lunes, abril 24, 2017

Cita con uno mismo


Cada vez que salgo a tomarme un café, suelo hacer algo: leer un libro, escribir, hablar con alguien. Sin embargo, recientemente he descubierto el poder de ir a tomarme un café y no hacer nada. O mejor dicho, ir a tomarme un café y pensar.

Suena sencillo, pero intente imaginarse lo difícil que resulta, en estos tiempos tan agitados, recargados de información y tan estimulantes a la distracción, el hecho de poner todo a un lado y refugiarnos en nuestras mentes para enfrentarnos a lo que allí habita.

Esto -irse a un café y sólo dedicarse a pensar- es lo que a mí me gusta llamar “citas con uno mismo”. Cada vez que me siento inquieto o incómodo con algún aspecto de mi vida, me obligo a ir a una cafetería, pedir un café y no llevar nada conmigo -ni un libro, ni la laptop, ni nadie. La cita consiste sólo entonces de una taza de café y mis pensamientos.

Se los recomiendo de corazón: váyanse un día, salgan con ustedes mismos y pónganse a pensar. Sólo eso, ojo: no anoten nada, escondan el celular, sólo piensen.

Al final de esa cita puede que no haya un beso, un capítulo de una novela leído, o una página escrita, pero terminarán mucho más tranquilos pues pensar es el primer paso para decidir. Y decidir, el primer paso para mejorar.

martes, febrero 28, 2017

Me la quiero dar de James Franco



James Franco es uno de los artistas que más me inspiran en este mundo: es talentoso, estudioso, incansable y excepcionalmente creativo.

Cuando vivía en Nueva York y comenzó a circular la información de que Franco se había inscrito en algo así como en cuatro maestrías a la vez mientras llevaba adelante sus numerosos proyectos artísticos, literarios y audiovisuales, la New York Magazine publicó un perfil de él que desde entonces ha encontrado un sitio permanente en mi biblioteca virtual.

Ese perfil me inspiró –y me ha inspirado- tanto, que cada cinco o seis meses lo vuelvo a leer: es una fuente inagotable de motivación.

El ímpetu de Franco ha generado crítica, encontrado reticencia y recibido con cierta suspicacia. Comentarios van y vienen en la web sobre sus incontables proyectos, su inmenso narcisismo y su cualidad de provocateur.

Ahora bien, yo me pregunto: ¿qué es lo que precisamente se le critica a James Franco? ¿Su avasallante apetito intelectual por querer formarse académicamente y crecer como artista? ¿O acaso es su extraordinaria voluntad y entrega para crear?

Yo confieso que me siento muy cercano a él: a mí me encanta estudiar y nada me hace sentir más vivo que crear. Así que sí, lo admito sin vergüenza alguna: yo quiero ser como James Franco.

Yo también quisiera aprender durante toda mi vida.

Yo también quisiera crear durante toda mi vida.

Y todos estos deseos no se han quedado pululando en ese éter de las aspiraciones. La inspiración de su ejemplo se ha convertido en proyectos concretos.

De hecho, en estos días en que volví a leer ese perfil, decidí llevar adelante dos proyectos que tenía tiempo queriendo hacer. Asimismo estoy colaborando con dos personas en otras ideas que me emocionan y me quitan el sueño.

¿Qué es lo que más me inspira de James Franco? Que pareciera no tener miedo y que pareciera sólo serle fiel a sus ganas de expresarse a través de cualquier medio: sea una novela, un poemario, una exposición de arte o una obra de teatro.

Sí, yo me la quiero dar de James Franco: yo quiero aprender y crear, incesantemente.

¿Cuál es el problema?

lunes, enero 30, 2017

El tiempo del café


Jerry Seinfeld asegura que tomarse un café resulta perfecto para juntarse a hablar con un amigo. Su argumento: el tiempo que toma hacerlo. Según él, los minutos que requieren beberse ese brebaje negro no es tan largo como una cena, ni tan corto como para no abarcar los temas que dicho encuentro seguramente fomentará.

En estos días me tomé un café con una amiga que tenía tiempo sin ver y justamente me puse a pensar en lo que dijo Seinfeld porque casi una hora -un período limitado dado que ella tenía que volver a su trabajo- terminó siendo perfecta para que nos pusiéramos al día.

Los que me leen y me conocen saben que el café es una de mis -tantas- obsesiones. Es todo un tema en mi vida. Y creo que lo es por su carácter social. Yo todo el tiempo estoy en la búsqueda de sitios para tomar buen café en la ciudad, pero en lo que consigo uno suelo volver a visitarlo con alguien más.

Yo disfruto mucho de mi tiempo en soledad saborizado con una taza de café, pero mi experiencia se ve más enriquecida cuando comparto ese café con otra persona. Pocas cosas me generan tanto disfrute como hablar con un amigo mientras nos tomamos una taza de café.

Si bien tomarnos un café nos ofrece ciertos minutos útiles para una conversación, lo bueno también del café es su interesante potencial: su capacidad de que se convierta en otra cosa. Lo bueno del café es que no llena ni embriaga: te permite seguir la conversa en un bar o en un restaurante. En ese sentido la bebida funge como abrebocas para encuentros que hasta pueden terminar en otro lugar… (Estos puntos suspensivos se los dejo a su libre interpretación).

La cualidad social del café es una de sus tantas bendiciones. Yo siempre ando tomando cafés en varias partes de la ciudad, así que de nuevo valga esta oportunidad para invitarlos a que, si me leen en Buenos Aires o vienen de visita pronto a la ciudad, se tomen un café conmigo, hablemos y celebremos su mágica condición del compartir.

lunes, diciembre 26, 2016

Sueño con un amor que no está



Sueño con un amor que no está, que me pregunte cómo terminó mi día, cómo sigue esta gripe de invierno.

Sueño con un amor que no está, que me espere en casa con comida hecha, con un abrazo que inaugure la noche.

Sueño con un amor que no está, con el que pueda hacer el ridículo en público: bailar sin música, correr como idiotas, gritarnos en peleas falsas.

Sueño con un amor que no está, al que le pueda confesar mis miedos, al que le pueda mostrar mi mal genio sin pudor.

Sueño con un amor que no está, que me quite el miedo de amar y me dé ese otro miedo de compartir.

Sueño con un amor que no está, que abofetee mi prepotencia de Leo, que me demuestre que he estado equivocado todo este tiempo que he estado solo.

Sueño con un amor que no está, con el que podamos destruir el amor para hacerlo de nuevo.


Sueño con un amor que no está, aún; y sueño con dejar de soñarlo porque estoy listo para amar, porque tengo mucho amor para dar y porque sé que no está bien seguir viviendo así.


Sueño con un amor que no está.

Y sueño, con que ese amor, seas tú.

miércoles, diciembre 21, 2016

Nosotros los cínicos


A nosotros los cínicos nos gusta decir que no creemos en el amor; que sólo existe en novelas y en películas cursis; que es un maravilloso recurso para la ficción.


A nosotros los cínicos nos gusta creer que el amor es ficción.


A nosotros los cínicos nos gusta salir con varias personas, sin compromisos ni promesas. Hasta llegamos a advertirle a esas personas de que no se ilusionen, pues nada de esto tiene el potencial de convertirse en algo serio, que nada que ver. Todo esto no es más que coger, reírse un rato y pasarla bien, ¿ok?

A nosotros los cínicos nos gusta escudarnos detrás de la esterilidad de la precaución.


Lo que no sabemos nosotros los cínicos, o lo que no queremos saber, mejor dicho, es que en el fondo no somos más que unos cobardes.

Porque salir con alguien, mirarle a los ojos y decirle: ¿Tú sabes qué? Me gustas, me encanta estar contigo y quisiera averiguar adónde nos lleva esto, así no estemos estables y no sepamos adónde vamos a estar mañana; así no nos guste todo lo que veamos de nosotros mismos; así no hayamos superado nuestros últimos amores.

Así tengamos miedo de todo esto que podamos llegar a sentir.  


Porque todo ese cinismo no es más que miedo.


Yo lo admito: yo soy un cínico; y tengo mucho miedo.

Y no es que no crea en el amor; sino que más bien, por todo ese cinismo, por todo ese miedo, es el amor quien no termina de creer en mí.

sábado, diciembre 10, 2016

Mis (otros) cafés favoritos de Buenos Aires




Las obsesiones pueden representar una bendición o una maldición, dependiendo de cómo las mires: son eternas. Si verdaderamente estás obsesionado con algo, entonces las probabilidades de que dejes de estarlo son escalofriantemente bajas. Las genuinas obsesiones se nutren con el tiempo y van creciendo hasta hacerse un monstruo fascinante -pero también a ratos insoportable.

Así me pasa con el café. Desde que me obsesioné con buscar el mejor café de la ciudad -y me refiero a cualquiera en la que me encuentre en algún momento-, pues entonces no dejo de merodear por sus calles, investigar por internet y preguntarle a amigos para que me recomienden sitios que hagan buen café.

Por un lado esa búsqueda es ciertamente interesante: aprovecho de conocer rincones inéditos de la ciudad y llego a descubrir brebajes deliciosos -salvo por una que otra inevitable decepción. Pero por el otro lado esa búsqueda carga, en su esencia, un fracaso: lo de encontrar el café “perfecto” es simplemente una entelequia. Todo el tiempo están abriéndose nuevos cafés, o el café que por ahí me gustaba de un sitio quizá ya no lo preparan tan bien como antes; incluso hasta mi gusto también puede que cambie. En fin, que los obsesos nos las pasamos colgados de ese dinámico pendular entre el interés y la frustración.

Hace un tiempo publiqué una lista con mis cafés favoritos de Buenos Aires con la ilusión de que fuera la definitiva. Ahora reconozco que pequé de ingenuo pues seguí descubriendo y deleitándome con nuevos cafés. Luego de mucha investigación, patear mucha calle y caerle a preguntas a mis amigos, acá les comparto la lista de mis (otros) cafés favoritos de Buenos Aires:

Negro Cueva de Café (Suipacha 637/ Marcelo T. de Alvear 790): en pleno corazón del microcentro porteño se encuentran ubicadas las dos sucursales de esta verdadera joya para los que amamos el buen café. Esta cafetería se convirtió en mi nueva favorita desde la primera vez que la visité. Negro Cueva de Café es simplemente perfecta porque me puedo sentar a escribir cómodamente, la música es genial y la atención es muy cálida y cercana (yo diría que hasta afectiva). En Negro Cueva de Café se hace el mejor café de Buenos Aires.

Felix Felicis & Co (José Antonio Cabrera 5002): En cuanto una amiga me recomendó este sitio supe que tendría que conocerlo de inmediato. Y al visitarlo le di toda la razón: el café que hacen en Felix Felicis & Co es delicioso. Su ubicación también es conveniente por si quieres hacer otro tipo de planes luego.

The Shelter Coffee (Arroyo 940): Nunca antes había pasado por “la parte bonita de Retiro”, esa donde colindan las embajadas del Brasil y de Francia y el Hotel Four Seasons. Bueno, pues muy cerca de allí queda The Shelter Coffee, una cafetería bastante particular en el sentido de que es bien íntima: oscura, pequeña, inspira concentración. El café es muy rico, el servicio es competente, y la decoración exuda una sobria elegancia.

Delicious Cafe (Laprida 2015) En una calle tranquila de Recoleta queda esta linda cafetería que prepara un café muy sabroso. La omnipresencia del blanco en el lugar le confiere cierta condición minimalista y luminosa, que resulta muy cómoda para escribir. El personal es muy atento y el café es muy rico. Cada vez que visito el MAMBA o el Centro Cultural Recoleta me paso antes por Delicious para tener en el cuerpo la energía (y la alegría) que me proporciona tan rica cafeína.

Musetta Caffé (Billinghurst 894): este local de Almagro se asemeja al living de una casa de bohemios: un piano corona el lugar, aderezado por un montón de libros y una que otra silla  particular. En otras palabras: el ambiente es un catalizador de creatividad literaria. El café es rico y abundante. Los chicos que atienden son muy serviciales. Musetta es perfecto para escribir y reescribir hasta dar con esa versión con la que estés más contento.

Saturnina Coffee (San Martín 989): Los descubrimientos que más me enorgullecen son los que suceden por azar. Este sitio lo encontré así: estaba buscando un restaurante por Retiro y de repente di con esta cafetería. Hacen un café muy bueno, la atención es esmerada y el lugar es perfecto si vas a buscar un café para tomártelo al paso. (También te puedes sentar, ojo, pero a mí me encanta comprarme un vaso de café para llevar y patear la calle por esa agitada parte de la ciudad.)

GRAND CAFE (Basavilvaso 1340): Cerca de Retiro queda este lugar que hace un café muy bueno y tiene una estética bastante prolija. Aunque creo que se enfocan más en saciar el apetito de la masa laboral de la zona, el café es muy rico y el espacio es bastante cómodo -tanto para hablar como para escribir.

Mi obsesión por conseguir el mejor café proseguirá, así que seguramente pronto les comparta otra lista: con otros cafés, con otros datos, con nuevos gustos.

¡Salud!

martes, noviembre 29, 2016

Caracas, y mi abuelo



En Caracas nací, en Caracas me crié, en Caracas realicé mis estudios universitarios; en Caracas yo me hice. O mejor dicho: Caracas me hizo -con la ayuda de mi abuelo.

Ramón José Viloria fue el padre de mi madre y en su casa viví una infancia de lujo: carcajadas, cariño y sazón andina. La segunda mitad de la educación primaria y todo el bachillerato los hice en Barcelona (Edo. Anzoátegui), un pueblo con ínfulas injustificadas de ciudad proveídas por esa prepotencia injustificada de tener tierra con petróleo, donde el ocio sabe a cerveza y la inmensidad del mar está a una distancia de minutos.

En Barcelona hice amigos muy queridos, comí miles de empanadas de cazón, y sufrí con las derrotas que nos propinaba República Dominicana en las Series del Caribe que se jugaron en el Chico Carrasquel. En Barcelona también fui feliz, pero en el proyector de mis pensamientos la luz de Caracas nunca se apagó.

Durante mi residencia oriental, mi hermana y yo pasábamos nuestras vacaciones en la casa de mis abuelos en Terrazas de Las Acacias, una señorial urbanización que fungía como interludio entre la arquitectura italiana de la Avenida Victoria y los látigos de plomo del Barrio Marín.

Esa tríada de meses se nos iba en saltar por los pasillos del Sambil, comer cotufas en el cine hasta que nos doliera la barriga, caminar sobre los azulejos descoloridos de Los Próceres, saludar a la nutria con cataratas del Parque del Este y asustarnos sin miedo con las serpientes de su Terrario.

Esos planes extraordinarios ocupaban los fines de semana, pero lo importante ocurría durante los días hábiles: yo acompañaba a mi abuelo, desde temprano en la mañana hasta que se decolorara la tarde, a hacer diligencias -trámites que iban desde pagar impuestos en el Centro y buscar libros en imprentas de las letras de Dios, hasta ir a una oficina que tenía mi abuelo en La Florida para seguir negando una jubilación que había adoptado de manera muy precoz.


Mi abuelo me enseñó Caracas.

Y no sólo me refiero al acto de revelármela, sino también al de educármela a través de sus maneras.

Mi abuelo me instruyó la política de la cortesía: ese subestimado poder que ejercemos al interactuar con el otro (y los otros) en la cotidianidad urbana: dar los buenos días cada vez que me montara en un autobús, darle la mano en muestra de agradecimiento a cualquier persona que me atendiera -mesero, empleado público, buhonero-, escuchar con respeto a quien me dirigiera el habla: bien fuera un policía con ánimo de intimidarme, un evangélico de verbo incendiario o un indigente que no olía bien.

A través de esos menesteres mi abuelo, y Caracas, me formaron como hombre de ciudad. Y fue esa preparación la que hizo posible que a mí me fuera tan bien cuando volví a la capital para estudiar en la Simón Bolívar, y luego cuando adopté los gestos agridulces del emigrante al irme a vivir a Nueva York y Buenos Aires.

Con los años uno gana conciencia de los privilegios que ha disfrutado en épocas anteriores de tu vida, así que en ese sentido yo ahora me reconozco inmensamente privilegiado de haberme hecho en Caracas de la mano de mi abuelo.

Sin embargo, esa gratitud se siente contrariada: por un lado el corazón se me arruga como dedos mojados en exceso y mis párpados se empañan cada vez que caigo en cuenta de que ni mi abuelo ni esa Caracas están; pero por el otro siento una alegría insuficiente al saber que mi abuelo y esa Caracas siguen existiendo a través de las aptitudes que ellos me enseñaron: cuando saludo al colectivero, cuando hablo con la señora en el Colón antes de compartir suspiros estimulados por Mahler, cuando sostengo las maravillosas tertulias con Martín -un librero de Plaza Italia- en las que discutimos si Soriano escribió más calle que Arlt.