La vida en un poema escrito en una servilleta. La vida en un Fa sostenido. La vida en una canción reproducida por un iPod. La vida en una nota.

Life on a love poem written on a napkin. Life on a F-sharp. Life on a tune played by an iPod. Life on a note.

domingo, agosto 31, 2014

No hay guión



La mayoría de mis veinte se me fue en arrepentimientos: cosas que no debí haber hecho, cosas que debí haber hecho, cosas que debí haber hecho mejor. Estos constantes y severos reproches hicieron mella en mi confianza y autoestima.

Pero los treinta me llegaron con una revelación, una que incluso cuando parezca bastante obvia, me retumbó con su contundencia: en esta vida no hay guión.

En esta vida no contamos con un manual que nos diga cómo vivirla. En esta vida nadie sabe qué es lo correcto, ni nadie tiene el monopolio de la razón. En esta vida nadie sabe ni qué es lo que va a pasar, ni qué es lo mejor que puede pasar.

Antes de tomar cualquier decisión, lo único que se puede llegar a tener es una idea (muy débil, por cierto) de cómo puede terminar siendo: si va a ser acertada o si quizá vaya a ser un gran error; al final, lo único que uno puede hacer es intentar. Las decisiones no son más que apuestas. 

Una de las más poderosas motivaciones que me han guiado en mis últimas decisiones es la verdad. Si siento de manera genuina que debo hacer algo, entonces lo hago, apartando a un lado si eso es lo correcto, lo apropiado, lo conveniente. 

En estos últimos meses también he estado en contacto con gente que le ha dado giros significativos a su vida: quiebres que les han dado felicidad, impulsos del corazón que han encontrado magia en la realidad. 

Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos pensado en tomar decisiones que desafían el sentido común, que no parecen muy sensatas. Ahora bien, hay veces en que tenemos que asumir audacia y coraje para terminar de hacer cosas que nos harán felices: incluso cuando atenten contra nuestro raciocinio.

¿Quieres tomar lecciones de canto porque siempre soñaste con cantar? ¿Quieres renunciar a tu trabajo para emprender tu propio negocio? ¿Quieres irte a vivir algunos meses en la ciudad de tus sueños? ¿Quieres decirle a alguien que te gusta?

Si lo sientes, ¡entonces hazlo!

No te preocupes si es lo correcto o si está mal, no dejes que eso te frene. Si nada está escrito en esta vida es sencillamente porque nadie lo escribió. Recuerda: en esta vida no hay guión.

A veces nos abrumamos porque tendemos a creer que el “no saber” nos congela, nos abruma, nos intimida; pero no, todo lo contrario: ¡el “no saber” es liberador!

Primero hazlo, ya luego te enterarás si estuvo bien o mal, que incluso en todo caso siempre va a ser mejor que no hacer nada. Y si estuvo mal aprende y ya está. Igual vas a aprender, que sigue siendo ganancia. 

En esta vida no hay guión. Esa es la grandeza de la vida: que eres libre para escribir tu propia historia. 


Así que agarra una hoja de papel, respira profundo y comienza a vivir.

martes, agosto 19, 2014

Mis treinta (y uno)


Aren’t the thirties wonderful?

URSULA NORDSTROM


Siempre consideré a los treinta como un importante hito en la vida de una persona. No recuerdo dónde, pero alguna vez leí que la tercera década representaba la despedida absoluta de la juventud y la consolidación definitiva de la adultez. Sea como sea, lo que quiero decir es que siempre le tuve miedo a llegar a mis treinta.

Sin embargo, miedo es lo que menos siento al cumplirlos, lo cual bien pudiera representar en sí mismo un síntoma de llegar a esa edad. 

A ver, cómo se los digo: me siento muy bien, de hecho me siento mucho mejor de lo que alguna vez imaginé al cumplir esta edad.

No sé muy bien a qué atribuirle esta sensación pero imagino que tiene que ver -y en esto insisto- con la edad en sí misma. 

Tendemos a subestimar al tiempo, a quejarnos de que pasa muy lento o muy rápido o de que se nos hace insuficiente para hacer todo lo que queremos hacer; pero rara vez le agradecemos algo. Y eso, precisamente eso, es lo que quiero hacer con este post: yo quiero darle públicamente las gracias al tiempo.

Los inicios de mis veinte han sido la etapa más difícil de mi vida. Luego de haber estado entre los primeros de mi promoción en bachillerato y de haber gozado de un primer año prometedor en mi carrera de ingeniería, mi autoestima se desmoronó: reprobé varias materias en la universidad, me desenamoré de mi carrera y terminé estancado sin ningún atisbo de progreso por un par de años.

Un par de años de los que no recuerdo haber hecho nada productivo, un par de años en los que no supe qué carajos era, ni qué carajos quería. Un par de años en los que no sólo estaba perdido, sino un par de años que perdí para siempre.

Desde entonces me he reprochado la pérdida de esos años que, para muchos, son los más importantes de la vida simplemente porque es cuando comienza todo, cuando uno tiene las energías para todo.

De todas formas el tiempo me ha ayudado a conciliar el arrepentimiento de haber desperdiciado esos años: el tiempo ha ayudado a que haga las paces conmigo mismo. 

Dos o tres años luego de ese fatídico período, mi vida dio un vuelco: hice cursos de escritura y comencé a escribir seriamente, conocí a gente maravillosa y consolidé mi pasión por la música. Ah, y también comencé a escribir en este blog. 

Luego terminé mi carrera y me fui a estudiar en Nueva York, donde viví los dos mejores años de mi vida. Descubrí mi vocación profesional, trabajé con gente extraordinaria, me enamoré, conocí a más gente maravillosa y lo que quizá sea más importante: empecé a llevármela mejor conmigo mismo. 

Después me vine a Buenos Aires a seguir estudiando y creciendo como persona. En tan sólo dos semanas, la ciudad me llenó de cariño: uno que ineludiblemente viene acompañado de pizzas y cervezas en algún bar encantador de la ciudad, y compartidas con gente encantadora de la ciudad. 

En Buenos Aires he comprobado que se puede hacer amigos rápidamente y que la gente buena no es invento de novelas ni de películas, sino que existe y habla en un irresistible acento porteño.

En Buenos Aires también he creado más que nunca. Estoy más seguro de lo que quiero y de lo que no. Ya no me preocupan las cosas que antes me atormentaban. De hecho, hasta celebro las cosas que antes me avergonzaban de mí mismo. Amo más que nunca a mi familia, a mis amigos y a mi país. Mi autoestima goza de una salud esencialmente porteña ¿viste?, y mis ganas de vivir y de crear me eyectan de mi cama todos los días desde bien temprano.

Aún me falta mucho para llegar a ser lo que quiero (si es que efectivamente exista algo como eso) pero sé que estoy yendo en la dirección correcta, sé que todos los días avanzo, y también estoy seguro de que si me sigo llevando bien conmigo mismo puedo llegar muy lejos. 

En Buenos Aires, y con la ayuda del tiempo, llego a mis treinta (y uno) sintiéndome mejor que nunca. 

viernes, agosto 08, 2014

Rodéate



Rodéate de personas geniales, talentosas, apasionadas, trabajadoras, creativas, inteligentes, emprendedoras.


Rodéate de personas que comparten tus pasiones pero que cuestionan tus opiniones.

Rodéate de personas que te presionan a ser mejor, que te motivan a esforzarte, que te impulsan a perseguir imposibles.

Rodéate de personas de las que puedes aprender, de ésas que te enseñan con tan sólo escucharlas.

Rodéate de personas que trabajan fuerte, de ésas que no conocen ni de horarios, ni de domingos, ni de feriados; de ésas que no creen en los “días libres”.

Rodéate de personas más inteligentes que tú, de ésas que se aferran a los libros, de ésas que constantemente están aprendiendo algo nuevo, de ésas que coleccionan obsesiones.

Rodéate de personas que confían en sí mismas, de ésas que van con todo, de ésas que tienen ganas.

Rodéate de personas que son apasionadas, de ésas que te contagian con su aura de entusiasmo, de ésas que sonríen y se emocionan cuando te hablan de sus proyectos.

Rodéate de personas positivas, optimistas, con buen humor, de ésas que no creen ni en la suerte ni en las excusas, de ésas que la negatividad no entra cabida en sus vocabularios, de ésas que no se intimidan por el fracaso sino que se preocupan en cómo reaccionar y enfrentársele.


Busca a estas personas, busca estar en contacto con ellas, busca trabajar con ellas, busca aprender de ellas, busca compartir con ellas. 

Al final tu entorno termina condicionándote, así que diseña intencionalmente el mejor entorno para que puedas desarrollar tu genialidad y presentársela al mundo.

Y te conviertas en la mejor persona que puedas ser. 

Porque quién sabe, a lo mejor pronto alguien lea esto y entonces quiera rodearse de ti. 

sábado, julio 19, 2014

Lo-Fang: wandering around the tonalities of melancholy



Matthew Hemerlein, aka Lo-Fang, is a hugely talented musician. Not only does he play several instruments, but he also writes and sings skillfully.
Blue film (2014), his first solo album, is a collection of highly stylized, painstakingly crafted and superbly produced tunes. His arrangements are impeccable, and they manage to imbue the songs delicate atmospheres that propel the sentiments its lyrics carry. Blue film is an astonishing material –it makes you go back to it, and it encourages you to discover its precious gems. It doesn’t sound like a debut at all, it comes instead off as a work made by an experienced artist. This is the main surprise of the album: it is so well done you are left wondering how Hemerlein was able to pull this off. You may not get any answer after you listen to his music, but you certainly end up enchanted by it. 

This is the video for Look away

viernes, julio 18, 2014

Nostalgia en blanco y negro: Cruz-Diez en Buenos Aires



Carlos Cruz-Diez es el artista plástico venezolano que más admiro. Y no sólo porque me encanta su fascinante obra, sino porque también hay mucho de su personalidad que resuena en mí: Cruz-Diez es un maestro que me cae muy bien.

En las dos veces que he tenido la oportunidad de estar cerca de él, he quedado profundamente impresionado por su intelecto y por su verbo. Al terminar de escucharlo me provoca ir a abrazarlo como si fuera un familiar cercano o un amigo. 

Sí, a Cruz-Diez lo admiro profundamente, y también lo quiero. 

En estos días me enteré de que en el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires (MACBA) se estaba exhibiendo un conjunto de fotografías en blanco y negro de Cruz-Diez: una faceta que quizá no sea la más conocida del artista. Sin embargo, no lo pensé dos veces para ir a verla. 

¿Qué se siente ver a Venezuela desde afuera?

Desde que entré al museo las fotografías de Cruz-Diez tuvieron el mismo efecto en mí que cualquier otra de sus obras: me impresionaron. Las piezas fueron tomadas entre los 40 y los 80, período durante el cual el venezolano desarrollaba el discurso artístico que lo ha caracterizado. 

En varias de las imágenes más tempranas ya puede intuirse la sensibilidad visual y el cuidado geométrico de la obra que crearía más tarde. Tanto en términos de composición (paisajes de Holanda, Francia y España) como de los objetos que retrata (campesinos venezolanos, Diablos de Yare), las fotos de Cruz-Diez se me hicieron bastante cercanas al foto-reportaje de Cartier-Bresson.

El color también está presente: hay muchas tonalidades que oscilan entre el blanco y el negro de sus fotografías. Los ángulos y las perspectivas (Washington Bridge, Estatua de la Libertad) también asoman el protagonismo que luego revestiría el movimiento en su propuesta de arte cinético. 

Más allá del delicado manejo estético y la afinada administración de las proporciones, omnipresentes en las fotografías exhibidas, hubo otro componente ineludible que acaparó mi experiencia de ver a Cruz-Diez en Buenos Aires: la nostalgia.

Pronto cumpliré cinco años viviendo fuera de mi país. Y me sigue doliendo. Me ha ido bien viviendo fuera, pero me temo que me siento incompleto. Hay veces en que se me ha hecho emocionalmente abrumador escuchar ciertas canciones de Simón Díaz o leer algunos poemas de Eugenio Montejo; porque así es la nostalgia: ataca como un pinchazo sin previo aviso. 

¿Qué se siente ver a Cruz-Diez en Buenos Aires?

Ver esas fotos en blanco y negro fue más que ver a un país antiguo: fue ver a un país lejano. Cruz-Diez, en un video que muestra una entrevista en la que habla sobre sus fotos, menciona que en los 50 se iba con su amigo Aquiles Nazoa para los barrios de Caracas, pues querían ser testigos y reporteros de la pobreza caraqueña.

Esas fotos en particular ostentan un inquietante tono premonitorio, pues retratan como una especie de advertencia para esa fractura social que ha padecido Venezuela a lo largo de las últimas décadas. 

¿Qué se siente ver a Venezuela en un museo extranjero?

No sé, no puedo describir qué fue lo que sentí al salir del museo. Lo único que puedo hacer es remitirme a hechos y frases cursis pero ciertamente genuinas:

Vi las fotos, a cuatro pasos, con un delgado vidrio de por medio, rodeado por un silencio, a veces interrumpido por pasos de pies sobre madera y gemidos de aire acondicionado. 

Salí con el corazón arrugado, y volviendo a hacer práctica de ese suspiro interminable, de esos que siguen aunque ya no haya aire.

¿Qué es lo que duele cuando se ve a Venezuela desde lejos?

La imposibilidad de regresar. Y no me refiero al hecho concreto de viajar al país de ahora -para eso sólo faltaría un boleto de avión. Me refiero a que esas fotos en blanco y negro me mostraron a un país al que ya no se puede volver: eso es lo que duele. 

jueves, junio 19, 2014

Salir




Uno de los mejores consejos que he recibido en mi vida me lo dio un músico. No recuerdo su nombre, pero sí que era dominicano y que tocaba bajo en un grupo de bachata.

Yo estaba recién llegado a Nueva York, y en lo que él supo eso sintió el impulso de regalarme palabras llenas de una inmensa sabiduría:

“No te quedes en tu casa, Victor. En Nueva York las cosas, o mejor dicho: la vida, pasa afuera.” 

En ese momento yo sólo salía de mi apartamento en Harlem por las mañanas para ir al instituto donde estudiaba. Por las tardes volvía a casa, bien sea para estudiar, trabajar en alguna tarea o simplemente para ver cosas en internet.

Luego de escuchar ese consejo, decidí pasar las tardes afuera, allí donde “la vida pasa”. En ese sentido Nueva York es una ciudad muy generosa: siempre hay algo por hacer, siempre hay un nuevo sitio por conocer. 

Una de esas tardes fui a un café en Williamsburg. El mesero que me atendió me preguntó de dónde era, y yo le dije que de Venezuela. Él me dijo que había tenido una novia venezolana, que le agradaba mucho la gente de ese país. También me preguntó si era escritor, pues me había visto muy concentrado tecleando en mi computadora. Yo le dije que sí, pero que en ese momento estaba buscando trabajo. Él me dio el dato de una página web donde se publicaban vacantes.

Enseguida busqué la página y empecé a enviar CV’s. La semana siguiente obtuve una entrevista para una pasantía en una compañía en Brooklyn. Y tan sólo unos días después me avisaron que había sido seleccionado. 

De ahí en adelante hice varias pasantías y eventualmente fui contratado para trabajar en varias organizaciones. Ese fue el comienzo de los dos mejores años, profesionalmente hablando, que he tenido en mi vida.

Si no hubiese ido a ese café esa tarde y no me hubiese enterado de esa página web… Bueno, no sé, las cosas quizá hubieran sido muy distintas.

Una de las peores semanas que viví en Nueva York fue cuando terminé el curso y casualmente también terminé de trabajar en un par de pasantías. La ansiedad se instaló: no tenía nada qué hacer. Volví a buscar trabajo por varios días, pero sin éxito. Me sentí tan pesimista que hasta pensé en irme de Nueva York. Sin embargo, en ese momento recordé el consejo del dominicano y volví a salir.

Fui a un evento del Festival de Cine de Tribeca y me conseguí con un chamo que había estudiado conmigo. En lo que me acerqué para saludarlo me preguntó qué estaba haciendo. Le dije que nada. Él me dijo que necesitaba ayuda en el festival, así que me incorporé al grupo de voluntarios y viví una semana increíble: en esos días también me avisaron que había sido seleccionado para la pasantía que me llevó a tener el mejor trabajo que he tenido en mi vida.

La vida, en efecto, pasa afuera. Y justamente les escribo esto porque en estos días me acordé de ese maravilloso consejo que me dio el dominicano al ver el capítulo final del programa No reservations de Anthony Bourdain. Antes de despedirse, Bourdain ofreció este sabio consejo:

“Muévanse, tan lejos como puedan, tan seguido como puedan. ¡Levántense del sofá y muévanse!”

Lo que aspiro escribiéndoles este post es motivarlos de corazón a que salgan, a que vayan tras esa vida posible que sólo habita tras el umbral de las puertas de nuestros hogares:


Afuera, allá donde la vida pasa.