lunes, junio 15, 2015

¿Por qué es tan difícil enamorarnos a los 30?


En estos días hablaba con dos amigas sobre el amor. Una de ellas prefería el amor intenso, ese que hace pulular mariposas en estómagos, ese que carga la antorcha de la pasión; la otra prefería el amor más tranquilo, ese que establece una confianza a fuego lento, muchas veces ajena a la volatilidad del deseo.

Yo no sé si ésas sean distintas clases de amor o etapas de un mismo amor, pero la conversación me dejó pensando bastante.

Para el que no me conoce (o me lee por primera vez): yo solía ser un romántico. Prueba de ello son las decenas de escritos que publiqué en este espacio. Sin embargo, en estos días caí en cuenta de que tengo cinco años sin enamorarme. Cinco.

Antes me enamoraba muy rápido de cualquier chama que me gustara y me cayera bien. Para mí era muy fácil fantasear una vida entera con ella. Sí, así de cursi. Así de cursi era.

¿Qué pasó entonces? O mejor dicho: ¿qué me pasó? Bueno, que pasaron dos cosas que están más relacionadas de lo que hubiese pensado. Una: la última vez que me enamoré. Dos: la llegada de mis treinta. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Pues mucho, y eso es lo que intentaré explicar acá.

La última vez que me enamoré fue intensa, tan intensa que a veces creo que fue la única vez que me he enamorado. Y digo eso porque pensé hacer varias cosas excepcionales, sólo posibles estando bajo el encanto del amor: cambiarme de país para vivir con ella (con todo lo que eso implica) y presentarle mi novia a todo el mundo (hasta soñaba con llevarla a Venezuela para que conociera a mi familia).

Pero ese amor terminó. No creo haber sentido un dolor tan grande, al menos en cuestiones del corazón, como el que sentí cuando supe que todo había terminado. Sí, al parecer ésa fue la única vez que efectivamente me he enamorado.

Me costó mucho tiempo superarlo y recuperarme: demasiado. Para volver a sentir algo siquiera cercano pasaron algo así como tres años. Tres. Demasiado. Luego salí con varias chamas pero al final los intentos resultaron infructuosos. En cuanto a las cosas comenzaban a ir bien siempre pasaba algo que frustraba cualquier atisbo a un horizonte promisorio.

Por otro lado está la llegada de mis treinta: salir a esta edad es bien jodido. Y enamorarse, mucho más. En teoría tú a esta edad ya estás “hecho”: graduado, con trabajo, independiente; estás más seguro de lo que quieres, estás más a gusto contigo mismo. Pero encontrar a alguien con quien compartas ciertas aspiraciones es bastante difícil, simplemente por lo delicadas que pueden llegar a ser: vivir juntos, casarse, tener hijos; conjugar vidas compartidas en futuro.

Esto último me lleva a la disyuntiva que desencadenó este post: ¿Qué buscamos cuando nos enamoramos?: ¿la emoción del comienzo? ¿esa pasión acalorada quizá más asociada a edades más tempranas? ¿O esa estabilidad -en papel más aburrida- del amor adulto? ¿Se pueden dar las dos cosas al mismo tiempo?

¿No será más bien que le estamos pidiendo demasiado al amor? ¿Que estamos cometiendo un exceso en idealizarlo? ¿Por qué más bien no dejamos que el sentimiento vaya creciendo con el paso del tiempo? ¿Por qué no asumirlo con más madurez? ¿Acaso le quita la magia?

¿Qué buscamos cuando nos enamoramos?

¿Está mal el hecho de comenzar buscando algo? ¿Por qué no nos quitamos ciertos prejuicios y dejamos que nos guíe lo que sentimos? ¿Por qué lo pensamos tanto? ¿Por qué no salimos con esa persona que quizá no nos guste mucho o con la que pensamos que no pueda haber nada? ¿Por qué no?

¿Por qué es tan difícil enamorarse a los 30?

En ocasiones el amor supone cierto esfuerzo mientras que en otras simplemente se da, sin explicaciones, sin razón aparente. En todo caso somos nosotros los que tenemos que darle la bienvenida a ese mágico susto.

Y si no, bueno, allí siempre estará la soledad: la más fácil y cómoda de las opciones, pero también la más triste.

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