lunes, diciembre 26, 2016

Sueño con un amor que no está



Sueño con un amor que no está, que me pregunte cómo terminó mi día, cómo sigue esta gripe de invierno.

Sueño con un amor que no está, que me espere en casa con comida hecha, con un abrazo que inaugure la noche.

Sueño con un amor que no está, con el que pueda hacer el ridículo en público: bailar sin música, correr como idiotas, gritarnos en peleas falsas.

Sueño con un amor que no está, al que le pueda confesar mis miedos, al que le pueda mostrar mi mal genio sin pudor.

Sueño con un amor que no está, que me quite el miedo de amar y me dé ese otro miedo de compartir.

Sueño con un amor que no está, que abofetee mi prepotencia de Leo, que me demuestre que he estado equivocado todo este tiempo que he estado solo.

Sueño con un amor que no está, con el que podamos destruir el amor para hacerlo de nuevo.


Sueño con un amor que no está, aún; y sueño con dejar de soñarlo porque estoy listo para amar, porque tengo mucho amor para dar y porque sé que no está bien seguir viviendo así.


Sueño con un amor que no está.

Y sueño, con que ese amor, seas tú.

miércoles, diciembre 21, 2016

Nosotros los cínicos


A nosotros los cínicos nos gusta decir que no creemos en el amor; que sólo existe en novelas y en películas cursis; que es un maravilloso recurso para la ficción.


A nosotros los cínicos nos gusta creer que el amor es ficción.


A nosotros los cínicos nos gusta salir con varias personas, sin compromisos ni promesas. Hasta llegamos a advertirle a esas personas de que no se ilusionen, pues nada de esto tiene el potencial de convertirse en algo serio, que nada que ver. Todo esto no es más que coger, reírse un rato y pasarla bien, ¿ok?

A nosotros los cínicos nos gusta escudarnos detrás de la esterilidad de la precaución.


Lo que no sabemos nosotros los cínicos, o lo que no queremos saber, mejor dicho, es que en el fondo no somos más que unos cobardes.

Porque salir con alguien, mirarle a los ojos y decirle: ¿Tú sabes qué? Me gustas, me encanta estar contigo y quisiera averiguar adónde nos lleva esto, así no estemos estables y no sepamos adónde vamos a estar mañana; así no nos guste todo lo que veamos de nosotros mismos; así no hayamos superado nuestros últimos amores.

Así tengamos miedo de todo esto que podamos llegar a sentir.  


Porque todo ese cinismo no es más que miedo.


Yo lo admito: yo soy un cínico; y tengo mucho miedo.

Y no es que no crea en el amor; sino que más bien, por todo ese cinismo, por todo ese miedo, es el amor quien no termina de creer en mí.

sábado, diciembre 10, 2016

Mis (otros) cafés favoritos de Buenos Aires




Las obsesiones pueden representar una bendición o una maldición, dependiendo de cómo las mires: son eternas. Si verdaderamente estás obsesionado con algo, entonces las probabilidades de que dejes de estarlo son escalofriantemente bajas. Las genuinas obsesiones se nutren con el tiempo y van creciendo hasta hacerse un monstruo fascinante -pero también a ratos insoportable.

Así me pasa con el café. Desde que me obsesioné con buscar el mejor café de la ciudad -y me refiero a cualquiera en la que me encuentre en algún momento-, pues entonces no dejo de merodear por sus calles, investigar por internet y preguntarle a amigos para que me recomienden sitios que hagan buen café.

Por un lado esa búsqueda es ciertamente interesante: aprovecho de conocer rincones inéditos de la ciudad y llego a descubrir brebajes deliciosos -salvo por una que otra inevitable decepción. Pero por el otro lado esa búsqueda carga, en su esencia, un fracaso: lo de encontrar el café “perfecto” es simplemente una entelequia. Todo el tiempo están abriéndose nuevos cafés, o el café que por ahí me gustaba de un sitio quizá ya no lo preparan tan bien como antes; incluso hasta mi gusto también puede que cambie. En fin, que los obsesos nos las pasamos colgados de ese dinámico pendular entre el interés y la frustración.

Hace un tiempo publiqué una lista con mis cafés favoritos de Buenos Aires con la ilusión de que fuera la definitiva. Ahora reconozco que pequé de ingenuo pues seguí descubriendo y deleitándome con nuevos cafés. Luego de mucha investigación, patear mucha calle y caerle a preguntas a mis amigos, acá les comparto la lista de mis (otros) cafés favoritos de Buenos Aires:

Negro Cueva de Café (Suipacha 637/ Marcelo T. de Alvear 790): en pleno corazón del microcentro porteño se encuentran ubicadas las dos sucursales de esta verdadera joya para los que amamos el buen café. Esta cafetería se convirtió en mi nueva favorita desde la primera vez que la visité. Negro Cueva de Café es simplemente perfecta porque me puedo sentar a escribir cómodamente, la música es genial y la atención es muy cálida y cercana (yo diría que hasta afectiva). En Negro Cueva de Café se hace el mejor café de Buenos Aires.

Felix Felicis & Co (José Antonio Cabrera 5002): En cuanto una amiga me recomendó este sitio supe que tendría que conocerlo de inmediato. Y al visitarlo le di toda la razón: el café que hacen en Felix Felicis & Co es delicioso. Su ubicación también es conveniente por si quieres hacer otro tipo de planes luego.

The Shelter Coffee (Arroyo 940): Nunca antes había pasado por “la parte bonita de Retiro”, esa donde colindan las embajadas del Brasil y de Francia y el Hotel Four Seasons. Bueno, pues muy cerca de allí queda The Shelter Coffee, una cafetería bastante particular en el sentido de que es bien íntima: oscura, pequeña, inspira concentración. El café es muy rico, el servicio es competente, y la decoración exuda una sobria elegancia.

Delicious Cafe (Laprida 2015) En una calle tranquila de Recoleta queda esta linda cafetería que prepara un café muy sabroso. La omnipresencia del blanco en el lugar le confiere cierta condición minimalista y luminosa, que resulta muy cómoda para escribir. El personal es muy atento y el café es muy rico. Cada vez que visito el MAMBA o el Centro Cultural Recoleta me paso antes por Delicious para tener en el cuerpo la energía (y la alegría) que me proporciona tan rica cafeína.

Musetta Caffé (Billinghurst 894): este local de Almagro se asemeja al living de una casa de bohemios: un piano corona el lugar, aderezado por un montón de libros y una que otra silla  particular. En otras palabras: el ambiente es un catalizador de creatividad literaria. El café es rico y abundante. Los chicos que atienden son muy serviciales. Musetta es perfecto para escribir y reescribir hasta dar con esa versión con la que estés más contento.

Saturnina Coffee (San Martín 989): Los descubrimientos que más me enorgullecen son los que suceden por azar. Este sitio lo encontré así: estaba buscando un restaurante por Retiro y de repente di con esta cafetería. Hacen un café muy bueno, la atención es esmerada y el lugar es perfecto si vas a buscar un café para tomártelo al paso. (También te puedes sentar, ojo, pero a mí me encanta comprarme un vaso de café para llevar y patear la calle por esa agitada parte de la ciudad.)

GRAND CAFE (Basavilvaso 1340): Cerca de Retiro queda este lugar que hace un café muy bueno y tiene una estética bastante prolija. Aunque creo que se enfocan más en saciar el apetito de la masa laboral de la zona, el café es muy rico y el espacio es bastante cómodo -tanto para hablar como para escribir.

Mi obsesión por conseguir el mejor café proseguirá, así que seguramente pronto les comparta otra lista: con otros cafés, con otros datos, con nuevos gustos.

¡Salud!

martes, noviembre 29, 2016

Caracas, y mi abuelo



En Caracas nací, en Caracas me crié, en Caracas realicé mis estudios universitarios; en Caracas yo me hice. O mejor dicho: Caracas me hizo -con la ayuda de mi abuelo.

Ramón José Viloria fue el padre de mi madre y en su casa viví una infancia de lujo: carcajadas, cariño y sazón andina. La segunda mitad de la educación primaria y todo el bachillerato los hice en Barcelona (Edo. Anzoátegui), un pueblo con ínfulas injustificadas de ciudad proveídas por esa prepotencia injustificada de tener tierra con petróleo, donde el ocio sabe a cerveza y la inmensidad del mar está a una distancia de minutos.

En Barcelona hice amigos muy queridos, comí miles de empanadas de cazón, y sufrí con las derrotas que nos propinaba República Dominicana en las Series del Caribe que se jugaron en el Chico Carrasquel. En Barcelona también fui feliz, pero en el proyector de mis pensamientos la luz de Caracas nunca se apagó.

Durante mi residencia oriental, mi hermana y yo pasábamos nuestras vacaciones en la casa de mis abuelos en Terrazas de Las Acacias, una señorial urbanización que fungía como interludio entre la arquitectura italiana de la Avenida Victoria y los látigos de plomo del Barrio Marín.

Esa tríada de meses se nos iba en saltar por los pasillos del Sambil, comer cotufas en el cine hasta que nos doliera la barriga, caminar sobre los azulejos descoloridos de Los Próceres, saludar a la nutria con cataratas del Parque del Este y asustarnos sin miedo con las serpientes de su Terrario.

Esos planes extraordinarios ocupaban los fines de semana, pero lo importante ocurría durante los días hábiles: yo acompañaba a mi abuelo, desde temprano en la mañana hasta que se decolorara la tarde, a hacer diligencias -trámites que iban desde pagar impuestos en el Centro y buscar libros en imprentas de las letras de Dios, hasta ir a una oficina que tenía mi abuelo en La Florida para seguir negando una jubilación que había adoptado de manera muy precoz.


Mi abuelo me enseñó Caracas.

Y no sólo me refiero al acto de revelármela, sino también al de educármela a través de sus maneras.

Mi abuelo me instruyó la política de la cortesía: ese subestimado poder que ejercemos al interactuar con el otro (y los otros) en la cotidianidad urbana: dar los buenos días cada vez que me montara en un autobús, darle la mano en muestra de agradecimiento a cualquier persona que me atendiera -mesero, empleado público, buhonero-, escuchar con respeto a quien me dirigiera el habla: bien fuera un policía con ánimo de intimidarme, un evangélico de verbo incendiario o un indigente que no olía bien.

A través de esos menesteres mi abuelo, y Caracas, me formaron como hombre de ciudad. Y fue esa preparación la que hizo posible que a mí me fuera tan bien cuando volví a la capital para estudiar en la Simón Bolívar, y luego cuando adopté los gestos agridulces del emigrante al irme a vivir a Nueva York y Buenos Aires.

Con los años uno gana conciencia de los privilegios que ha disfrutado en épocas anteriores de tu vida, así que en ese sentido yo ahora me reconozco inmensamente privilegiado de haberme hecho en Caracas de la mano de mi abuelo.

Sin embargo, esa gratitud se siente contrariada: por un lado el corazón se me arruga como dedos mojados en exceso y mis párpados se empañan cada vez que caigo en cuenta de que ni mi abuelo ni esa Caracas están; pero por el otro siento una alegría insuficiente al saber que mi abuelo y esa Caracas siguen existiendo a través de las aptitudes que ellos me enseñaron: cuando saludo al colectivero, cuando hablo con la señora en el Colón antes de compartir suspiros estimulados por Mahler, cuando sostengo las maravillosas tertulias con Martín -un librero de Plaza Italia- en las que discutimos si Soriano escribió más calle que Arlt.


lunes, octubre 31, 2016

Diez años de magia


Hoy mi blog cumple diez años.

Nótese que pude haber escrito o, mejor dicho, tuve que haber escrito “Hoy cumplo diez años escribiendo en mi blog”. Pero no: es mi blog quien cumple, como si se tratara de una persona o una entidad, porque realmente lo es.

Una vez creado, mi blog se encargó de tomar vida propia. Yo lo único que hago es nutrirlo con mis escritos. De alguna forma mi vida es su vida pues las historias, impresiones y sentimientos que relato constituyen su verdadero alma.

A lo largo de los últimos diez años mi blog se ha convertido en una de las partes más importantes de mi vida. Es, sin duda alguna, el logro del que más me siento orgulloso. Quizá porque en mi vida de líneas torcidas y de ese perpetuo noséquécarajosestoyhaciendoconella, mi blog es lo único que se mantenido constante en la última década.

A mi blog le agradezco muchas cosas: conseguir trabajo, escribir para otras publicaciones y nada más y nada menos que confirmar mi vocación de escritor. No obstante, la mayor gratitud que siento hacia él es su disposición de una conexión humana especial: yo he hecho amistades genuinas gracias a mi blog.

Pongamos un ejemplo: Jessie Natera leía mi blog y hasta me enviaba sustanciosos emails compartiéndome sus impresiones de mis posts. Luego se convertiría en una gran amiga cuando coincidimos en Nueva York. En esa ciudad Jessie me presentó a Chely, quien es ahora mi mejor amiga, y a Natalia, el último amor de mi vida.

Citemos otras historias mágicas: en Guatemala, un par de chicas llevaron uno de mis poemas (La situación actual del corazón) a su clase de literatura para analizarlo junto a su profesora. Un empleado de la disquera de Eminem me envió un email donde me agradecía por haberle hecho una reseña a uno de sus grupos. Desde ciudades como San Francisco, Ginebra y México DF, me han escrito lectores con los que he hecho amistades virtuales. Algunos me han ofrecido hospedaje en sus casas, otros me han invitado birras, café o comidas en la eventualidad de pasar por alguna de sus ciudades. Y hasta una lectora de Amsterdam, luego de leer un poema titulado Obra de arte y museo, en el que relato la contemplación de la desnudez de un amante, me dijo, y permítanme la egolatría, que me invitaba a pasar una noche con ella con tal de redactarle un poema parecido.  

Una última historia linda: una de las razones por las que abrí mi blog hace diez años fue para hacerle llegar poemas, como mensajes enrollados en botellas, a una chica de la que me había enamorado en ese momento. Por mucho tiempo pensé que ella no leía mi blog pero el año pasado, tras muchos años sin verla, me confesó que lo hacía. Y que le gustaba. (Inserte acá la sonrisa más enorme que pueda dibujar mi cara.)


Magia. Eso es lo que me ha dado mi blog durante los últimos diez años. Así que si estás leyendo esto, ahora o por un tiempo ya, te agradezco de corazón haber formado parte de ella.

A ti, a mi blog: ¡gracias!

viernes, septiembre 30, 2016

Un día de coraje



Era martes, y me desperté distinto.

No me costó levantarme. Salté de la cama como si cuatro brazos fornidos me hubieran empujado por la espalda y apagué la alarma del celular con determinación.

Salí de mi cuarto y fui al baño a cepillarme, moviéndome con un andar avasallante, equino. De un solo tirón me salió la cantidad perfecta de crema de dientes y la proporción justa de agua del lavamanos.

Subí la mirada al espejo y vi que no era yo; lucía una postura teutónica: los hombros echados para atrás, la cabeza coronando mi cuello erguido como estampa de guerrero.

En ese instante me di cuenta de que me había despertado con coraje.


Aprovechando con lucidez las implicaciones de mi recién adoptada condición, le escribí por Facebook a cinco chicas que me gustan para invitarlas a salir. Mis mensajes fueron redactados con tanta audacia -balance perfecto entre confianza, dominio, claridad e indulgencia- que todas dijeron que sí, de manera que tuve que recurrir a la tiranía práctica del orden de llegada: sólo le respondí a M.

Quedamos en vernos por la noche. En ese momento me percaté de que no tenía ninguna ropa que le quedara bien a mi nueva actitud, así que tuve que salir a comprar un vestuario apropiado.

En lo que llegué a la tienda me atendió una chica que sucumbió ante mis maneras irresistibles. Minutos luego de entrar al probador para ver cómo me quedaba el atuendo de corajudo -chemise negra, pantalones negros, chaqueta gris- la chica se coló en el minúsculo espacio y se levantó su franela para mostrarme sus credenciales estéticas, como si se estuviera postulando para un contacto de pieles. La tomé por el cuello y la besé con apuro apasionado para luego retirarla del probador. Ella tomó mi desmán como catalizador de deseo y me lanzó su sostén, autografiado con su número de teléfono.

El resto del día pasó sin contratiempos, pues cuando se tiene coraje nada es importante: que haya retraso en la línea D, que la fila del Rapipago esté llena de distraídos, o que siga haciendo este frío que no termina de irse la puta que lo parió.

Llegó la noche y pasé buscando a M en un taxi. En lo que subió al auto supe que al final de la noche tendría licencia para palpar las llanuras de su piel y que me daría cobijo en su cueva almibarada: vestía un escote ansioso por despertar sensaciones, despedía una provocadora fragancia de uvas y canela, mostraba un rímel que imploraba estropearlo, y me dio un beso tímido que rozó una esquina de mis labios como quien salta un charquito de lluvia.

Hablamos y tomamos varios Negroni hasta que ella me aseguró que no podía más, que su calor de adentro le suplicaba deshacerse de lo que llevaba encima y que tendría que llevarme a su casa para obtener la calma de saciar los antojos urgentes.

Desempeñamos tres encuentros amatorios de culminaciones exitosas y amanecimos abrazados y envueltos en sábanas blancas, a la manera de vallas publicitarias que aspiran vender placer -como si efectivamente la cucharita pudiera persuadirte a comprar yogurt, un pasaje a Londres o una nueva póliza de seguros.

Mi día de coraje terminó de manera impecable, sin ningún tipo de sobresaltos, con una exacta correspondencia entre las ansias y los suspiros. Sin embargo, ésas fueron precisamente las cualidades que no permitieron que disfrutara ese día extraordinario, pues resulta que como nada cuesta cuando se tiene coraje, entonces nada te genera alguna sensación de logro.


Fue entonces cuando envidié al Victor que suelo ser desde que tenía seis años, que fue cuando contraje el virus de la timidez.

Quise volver a ser ese Victor -jorobado, inseguro, pesimista- que le escribe mensajes torpes por Facebook a las chicas que le gusta, que tarda una eternidad en robar besos que no están bien dados a las chicas que le gusta, que se reprocha todo lo que le dice y hace a las chicas que le gusta.
 

Quise volver a ser ese Victor sin coraje porque al menos él sí hubiese sentido un mínimo de emoción.

lunes, agosto 22, 2016

Carta a mi libro de bolsillo



Me gusta cargarte en mi mano izquierda mientras camino.


Me gusta cargarte en mi mano izquierda mientras camino porque eres mi mundito: uno que me lleva muy lejos de este Mundo de mierda, de esta vida de mierda.

Me gusta cargarte en mi mano izquierda mientras camino porque me gusta mostrarte como una pieza de ropa que me queda bien, como un síntoma de mi gusto, como un rasgo impresionante de mi carácter. Me gusta ostentarte.


Me gusta olerte, de vez en cuando, porque hueles a árboles que desconocían que se convertirían en mártires para el bien superior del arte.

Me gusta cargarte en mi mano izquierda mientras camino como quien sostiene una bolsa de verduras para preparar una comida sabrosa, porque cuando te leo ingiero fantasía y me deleito con los sabores que despiden, como humo de caldo caliente, tus letras cuando se juntan.

Me gustar cargarte en mi mano izquierda mientras camino como quien lleva un equipaje de mano en un aeropuerto, porque cada una de tus páginas es un boleto a un viaje a otras tierras: hermosas, perfectas; tan distintas a este plano -feo y aburrido- que no me gusta.

Me gusta cargarte en mi mano izquierda mientras camino como quien sostiene un paraguas que lo protegerá cuando el cielo se canse, porque siento que de alguna forma también me resguardas de ese mal tiempo que trae la realidad.

Me gusta cargarte en mi mano izquierda mientras camino como quien le toma la mano a alguien que quiere, pues cada vez que abro tus páginas me haces sentir a algo muy parecido al amor: esa serenidad de no sabernos solos.


Me gusta cargarte en mi mano izquierda como quien se aferra a algo que necesita, porque ahora siento que debo tener para siempre toda esta magia que me das.