Buenos Aires o vienen de visita pronto a la ciudad, se tomen un café conmigo, hablemos y celebremos su mágica condición del compartir.