jueves, febrero 18, 2016

La dinámica social


A lo largo de los últimos seis años las sucursales de Starbucks -tanto en Nueva York como en Buenos Aires- se han convertido en mis oficinas. Hay algo en sentarme a tomar café y ponerme a escribir en mi computadora en esos establecimientos que encuentro muy placentero e inspirador.

Casi siempre logro sentarme en una mesa para mí solo. Sin embargo, hay veces en que los locales están tan llenos que debo sentarme en “mesas colectivas”: aquellas que compartes con otras personas.

En estos días me pasó algo, mientras escribía en una de esas mesas, que me hizo pensar mucho sobre la convivencia y sus reglas. Y sobre cómo, por extensión, si esas reglas fueran impuestas y respetadas por nosotros mismos, las maneras en cómo compartimos con los demás pudieran ser mucho mejor.

Ese día la mesa estaba casi llena, es decir, había poco espacio. Casi todos estábamos ocupados: trabajando, escribiendo, estudiando… con la excepción del último sujeto que se incorporó en la mesa, quien veía cosas por su celular con ademanes de aburrido o de obstinado. (Era difícil distinguir.)

Dicho individuo golpeaba a cada rato la mesa cada vez que ponía el celular en la mesa. Luego se ponía a mirar hacia los lados, hacia arriba y hacia los demás con expresión de hastío. Cada uno de esos golpes resultaban bien incómodos. En más de una ocasión llegamos a vernos entre nosotros como muestra de un acuerdo tácito: el tipo estaba siendo bastante molesto.

En un momento en el que los golpes se hicieron repetitivos y agobiantes, una de las chicas sentadas en la mesa le pidió de manera muy decente que dejara de pegarle a la mesa. Al tipo le sorprendió la reacción, pidió disculpas y acto seguido se retiró de la mesa. En lo que se fue, todos nos volvimos a ver, de nuevo en silencio, como muestra de gratitud hacia la que fue capaz de darle voz a la incomodidad que estábamos sintiendo.

Esta dinámica la he visto desarrollarse en otras mesas grandes en otros cafés y en otros países. Es como si en colectivo nos auto-reguláramos para hacer nuestro trabajo de manera cómoda. El que rompe las reglas rápidamente es reprendido o castigado para que podamos re-establecer el orden.

Ahora, y sin ánimos de sonar muy idealista o hippie, yo me pregunto: ¿No seríamos mejor como sociedad si fuéramos capaces de auto-regularnos y de hacer públicas nuestras quejas cuando alguien no está haciendo lo correcto? ¿No seríamos mejor como sociedad si asumiéramos nuestras faltas para corregirlas y podamos vivir mejor en convivencia?

Cuando compartimos un objetivo en común y estamos conscientes tanto de las responsabilidades que tenemos como del respeto hacia al otro, no hay manera de que nos vaya mal.

Todos somos responsables por el bienestar de los demás que, a fin de cuentas, es el bienestar de nosotros mismos.  

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy pero muy de acuerdo. Y pienso que es algo tan fácil