Mi hermana me cambió la vida


A mi pelu,
a quién más.


Hasta hace un par de años -en diciembre de 2015 para ser más específico-, había tomado las grandes decisiones de mi vida por impulso. En otras palabras, hasta entonces no había sido una persona de tener planes. Mi vida se daba sin ningún tipo de anticipación: como vaya viniendo vamos viendo, pues.

De esa forma decidí irme a Nueva York, venirme a Buenos Aires o pasar tres meses en Madrid. A decir verdad esos impulsos rindieron sus frutos: en Nueva York viví los dos mejores años de mi vida, en Buenos Aires he estado muy a gusto durante los seis años que llevo acá, y en Madrid la corta estadía me brindó momentos mágicos.

Sin embargo, los impulsos difícilmente conducen a escenarios permanentes. Es como exhalar sobre una superficie de vidrio: la estela del vapor se desvanece muy pronto. Además, nunca me preparé para decidir lo que iba a hacer justo después de que fenecieran esos vahídos: por más que quise quedarme en Nueva York, no pude. (En Madrid me pasó lo mismo.)

Me costó tiempo, sudor y lágrimas identificar lo que le faltaba a mi vida para que se acercase a su plenitud: planificar. Si quería cambiar mi manera de vivir, entonces tenía que ser capaz de diseñar e implementar lo que quería hacer con ella.

En ese diciembre del 2015, me encontraba en una coyuntura personal en la que no tenía claro qué hacer con mi vida, o en todo caso sí sabía pero no cómo hacerlo. En ese preciso instante recibí el mejor consejo que he recibido hasta el sol de hoy.

Y vino de mi hermana: “Decide lo que quieres hacer y planifícalo. Averigua qué es lo que tienes que hacer para lograrlo y listo.” En esas dos oraciones se encapsularían los próximos dos años de mi vida, dos años en los que he estado trabajando en un plan que determiné basado en lo que quiero hacer con mi futuro.

Y pensar que todo el tiempo te escucho podcasts de auto-ayuda, te leo entrevistas de artistas que admiro, y hasta le prendo velitas a Kanye todos los domingos con el anhelo de encontrar inspiración.

Y pensar que mientras yo te buscaba todo eso, la inspiración más grande la encontré en alguien que estaba muy cerca, a la distancia de un mensaje por WhatsApp o un email; y en alguien con quien comparto mi sangre.

Quien me conoce, sabe que siempre estoy hablando de mi hermana, y si lo hago es porque admiro profundamente cómo siempre ha sabido lo que ha querido hacer, y cómo lo ha logrado todo: con organización, esfuerzo y éxito.

Imagino que admiro tanto a mi hermana porque posee lo que a mí me falta. Por eso siempre le echo broma a mis amigos diciéndole que mi hermana es lo opuesto a mí: mientras yo soy un amor, ella es ácida como un Grinch; mientras yo soy pacífico y hippie, a ella le encanta una regañadera y una peleadera; mientras yo soy un disperso que no sabe lo que va a hacer el día siguiente, ella sabe exactamente qué va hacer en los próximos diez años.

(Lo único que compartimos es nuestro atractivo físico: todo el mundo dice que somos hermosos.)

Al principio, me costó incorporar la planificación en mi cotidianidad, no lo niego, pero mis esfuerzos iniciales se vieron recompensados, y poco a poco comencé a sentir en carne propia las maravillas de organizar mis días. Y no sólo en lo referido a mi proyecto de vida, sino también a nivel personal, en salidas que organizo con amigos; a nivel creativo, en los proyectos en los que estoy trabajando; y hasta al nivel terrenal de esas diligencias fastidiosas que todos tenemos que hacer.

Yo no sé si efectivamente se dé el plan en el que he estado trabajando en los últimos dos años, pero lo que importa es que ya he cambiado y que mi vida mejorará. Escribo estas líneas con la absoluta convicción de que, a mis 34 años, mi vida apenas comienza y que lo mejor está por llegar.


Mi vida ya cambió, es verdad, y mi vida será mejor, pero a mí lo que más me alegra es que lo hice de la mano de mi hermana.

Comentarios

Gabriela Marin dijo…
El post mas lindo de tu blog jajaja
te amoooo
G

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