sábado, julio 09, 2016

Emigrando con la lengua


La primera ciudad en la que viví fuera de mi país fue Nueva York. Una de las cosas que me impresionaron al llegar era ver cómo los gringos eran capaces de desayunar con dulce: donas, muffins, trozos de torta. Tan sólo la idea de comer de esa forma me daba náuseas. Dicha aversión quizá respondía a cuestiones de referencia: en Venezuela los desayunos suelen ser salados, fuertes, abundantes: arepas con jamón y queso, sánduches de pan canilla, cachapas, empanadas, etc.

Pero esa impresión inicial cambió. Un día me desperté muy tarde para ir a clases al instituto donde estudiaba, así no me dio tiempo de hacerme el desayuno. Llegando al instituto me topé con uno de esos camiones instalados en las aceras neoyorquinas que venden café, bagels y muffins. Al principio pensé en pedir sólo un café, pero tenía hambre, así que en medio del apuro decidí comprarme también un muffin de blueberrys. El improvisado desayuno lo disfruté, es decir, todo lo contrario a esa primera aprehensión. Luego repetí, con más intencionalidad, mis desayunos con dulce. Con el tiempo la acción se convirtió en hábito -y también en un mecanismo para entender a la sociedad en la que me estaba insertando.

En mi segunda experiencia como emigrante -esta vez en Buenos Aires- me pasó algo parecido: no podía entender cómo los porteños podían desayunar medialunas, pero no porque fueran dulces sino porque eran muy pequeñas. Otra vez la referencia de los desayunos épicos venezolanos me jugaba en contra. No sé cómo ni cuándo, pero empecé a comer medialunas por la mañana, y me gustó. De nuevo, lo que antes no entendía -e incluso condenaba- le daba paso al disfrute y a algo muy cercano al entendimiento.

¿Cómo tratar de entender a un país adonde llegas a vivir? ¿Cuánto del shock cultural se experimenta con la lengua? ¿Cuál es la importancia del gusto en esta nueva vida?

Pues mucha. Si bien Buenos Aires gastronómicamente es más cercana que Caracas que la propia Nueva York, a mí me tomó cierto tiempo adaptarme a las maneras del comer del porteño. Sin embargo, ahora me encanta todo lo que la ciudad me ofrece con sus fogones: los bifes, las pizzas, los chori, las empanadas, cualquier cosa que tenga dulce de leche. En fin, que ya he escrito de eso con anterioridad.

El punto al que quiero llegar es este: yo considero que atrevernos a probar algo distinto y a incluirlo en nuestra cotidianidad es cierto símbolo de madurez, digo, entendida como algo a lo que no se llega con facilidad, que toma tiempo, que demanda que salgamos de nuestras zonas de confort, que implica el cuestionamiento a nuestros prejuicios.

No me malinterpreten: a mí me sigue encantando la comida venezolana y disfruto intensamente cuando como arepas en casa de mis amigos, pero yo siento que la adición de esta nueva cultura gastronómica enriquece mi vida. Y no sólo en términos del crecimiento del paladar, sino también en cierta ampliación de tu mente, pues la hace más tolerante en cuanto a elementos foráneos.

Tengo amigos que viven acá y que critican la comida argentina; la tildan de insulsa, limitada. Ya va, espérate, yo tengo amigos que hasta no les gusta la carne argentina, ¡por Dios! Todo bien, yo respeto su criterio porque incluso yo mismo estuve en esa posición algún tiempo atrás, pero cuando uno viene a vivir a otro país, hay momentos en los que uno debería deshacerse de ese marco de referencia con el que comparamos y criticamos las cosas. Uno tiene que aprender a aceptar las cosas como son, sin ánimos de degradarlas.

Como ya he dicho en posts anteriores, y sin ánimo de ser repetitivo, pero está en uno decidir ser feliz viviendo en otro país que no es el tuyo. 


Y yo  he decidido ser feliz en Argentina comiendo.

lunes, junio 20, 2016

Sacar la mente a pasear




Detesto perder el tiempo.

Me angustia no hacer nada mientras hago colas, tomo el colectivo o debo esperar porque me atiendan en un restaurante, por ejemplo. En ese sentido mi celular se ha convertido en un aliado perfecto. En momentos como esos, lo saco, abro una aplicación que me bajé para leer eBooks y me sumerjo en letras digitales. Con el tiempo he logrado leer bastante y reducir la ansiedad que me provoca sentir que no le estoy sacando el máximo provecho a la vida.

Sin embargo, hay veces en que es mejor no hacer nada. Estudios han demostrado la importancia de darle breaks a la mente. Los especialistas reportan beneficios que van desde creatividad, relajación y hasta la adquisición de una aguda conciencia sobre nuestras vidas.

A veces no se trata de no querer perder el tiempo. Muchas veces reconozco que me refugio en la lectura para no afrontar -o no pensar en- alguna situación incómoda de mi vida. Allí es cuando se hace necesario bajarle dos a la intensidad proactiva y dejar que la mente descanse, se airee y salga a dar un paseo.

No en vano, últimamente se me han ocurrido ideas muy finas justo cuando estoy camino a casa o me estoy vistiendo: precisamente cuando no estoy haciendo “nada”. Cuando la mente baja su guardia pareciera estar más dispuesta a regalarnos revelaciones.

No es fácil esto de dejar conscientemente que la mente no haga nada, pero debemos hacer un esfuerzo. La vida no se trata de estar al 100% de tus capacidades todo el tiempo. Al contrario, como la naturaleza misma nuestras esencias como seres humanos son cíclicas: a veces estamos arriba y otras abajo.

No está mal no hacer nada, no es perder el tiempo; más bien es otra forma de sacarle provecho a la vida y disfrutarla con intensidad: tanto lo bueno como lo no tanto.

martes, junio 07, 2016

La mejor hamburguesa de Buenos Aires




Comer bien implica mucho de investigar: de buscar por internet, de preguntarle a amigos, de merodear por la ciudad hasta dar con ese sitio que promete deleitar tu gusto.


En esto de investigar a mí me da por épocas: un día me pongo a buscar cafés, otro día bodegones, pizzerías. En estos días decidí retomar mi investigación sobre las mejores hamburguesas en Buenos Aires. (Prometo postearles pronto un listado con mis hamburguesas favoritas).

Ahora bien, luego de comerme la hamburguesa que estoy por describirles, sentí que merecía un escrito para ella sola. A fin de cuentas no sólo fue la mejor hamburguesa que me he comido en la ciudad, sino también una de las mejores que me he comido en toda mi vida.

Todo comenzó con un video de Allie Lazar (mi asesora favorita del buen comer en Buenos Aires) sobre comida norteamericana en la capital porteña donde se mencionaba a dicha hamburguesa. Acto seguido, me puse a indagar más sobre ella por la web y di con un post de un bloguero experto en hamburguesas llamado Burger Facts. Después de leerlo, ver algunas fotos y que se me aguara la boca con tan sólo imaginarme que me la comía, decidí ir a por “la mejor hamburguesa de Buenos Aires”.

La hamburguesa en cuestión era la Hamburguesa Clásica de Pony Line -el bar del Hotel Four Seasons. Lo primero que impresiona es lo bien diseñado que está el lugar: el techo es una red de cinturones de los que cuelgan lámparas, las sillas y las mesas exudan cierta vibra chic, algunas paredes están cubiertas por superficies metálicas rústicas pero elegantes, la barra que preside el recinto es nítida, brillante y prolija. Si hay veces en que la comida entra por los ojos, entonces yo estaba siendo seducido por el entorno donde tendría lugar el festín.

El primer bocado es el más importante: ese descubrimiento que registra tu boca y que luego intenta procesar tu cerebro. Ese primer mordisco que le di a la Hamburguesa Clásica del Pony Line me hizo saber inmediatamente -la frescura del pan, la astringencia del pepino, la textura de los chips, la ternura de la carne, la intensidad salada de la panceta- que en efecto ésta era la mejor hamburguesa que me había comido en Buenos Aires. Los subsiguientes bocados no hicieron más que confirmar -una y otra vez- esa primera percepción.

A ver, ¿cómo se los explico? Bueno, primero que el pan tiene como puntitos de queso gratinado, es suave, se deshace en la boca, en fin, se siente que fue hecho recientemente. La carne es exquisitamente tierna (tú decides su punto de cocción). Juan Gaffuri, el genio que concibió la hamburguesa, le explicó a Burger Facts que para la carne usa “bife de chorizo y tapa de asado de vaca de la raza Wagyu”. Al comer esta hamburguesa, uno constata la preparación de un plato con sumo cuidado, se es testigo de que que tanto el que la creó como el que finalmente la cocinó se toman su trabajo muy en serio. Al final, cada uno de los componentes de esta hamburguesa y la sofisticación de su preparación se complementan hasta dar con una obra maestra. (Las papas fritas que acompañan el plato son igualmente deliciosas.)

Reconozco el tono de grandilocuencia que adquirieron mis letras en ese último párrafo, pero me temo que no puedo evitarlo, mis queridos lectores. Así de cursi y exagerado se pone uno cuando ha ingerido un manjar como este y luego trata, infructuosamente, de articular lo que ha sentido.

Finalmente quisiera dedicarle unas palabras de gratitud al atento, amable y dulce personal que me atendió: su servicio estuvo a la altura de la comida. Asimismo, y si me permiten una última recomendación, les sugiero acompañar la hamburguesa con una copa de malbec. Admito que mi primer instinto fue el de pedir una cerveza, pero créanme que el vino también ayudó a que mi experiencia terminara alcanzando una genuina cualidad de extraordinaria.

Allie y Burger Facts tenían razón: la Hamburguesa Clásica en Pony Line es la mejor de Buenos Aires, así que los invito con mucho entusiasmo a que lo comprueben ustedes mismos: ¡háganme caso!

martes, mayo 31, 2016

La belleza enfrente


En estos días recibí un email de un amigo de Nueva York con el que trabajé en una de mis pasantías. Profundo conocedor de arte, él me preguntaba en el correo si yo conocía El amor de Berni, una de las obras de arte argentino más importantes de la modernidad. Él daba por sentado que la conocía. La obviedad se debía a que la obra en cuestión podía verse de manera gratuita en un sitio bastante notorio: el shopping Galerías Pacífico.

Yo le pregunté si estaba seguro de que la obra se exhibía allí. Incluso llegué a comentarle si la obra no había sido mostrada en el Centro Cultural Borges, un centro de arte que está en ese shopping. Él mantenía su posición de que, en efecto, la obra estaba en el shopping: en una de sus cúpulas. Yo le admití, con algo de vergüenza, que aunque yo hubiese estado allí muchas veces nunca visto al mural en cuestión.

Mi amigo me imploró a que la viera en cuando tuviera un chance y así fue. En estos días tuve que hacer unas diligencias por microcentro y aproveché de pasar por el shopping. Me puse a buscar la obra de Berni pero no la encontraba. Le pregunté a un vigilante y hasta a dos personas que trabajaba en algunas tiendas si sabían dónde estaba la obra y ninguno supo decirme: tampoco sabían de ella. Lo único que llegué a ver fueron unos carteles promocionando las obras con su ubicación, pero los carteles del shopping no ofrecían orientación alguna. Algunas de las personas a las que le pregunté incluso me vieron como un bicho raro.

Seguí merodeando por el shopping hasta que finalmente encontré la obra. Tenía que mirar arriba, en la cúpula central para verla. En efecto es monumental. Hay tanto por ver que es difícil mantener la mirada hacia arriba para capturar todos los detalles. Es imponente, ambiciosa; es prácticamente una declaración de principios.

Decidí sacar mi celular para tomar unas fotos y en lo que lo hice, la gente que estaba sentada en un café justo debajo del mural empezó a mirarme. Siguieron mi foco y también se maravillaron ante lo que veían. Ellos tampoco sabían que estaban justo debajo de una obra de arte.

¿Cuántas veces no nos ha pasado que tenemos belleza en frente de nosotros y no la vemos? ¿Cuántas veces dejamos que la cotidianidad nos enceguezca y obstaculice para ver lo que está en frente de nosotros?

¿Por qué nos adormecemos ante la belleza?

Ver la obra de Berni fue una revelación en varios sentidos. Por un lado descubrí una obra de maestra que ahora puedo ver cuando quiera, pero por el otro también me mostró esta reflexión sobre estar más atentos a lo que nos rodea, de prestarle atención, de admirar la belleza que tenemos justo enfrente.

sábado, abril 30, 2016

Los guiños de la vida


Como cuando en McDonald’s te ponen muchas más papas fritas de las que te tocan.

Como cuando en un día feo (gris, frío, lluvioso) buscas refugio en un bar de Boedo y el mesero te saluda diciéndote “querido”.

Como cuando la chica que atiende en tu cafetería favorita te regala una mirada de deseo.

Como cuando caminas por San Telmo y caminas en frente de una casa donde alguien practica su bandoneón.

Como cuando después de un día duro de trabajo llega el colectivo que te lleva a casa justo cuando llegas a la parada.

Como cuando te pasa por el lado una chica que escucha música en sus audífonos cantando como los ángeles.

Como cuando tu compañera de trabajo te regala un chocolate muy rico de manera inesperada.

Como cuando te llega un email de alguien que leyó algo que escribiste para contarte que le cambió la vida.

Como cuando un niño sentado en la ventana de un colectivo te saluda meneando sus manos y regalándote una sonrisa inmensa.

Como cuando un cliente (que sabe que eres de Venezuela y que llevas viviendo 4 años en Buenos Aires) se despide diciéndote: “¡Que tengas una vida muy linda acá!”


Como cuando la vida te pica el ojo diciéndote que todo va a estar bien.

martes, abril 19, 2016

La 19 del Bellas Artes


Calma.

Los museos me dan calma. Más que un acto de contemplación, entrar a un museo se convierte para mí en uno de introspección. Mirar cuadros, en silencio y en la compañía de extraños, me provee de cierta sensación de estabilidad interna; es casi como si fuera capaz de ponerle orden a mi caos interno.

Cada vez que puedo me lanzo un recorrido por los museos de Buenos Aires. No quiero sonar intenso, snob o demasiado bohemio, pero hay momentos en los que necesito ver arte. En momentos de estrés -en los que estoy frustrado con el trabajo o con mi propia vida- mi cuerpo y mi mente me piden encontrar consuelo en la belleza.

Una de las mejores cosas que me han pasado en Buenos Aires ha sido conocer (y conversar con) Giselle. Una de las razones por la que disfruté tanto ese maravilloso encuentro fue descubrir los placeres que compartíamos. En un momento en el que hablábamos de nuestros sitios favoritos de la ciudad, ambos coincidimos en elegir a la Sala 19 del Museo Nacional de Bellas Artes. La coincidencia me impactó al punto de asustarme un poco, pero luego caí en cuenta de que, siendo los dos tan amantes del ballet y de la cultura francesa, la revelación no tuvo que haberme sorprendido tanto.

La 19 del Bellas Artes alberga la Colección Mercedes Santamarina, dedicada a mostrar pintura francesa del siglo XIX a través de una serie de obras de Courbet, Corot, Sisley, Cézanne y Toulouse-Lautrec; y también del que viene a ser el protagonista de la sala: Degas.

Degas fue un artista que se dedicó a retratar a la sociedad parisina moderna. Aunque a él no le gustaba que lo considerasen impresionista sino realista, sus pinturas bien siguieron los preceptos de dicho movimiento artístico. De hecho, la 19 del Bellas Artes funge como un brevísimo compendio de lo que dicho grupo de artistas propuso: la preferencia de trazos improvisados por encima de los determinantes (Últimos rayos de sol tras la torre, Corot), la importancia de la luz (Le Pont d’Argenteuil, Monet), la urgencia en la captura del instante (Effet de neige à Louveciennes, Sisley), y la composición de viñetas de vida social (Collectionneur, Jean Louis Forain; La Goulue et Paul Lescau, Henri Toulouse-Lautrec)

En la 19 del Bellas Artes también se puede ver algunos cuadros icónicos que Degas hizo del ballet, una de sus artes favoritas. Poder ir a ver estos cuadros en Buenos Aires es un privilegio que quizá demos por sentado los que vivamos en la capital argentina, pero que amantes tanto de la pintura como del ballet del mundo entero envidian.

Recuerdo que cuando conocí a Melissa, la mujer responsable de que me convirtiera en un apasionado del ballet (prometo escribirles pronto un post sobre ella), me dijo que le encantaba ver arte que retratara al ballet, “como los Degas exhibidos en Buenos Aires”, uno de los puntos álgidos de su visita a la capital porteña.

Yo miro algunos de estos Degas -La toilette après le bain, Préparatifs de ballet (la contre basse), Deux danseuses jeunes et roses- y me siento como un voyeur, metiendo la cabeza detrás del telón para fisgonear a las bailarinas que ensayan. Este definitivamente es uno de los logros de los trazos inmediatos de Degas: no sólo retratan intimidad, sino que son capaces de instalarla en quien mira.

Al lado de las otros paisajes de Corot y Courbet, las pinturas de Degas tienen la capacidad de hacer dos cosas en apariencia contradictorias: resaltan, pero al mismo tiempo conviven en armonía con el resto de esas instantáneas de belleza.  


Belleza.

La calma me la da la belleza.


Si viven en la ciudad, o vienen de visita, no duden en entrar a la 19 del Bellas Artes, uno de mis sitios favoritos de Buenos Aires, porque ¿quién sabe?: hasta puede que se convierta también en el tuyo.

viernes, abril 01, 2016

Mis cafés favoritos de Madrid


Tuve la fortuna de pasar casi tres meses en Madrid, una ciudad por la que siento especial cariño, no sólo porque me parece fantástica sino porque también alberga a amigos muy queridos.

Esa fue mi segunda visita a la ciudad, así que las visitas a sitios turísticamente obligatorios ya estaban cubiertos. Por lo tanto, cuando me puse a buscar lugares por conocer, se me ocurrió hacer un tour por los mejores cafés de la ciudad.

Lo primero que hice fue una investigación exhaustiva: por blogs, foros y redes sociales. Luego armé una lista de lugares para visitar. El desafío me lo tomé en serio: algunos días llegué a ir hasta tres sitios distintos. Acá les comparto mi recuento:

La Bicicleta (Plaza de San Ildefonso, 9): este es, sin duda alguna, mi café favorito de Madrid. Situado en el corazón del trendy barrio de Malasaña, el local ostenta una cálida atmósfera, propiciada por la cordial atención de sus meseros y nutrida por la variopinta comunidad que lo frecuenta, una que en resumidas cuentas es gente muy cool: escritores, ilustradores, actores, músicos.

Federal Café (Plaza de las Comendadoras, 9): este local es decididamente más upscale y ostenta una estética bastante minimalista, lo cual se traduce en precios más caros y una atención bastante fría (la vasta mayoría de las veces que fui se tardaron en atenderme, y cuando lo hicieron no fueron muy cálidos que digamos). Sin embargo, el café que preparan bien vale una visita: es exquisito. (También recomiendo las french toasts que sirven con rodajas de pera.)

Toma Café (Calle de La Palma, 49): este lugar prepara exclusivamente café y se lo toman bien en serio. Las veces que fui siempre estaba lleno de gente, lo cual dice mucho de la calidad de los brebajes que preparan. La atención es bastante cordial, aunque sugeriría que hubiese más luz ya que en días nublados se puede poner bastante oscuro.

Cafelito (Calle Sombrerete, 20): encontré este local por pura suerte. Una tarde quedé con una amiga para almorzar por Lavapiés y al terminar de comer le comenté que me provocaba un café. Acto seguido ella tecleó en su celular literalmente “mejor café en lavapiés” y le salió Cafelito. Los meseros son bastante amigables, la gente que asiste es tan ecléctica como el barrio que lo alberga (¡y muy guapa!). En fin, Cafelito es un sitio acogedor y definitivamente encantador.

La Fugitiva (Calle de Santa Isabel, 7): en el mismo barrio de Lavapiés se encuentra esta librería que incluye unas cinco, seis mesas. El lugar derrocha intimidad: es reducido y el silencio literalmente se impone en el ambiente. Incluso cuando prefiero lugares más concurridos y ruidosos para escribir, debo admitir que escribí con mucha paz cuando fui a tomarme el rico café que allí preparan.

Lo bueno de conocer tantos sitios en tan poco tiempo es que sientes la presión de aprovechar tu tiempo al máximo y de ejercer un veredicto con premura. Así como llegué a visitar bastantes sitios, también tuve la oportunidad de repetir en mis favoritos (Bicicleta, Federal, Toma).

Madrid prepara muy buen café, así que si tienes un par de horas libres y quieres dedicárselas a pensar, crear o compartir con una persona que quieres, te recomiendo que lo hagas en alguno de estos sitios que acá te describo.


Acá puedes leer Mis cafés favoritos de Buenos Aires.