martes, noviembre 29, 2016

Caracas, y mi abuelo



En Caracas nací, en Caracas me crié, en Caracas realicé mis estudios universitarios; en Caracas yo me hice. O mejor dicho: Caracas me hizo -con la ayuda de mi abuelo.

Ramón José Viloria fue el padre de mi madre y en su casa viví una infancia de lujo: carcajadas, cariño y sazón andina. La segunda mitad de la educación primaria y todo el bachillerato los hice en Barcelona (Edo. Anzoátegui), un pueblo con ínfulas injustificadas de ciudad proveídas por esa prepotencia injustificada de tener tierra con petróleo, donde el ocio sabe a cerveza y la inmensidad del mar está a una distancia de minutos.

En Barcelona hice amigos muy queridos, comí miles de empanadas de cazón, y sufrí con las derrotas que nos propinaba República Dominicana en las Series del Caribe que se jugaron en el Chico Carrasquel. En Barcelona también fui feliz, pero en el proyector de mis pensamientos la luz de Caracas nunca se apagó.

Durante mi residencia oriental, mi hermana y yo pasábamos nuestras vacaciones en la casa de mis abuelos en Terrazas de Las Acacias, una señorial urbanización que fungía como interludio entre la arquitectura italiana de la Avenida Victoria y los látigos de plomo del Barrio Marín.

Esa tríada de meses se nos iba en saltar por los pasillos del Sambil, comer cotufas en el cine hasta que nos doliera la barriga, caminar sobre los azulejos descoloridos de Los Próceres, saludar a la nutria con cataratas del Parque del Este y asustarnos sin miedo con las serpientes de su Terrario.

Esos planes extraordinarios ocupaban los fines de semana, pero lo importante ocurría durante los días hábiles: yo acompañaba a mi abuelo, desde temprano en la mañana hasta que se decolorara la tarde, a hacer diligencias -trámites que iban desde pagar impuestos en el Centro y buscar libros en imprentas de las letras de Dios, hasta ir a una oficina que tenía mi abuelo en La Florida para seguir negando una jubilación que había adoptado de manera muy precoz.


Mi abuelo me enseñó Caracas.

Y no sólo me refiero al acto de revelármela, sino también al de educármela a través de sus maneras.

Mi abuelo me instruyó la política de la cortesía: ese subestimado poder que ejercemos al interactuar con el otro (y los otros) en la cotidianidad urbana: dar los buenos días cada vez que me montara en un autobús, darle la mano en muestra de agradecimiento a cualquier persona que me atendiera -mesero, empleado público, buhonero-, escuchar con respeto a quien me dirigiera el habla: bien fuera un policía con ánimo de intimidarme, un evangélico de verbo incendiario o un indigente que no olía bien.

A través de esos menesteres mi abuelo, y Caracas, me formaron como hombre de ciudad. Y fue esa preparación la que hizo posible que a mí me fuera tan bien cuando volví a la capital para estudiar en la Simón Bolívar, y luego cuando adopté los gestos agridulces del emigrante al irme a vivir a Nueva York y Buenos Aires.

Con los años uno gana conciencia de los privilegios que ha disfrutado en épocas anteriores de tu vida, así que en ese sentido yo ahora me reconozco inmensamente privilegiado de haberme hecho en Caracas de la mano de mi abuelo.

Sin embargo, esa gratitud se siente contrariada: por un lado el corazón se me arruga como dedos mojados en exceso y mis párpados se empañan cada vez que caigo en cuenta de que ni mi abuelo ni esa Caracas están; pero por el otro siento una alegría insuficiente al saber que mi abuelo y esa Caracas siguen existiendo a través de las aptitudes que ellos me enseñaron: cuando saludo al colectivero, cuando hablo con la señora en el Colón antes de compartir suspiros estimulados por Mahler, cuando sostengo las maravillosas tertulias con Martín -un librero de Plaza Italia- en las que discutimos si Soriano escribió más calle que Arlt.


lunes, octubre 31, 2016

Diez años de magia


Hoy mi blog cumple diez años.

Nótese que pude haber escrito o, mejor dicho, tuve que haber escrito “Hoy cumplo diez años escribiendo en mi blog”. Pero no: es mi blog quien cumple, como si se tratara de una persona o una entidad, porque realmente lo es.

Una vez creado, mi blog se encargó de tomar vida propia. Yo lo único que hago es nutrirlo con mis escritos. De alguna forma mi vida es su vida pues las historias, impresiones y sentimientos que relato constituyen su verdadero alma.

A lo largo de los últimos diez años mi blog se ha convertido en una de las partes más importantes de mi vida. Es, sin duda alguna, el logro del que más me siento orgulloso. Quizá porque en mi vida de líneas torcidas y de ese perpetuo noséquécarajosestoyhaciendoconella, mi blog es lo único que se mantenido constante en la última década.

A mi blog le agradezco muchas cosas: conseguir trabajo, escribir para otras publicaciones y nada más y nada menos que confirmar mi vocación de escritor. No obstante, la mayor gratitud que siento hacia él es su disposición de una conexión humana especial: yo he hecho amistades genuinas gracias a mi blog.

Pongamos un ejemplo: Jessie Natera leía mi blog y hasta me enviaba sustanciosos emails compartiéndome sus impresiones de mis posts. Luego se convertiría en una gran amiga cuando coincidimos en Nueva York. En esa ciudad Jessie me presentó a Chely, quien es ahora mi mejor amiga, y a Natalia, el último amor de mi vida.

Citemos otras historias mágicas: en Guatemala, un par de chicas llevaron uno de mis poemas (La situación actual del corazón) a su clase de literatura para analizarlo junto a su profesora. Un empleado de la disquera de Eminem me envió un email donde me agradecía por haberle hecho una reseña a uno de sus grupos. Desde ciudades como San Francisco, Ginebra y México DF, me han escrito lectores con los que he hecho amistades virtuales. Algunos me han ofrecido hospedaje en sus casas, otros me han invitado birras, café o comidas en la eventualidad de pasar por alguna de sus ciudades. Y hasta una lectora de Amsterdam, luego de leer un poema titulado Obra de arte y museo, en el que relato la contemplación de la desnudez de un amante, me dijo, y permítanme la egolatría, que me invitaba a pasar una noche con ella con tal de redactarle un poema parecido.  

Una última historia linda: una de las razones por las que abrí mi blog hace diez años fue para hacerle llegar poemas, como mensajes enrollados en botellas, a una chica de la que me había enamorado en ese momento. Por mucho tiempo pensé que ella no leía mi blog pero el año pasado, tras muchos años sin verla, me confesó que lo hacía. Y que le gustaba. (Inserte acá la sonrisa más enorme que pueda dibujar mi cara.)


Magia. Eso es lo que me ha dado mi blog durante los últimos diez años. Así que si estás leyendo esto, ahora o por un tiempo ya, te agradezco de corazón haber formado parte de ella.

A ti, a mi blog: ¡gracias!

viernes, septiembre 30, 2016

Un día de coraje



Era martes, y me desperté distinto.

No me costó levantarme. Salté de la cama como si cuatro brazos fornidos me hubieran empujado por la espalda y apagué la alarma del celular con determinación.

Salí de mi cuarto y fui al baño a cepillarme, moviéndome con un andar avasallante, equino. De un solo tirón me salió la cantidad perfecta de crema de dientes y la proporción justa de agua del lavamanos.

Subí la mirada al espejo y vi que no era yo; lucía una postura teutónica: los hombros echados para atrás, la cabeza coronando mi cuello erguido como estampa de guerrero.

En ese instante me di cuenta de que me había despertado con coraje.


Aprovechando con lucidez las implicaciones de mi recién adoptada condición, le escribí por Facebook a cinco chicas que me gustan para invitarlas a salir. Mis mensajes fueron redactados con tanta audacia -balance perfecto entre confianza, dominio, claridad e indulgencia- que todas dijeron que sí, de manera que tuve que recurrir a la tiranía práctica del orden de llegada: sólo le respondí a M.

Quedamos en vernos por la noche. En ese momento me percaté de que no tenía ninguna ropa que le quedara bien a mi nueva actitud, así que tuve que salir a comprar un vestuario apropiado.

En lo que llegué a la tienda me atendió una chica que sucumbió ante mis maneras irresistibles. Minutos luego de entrar al probador para ver cómo me quedaba el atuendo de corajudo -chemise negra, pantalones negros, chaqueta gris- la chica se coló en el minúsculo espacio y se levantó su franela para mostrarme sus credenciales estéticas, como si se estuviera postulando para un contacto de pieles. La tomé por el cuello y la besé con apuro apasionado para luego retirarla del probador. Ella tomó mi desmán como catalizador de deseo y me lanzó su sostén, autografiado con su número de teléfono.

El resto del día pasó sin contratiempos, pues cuando se tiene coraje nada es importante: que haya retraso en la línea D, que la fila del Rapipago esté llena de distraídos, o que siga haciendo este frío que no termina de irse la puta que lo parió.

Llegó la noche y pasé buscando a M en un taxi. En lo que subió al auto supe que al final de la noche tendría licencia para palpar las llanuras de su piel y que me daría cobijo en su cueva almibarada: vestía un escote ansioso por despertar sensaciones, despedía una provocadora fragancia de uvas y canela, mostraba un rímel que imploraba estropearlo, y me dio un beso tímido que rozó una esquina de mis labios como quien salta un charquito de lluvia.

Hablamos y tomamos varios Negroni hasta que ella me aseguró que no podía más, que su calor de adentro le suplicaba deshacerse de lo que llevaba encima y que tendría que llevarme a su casa para obtener la calma de saciar los antojos urgentes.

Desempeñamos tres encuentros amatorios de culminaciones exitosas y amanecimos abrazados y envueltos en sábanas blancas, a la manera de vallas publicitarias que aspiran vender placer -como si efectivamente la cucharita pudiera persuadirte a comprar yogurt, un pasaje a Londres o una nueva póliza de seguros.

Mi día de coraje terminó de manera impecable, sin ningún tipo de sobresaltos, con una exacta correspondencia entre las ansias y los suspiros. Sin embargo, ésas fueron precisamente las cualidades que no permitieron que disfrutara ese día extraordinario, pues resulta que como nada cuesta cuando se tiene coraje, entonces nada te genera alguna sensación de logro.


Fue entonces cuando envidié al Victor que suelo ser desde que tenía seis años, que fue cuando contraje el virus de la timidez.

Quise volver a ser ese Victor -jorobado, inseguro, pesimista- que le escribe mensajes torpes por Facebook a las chicas que le gusta, que tarda una eternidad en robar besos que no están bien dados a las chicas que le gusta, que se reprocha todo lo que le dice y hace a las chicas que le gusta.
 

Quise volver a ser ese Victor sin coraje porque al menos él sí hubiese sentido un mínimo de emoción.

lunes, agosto 22, 2016

Carta a mi libro de bolsillo



Me gusta cargarte en mi mano izquierda mientras camino.


Me gusta cargarte en mi mano izquierda mientras camino porque eres mi mundito: uno que me lleva muy lejos de este Mundo de mierda, de esta vida de mierda.

Me gusta cargarte en mi mano izquierda mientras camino porque me gusta mostrarte como una pieza de ropa que me queda bien, como un síntoma de mi gusto, como un rasgo impresionante de mi carácter. Me gusta ostentarte.


Me gusta olerte, de vez en cuando, porque hueles a árboles que desconocían que se convertirían en mártires para el bien superior del arte.

Me gusta cargarte en mi mano izquierda mientras camino como quien sostiene una bolsa de verduras para preparar una comida sabrosa, porque cuando te leo ingiero fantasía y me deleito con los sabores que despiden, como humo de caldo caliente, tus letras cuando se juntan.

Me gustar cargarte en mi mano izquierda mientras camino como quien lleva un equipaje de mano en un aeropuerto, porque cada una de tus páginas es un boleto a un viaje a otras tierras: hermosas, perfectas; tan distintas a este plano -feo y aburrido- que no me gusta.

Me gusta cargarte en mi mano izquierda mientras camino como quien sostiene un paraguas que lo protegerá cuando el cielo se canse, porque siento que de alguna forma también me resguardas de ese mal tiempo que trae la realidad.

Me gusta cargarte en mi mano izquierda mientras camino como quien le toma la mano a alguien que quiere, pues cada vez que abro tus páginas me haces sentir a algo muy parecido al amor: esa serenidad de no sabernos solos.


Me gusta cargarte en mi mano izquierda como quien se aferra a algo que necesita, porque ahora siento que debo tener para siempre toda esta magia que me das.

sábado, julio 09, 2016

Emigrando con la lengua


La primera ciudad en la que viví fuera de mi país fue Nueva York. Una de las cosas que me impresionaron al llegar era ver cómo los gringos eran capaces de desayunar con dulce: donas, muffins, trozos de torta. Tan sólo la idea de comer de esa forma me daba náuseas. Dicha aversión quizá respondía a cuestiones de referencia: en Venezuela los desayunos suelen ser salados, fuertes, abundantes: arepas con jamón y queso, sánduches de pan canilla, cachapas, empanadas, etc.

Pero esa impresión inicial cambió. Un día me desperté muy tarde para ir a clases al instituto donde estudiaba, así no me dio tiempo de hacerme el desayuno. Llegando al instituto me topé con uno de esos camiones instalados en las aceras neoyorquinas que venden café, bagels y muffins. Al principio pensé en pedir sólo un café, pero tenía hambre, así que en medio del apuro decidí comprarme también un muffin de blueberrys. El improvisado desayuno lo disfruté, es decir, todo lo contrario a esa primera aprehensión. Luego repetí, con más intencionalidad, mis desayunos con dulce. Con el tiempo la acción se convirtió en hábito -y también en un mecanismo para entender a la sociedad en la que me estaba insertando.

En mi segunda experiencia como emigrante -esta vez en Buenos Aires- me pasó algo parecido: no podía entender cómo los porteños podían desayunar medialunas, pero no porque fueran dulces sino porque eran muy pequeñas. Otra vez la referencia de los desayunos épicos venezolanos me jugaba en contra. No sé cómo ni cuándo, pero empecé a comer medialunas por la mañana, y me gustó. De nuevo, lo que antes no entendía -e incluso condenaba- le daba paso al disfrute y a algo muy cercano al entendimiento.

¿Cómo tratar de entender a un país adonde llegas a vivir? ¿Cuánto del shock cultural se experimenta con la lengua? ¿Cuál es la importancia del gusto en esta nueva vida?

Pues mucha. Si bien Buenos Aires gastronómicamente es más cercana que Caracas que la propia Nueva York, a mí me tomó cierto tiempo adaptarme a las maneras del comer del porteño. Sin embargo, ahora me encanta todo lo que la ciudad me ofrece con sus fogones: los bifes, las pizzas, los chori, las empanadas, cualquier cosa que tenga dulce de leche. En fin, que ya he escrito de eso con anterioridad.

El punto al que quiero llegar es este: yo considero que atrevernos a probar algo distinto y a incluirlo en nuestra cotidianidad es cierto símbolo de madurez, digo, entendida como algo a lo que no se llega con facilidad, que toma tiempo, que demanda que salgamos de nuestras zonas de confort, que implica el cuestionamiento a nuestros prejuicios.

No me malinterpreten: a mí me sigue encantando la comida venezolana y disfruto intensamente cuando como arepas en casa de mis amigos, pero yo siento que la adición de esta nueva cultura gastronómica enriquece mi vida. Y no sólo en términos del crecimiento del paladar, sino también en cierta ampliación de tu mente, pues la hace más tolerante en cuanto a elementos foráneos.

Tengo amigos que viven acá y que critican la comida argentina; la tildan de insulsa, limitada. Ya va, espérate, yo tengo amigos que hasta no les gusta la carne argentina, ¡por Dios! Todo bien, yo respeto su criterio porque incluso yo mismo estuve en esa posición algún tiempo atrás, pero cuando uno viene a vivir a otro país, hay momentos en los que uno debería deshacerse de ese marco de referencia con el que comparamos y criticamos las cosas. Uno tiene que aprender a aceptar las cosas como son, sin ánimos de degradarlas.

Como ya he dicho en posts anteriores, y sin ánimo de ser repetitivo, pero está en uno decidir ser feliz viviendo en otro país que no es el tuyo. 


Y yo  he decidido ser feliz en Argentina comiendo.

lunes, junio 20, 2016

Sacar la mente a pasear




Detesto perder el tiempo.

Me angustia no hacer nada mientras hago colas, tomo el colectivo o debo esperar porque me atiendan en un restaurante, por ejemplo. En ese sentido mi celular se ha convertido en un aliado perfecto. En momentos como esos, lo saco, abro una aplicación que me bajé para leer eBooks y me sumerjo en letras digitales. Con el tiempo he logrado leer bastante y reducir la ansiedad que me provoca sentir que no le estoy sacando el máximo provecho a la vida.

Sin embargo, hay veces en que es mejor no hacer nada. Estudios han demostrado la importancia de darle breaks a la mente. Los especialistas reportan beneficios que van desde creatividad, relajación y hasta la adquisición de una aguda conciencia sobre nuestras vidas.

A veces no se trata de no querer perder el tiempo. Muchas veces reconozco que me refugio en la lectura para no afrontar -o no pensar en- alguna situación incómoda de mi vida. Allí es cuando se hace necesario bajarle dos a la intensidad proactiva y dejar que la mente descanse, se airee y salga a dar un paseo.

No en vano, últimamente se me han ocurrido ideas muy finas justo cuando estoy camino a casa o me estoy vistiendo: precisamente cuando no estoy haciendo “nada”. Cuando la mente baja su guardia pareciera estar más dispuesta a regalarnos revelaciones.

No es fácil esto de dejar conscientemente que la mente no haga nada, pero debemos hacer un esfuerzo. La vida no se trata de estar al 100% de tus capacidades todo el tiempo. Al contrario, como la naturaleza misma nuestras esencias como seres humanos son cíclicas: a veces estamos arriba y otras abajo.

No está mal no hacer nada, no es perder el tiempo; más bien es otra forma de sacarle provecho a la vida y disfrutarla con intensidad: tanto lo bueno como lo no tanto.

martes, junio 07, 2016

La mejor hamburguesa de Buenos Aires




Comer bien implica mucho de investigar: de buscar por internet, de preguntarle a amigos, de merodear por la ciudad hasta dar con ese sitio que promete deleitar tu gusto.


En esto de investigar a mí me da por épocas: un día me pongo a buscar cafés, otro día bodegones, pizzerías. En estos días decidí retomar mi investigación sobre las mejores hamburguesas en Buenos Aires. (Prometo postearles pronto un listado con mis hamburguesas favoritas).

Ahora bien, luego de comerme la hamburguesa que estoy por describirles, sentí que merecía un escrito para ella sola. A fin de cuentas no sólo fue la mejor hamburguesa que me he comido en la ciudad, sino también una de las mejores que me he comido en toda mi vida.

Todo comenzó con un video de Allie Lazar (mi asesora favorita del buen comer en Buenos Aires) sobre comida norteamericana en la capital porteña donde se mencionaba a dicha hamburguesa. Acto seguido, me puse a indagar más sobre ella por la web y di con un post de un bloguero experto en hamburguesas llamado Burger Facts. Después de leerlo, ver algunas fotos y que se me aguara la boca con tan sólo imaginarme que me la comía, decidí ir a por “la mejor hamburguesa de Buenos Aires”.

La hamburguesa en cuestión era la Hamburguesa Clásica de Pony Line -el bar del Hotel Four Seasons. Lo primero que impresiona es lo bien diseñado que está el lugar: el techo es una red de cinturones de los que cuelgan lámparas, las sillas y las mesas exudan cierta vibra chic, algunas paredes están cubiertas por superficies metálicas rústicas pero elegantes, la barra que preside el recinto es nítida, brillante y prolija. Si hay veces en que la comida entra por los ojos, entonces yo estaba siendo seducido por el entorno donde tendría lugar el festín.

El primer bocado es el más importante: ese descubrimiento que registra tu boca y que luego intenta procesar tu cerebro. Ese primer mordisco que le di a la Hamburguesa Clásica del Pony Line me hizo saber inmediatamente -la frescura del pan, la astringencia del pepino, la textura de los chips, la ternura de la carne, la intensidad salada de la panceta- que en efecto ésta era la mejor hamburguesa que me había comido en Buenos Aires. Los subsiguientes bocados no hicieron más que confirmar -una y otra vez- esa primera percepción.

A ver, ¿cómo se los explico? Bueno, primero que el pan tiene como puntitos de queso gratinado, es suave, se deshace en la boca, en fin, se siente que fue hecho recientemente. La carne es exquisitamente tierna (tú decides su punto de cocción). Juan Gaffuri, el genio que concibió la hamburguesa, le explicó a Burger Facts que para la carne usa “bife de chorizo y tapa de asado de vaca de la raza Wagyu”. Al comer esta hamburguesa, uno constata la preparación de un plato con sumo cuidado, se es testigo de que que tanto el que la creó como el que finalmente la cocinó se toman su trabajo muy en serio. Al final, cada uno de los componentes de esta hamburguesa y la sofisticación de su preparación se complementan hasta dar con una obra maestra. (Las papas fritas que acompañan el plato son igualmente deliciosas.)

Reconozco el tono de grandilocuencia que adquirieron mis letras en ese último párrafo, pero me temo que no puedo evitarlo, mis queridos lectores. Así de cursi y exagerado se pone uno cuando ha ingerido un manjar como este y luego trata, infructuosamente, de articular lo que ha sentido.

Finalmente quisiera dedicarle unas palabras de gratitud al atento, amable y dulce personal que me atendió: su servicio estuvo a la altura de la comida. Asimismo, y si me permiten una última recomendación, les sugiero acompañar la hamburguesa con una copa de malbec. Admito que mi primer instinto fue el de pedir una cerveza, pero créanme que el vino también ayudó a que mi experiencia terminara alcanzando una genuina cualidad de extraordinaria.

Allie y Burger Facts tenían razón: la Hamburguesa Clásica en Pony Line es la mejor de Buenos Aires, así que los invito con mucho entusiasmo a que lo comprueben ustedes mismos: ¡háganme caso!