La vida en un poema escrito en una servilleta. La vida en un Fa sostenido. La vida en una canción reproducida por un iPod. La vida en una nota.

Life on a love poem written on a napkin. Life on a F-sharp. Life on a tune played by an iPod. Life on a note.

viernes, noviembre 21, 2014

El paseo más lindo


Amo caminar.

Pocas cosas me relajan tanto como recorrer las calles de la ciudad con la ayuda de mis pasos.

La importancia de caminar en mi vida ha sido muy grande. Aprendí a querer a Caracas caminándola de la mano de mi abuelo cuando era niño. Amé vivir en Nueva York porque caminarla me generaba un placer inmenso. Decidí entre otras cosas venirme a vivir a Buenos Aires porque mi amiga Estrella me aseguró: “Acá puedes caminar con calma”.

Cuando vivía en Nueva York tenía un recorrido favorito: subir por Broadway desde Times Square (calle 42) hasta el Columbus Circle (calle 59). Mi caminata era musicalizada por Julian Casablancas, Green Day o Kanye West; en fin, cualquier música que me proveyera formas sugerentes de pulso urbano.

Nueva York también fue el escenario del paseo más lindo de mi vida: uno en el que me enamoré.

Ese paseo por poco no se dio, es decir, yo no tenía planeado –ni mucho menos pensaba- enamorarme a lo largo de esa mágica madrugada.

Esa tarde yo paseaba con un grupo de amigas por Union Square. Entre ellas había una española: la chica de la que me enamoré. Ella tenía que encontrarse con otras amigas en un bar que quedaba en el Lower East Side, pero no estaba ubicada y temía perderse, así que yo me ofrecí a llevarla.

En principio lo único que iba a hacer era dejarla, pero en lo que llegamos vimos que cada una de sus dos amigas estaba con un chamo. En ese momento la española me pidió que me quedara y la acompañara, pues temía que no se iba a sentir cómoda si se quedaba sola; yo accedí.

Nos tomamos unas cervezas con ellos hasta que decidieron irse a otro lugar. La española y yo decidimos quedarnos en el bar. Tomamos más cervezas y hablamos: comenzábamos a pasarla bien.

A la española la había conocido un par de días antes. Y aunque ciertamente me parecía atractiva, no había nada en ella que me hiciera sentir que me gustaba. Hasta esa noche, claro.

En algún momento de nuestra conversación, la española sacó su celular y me mostró fotos de Salamanca (su ciudad natal), su familia y sus amigos. Mientras escuchaba relatos de su vida, narrados en irresistible acento castellano, caí en cuenta de lo mucho que me sentía a gusto con las españolas: antes de conocerla ya me había enamorado de un par de sus compatriotas.

Salimos del bar un poco emocionados, y no sólo por las cervezas. Algo comenzaba a darse entre nosotros: confianza, sonrisas genuinas, una alegría incipiente.

El hotel donde se estaba quedando la española quedaba en la calle 47 y 4ta avenida, y nosotros estábamos en la calle 11 y 1era avenida., así que a ella le convenía tomar la línea L, cuya estación estaba sólo un par de cuadras más arriba.

Ella me pidió que la acompañara hasta la estación, pero tanto ella como yo sabíamos que mentía: al final ella no tomó el metro, sino que terminamos caminando más de treinta cuadras hasta llegar a su hotel.

La evolución del paseo se dio así: comenzamos caminando separados, luego a ella le dio frío (yo la cubrí con mi chaqueta y mi brazo izquierdo), luego ella sacó su iPod y caminamos juntos y muy cerca. Cantamos, nos acercamos más, nos reímos mucho.

Al llegar a su hotel nos despedimos. Ella se quejó de que los no-españoles como yo no se despedían bien: con un beso dado en cada lado de la cara. Yo le prometí entonces que iba a hacerlo bien. Luego de darle los dos besos muy correctamente, acerqué su cara a la mía y la besé en la boca: la española era ahora mi española.

Así concluyó el paseo más lindo de mi vida, con el comienzo de un amor.

Así concluyó la noche que me cambiaría -y que lo cambiaría- todo: para siempre.

domingo, noviembre 02, 2014

Ir a comer en Güerrin



Cada vez que debo hacer alguna diligencia por el centro de Buenos Aires procuro premiarme con una visita a Güerrin: una de las pizzerías más famosas de la ciudad.

Las pizzas son muy buenas, pero vamos, tampoco son gran cosa. Lo que sí encuentro excepcional es la experiencia de ir a comerlas allí. Si yo tuviera que dar un ejemplo de algo bien porteño, yo tendría que mencionar “ir a comer en Güerrin”.

Nótese que no dije “comer”: dije “ir a comer”. La diferencia no es sutil. Para poder vivir a plenitud esa experiencia es necesario cumplir con el preludio de caminar unas cuadras por Corrientes antes de llegar al lugar. Sólo así se podrá llegar a formar parte –aunque sea por unos minutos- del revoltoso pulso de Buenos Aires.

Entrar al lugar es incorporarse a un particular frenesí urbano. Güerrin siempre está lleno, sobre todo si vas en hora pico. Así que justo luego de abrir la puerta cada una de tus acciones adquiere cierta urgencia: hacer la cola sin distraerse, ordenar con precisión, pagar con celeridad, retirar con cuidado las porciones de pizza (yo siempre pido dos de “Muzza”), pedir la bebida en la sección contigua (yo siempre pido una “Coca común”) y luego buscar con apremio un espacio para comer sobre una de las barras.

El apuro lo sientes hasta cuando estás comiendo. Y no sólo porque el lugar siempre está atestado y sientes que no debes dedicarle a tu comida más tiempo que lo necesario, sino porque en este punto ya te has convertido en un músico que diligentemente sigue el ritmo que impone el ambiente.

Los aromas que emana el interior del lugar acechan: desde al principio (al entrar) hasta al final (al salir, e incluso luego porque se instalan en la ropa por un tiempo). Al estar en Güerrin se percibe una envolvente mezcla de sustancias que es difícil de de-construir -al menos en una primera impresión. Con el tiempo, y algo de esfuerzo, es que logras identificar sus elementos con el limitado acierto de la sospecha: aceite, harina horneada, queso derretido, los guisos que sazonan las entrañas de las empanadas, los vegetales cocidos que adornan las superficies de algunas de las pizzas. Güerrin huele a una culpa inevitable y placentera.

Los sonidos también le añaden dinamismo a la escena. La percusión que se da entre materiales diversos sigue una particular síncopa de cierta lógica abstracta, pero lógica al fin: el vidrio de las botellas de gaseosa o de cerveza sobre las barras, de los moldes metálicos de pizzas que retumban sobre el mostrador, de los tenedores y cuchillos que reposan en bandejas de aluminio, de esos mismos tenedores y cuchillos que cortan las porciones de las porciones que se engullen; y las cosas que se escuchan…

Si bien la mayoría de los que comen sobre las barras son individuos que pertenecen  a esa raza tan urbana de solitarios, muchos vienen también acompañados y entonces los diálogos abarcan temas exclusivamente porteños:

Anoche afanaron a Boca.

¿Podés creer a cuánto llegó el dólar blue ayer?

Se largó por la tarde y no sabés lo que tardé en llegar a Banfield, ¡me quería morir!

¿Viste lo que dijo el pelotudo del gordo Lanata anoche? ¡Es un hijo de puta!

A la loma del orto lo mandé a mi terapista.


Ir a comer a Güerrin es una vivencia gustosa. Lo que pasa es que su inherente premura no nos permite ganar conciencia de lo que ella significa. Sin embargo, si procuramos prestarle una afinada atención a lo que nos rodea (que fue lo que motivó a que me escribiera esto), es mucho lo que esta vibrante experiencia tiene que decirnos.

Si quieres vivir algo bien porteño, ve a comer a Güerrin. Durará poco, será intenso y hasta podrás llegar a sentirte un poco atolondrado, pero le habrás tomado el pulso a esas fascinantes palpitaciones que brotan desde el corazón mismo de la ciudad.

jueves, octubre 23, 2014

Los que buscamos belleza



En estos días me tocó ir a una biblioteca para investigar sobre mi tesis. Al llegar, me acerqué a la recepción para preguntarle a la encargada si podía recomendarme un libro sobre Jean Cocteau: el escritor sobre el que necesitaba leer. 


Una señora que estaba a mi lado escuchó mi solicitud y me preguntó, con sorpresa, por qué tenía que leer sobre Cocteau. Yo le comenté que debía hacerlo para mi tesis. Ella me preguntó sobre mi tema y en seguida nos pusimos a hablar de ello con entusiasmo por algunos minutos.

Nuestro emocionante diálogo se vio truncado cuando la encargada vino a traerme el libro que me había recomendado. Busqué una mesa para sentarme y poder leer.

Luego de un par de horas de haber estado leyendo sentí que estaba un poco saturado, y empecé a guardar mis cosas en el bolso para irme. En ese momento se me acercó la señora y me preguntó qué tenía planeado hacer en ese momento. Le dije que nada, que pensaba ir a casa. Ella me preguntó entonces si podía invitarme a merendar. Yo, sorprendido y conmovido por la oferta, acepté.

La señora se llamaba Giselle (pronunciado Shiselle, en perfecto porteño) y calculo que estaría en el final de sus 60. Lo primero que llamó mi atención fue su manera de hablar: con pausa, bajo en volumen y tono, y con frases construidas con impresionante precisión. Hablaba como si alguien estuviera leyendo un ensayo muy bien escrito en voz alta: repleto de referencias cultas, de afinados detalles, y de mucho vivir. Y si bien Giselle hablaba bastante, también me sorprendió la esmerada atención que me prestaba cuando yo le decía algo.

- Sentate -me ordenó en lo que llegamos a una confitería que quedaba a dos cuadras de la biblioteca-, que yo me encargo de escoger las facturas. Así era Giselle: sutilmente imponente. Nuestra conversación duró alrededor de dos horas: un tiempo atestado de sabiduría que traté de retener con esfuerzo. Lo que ahora les comparto son los fragmentos más notables de esa clase maestra de vida que Giselle –y Buenos Aires- me regaló.

Nosotros buscamos belleza: es lo que hacemos, ya sea escribiendo como vos o viendo arte en un museo o sobre un escenario. Y eso, como todo en la vida, tiene algo bueno y algo no tanto. Lo bueno: que en nuestra búsqueda algunas veces nos vemos recompensados. Lo “no tanto”: que eso nos hace extraordinarios. Nosotros somos salmones, y permitime por un momento ese odioso lugar común. Porque sí, ahí andamos contra la corriente, viste, haciendo un esfuerzo que desgasta porque en esto, en esto de buscar belleza, estamos solos. Esta búsqueda exige e implica soledad.

Yo nunca me casé, pero eso no significa que no amé. No, yo amé, y muchas veces. Amé a varios hombres, y de varias partes del mundo. Y hasta llegué a vivir con algunos. Ahora, ¿qué pasó?: y, que se tornó muy difícil, bien sea por mí, por ellos o por los dos, que viste que es terrible. En todo caso: que el sentido de vivir y de seguir juntos se desvaneció. Y sí, hay veces en que hay que quebrarse para seguir enteros. Y también amé en secreto: la mayoría de las veces que uno verdaderamente ama es en secreto.

Yo nunca he sabido qué hacer con mi vida, y eso me atormentó cuando era joven, hasta que ya no. Porque luego te das cuenta de que el no saber te permite descubrir y sorprenderte. Lo único constante en mi vida han sido mis pasiones: la literatura, la música, y bueno, mi amor por el dulce. Lo demás fueron obsesiones transitorias, varias de las que llegué a avergonzarme: la iglesia y un par de hombres, por ponerte dos ejemplos. Pero luego con el tiempo aprendés a sentirte orgullosa de tus obsesiones, porque incluso cuando fuiste estúpida persiguiéndolas al final terminás saliendo airosa, y cuando digo airosa quiero decir que terminás más inteligente.

La soledad dejala para cuando tengas esta edad. Pero a la tuya, la soledad evitala. Este es tu momento para estar con alguien: para salir con alguien, para compartir con alguien, y ¿sabés qué?, hasta para vivir con alguien. ¡Intentalo!: salí, seducí, enamorate, sentí. Este es el momento para todo eso: para que te equivoques y aprendas. Si yo pudiera hablar con la nena que yo era a tu edad le diría: ¡no lo pensés tanto, querida!, ¡decidite y hacelo!, que algo bueno vas a sacar de eso. 

Nací en Buenos Aires, viví toda mi vida en Buenos Aires y moriré pronto en Buenos Aires. Vos podés decir entonces: ah, bueno, Buenos Aires es tu ciudad. Y sí, lo es, pero tampoco lo es. Escuchame: la idea de ciudad, del lugar donde vives y eres, es una construcción mental que está reforzada por lo físico, por lo espacial, pero no definida por ello. La imagen que vos tenés de Caracas no es real, sino que es un producto de memoria y de emoción, que a su vez es ficción. Lo que pasa es que los lugares, a lo que me refiero como los espacios, reafirman esa noción; es como si acentuaran lo que tú quieres que esa ciudad sea. Pero no, esa ciudad, tu ciudad, al final no existe.

El ballet es mi arte favorito. Y creo que me gusta tanto porque no tiene explicación. Vos decime, ¿cómo explicás que unas minas y unos pibes tengan que hacer unas poses tan difíciles, vestidos con atuendos tan ridículos y al final te conmuevan tanto? No hay palabras, sólo movimiento y música. Vos sólo tenés tu cuerpo para expresarte. Insisto: el ballet no se puede explicar. ¿Viste cuando publican las críticas en los diarios? Eso no tiene sentido. Pero decime, ¿cómo explicás que cada vez que voy al ballet lloro como una nena sin entender nada de lo que estoy viendo?

Si el amor es sincero, sentílo. Y si no, huí de él. El amor puro es hermoso, mientras que el fingido es peligroso. Lo difícil es identificar la diferencia, pero no te hagás problema: con el tiempo lo sabrás. A veces pensamos que tenemos que amar a alguien, y ¿sabés qué?, ¡que a veces hasta nos convencemos de ello! Y eso está mal. Ahora, por el otro lado hay veces, viste, que amamos sin explicación, sin saber por qué. Y como no le encontramos sentido, como no podemos convencernos de cómo llegamos a sucumbir ante él, al final decidimos no hacerlo. Y eso está mal. Mi consejo: sincerate. Si te gusta una mina, si realmente te gusta una mina, invitala a salir, pero sólo hacelo si lo sentís. De lo contrario ni pierdas tu tiempo. Confiá en lo que sentís y no le busques tanta explicación.

martes, septiembre 09, 2014

Despedir a un genio

  



a Fabián y León

“Se nos terminó de ir Gustavo. Un abrazo.”

Ese fue el mensaje que me envió por WhatsApp Fabián, uno de mis grandes amigos. Y así me enteré de la muerte de Gustavo Cerati, uno de mis héroes musicales.

La noticia me afectó más de lo que llegué a pensar. Era de esperarse este desenlace, pero igual creo que la muerte de alguien que admiras rechaza cualquier preparación.

Se me aguaron los ojos y creo que no rompí a llorar por la situación en la que me encontraba: estaba haciendo la cola para comprarme una hamburguesa en Wendy’s.

¿Cómo explicar este dolor?

No sé, porque si les soy sincero no me considero un fanático de Cerati: no me sé todas sus canciones, no tengo todos sus discos, no fui a decenas de sus conciertos. Pero sí lo admiraba profundamente. Y lo que quizá me frustre más del accidente que motivó su partida es que haya ocurrido justo en la cúspide de su talento como artista.

Sospecho que en este dolor también hay otras cosas: yo siempre hablaba de Cerati con Fabián y León, otro de mis mejores amigos. Cerati también musicalizó momentos inolvidables de la juventud caraqueña que compartí con ellos.

Cuando estudié Ingeniería de Sonido, tomé una materia que cambió mi manera de escuchar música, que es lo mismo que decir que cambió mi vida: “Mixing I”, un curso enfocado a enseñarnos el proceso de mezcla de una canción, la puesta en orden de sus sonidos. El profesor nos mandó a que escogiéramos un disco y lo analizáramos: yo escogí Fuerza natural, una placa que Gustavo había editado en esos días.

Estudiar Fuerza natural me mostró a plenitud el genio de su creador. Pasé incontables horas con León discutiendo sobre los maravillosos detalles sonoros que habitaban cada tema: esas guitarras y esos cambios en el tema que da nombre al disco, ese irresistible groove de Desastre, esos fantásticos staccato distorsionados en Magia, esos versos surrealistas de Sal, esos fascinantes melismas que dibujó con su dulce voz en Cactus. En nuestras conversaciones, León y yo estudiábamos el genio de Cerati.

En Caracas también compartí con León un momento inolvidable en nuestra obsesión Ceratiana: tuvimos el lujo de hablar con Héctor Castillo, el ingeniero y productor venezolano que grabó Ahí vamos y Fuerza natural. A Héctor le caímos a preguntas sobre cómo había sido grabar con Gustavo. Sus respuestas nos hicieron absurdamente felices.

De vuelta en Buenos Aires, mi fascinación por la obra de Gustavo me llevó a entrevistar a Leandro Fresco, su mano derecha en los teclados y en las máquinas. Leandro y yo nos citamos en un café en Recoleta. La entrevista evolucionó hasta convertirse en una extraordinaria conversación de dos horas y media, con temas que fueron desde Bowie, música experimental y Gustavo, por supuesto. (Esa tarde que compartí con Leandro la tengo entre los días más felices que he vivido en Buenos Aires.)

Luego de recibir la noticia de la partida de Cerati revisé Twitter y fui testigo del dolor de muchos de mis amigos. Los tweets se sentían como intentos ahogados que aspiraban expresar pena. Leerlos volvió a entristecerme y entonces decidí ocupar mi cabeza: me puse a trabajar en mi tesis. Logré distraerme, pero al volver a casa una inquietud se incorporó: sentía que tenía que ir a despedirlo, en persona.

Al final de la tarde estaba cansado, parecía que iba a llover, había tráfico: Buenos Aires no era furia sino peso. Todo se acumulaba como para que no fuera, pero al final decidí hacerlo. En principio quería ser testigo de la atmósfera, pero en lo que decidí hacer la cola me encontré con Estrella y Laura, un par de amigas muy admiradoras de Gustavo.

El tiempo pasaba lento; intentábamos apurarlo hablando de cualquier cosa pero en cierto momento nos llegamos a impacientar: no había indicio de progreso, al principio de la cola había mucho desorden y temíamos que íbamos a tardar demasiado. Pero decidimos quedarnos.

Las puertas de la Legislatura Porteña se abrieron y comenzó a entrar la gente, la misma que minutos después salía sollozando. Ese sonido reactivó mi dolor, como premonición de que la emoción que sentiría en minutos iba a ser importante.

Luego de entrar debíamos subir unas escaleras, de las que bajaba la gente que venía de ver sus restos. El llanto se escuchaba con más detalle, la tristeza se percibía con más nitidez: era como si al dolor se le hiciera un close-up. Mi corazón se aceleraba y quería llorar, pero me daba pena. Rodeamos el féretro con rapidez, no sin antes haber registrado la imagen de Lilian Clark, la mamá de Gustavo, emblema de la resiliencia que proporciona la fe. La escena me rompió el corazón: pensé en mi mamá y en mis abuelos (recientemente fallecidos). Hice el mayor esfuerzo de la noche por no explotar.

Salimos de la Legislatura y tomé un colectivo a casa con Laura. En el viaje me relató una historia personal con la que me explicaba lo especial de su relación con la música de Gustavo. Sus palabras fueron conmovedoras. Escucharlas me revolvió aun más de emoción.

Al llegar a mi cuarto pude finalmente llorar en paz. Le escribí a Fabián y a León. Les escribí algo así como que los tuve presente en esa emoción, una que, como su música, sentía que tenía que compartir con ellos.

¿Cómo explicar este dolor?

Me temo que no puedo. Cualquier explicación racional se me hace imprecisa.

No sé, imagino que así es como se siente despedir a un genio.

domingo, agosto 31, 2014

No hay guión



La mayoría de mis veinte se me fue en arrepentimientos: cosas que no debí haber hecho, cosas que debí haber hecho, cosas que debí haber hecho mejor. Estos constantes y severos reproches hicieron mella en mi confianza y autoestima.

Pero los treinta me llegaron con una revelación, una que incluso cuando parezca bastante obvia, me retumbó con su contundencia: en esta vida no hay guión.

En esta vida no contamos con un manual que nos diga cómo vivirla. En esta vida nadie sabe qué es lo correcto, ni nadie tiene el monopolio de la razón. En esta vida nadie sabe ni qué es lo que va a pasar, ni qué es lo mejor que puede pasar.

Antes de tomar cualquier decisión, lo único que se puede llegar a tener es una idea (muy débil, por cierto) de cómo puede terminar siendo: si va a ser acertada o si quizá vaya a ser un gran error; al final, lo único que uno puede hacer es intentar. Las decisiones no son más que apuestas. 

Una de las más poderosas motivaciones que me han guiado en mis últimas decisiones es la verdad. Si siento de manera genuina que debo hacer algo, entonces lo hago, apartando a un lado si eso es lo correcto, lo apropiado, lo conveniente. 

En estos últimos meses también he estado en contacto con gente que le ha dado giros significativos a su vida: quiebres que les han dado felicidad, impulsos del corazón que han encontrado magia en la realidad. 

Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos pensado en tomar decisiones que desafían el sentido común, que no parecen muy sensatas. Ahora bien, hay veces en que tenemos que asumir audacia y coraje para terminar de hacer cosas que nos harán felices: incluso cuando atenten contra nuestro raciocinio.

¿Quieres tomar lecciones de canto porque siempre soñaste con cantar? ¿Quieres renunciar a tu trabajo para emprender tu propio negocio? ¿Quieres irte a vivir algunos meses en la ciudad de tus sueños? ¿Quieres decirle a alguien que te gusta?

Si lo sientes, ¡entonces hazlo!

No te preocupes si es lo correcto o si está mal, no dejes que eso te frene. Si nada está escrito en esta vida es sencillamente porque nadie lo escribió. Recuerda: en esta vida no hay guión.

A veces nos abrumamos porque tendemos a creer que el “no saber” nos congela, nos abruma, nos intimida; pero no, todo lo contrario: ¡el “no saber” es liberador!

Primero hazlo, ya luego te enterarás si estuvo bien o mal, que incluso en todo caso siempre va a ser mejor que no hacer nada. Y si estuvo mal aprende y ya está. Igual vas a aprender, que sigue siendo ganancia. 

En esta vida no hay guión. Esa es la grandeza de la vida: que eres libre para escribir tu propia historia. 


Así que agarra una hoja de papel, respira profundo y comienza a vivir.

martes, agosto 19, 2014

Mis treinta (y uno)


Aren’t the thirties wonderful?

URSULA NORDSTROM


Siempre consideré a los treinta como un importante hito en la vida de una persona. No recuerdo dónde, pero alguna vez leí que la tercera década representaba la despedida absoluta de la juventud y la consolidación definitiva de la adultez. Sea como sea, lo que quiero decir es que siempre le tuve miedo a llegar a mis treinta.

Sin embargo, miedo es lo que menos siento al cumplirlos, lo cual bien pudiera representar en sí mismo un síntoma de llegar a esa edad. 

A ver, cómo se los digo: me siento muy bien, de hecho me siento mucho mejor de lo que alguna vez imaginé al cumplir esta edad.

No sé muy bien a qué atribuirle esta sensación pero imagino que tiene que ver -y en esto insisto- con la edad en sí misma. 

Tendemos a subestimar al tiempo, a quejarnos de que pasa muy lento o muy rápido o de que se nos hace insuficiente para hacer todo lo que queremos hacer; pero rara vez le agradecemos algo. Y eso, precisamente eso, es lo que quiero hacer con este post: yo quiero darle públicamente las gracias al tiempo.

Los inicios de mis veinte han sido la etapa más difícil de mi vida. Luego de haber estado entre los primeros de mi promoción en bachillerato y de haber gozado de un primer año prometedor en mi carrera de ingeniería, mi autoestima se desmoronó: reprobé varias materias en la universidad, me desenamoré de mi carrera y terminé estancado sin ningún atisbo de progreso por un par de años.

Un par de años de los que no recuerdo haber hecho nada productivo, un par de años en los que no supe qué carajos era, ni qué carajos quería. Un par de años en los que no sólo estaba perdido, sino un par de años que perdí para siempre.

Desde entonces me he reprochado la pérdida de esos años que, para muchos, son los más importantes de la vida simplemente porque es cuando comienza todo, cuando uno tiene las energías para todo.

De todas formas el tiempo me ha ayudado a conciliar el arrepentimiento de haber desperdiciado esos años: el tiempo ha ayudado a que haga las paces conmigo mismo. 

Dos o tres años luego de ese fatídico período, mi vida dio un vuelco: hice cursos de escritura y comencé a escribir seriamente, conocí a gente maravillosa y consolidé mi pasión por la música. Ah, y también comencé a escribir en este blog. 

Luego terminé mi carrera y me fui a estudiar en Nueva York, donde viví los dos mejores años de mi vida. Descubrí mi vocación profesional, trabajé con gente extraordinaria, me enamoré, conocí a más gente maravillosa y lo que quizá sea más importante: empecé a llevármela mejor conmigo mismo. 

Después me vine a Buenos Aires a seguir estudiando y creciendo como persona. En tan sólo dos semanas, la ciudad me llenó de cariño: uno que ineludiblemente viene acompañado de pizzas y cervezas en algún bar encantador de la ciudad, y compartidas con gente encantadora de la ciudad. 

En Buenos Aires he comprobado que se puede hacer amigos rápidamente y que la gente buena no es invento de novelas ni de películas, sino que existe y habla en un irresistible acento porteño.

En Buenos Aires también he creado más que nunca. Estoy más seguro de lo que quiero y de lo que no. Ya no me preocupan las cosas que antes me atormentaban. De hecho, hasta celebro las cosas que antes me avergonzaban de mí mismo. Amo más que nunca a mi familia, a mis amigos y a mi país. Mi autoestima goza de una salud esencialmente porteña ¿viste?, y mis ganas de vivir y de crear me eyectan de mi cama todos los días desde bien temprano.

Aún me falta mucho para llegar a ser lo que quiero (si es que efectivamente exista algo como eso) pero sé que estoy yendo en la dirección correcta, sé que todos los días avanzo, y también estoy seguro de que si me sigo llevando bien conmigo mismo puedo llegar muy lejos. 

En Buenos Aires, y con la ayuda del tiempo, llego a mis treinta (y uno) sintiéndome mejor que nunca.