domingo, mayo 18, 2008

Lujuria y terror dentro de un ascensor


Love in an elevator
lovin’ it up when I’m going down
love in an elevator
lovin’ it up ‘til I hit the ground

STEVEN TYLER


Cuando me monto en un ascensor procuro estar solo. Se me hace muy incómodo estar en un espacio tan reducido con una o varias personas desconocidas. Soy de los finge escribir un mensajito en mi celular o mirar al suelo, todo para evitar hablar con la otra persona hasta que se abra la puerta del ascensor y uno de los dos salga.

Esa noche entré en el ascensor, creyendo que iba a estar solo. Pero justo cuando se iban a cerrar las puertas, escuché una voz que decía: “¡Páramelo ahí porfa!”. Era la voz de mi vecina, Maritza, la que vivía frente a mi apartamento. Maritza es morena, está buenísima y, por si fuera poco, es muy pana. Desde que me mudé nos caímos muy bien. Ella es muy dulce, nunca está amargada. Es pícara y muy coqueta. Siempre huele rico.

Pero como no todo en la vida puede ser perfecto, luego me enteré que estaba casada, y con un Guardia Nacional. Nunca había visto a su esposo hasta que un día, subiendo unas bolsas de mercado por el ascensor, el tipo me ayudó y desde ahí nos hicimos panas. De hecho, es el único Guardia Nacional pana que he conocido en toda mi vida.

Pero volvamos a esa noche. En lo que supe que ésa era la voz de Maritza presioné el botón de STOP. Ni que fuera pendejo, si hubiese sido otra persona lo más seguro era que me hubiese hecho el loco y no hubiera parado el ascensor. Las puertas volvieron a abrirse. Ella entró apurada…

- ¡Gracias gordito! -¿se me había olvidado contarles también que hablaba irresistiblemente sexy?
- De nada, ¿cómo estás? –le pregunté, aparentando normalidad, cuando la verdad era que estaba un poco nervioso.
- Cansada –respiró profundo-. Hoy estuve full en el trabajo, ¿y tú? ¿Cómo va esa universidad? Me han dicho que la Simón Bolívar es candela…
- Sí, es fuerte, pero qué más, ahí… dándole…
- Chévere…

Luego caímos en ese silencio siempre incómodo que surge entre dos personas dentro de un ascensor. Íbamos al piso 9. El ascensor ya iba por el 5, cuando, de pronto, se estremeció, se apagó la luz y se detuvo…

- ¡Coño, se fue la luz! –se le salió a ella.
- ¡Qué vaina! –atiné a decir realmente preocupado.
- Ni modo, a esperar que vuelva. Ojalá regrese pronto. ¿Estás bien?
- Sí –le respondí, pero sin mucha convicción porque la verdad es que estaba bastante nervioso.

Ella, por el otro lado, se lo había tomado muy bien. Sonaba tranquila, se puso a hablar de cosas que ahora no recuerdo. Hacía calor, no podía ver nada, comencé a impacientarme, pero me esforzaba en que ella no se diera cuenta. En eso ella se me acercó. Lo digo porque olí muy de cerca ese perfume tan sabroso que ella tenía puesto. Comencé a marearme, me temblaron un poco las piernas, me faltaba el aire. Es difícil explicar cómo me sentí, pero creo que era como si el cuerpo escapara de mí, como si escapara del control de mi mente. Lo que sentí después era que toda la oscuridad me daba vueltas, y me desmayé entrando en una sublime pero aterrorizante ensoñación…

Su perfume fue lo que me hipnotizó. Me dejé guiar por el olor de su cuerpo hasta ponerme frente a su cara. Ella agarró mi cuello con sus dos manos, con firmeza, y trajo mi boca junto a la suya. Nuestras lenguas exploraron las bocas ajenas. Parecían bailar lambada. Ambos estábamos consumidos por la pasión. Nuestras manos hicieron el resto. Querían descubrir cada parte del cuerpo del otro. Nos tocamos con desesperación, como si se nos fuese acabar el tiempo. Traté de quitarle su camisa, pero ella me frenó. Quitó mis manos con suavidad y me llevó a su apartamento. Fuimos a su cuarto y nos desvestimos frenéticamente, nos dejamos llevar por el deseo que nos poseyó por completo. Estábamos tan drogados de placer que nunca escuchamos cuando entró su esposo. En ese momento yo estaba encima de ella. Lo único que escuché fueron los dos disparos que el tipo accionó con su pistola. Uno en cada nalga. Me volteé y vi su cara enfurecida. Tenía los ojos rojos, coléricos. Y su pistola empuñada en su mano derecha. “¡No me mates! ¡Por favor, no me mates! ¡No es lo que parece!”, le supliqué llorando mientras me agarraba mis nalgas adoloridas…

“¡No me mates! ¡No me mates!”, seguía gritándole desde el suelo del ascensor mientras salía de ese horrible sueño. Lo que en realidad estaba pasando era que el esposo de Maritza había abierto el ascensor y me ofrecía sus dos manos para levantarme.

- Tranquilo, gordito, ya pasó todo. Pobrecito, -decía Maritza, dirigiéndose a su esposo- se desmayó y se me vino encima. Me asusté, estaba todo frío, no sabía qué hacer.
- Véngase mi pana, ya pasó todo –me tranquilizaba mientras agarraba mis manos tembleques. Me paré, mis piernas también temblaban, respiré profundo. Le di las gracias a los dos y caminé hasta la puerta de mi apartamento.
- ¿Está tu hermana en tu casa? No vayas a quedarte ahí solito, ¿ok? Si quieres te vienes al apartamento y te tomas un vaso de agua con azúcar, mira que sigues pálido, gordito.

Le volví a dar las gracias, ni siquiera pude voltear a verla a ella o a su esposo. No sé si el miedo que sentía era por lo del desmayo o por lo que había soñado. Abrí la puerta de mi apartamento. Su esposo era el que ahora insistía en que fuera a su casa para tomarme algo que me aliviara los nervios. Les rechacé su generosa invitación mientras me sobaba, por encima del jean que tenía puesto, el leve e inquietante ardor que tenía en cada nalga.

3 comentarios:

Karina Pugh Briceño dijo...

JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJJAJAJJAJAJAJAJAAJJAJAJA

Me he reído un montón!!!!

Buenísimo!!!!

Minhe dijo...

jajaja demasiado bueno, interesante hasta el punto final!


Saludos!!

Ana Cristina Sosa Morasso dijo...

vicccccccc!!!! está demasiado bueno este cuento.. deberías mandarlo a un concurso o algo así, sácalo del blog!! me encantó