sábado, abril 30, 2016

Los guiños de la vida


Como cuando en McDonald’s te ponen muchas más papas fritas de las que te tocan.

Como cuando en un día feo (gris, frío, lluvioso) buscas refugio en un bar de Boedo y el mesero te saluda diciéndote “querido”.

Como cuando la chica que atiende en tu cafetería favorita te regala una mirada de deseo.

Como cuando caminas por San Telmo y caminas en frente de una casa donde alguien practica su bandoneón.

Como cuando después de un día duro de trabajo llega el colectivo que te lleva a casa justo cuando llegas a la parada.

Como cuando te pasa por el lado una chica que escucha música en sus audífonos cantando como los ángeles.

Como cuando tu compañera de trabajo te regala un chocolate muy rico de manera inesperada.

Como cuando te llega un email de alguien que leyó algo que escribiste para contarte que le cambió la vida.

Como cuando un niño sentado en la ventana de un colectivo te saluda meneando sus manos y regalándote una sonrisa inmensa.

Como cuando un cliente (que sabe que eres de Venezuela y que llevas viviendo 4 años en Buenos Aires) se despide diciéndote: “¡Que tengas una vida muy linda acá!”


Como cuando la vida te pica el ojo diciéndote que todo va a estar bien.

martes, abril 19, 2016

La 19 del Bellas Artes


Calma.

Los museos me dan calma. Más que un acto de contemplación, entrar a un museo se convierte para mí en uno de introspección. Mirar cuadros, en silencio y en la compañía de extraños, me provee de cierta sensación de estabilidad interna; es casi como si fuera capaz de ponerle orden a mi caos interno.

Cada vez que puedo me lanzo un recorrido por los museos de Buenos Aires. No quiero sonar intenso, snob o demasiado bohemio, pero hay momentos en los que necesito ver arte. En momentos de estrés -en los que estoy frustrado con el trabajo o con mi propia vida- mi cuerpo y mi mente me piden encontrar consuelo en la belleza.

Una de las mejores cosas que me han pasado en Buenos Aires ha sido conocer (y conversar con) Giselle. Una de las razones por la que disfruté tanto ese maravilloso encuentro fue descubrir los placeres que compartíamos. En un momento en el que hablábamos de nuestros sitios favoritos de la ciudad, ambos coincidimos en elegir a la Sala 19 del Museo Nacional de Bellas Artes. La coincidencia me impactó al punto de asustarme un poco, pero luego caí en cuenta de que, siendo los dos tan amantes del ballet y de la cultura francesa, la revelación no tuvo que haberme sorprendido tanto.

La 19 del Bellas Artes alberga la Colección Mercedes Santamarina, dedicada a mostrar pintura francesa del siglo XIX a través de una serie de obras de Courbet, Corot, Sisley, Cézanne y Toulouse-Lautrec; y también del que viene a ser el protagonista de la sala: Degas.

Degas fue un artista que se dedicó a retratar a la sociedad parisina moderna. Aunque a él no le gustaba que lo considerasen impresionista sino realista, sus pinturas bien siguieron los preceptos de dicho movimiento artístico. De hecho, la 19 del Bellas Artes funge como un brevísimo compendio de lo que dicho grupo de artistas propuso: la preferencia de trazos improvisados por encima de los determinantes (Últimos rayos de sol tras la torre, Corot), la importancia de la luz (Le Pont d’Argenteuil, Monet), la urgencia en la captura del instante (Effet de neige à Louveciennes, Sisley), y la composición de viñetas de vida social (Collectionneur, Jean Louis Forain; La Goulue et Paul Lescau, Henri Toulouse-Lautrec)

En la 19 del Bellas Artes también se puede ver algunos cuadros icónicos que Degas hizo del ballet, una de sus artes favoritas. Poder ir a ver estos cuadros en Buenos Aires es un privilegio que quizá demos por sentado los que vivamos en la capital argentina, pero que amantes tanto de la pintura como del ballet del mundo entero envidian.

Recuerdo que cuando conocí a Melissa, la mujer responsable de que me convirtiera en un apasionado del ballet (prometo escribirles pronto un post sobre ella), me dijo que le encantaba ver arte que retratara al ballet, “como los Degas exhibidos en Buenos Aires”, uno de los puntos álgidos de su visita a la capital porteña.

Yo miro algunos de estos Degas -La toilette après le bain, Préparatifs de ballet (la contre basse), Deux danseuses jeunes et roses- y me siento como un voyeur, metiendo la cabeza detrás del telón para fisgonear a las bailarinas que ensayan. Este definitivamente es uno de los logros de los trazos inmediatos de Degas: no sólo retratan intimidad, sino que son capaces de instalarla en quien mira.

Al lado de las otros paisajes de Corot y Courbet, las pinturas de Degas tienen la capacidad de hacer dos cosas en apariencia contradictorias: resaltan, pero al mismo tiempo conviven en armonía con el resto de esas instantáneas de belleza.  


Belleza.

La calma me la da la belleza.


Si viven en la ciudad, o vienen de visita, no duden en entrar a la 19 del Bellas Artes, uno de mis sitios favoritos de Buenos Aires, porque ¿quién sabe?: hasta puede que se convierta también en el tuyo.

viernes, abril 01, 2016

Mis cafés favoritos de Madrid


Tuve la fortuna de pasar casi tres meses en Madrid, una ciudad por la que siento especial cariño, no sólo porque me parece fantástica sino porque también alberga a amigos muy queridos.

Esa fue mi segunda visita a la ciudad, así que las visitas a sitios turísticamente obligatorios ya estaban cubiertos. Por lo tanto, cuando me puse a buscar lugares por conocer, se me ocurrió hacer un tour por los mejores cafés de la ciudad.

Lo primero que hice fue una investigación exhaustiva: por blogs, foros y redes sociales. Luego armé una lista de lugares para visitar. El desafío me lo tomé en serio: algunos días llegué a ir hasta tres sitios distintos. Acá les comparto mi recuento:

La Bicicleta (Plaza de San Ildefonso, 9): este es, sin duda alguna, mi café favorito de Madrid. Situado en el corazón del trendy barrio de Malasaña, el local ostenta una cálida atmósfera, propiciada por la cordial atención de sus meseros y nutrida por la variopinta comunidad que lo frecuenta, una que en resumidas cuentas es gente muy cool: escritores, ilustradores, actores, músicos.

Federal Café (Plaza de las Comendadoras, 9): este local es decididamente más upscale y ostenta una estética bastante minimalista, lo cual se traduce en precios más caros y una atención bastante fría (la vasta mayoría de las veces que fui se tardaron en atenderme, y cuando lo hicieron no fueron muy cálidos que digamos). Sin embargo, el café que preparan bien vale una visita: es exquisito. (También recomiendo las french toasts que sirven con rodajas de pera.)

Toma Café (Calle de La Palma, 49): este lugar prepara exclusivamente café y se lo toman bien en serio. Las veces que fui siempre estaba lleno de gente, lo cual dice mucho de la calidad de los brebajes que preparan. La atención es bastante cordial, aunque sugeriría que hubiese más luz ya que en días nublados se puede poner bastante oscuro.

Cafelito (Calle Sombrerete, 20): encontré este local por pura suerte. Una tarde quedé con una amiga para almorzar por Lavapiés y al terminar de comer le comenté que me provocaba un café. Acto seguido ella tecleó en su celular literalmente “mejor café en lavapiés” y le salió Cafelito. Los meseros son bastante amigables, la gente que asiste es tan ecléctica como el barrio que lo alberga (¡y muy guapa!). En fin, Cafelito es un sitio acogedor y definitivamente encantador.

La Fugitiva (Calle de Santa Isabel, 7): en el mismo barrio de Lavapiés se encuentra esta librería que incluye unas cinco, seis mesas. El lugar derrocha intimidad: es reducido y el silencio literalmente se impone en el ambiente. Incluso cuando prefiero lugares más concurridos y ruidosos para escribir, debo admitir que escribí con mucha paz cuando fui a tomarme el rico café que allí preparan.

Lo bueno de conocer tantos sitios en tan poco tiempo es que sientes la presión de aprovechar tu tiempo al máximo y de ejercer un veredicto con premura. Así como llegué a visitar bastantes sitios, también tuve la oportunidad de repetir en mis favoritos (Bicicleta, Federal, Toma).

Madrid prepara muy buen café, así que si tienes un par de horas libres y quieres dedicárselas a pensar, crear o compartir con una persona que quieres, te recomiendo que lo hagas en alguno de estos sitios que acá te describo.


Acá puedes leer Mis cafés favoritos de Buenos Aires.

lunes, marzo 28, 2016

En este tiempo y en este espacio


Este mes cumplo seis años de vivir fuera de mi país. La experiencia ha sido ciertamente enriquecedora: repleta de logros y frustraciones, felicidades y tristezas, hacer amigos nuevos y extrañar a los viejos. Las contradicciones se abrazan cuando vives en otras tierras.

En estos días hablaba con una amiga venezolana que vive acá en Buenos Aires. Ella se quejaba -no sin validez- de que la comida argentina era muy insípida, básica, limitada. Aunque le di la razón, su reclamo me hizo pensar lo muy difícil que se nos hace a los emigrantes vivir en el aquí y el ahora.

Nosotros los emigrantes siempre añoramos momentos felices que vivimos en el pasado (cuando vivíamos en nuestro país) o nos ilusionamos con eventuales regresos (a nuestro país) en un futuro. El presente parece estar repleto de quejas, insatisfacción y resignación.

Yo también pienso que las milanesas, empanadas y pizzas argentinas no son nada del otro mundo. Pero también sé que Argentina prepara cosas deliciosas: los asados, cualquier cosa que tenga dulce de leche, los sándwiches de bondiola.

Esta es una reflexión en voz alta, es decir, no sólo para el que me lee sino para mí mismo. Nosotros los emigrantes deberíamos estar más conscientes de las bondades de vivir en otro país: a fin de cuentas son las que motivaron nuestra decisión de probar suerte en otras latitudes.

Cada cierto tiempo, cuando estoy algo descontento con Buenos Aires,intento reconciliarme con ella: me tomo un latte sencillo en Lattente, me compro una medialuna con dulce de leche en una confitería, me paso por los libreros de Plaza Italia, pido un par de porciones de muzza en Güerrín, veo una obra de teatro independiente en una sala pequeña, me como un buen bife en una parrilla de barrio, visito el MAMBA y luego me como un sándwich de lomo de cerdo en El Federal. Y al final, ineludiblemente termino enamorado de nuevo con la ciudad y agradecido de disfrutar de sus encantos.

Nosotros los emigrantes nunca vamos a dejar de extrañar nuestra tierra, a dejar de compararla con el país donde vivimos y a fantasear con un eventual regreso.

Ahora bien, vivir lejos del país donde nacimos es lo suficientemente duro como para agregarle más estrés. ¿Por qué no decidimos entonces endulzar nuestras experiencias y permitirnos el lujo de ser felices?


¿Por qué no nos permitimos ser felices en este tiempo y en este espacio?

jueves, marzo 24, 2016

A tale of an Open heart


As I have pointed out many times before, I love reading memoirs. It’s basically turned into my favorite genre of literature. The thing is, as soon as I am close to finish one, I become anxious to find the next, so I’m constantly doing research to discover what my next reading will be.

Every time that I looked for a great autobiography online, I kept running into Andre Agassi’s Open. Everybody just seemed to love it. And I don’t mean just people in the sports sphere. Renowned writers and other artists had also great things to say about it.

It took me a while to finally decide and read it because I’m not that familiar with tennis -I don’t follow it, I don’t play it. However, the praise for Agassi’s book was so compelling that I made up my mind and gave it a try. And boy, were all those people right! This book is a gem!

The thing that first stroke me was Agassi’s outstanding memory. He was able to recount even the smallest of details for most of the games he describes in the book. He’s particularly generous when it comes down to analyze the states of mind he was into while playing the most important -and intense- matches of his career.

Secondly, the biggest shock for me was reading that he hated tennis. Yes, he hated the sport that gave him an exceptional career and such remarkable accomplishments. This was due to his father’s overwhelming pressure to turn his son into a champion -without consulting him in the first place.

Nonetheless, Agassi built a fascinating path as an athlete by surrounding himself with people who loved and cared for him. This is definitely one of the most endearing features of this memoir: reading about every single component of Agassi’s entourage. To imply that his team made him is certainly not an understatement.

The humanity of one of the most revered tennis players in the world is strongly evident in the issues of his heart. Agassi tells the bittersweet story of his first love and failed marriage to Brooke Shields. But then, he also crafts the heartwarming story of his love to Steffi Graff -his current wife and mother of his children.

Another highlight of this autobiography is the depiction of his rivalry with Pete Sampras -his arch nemesis. He expresses a mixture of disdain, wariness and occasionally empathy toward his more correct -and hence boring- counterpart. When you read the sections dedicated to Sampras, you can’t but appreciate the frankness of Agassi’s pen.

He makes a huge case about the real importance of winning and losing. One thing is what happens on the court, and another what happens inside your mind and your heart. The author decidedly focused in deconstructing that difference.

Agassi also offers an inspiring testimony of when he decided to give back -the real source of his happiness-, by creating a school that allows underprivileged kids to have a high-class education, which was, interestingly enough, one of the things Agassi hated with all his guts when he was a child.

Open is a very candid read. It’s sincere to the point of being painful. And it’s definitely inspiring. This marvelous book confers humanity to godlike figures like superathletes. You do not only end by liking André Agassi, but you also wish you were on any of those courts rooting for him.

domingo, marzo 20, 2016

Otros brazos


En una de estas noches salí muy tarde del trabajo: muy tarde, muy cansado y muy solo -como pronto habría de descubrirlo.


Al entrar al colectivo que me llevaría a casa, noté que el único asiento libre estaba al fondo: en el medio de la última fila donde están dispuestas 5 butacas. Aunque evito sentarme allí -dada la proximidad de los asientos-, estaba muy agotado como para pasar los 20 minutos del viaje de pie.

Decidí entonces sentarme en ese asiento. A mi izquierda tenía un par de individuos con aspecto de albañiles, a mi derecha tenía dos chicas: ¿amigas?, ¿novias?; no pude descifrarlo. Una cubría con sus brazos a la otra, quien parecía de lo más cómoda reposando en una especie de nido de cariño. Si se le añade el hecho de que comienza a hacer frío en Buenos Aires en esta antesala al otoño, la postal entonces asume un genuino color de calidez.

Tenía mucho sueño; me dolían la espalda, las rodillas, los pies; en ocasiones los ojos se me cerraban: estaba exhausto. Cuando suelo sentarme en la ventana al menos puedo apoyarme en ella si me quedo dormido, pero en esta oportunidad debía estar atento, pues podía terminar posando mi cabeza en los hombros de las personas que tenía a mis lados.

En algún instante, la batalla en ese pendular entre el sueño y la alerta se me hizo casi imbatible y por poco terminé poniendo mi cabeza en una de las chicas. Por fortuna logré reaccionar a tiempo y me enderecé, pero justo en ese momento sufrí una aguda, inevitable y profunda soledad.

En ese momento desée con intensidad que me
envolvieran
acobijaran
calentaran
consintieran
reconfortaran.


En ese momento deseé con intensidad que me quisieran otros brazos.  

martes, marzo 15, 2016

El lujo de no saber


Hace un par de meses Louis CK publicó, de la nada, una nueva serie de televisión titulada Horace and Pete en su página web. Y cuando digo “de la nada”, me refiero precisamente a eso: el anuncio fue una total sorpresa.

La movida generó entusiasmo en redes sociales, donde se comentaba con mucha emoción el hecho de que hubiese una nueva obra con la firma del brillante comediante, escritor y director estadounidense.

En lo que me enteré de la noticia busqué el primer episodio de inmediato y lo disfruté con intensidad. Efectivamente, Louis CK había creado otra obra maestra.

Lo mejor de mi experiencia fue que no sabía con qué me iba a encontrar. No sabía si la serie era una comedia o un drama -o lo que en verdad terminó siendo: un poco de las dos. No sabía quién estaba en el reparto. No sabía, en todo caso, de qué iba la serie.

Al final la sorpresa se extendió desde mis expectativas hasta mi impresión final. Louis CK confiesa que ése había sido uno de sus objetivos cuando decidió mantener el proyecto en secreto: la ausencia de cualquier material de prensa que predispusiera de cualquier manera a su audiencia. Su cometido era que la gente juzgara a la serie por lo que era y no por lo que se “vendiera”.

Este cambio en el establecimiento de expectativas -o la ausencia de ellas- es altamente significativo. ¿Cuántas veces no nos hemos predispuesto -tanto positiva como negativamente- ante una nueva serie, película o disco antes de verla? ¿Cuántas veces no nos dejamos llevar por lo que dicen los fanáticos -o detractores- de algo que no hemos visto?

Como espectador -y escritor- no sólo le agradezco a Louis CK su genialidad, sino también el hecho de que me haya dejado disfrutar algo que ya no se disfruta: ver algo sin saber qué es.

Gracias Louis, por dejarme disfrutar ese lujo inconmensurable de no saber.