jueves, agosto 19, 2010

Volver a ser chamo


En estos días he estado preguntándome cómo será eso de ser adulto

La pregunta en sí no me preocupa. No tengo ningún apuro en encontrarle respuesta. A mí lo que inquieta es la frecuencia con la que se aparece la preguntica en esa casa sin puerta que es mi cabeza.

Yo aún no me siento adulto. No me he casado, no tengo hijos, no he montado mi propia empresa. No he sentido eso todavía de "ponerme los pantalones" y salir airoso del compromiso para obtener el diploma de la adultez.

No sé por qué enumeré esos argumentos en el párrafo anterior. Me temo que fue un mero intento de adjudicarle un poco de objetividad a ese tema tan abstracto del crecer.

Lo que sí me he dado cuenta en estos días es que, cuando mi mente se siente presa de la ansiedad por la fulana pregunta, suele encontrar refugio en algunos recuerdos de mi infancia.

Es como si mi cabeza, al estar conciente de que no tiene un rumbo definido todavía en la autopista que conduce hacia la vida futura, se hiciese a un lado y encontrara una cómoda y acogedora alcoba en el hombrillo de la memoria. En la memoria de mi infancia.

Debe ser porque la nostalgia hacia tiempos pasados crece con el mismo paso del tiempo y su inevitabilidad.

Acá en Nueva York no se ven tantos chamos en la calle como en Caracas. Sin embargo, cuando voy al McDonald's de Times Square, siempre veo a grandes grupos de niños vestidos con franelas de colores fosforescentes -amarillo, verde, naranja- que imagino pertenecen a campamentos que visitan la Gran Manzana.

Cuando estos chamos llegan, todo el McDonald's se conmociona. Saltan, gritan, se pegan, se tiran servilletas, se jalan la camisa, bailan, se burlan de sus guías, se tiran papitas, se rocían ketchup, se lanzan hielos, juegan con los pitillos, cantan a todo gañote las canciones de Justin Bieber y Miley Cyrus que suenan en el local... En fin, los chamos se dedican a hacer lo que mejor saben hacer: echar vaina.

En estos días, mientras trabajaba en mi laptop tratando de escribir un email en inglés (cosa que aún me cuesta muchísimo) llegaron ese poco de chamos formando un bochinche un tanto más escandaloso que el de otras ocasiones. El ruido era tan intenso que, aun cuando me puse mis audífonos y reproduje heavy metal en mi iPod a todo volumen todavía podía escucharlo. En esa ocasión, los chamos estaban más fuera de control que nunca...

Una pareja que estaba en una mesa cercana a la mía le pidió a los guías que trataran de controlar el caos. Ellos se disculparon, pero la faena resultaba imposible. Me atrevo a decir que eran casi cuarenta chamos los que se apoderaron del McDonald's esa tarde.

En lo que alcé mi mirada de la pantalla de mi laptop para echarle un vistazo a la altisonante anarquía, fui testigo de una escena que en ese momento me resultó conmovedora: todos, absolutamente todos los chamos, sonreían. No había ninguno que la estuviera pasando mal. La felicidad que pululaba en el ambiente no sólo era manifestada en altos decibeles, sino que se podía tocar literalmente con las manos.

Contemplar este escenario me hizo reflexionar sobre lo que ahora escribo. La imagen me hizo pensar seriamente en el hecho de que pareciera que fuese mucho más facil ser feliz para los chamos que para el resto de las personas -los que ya no lo somos.

¿Qué pasó entonces? ¿Desde cuándo se nos hizo tan difícil ser felices? ¿Qué es lo que hace que perdamos la ingenuidad, la inocencia y la capacidad de asombro que una vez llegamos a tener cuando éramos niños?

Sé lo que pueden estar pensando en este momento: que es que con el paso del tiempo y mientras más se vive, más uno se decepciona, más uno pierde la inocencia dándole paso a la malicia; que mientras más se vive, más se ve de frente la dureza de la realidad. Pero yo me pregunto: ¿no sería demasiado simplista esgrimir este argumento?

Yo no estoy diciendo que es que uno se va a comportar como un carajito por el resto de la vida. Mi preocupación no reside en términos de comportamiento, mi preocupación se basa en términos de espíritu.

Nueva York es una ciudad dura. Su ritmo de vida es frenético. Nadie da los buenos días. Nadie ayuda a nadie. (En estos días apuñalaron a un tipo en Queens y una cámara logró registrar cómo 24 personas le pasaron al lado ignorando sus gritos de ayuda. Luego de dos horas, el tipo murió desangrado.) Un pana que vivió acá por casi cinco años llegó a decirme que el mejor consejo que podía darme era que "no dejara que Nueva York me quitara el alma."

Y debo confesar que en más de una ocasión he llegado a sentirme todo un neoyorquino -en ese lamentable sentido. Hay veces en que me pongo malhumorado con facilidad, hay veces que en vez de caminar como la gente normal lo que hago es correr como un loco, hay veces que no doy los buenos días... Por mucho que me duela admitirlo, hay veces en que he dejado que Nueva York me quite el alma.

Pero en estos días decidí recuperarla, y lo hice tratando de despertar el espíritu del chamo que vive dentro de mí. Tenía tiempo queriendo ir a ver Toy Story 3, pero el poco tiempo libre que tenía lo invertí en los pocos juegos del Mundial que pude ver. En lo que finalmente tuve un chance, fui a verla.

A mí me encanta ver comiquitas precisamente porque ellas tienen el poder de revivir por unos minutos la magia de infancia. Lo que nunca esperé fue ver, en esa película, un inquietante paralelismo entre mi vida y la historia que se mostraba en pantalla grande. Toy Story 3 cuenta las travesías de un grupo de juguetes al enterarse que Andy, su dueño, se va de su casa para ir al college. Los juguetes, decepcionados porque Andy no decidió llevarlos con él, emprenden la búsqueda de un nuevo dueño que juegue con ellos. Para él tampoco fue fácil hacerlo -en más de una ocasión se debate entre meter o no a sus juguetes en su equipaje. En pocas palabras, la película habla sobre la imprescindible pero dolorosa necesidad de crecer.

La película me encantó. Me reí, me hizo pensar y hasta casi lloré con el final. Me comí con todo el placer del mundo un paquete enorme de cotufas, me tomé un vaso enorme de Coca-Cola (acá en Estados Unidos, las golosinas alcanzan tamaños legendarios) y hasta me comí unas gomitas con forma de gusanitos de colores chillones y sabores cítricos.

Al terminar la película tenía la camisa y el jean manchados de refresco y mis manos me quedaron empegostadas. Al final, no sólo me sentí feliz. Y no literalmente feliz, que es lo mejor del caso: me sentí feliz como un chamo. Y tenía bastante tiempo que no me sentía así. Ahora que lo pienso, no puede haber excusas que justifiquen haber dejado de sentirme así por tanto tiempo.

Me gustaría concluir esta nota invitándolos a que no dejemos que se nos duerma ese chamo que todos llevamos dentro. Cualquier excusa es buena para revivirlo. Cuando sintamos que estemos muy "adultos" (en el mal sentido de la palabra) resulta imperativo darnos la oportunidad de sentirnos chamos otra vez.

Al día siguiente, en lo que fui a comprarme un café por la mañana antes de dirigirme al sitio donde estoy haciendo mi pasantía, vestido de camisa manga larga, pantalón y zapatos de vestir, como "gente seria y adulta", revisé mi bolsillo para buscar unas monedas. Al sacarlas, me había traído la mitad del ticket de Toy Story 3.

Sonreí, por dentro y por fuera, pues volví a estar feliz con sólo recordar cómo me había sentido el día anterior. Y me prometí hacerlo con más regularidad. Me prometí, que en vez de tenerlo como algo que pase de vez en cuando, lo convertiría en un hábito:

La semana que viene pienso ir a ver Despicable me.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Inolvidableeee este post!!! jajaja
Jamas lo podre superar!!!!


Te amo y ya!


THMT